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Parte 1 /3
Informe sobre Desarrollo Humano 2005
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Resumen
El Informe sobre Desarrollo Humano 2005
El Informe de este año trata de la envergadura del desafío
que enfrenta el mundo al inicio de la cuenta regresiva de 10 años hasta 2015
y se concentra en lo que los gobiernos de los países ricos pueden hacer para
cumplir la parte que les corresponde en la alianza mundial para el
desarrollo. Esto no significa que a los gobiernos de los países en
desarrollo no les quepa responsabilidad en el asunto. Por el contrario,
tienen una gran responsabilidad. No hay cooperación internacional que pueda
compensar aquellas acciones que los gobiernos dejan de hacer por no
priorizar el desarrollo humano, no respetar los derechos humanos, no hacerse
cargo de las desigualdades y no poner fin a la corrupción. Pero sin un nuevo
compromiso de cooperación respaldado por acciones prácticas y concretas, los
Objetivos de Desarrollo del Milenio, ODM no se cumplirán y la Declaración
del Milenio pasará a la historia como una promesa incumplida más.
Esta es la ocasión de probar que la Declaración del
Milenio no es sólo una promesa no cumplida, sino un compromiso con el
cambio.
Nos centramos en tres pilares de la cooperación, los cuales
requieren ser renovados con urgencia. El primero es la asistencia para el
desarrollo. La ayuda internacional constituye una inversión fundamental en
desarrollo humano y su rentabilidad puede medirse por el potencial humano
que resulta de la prevención de enfermedades y muertes evitables, la
educación para todos los niños y niñas del mundo, la superación de las
desigualdades de género y la creación de condiciones para conseguir
crecimiento económico sostenido. La asistencia para el desarrollo se
caracteriza por dos carencias: déficit crónico de financiamiento y mala
calidad; y si bien hubo mejoras en ambos frentes, aún queda mucho por hacer
para cerrar la brecha de financiación de los ODM y mejorar la relación
calidad-precio.
El segundo pilar es el comercio internacional. En
circunstancias favorables, el comercio puede ser un poderoso catalizador del
desarrollo humano. La "Ronda del Desarrollo" de Doha, lanzada en 2001 en el
marco de las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio (OMC),
fue una oportunidad para que los gobiernos de los países ricos generaran
estas circunstancias. Durante los cuatro años transcurridos desde aquella
fecha, no se ha logrado nada sustancial. Las políticas comerciales de los
países ricos siguen negándole a los países y a las personas pobres una
participación justa en la prosperidad global, situación que hace caso omiso
a la Declaración del Milenio. Más que lo que puede lograr la ayuda
internacional, el comercio tiene el potencial de aumentar la participación
de los países y de la población más pobre del mundo en la prosperidad
mundial. Restringir ese potencial a través de políticas comerciales injustas
no es coherente con el compromiso asumido en los ODM y más aún, resulta
injusto e hipócrita.
El tercer pilar es la seguridad. Los conflictos armados
arruinan la vida de millones de personas, constituyen una fuente de
violación sistemática de los derechos humanos y obstaculizan el avance hacia
el cumplimiento de los ODM. La naturaleza de los conflictos ha cambiado y
han surgido nuevas amenazas a la seguridad colectiva. En un mundo cada vez
más interconectado, los peligros que plantea la incapacidad de prevenir
estos conflictos, o de aprovechar las oportunidades para instaurar la paz,
trascienden inevitablemente de las fronteras nacionales. La cooperación
internacional más eficiente podría contribuir a eliminar los obstáculos que
representan los conflictos armados para el avance hacia los ODM y así crear
condiciones para acelerar el desarrollo humano y lograr una verdadera
seguridad.
La renovación debe ser simultánea en los tres pilares de la
cooperación internacional. Fracasar en cualquiera de las tres áreas socavará
los fundamentos del progreso en el futuro. Contar con reglas más eficientes
en el comercio internacional servirá de poco en países donde los conflictos
armados obstaculizan las oportunidades de participar en el comercio.
Acrecentar la asistencia sin incorporar reglas de comercio más justas
arrojará resultados menos que óptimos. Asimismo, sin la perspectiva de
mejorar el bienestar humano y erradicar la pobreza como resultado de la
asistencia internacional y el comercio, la paz seguirá siendo frágil.
La situación del desarrollo humano
Hace quince años, el primer Informe sobre Desarrollo Humano
anticipaba un decenio de progreso rápido. "Los años noventa", predecía con
optimismo el documento, "se perfilan como el decenio del desarrollo humano,
pues pocas veces ha existido tanto consenso respecto de los objetivos reales
de las estrategias de desarrollo". Hoy, al igual que en 1990, también hay
consenso respecto del desarrollo, consenso que se ha expresado con gran
elocuencia en los informes del Proyecto del Milenio de las Naciones Unidas y
de la Comisión para África auspiciada por el Reino Unido.
Desafortunadamente, el consenso aún debe generar acciones concretas y las
señales al respecto para el decenio que viene no presagian nada bueno.
Corremos verdadero peligro de que los próximos 10 años,
tal como los 15 años anteriores, contribuyan mucho menos al desarrollo
humano de lo que promete el nuevo consenso.
Es mucho lo que se ha logrado desde la publicación del
primer Informe sobre Desarrollo Humano. En promedio, la gente de los países
en desarrollo no sólo cuenta hoy con mejor salud y educación y está menos
empobrecida, sino que tiene también mayores probabilidades de vivir en una
democracia pluripartidista. Desde 1990, la esperanza de vida en estos países
aumentó en dos años, mueren tres millones de niños menos al año, 30 millones
más de niños van a la escuela y más de 130 millones de personas han salido
de la pobreza extrema. No se deben subestimar todos los progresos que ha
experimentado el desarrollo humano.
Pero tampoco deben exagerarse. En 2003 y en lo que
constituye un retroceso sin precedentes, 18 países con una población total
de 460 millones de personas bajaron su puntuación en el Índice de Desarrollo
Humano (IDH) respecto de 1990. En medio de una economía mundial cada vez más
próspera, 10,7 millones de niños no viven para celebrar su quinto cumpleaños
y más de 1.000 millones de personas sobreviven en condiciones de abyecta
pobreza con menos de un dólar al día. Por su parte, la epidemia del VIH/SIDA
ha causado el retroceso más grande en la historia del desarrollo humano y en
2003 cobró la vida de tres millones de personas e infectó a otros cinco
millones. Como resultado, millones de niños han quedado huérfanos.
La integración mundial está dando lugar a una interconexión
cada vez más profunda. En términos económicos, el espacio que separa a las
personas y los países se está reduciendo a pasos agigantados en la medida en
que el comercio, la tecnología y la inversión unen a todos los países en una
red de interdependencia. En términos del desarrollo humano, sin embargo, el
espacio entre los países se ha caracterizado por profundas y, en algunos
casos, incluso crecientes desigualdades en el ingreso y las oportunidades de
vida.
Una quinta parte de la humanidad vive en países donde a
muchos no les preocupa gastar dos dólares al día en un café y otra quinta
parte de la humanidad sobrevive con menos de un dólar al día en países donde
los niños mueren por falta de un simple mosquitero.
A comienzos del siglo XXI, habitamos un mundo dividido. El
tamaño de la división impone un desafío enorme a la comunidad mundial, el
cual tiene un aspecto ético y otro moral. Tal como lo expresó Nelson Mandela
en 2005: "La inmensa pobreza y la obscena desigualdad son flagelos tan
espantosos de esta época –en la que nos jactamos de impresionantes avances
en ciencia, tecnología, industria y acumulación de riquezas– que deben
clasificarse como males sociales tan graves como la esclavitud y el
apartheid". Es posible poner fin a este doble flagelo de la pobreza y la
desigualdad… pero el progreso ha sido vacilante y desigual.
Tanto a los países ricos como a los pobres les conviene
cambiar esta situación. Salvar el abismo en materia de pobreza y
oportunidades que separa a la comunidad humana no es un juego donde lo que
se gana por un lado necesariamente se pierde por el otro. Extender las
oportunidades para que la gente de los países pobres pueda vivir más tiempo
y con mejor salud, para que sus hijos accedan a una educación digna y para
que salgan de la pobreza no disminuirá el bienestar de los habitantes de los
países ricos. Por el contrario, permitirá construir una prosperidad
compartida y fortalecerá nuestra seguridad colectiva. En el mundo
interconectado en que vivimos, un futuro fundado en la pobreza masiva en
medio de la abundancia es económicamente ineficaz, políticamente
insostenible y moralmente indefendible.
La brecha en la esperanza de vida es una de las
desigualdades más fundamentales. Hoy, alguien que vive en Zambia tiene menos
probabilidades de llegar a los 30 años que un individuo que nacía en
Inglaterra en 1840, y la brecha sigue aumentando. El VIH/SIDA es un aspecto
central del problema. En Europa, la mayor crisis demográfica desde la peste
bubónica tuvo lugar en Francia durante la Primera Guerra Mundial. Entonces,
la esperanza de vida disminuyó en alrededor de 16 años. Hoy, Botswana
enfrenta una caída en la esperanza de vida de 31 años como consecuencia del
VIH/SIDA. Más allá del costo humano inmediato, se trata de una enfermedad
que está destruyendo el tejido social y económico del cual depende la
recuperación. La enfermedad aún no tiene cura, pero millones de vidas se
podrían haber salvado si la comunidad internacional hubiera actuado de
inmediato para impedir que una amenaza tan grave se transformara en una
crisis absoluta.
La mortalidad infantil es el indicador que mejor capta las
divergencias en materia de oportunidades de desarrollo humano. La tasa de
muerte entre los niños del mundo está disminuyendo, pero la tendencia se
está tornando más lenta y la brecha entre países ricos y pobres está
aumentando. Es un ámbito en el cual la desaceleración en las tendencias de
avance cobra su precio en vidas. Si el progreso de los años ochenta se
hubiera sostenido durante el decenio siguiente, este año habrían muerto 1,2
millones de niños menos. La participación de África Subsahariana en la
mortalidad infantil mundial está aumentando: la región representa el 20% de
los nacimientos mundiales y el 44% de las muertes infantiles. Pero el ritmo
del progreso no sólo está disminuyendo en África Subsahariana, puesto que
algunos de los más notorios exponentes del éxito de la globalización –entre
éstos China e India– no están logrando transformar la creación de riquezas y
el aumento de ingresos en una reducción más rápida de la mortalidad
infantil. El problema radica en las arraigadas desigualdades que afectan al
desarrollo humano.
Las tendencias de la desigualdad del ingreso mundial
siguen siendo materia de acalorados debates, pero se polemiza mucho menos
respecto de la enorme envergadura de la desigualdad. El ingreso total de los
500 individuos más ricos del mundo es superior al ingreso de los 416
millones más pobres. Más allá de estos extremos, los 2.500 millones de
personas que viven con menos de dos dólares al día –y que representan el 40%
de la población mundial– obtienen sólo el 5% del ingreso mundial. El 10% más
rico, casi todos ellos habitantes de los países de ingresos altos, consigue
el 54%.
Un corolario evidente de la extrema desigualdad mundial es
que incluso cambios modestos en la distribución desde arriba hacia abajo
podrían tener un efecto notable en la pobreza. Con la ayuda de una base de
datos sobre la distribución del ingreso global, calculamos que el monto
necesario para llevar a mil millones de personas a superar el umbral de
pobreza extrema de un dólar al día es de US$ 300.000 millones, cifra que
representa el 1,6% del ingreso del 10% más rico de la población mundial.
Ciertamente, esta cifra describe una transferencia estática. Lograr la
reducción sostenible de la pobreza requiere un proceso dinámico a través del
cual los países y las personas pobres puedan salir por sí mismos de la
miseria. Pero en nuestro mundo altamente desigual, cualquier condición de
mayor equidad constituiría un poderoso catalizador para reducir la pobreza y
progresar hacia los ODM.
¿Cuáles son las consecuencias de la actual trayectoria del
desarrollo humano mundial para los ODM? Abordamos esta pregunta utilizando
datos por país para proyectar dónde se encontrará el mundo el año 2015 en
cuanto a algunos de los principales ODM. El panorama que surge no es
alentador. Si se mantienen las tendencias actuales, la brecha entre la meta
de los ODM y el resultado conseguido será grande. Estas diferencias se
pueden expresar con datos estadísticos, pero detrás de las cifras está la
vida y la esperanza de la gente. La real dimensión del costo humano nunca se
podrá representar sólo con cifras. Así todo, nuestra proyección para 2015 es
un indicio de la envergadura de los costos. Las siguientes son algunas de
las consecuencias para los países en desarrollo si se sigue por la senda
actual:
- No se cumplirá la meta de los ODM de reducir la mortalidad de los
niños menores de cinco años y el déficit representa más de 4,4 millones de
muertes evitables en 2015, cifra que equivale a tres veces el total de
niños menores de cinco años de Londres, Nueva York y Tokio. Durante los
próximos 10 años, la diferencia entre la meta y la tendencia actual sumará
41 millones de niños que morirán antes de su quinto cumpleaños de la
enfermedad más fácil de curar: la pobreza. Se trata de un resultado que
está lejos del compromiso plasmado en la Declaración del Milenio de
proteger a los niños y niñas del mundo.
- La brecha entre la meta de los ODM de reducir la pobreza en el mundo a
la mitad y los resulta dos proyectados indica que la cantidad de personas
que viven con un dólar diario o menos habrá aumentado en 380 millones en
2015.
- La meta de los ODM respecto de la enseñanza primaria universal no se
cumplirá si se mantienen las actuales tendencias, pues en 2015 aún habrá
47 millones de niños sin asistir a la escuela.
Éstas son simples proyecciones de las tendencias actuales y
las tendencias no son más que eso. Tal como indica la máxima del mercado
financiero, el desempeño pasado no es una determinante de los resultados
futuros. Para los ODM, tal sentencia es sin lugar a dudas una buena noticia.
Como lo ha expresado el Secretario General de la ONU: "Los Objetivos de
Desarrollo del Milenio pueden cumplirse en 2015, pero sólo si todas las
partes interesadas rompemos con la rutina y aceleramos e intensificamos
drásticamente nuestras medidas ahora". Algunos de los países más pobres,
entre ellos Bangladesh, Uganda y Viet Nam, han mostrado que es posible
avanzar con celeridad. Pero los países ricos deben ayudar a financiar los
costos iniciales para hacer despegar el desarrollo humano mundial.
Hoy, cuando los gobiernos se preparan para la cumbre de
la ONU de 2005, la proyección para el año 2015 nos entrega una advertencia
clara. En pocas palabras, el mundo se encamina hacia un desastre en materia
de desarrollo humano anunciado con anticipación, cuyo costo se calculará en
muertes evitables, niños sin educación y oportunidades desperdiciadas para
reducir la pobreza. Se trata de un desastre tan evitable como predecible. Si
los gobiernos realmente quieren cumplir su compromiso con los ODM, seguir
apegados a la misma rutina de siempre no es viable. La cumbre de la ONU es
la oportunidad de volver a trazar un nuevo curso de acción para el próximo
decenio.
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