El siglo XX se recordará como un siglo marcado por la
violencia. Nos abruma con su legado de destrucción masiva, de violencia
infligida a una escala nunca vista y nunca antes posible en la historia de
la Humanidad. Pero este legado, fruto de las nuevas tecnologías al servicio
de ideologías de odio, no es el único que soportamos ni que debemos
arrostrar.
Muchas personas que conviven con la violencia casi a
diario la asumen como consustancial a la condición humana, pero no es así.
Es posible prevenirla, así como reorientar por completo las culturas en las
que impera. (...) Los gobiernos, las comunidades y los individuos pueden
cambiar la situación.
A nuestros hijos, los ciudadanos más vulnerables de
cualquier sociedad, les debemos una vida sin violencia ni temor. Para
garantizarla hemos de ser incansables en nuestros esfuerzos por lograr la
paz, la justicia y la prosperidad no solo para los países, sino también para
las comunidades y los miembros de una misma familia. Debemos hacer frente a
las raíces de la violencia. Solo entonces transformaremos el legado del
siglo pasado de lastre oneroso en experiencia aleccionadora.
Nelson Mandela
Fragmento del prólogo al Informe Mundial sobre la Violencia y Salud
Antecedentes
Podría afirmarse que la violencia siempre ha formado parte
de la experiencia humana. Sus efectos se pueden ver, bajo diversas formas,
en todas partes del mundo. Cada año, más de 1,6 millones de personas pierden
la vida y muchas más sufren lesiones no mortales como resultado de la
violencia autoinfligida, interpersonal o colectiva. En conjunto, la
violencia es una de las principales causas de muerte en todo el mundo para
la población de 15 a 44 años de edad.
Aunque es difícil obtener cálculos precisos, los costos de
la violencia se expresan en los miles de millones de dólares que cada año se
gastan en asistencia sanitaria en todo el mundo, además de los miles de
millones que los días laborables perdidos, las medidas para hacer cumplir
las leyes y las inversiones malogradas por esta causa restan a la economía
de cada país.
La parte visible y la invisible
Desde luego, es imposible calcular el costo humano en
aflicción y dolor. En realidad, ambos son casi invisibles en gran parte.
Aunque la tecnología satelital permite en la actualidad que ciertos tipos de
violencia —terrorismo, guerras, motines y disturbios callejeros— aparezcan a
los ojos del público televidente todos los días, es mucha más la violencia
que ocurre fuera de la vista en los hogares, los lugares de trabajo e
incluso en las instituciones médicas y sociales encargadas de atender a las
personas. Muchas de las víctimas son demasiado jóvenes, o están muy débiles
o enfermas para protegerse. Algunas se ven obligadas, por las convenciones o
las presiones sociales, a guardar silencio sobre las experiencias vividas.
Al igual que los efectos, algunas causas de la violencia se
pueden ver con facilidad. Otras se arraigan profundamente en el entramado
social, cultural y económico de la vida humana. Investigaciones recientes
indican que aunque determinados factores biológicos y otros elementos
individuales explican parte de la predisposición a la agresión, más a menudo
interactúan con factores familiares, comunitarios, culturales y otros
agentes externos para crear una situación que favorece el surgimiento de la
violencia.
Un problema prevenible
A pesar de que la violencia siempre ha estado presente, el
mundo no tiene que aceptarla como una parte inevitable de la condición
humana. Siempre ha habido violencia, pero también siempre han surgido
sistemas —religiosos, filosóficos, jurídicos y comunales— para prevenirla o
limitar su aparición. Ninguno ha sido completamente exitoso, pero todos han
efectuado un aporte a la disminución de este rasgo distintivo de la
civilización.
Desde principios de los años ochenta, el campo de la salud
pública ha pasado a ser un recurso valioso en la respuesta a la violencia.
Una amplia gama de profesionales, investigadores y sistemas de salud pública
han procurado comprender las raíces de la violencia y evitar que surja.
Es posible prevenir la violencia y disminuir sus efectos, de
la misma manera en que las medidas de salud pública han logrado prevenir y
disminuir las complicaciones relacionadas con el embarazo, las lesiones en
el lugar de trabajo, las enfermedades infecciosas y las afecciones
resultantes del consumo de alimentos y agua contaminados en muchas partes
del mundo. Es posible cambiar los factores que contribuyen a producir
respuestas violentas, ya sea los dependientes de la actitud y el
comportamiento o los relacionados con situaciones sociales, económicas,
políticas y culturales más amplias.
La violencia se puede prevenir. Este no es un artículo de
fe, sino una afirmación fundamentada en datos fidedignos. Los ejemplos de
resultados exitosos en este sentido pueden encontrarse en todo el mundo,
desde las acciones individuales y comunitarias en pequeña escala hasta las
iniciativas nacionales de política y legislativas.
¿Qué puede aportar un enfoque de salud pública?
Por definición, la salud pública no se ocupa de los
pacientes a título individual. Su interés se centra en tratar las
enfermedades, afecciones y problemas que afectan a la salud, y pretende
proporcionar el máximo beneficio para el mayor número posible de personas.
Esto no significa que la salud pública haga a un lado la atención de los
individuos. Más bien, la inquietud estriba en prevenir los problemas de
salud y ampliar y mejorar la atención y la seguridad de todas las
poblaciones.
El enfoque de salud pública a cualquier problema es
interdisciplinario y se basa en datos científicos (1). Además, extrae
conocimientos de muchas disciplinas, entre ellas la medicina, la
epidemiología, la sociología, la psicología, la criminología, la pedagogía y
la economía. Esto le ha permitido al campo de la salud pública ser innovador
y receptivo con respecto a una amplia variedad de enfermedades,
padecimientos y lesiones en todo el mundo.
El enfoque de salud pública también hace hincapié en la
acción colectiva. Ha demostrado una y otra vez que las iniciativas de
cooperación de sectores tan diversos como los de la salud, la educación, los
servicios sociales, la justicia y la política, son necesarias para resolver
problemas que por lo general se consideran netamente "médicos". Cada sector
tiene un papel importante que desempeñar al abordar el problema de la
violencia y, conjuntamente, las estrategias adoptadas por cada uno tienen el
potencial de producir reducciones importantes de la violencia (recuadro
1.1).
Recuadro 1.1
El enfoque de salud pública en acción: el
programa DESEPAZ en Colombia
En 1992, el alcalde de Cali (Colombia) -de profesión
salubrista- estableció un programa integral dirigido a reducir los
elevados niveles delictivos. La tasa de homicidios en Cali, una ciudad de
unos 2 millones de habitantes, había subido de 23 por 100000 habitantes en
1983 a 85 por 100000 en 1991. El programa se llamó DESEPAZ, sigla de
"Desarrollo, seguridad, paz".
En las etapas iniciales del programa se realizaron
estudios epidemiológicos para identificar los principales factores de
riesgo en relación con la violencia y configurar las prioridades para la
acción. Se aprobaron presupuestos especiales para fortalecer la policía,
el sistema judicial y la oficina local de derechos humanos.
El programa DESEPAZ emprendió la educación en materia de
derechos civiles tanto de la policía como del público general, incluida la
publicidad televisiva en las horas de máxima audiencia, haciendo hincapié
en la tolerancia con respecto a los demás y en el control de uno mismo. En
colaboración con organizaciones no gubernamentales locales, se organizaron
una variedad de proyectos culturales y educativos para las escuelas y las
familias, con el fin de promover debates sobre la violencia y ayudar a
resolver los conflictos interpersonales. Se impusieron restricciones a la
venta de bebidas alcohólicas y se prohibió portar armas de fuego los fines
de semana y en fechas especiales.
En el curso del programa, se implantaron proyectos
especiales para brindar a los jóvenes oportunidades económicas y medios de
recreación seguros. El alcalde y su equipo administrativo discutieron sus
propuestas para tratar de encontrar una solución al problema de la
criminalidad con personas de la localidad, y el ayuntamiento garantizó la
participación y el compromiso continuo de la comunidad.
Mientras el programa estuvo en funcionamiento, la tasa de
homicidios de Cali descendió de un nivel máximo nunca visto de 124 por 100
000 a 86 por 100000 entre 1994 y 1997; es decir, una reducción de 30%. En
números absolutos, hubo aproximadamente 600 homicidios menos entre 1994 y
1997, por comparación con el trienio anterior, cosa que permitió a las
autoridades encargadas de hacer cumplir la ley dedicar los escasos
recursos a combatir otras formas más organizadas de delincuencia. Además,
la opinión pública caleña abandonó su actitud pasiva con respecto a la
violencia y pasó a exigir enérgicamente más actividades de prevención.
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El enfoque de la violencia desde la perspectiva de la salud
pública se basa en los requisitos rigurosos del método científico. Al pasar
del planteo del problema a la solución, este enfoque sigue cuatro pasos
fundamentales (1):
- Obtención de tantos conocimientos básicos como sea posible acerca de
todos los aspectos de la violencia, mediante la recopilación sistemática
de datos sobre la magnitud, el alcance, las características y las
consecuencias de la violencia en los niveles local, nacional e
internacional.
- Investigación de por qué se produce la violencia; es decir, llevar a
cabo estudios para determinar:
– las causas y los factores correlativos de la
violencia;
– los factores que aumentan o disminuyen el
riesgo de violencia;
– los factores que podrían modificarse mediante intervenciones.
- Búsqueda de posibles formas de prevenir la violencia, usando la
información descrita en un paso anterior, mediante el diseño, la
ejecución, la vigilancia y la evaluación de intervenciones.
- Ejecución de acciones que en diversas circunstancias resulten
efectivas, acompañadas de una difusión amplia de información y de una
evaluación de la eficacia en relación con los costos de los programas.
La salud pública se caracteriza sobre todo por la
importancia que concede a la prevención. En lugar de aceptar sencillamente
la violencia o reaccionar ante ella, su punto de partida es la sólida
convicción de que el comportamiento violento y sus consecuencias pueden
prevenirse.