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ISSN 1913-6196

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El escándalo del siglo XXI

Desarrollo humano sustentable

Revista Futuros

Durante milenios la esclavitud fue una institución social y económica "normal". El derecho de propiedad sobre seres humanos para beneficio propio y la capacidad de decidir arbitrariamente sobre su vida o muerte- era un hecho cotidiano que se perdía en la memoria histórica de las generaciones pasadas. Siempre hubo quienes por razones éticas o religiosas rechazaran esa realidad, pero eran vistos como irredimibles utópicos por sus contemporáneos. Muchos consideraban la esclavitud un mal inevitable. Hasta que hizo su aparición la Revolución Industrial. La esclavitud dejo de ser "inevitable" para el desarrollo económico y devino opcional. Y cuando las cosas dejan de ser inevitables y devienen optativas pueden ser más claramente juzgadas desde una perspectiva ética. El intento de sostener la esclavitud se convirtió en el gran escándalo del siglo XIX. Los hasta entonces percibidos como incurables idealistas pasaron a ser reconocidos como las fuerzas morales del progreso. Hoy en día existen otras formas de esclavitud en algunas sociedades tradicionales y en situaciones de mano de obra forzada, tanto en el agro como en horrorosas fábricas urbanas y persisten formas de tráfico de seres humanos. Sin embargo, ahora hay leyes e instituciones gubernamentales, multilaterales y de la sociedad civil que se movilizan para combatir ese mal de la humanidad cuyas raíces vienen tanto de la historia como de manifestaciones de la pobreza.

A inicios de este nuevo milenio la pobreza se viene erigiendo en el gran escándalo del siglo XXI. Las nuevas tecnologías, con su alta productividad, hacen de la pobreza y la exclusión social, tanto en el medio rural como en lo urbano, una inmoralidad optativa. Las instituciones y estructuras que las reproducen constituyen hoy una opción innecesaria. Los que clamaron por un siglo a favor de su erradicación han dejado de ser percibidos como utopistas irredimibles. Hoy se sabe que otro mundo mejor es posible. Lo que se discute es cómo y en que plazos lograrlo. Lo que hoy se requiere son diálogos sobre como promover, de manera más rápida y eficiente, un nuevo paradigma de desarrollo humano, democrático y sustentable que basado en una cooperación globalizada saque provecho a las nuevas tecnologías propias de las sociedades de la información.

Las teorías y conceptos relacionados con el tema del "desarrollo" no son inocentes. Detrás de ellas hay un sustrato de percepciones y valores moldeados – de manera consciente o inconsciente- por los intereses de sus promotores. Tampoco se dan en un vacío histórico. Se generan en espacios y tiempos concretos permeados por ecuaciones diversas de poder económico y político. Es por ello que muchas veces el debate de las definiciones y opciones de "desarrollo" así como de las posibles herramientas a emplear para alcanzarlo revisten altos niveles de ideologización.

La actitud que se asume ante algunas experiencias de desarrollo –tales como los de la responsabilidad corporativa, el micro-financiamiento, el papel de las PYMES (Pequeñas y Medianas Empresas), agricultura ecológica y otros- a menudo depende de la percepción que se tenga del origen y objetivos esas fórmulas.

Para un sector de la izquierda política se trata de paliativos ineficaces para resolver la pobreza mientras se aplican políticas macroeconómicas, globales y nacionales, que hunden a mas personas en la insolvencia. Este criterio lleva verdad en no despreciable medida. Algunos sectores del gran capital globalizado y ciertos funcionarios de las instituciones financieras opinan que el actual diseño de la economía mundial es el único posible, pero aceptan que es necesario invertir algunos mínimos recursos en aplacar el malestar social que genera aquel. Sin embargo, uno y otro sector parecen a menudo atrincherados en posiciones maximalistas y absolutas.

Por un lado, los citados funcionarios internacionales e intereses privados exigen un acto de fe de parte de aquellos negativamente afectados por sus políticas en el entendido de que deben comprender la necesidad de "resistir" hasta que las cosas mejoren y lleguen, finalmente, a la "tierra prometida". Por otro lado, esos sectores de la izquierda internacional demuestran poco interés en escuchar acerca de herramientas o fórmulas que puedan ofrecer algún alivio inmediato a la vida cotidiana del sector ciudadano más afectado. Su posición parece ser aquella de que "a grandes males grandes soluciones". Prefieren que los pobres se dispongan a votar por sus partidos en las próximas elecciones o a derribar al capitalismo (aunque no dicen con claridad cómo hacerlo en las actuales circunstancias y después del fracaso de otras experiencias históricas que se iniciaron a partir de ese supuesto).

Pero mientras llega la próxima contienda electoral o se produce la revolución anticapitalista que algunos políticos y académicos radicales les presentan como la única solución a sus males, Pedro, María y José tienen que encontrar el modo de alimentar, vestir, albergar y curar a sus familias. Generalmente los expertos de derechas e izquierdas que se pronuncian sobre la situación de los pobres no han vivido ni viven en la pobreza y se olvidan de que la cotidianidad en que algunos malviven no les permite tener la paciencia que reclaman de ellos. Es aquí donde los discursos pasionales que presentan la responsabilidad corporativa, la microempresa, el micro financiamiento, las cooperativas, los programas de desarrollo comunitario impulsados por organizaciones no lucrativas y otros temas, -bien como la solución definitiva a la pobreza o como definitiva "traición" a los pobres-, carecen de sentido.

Estas y otras experiencias son herramientas que, si bien resultan insuficientes por si solas para eliminar la pobreza –particularmente cuando ella se genera de continuo a partir de las actuales políticas macroeconómicas de lógica social excluyente- han demostrado fehacientemente su capacidad potencial para involucrar y mejorar la calidad de vida de millones de personas en diversas áreas geográficas. Es por ello que la respuesta más sensata parece ser la de movilizarse globalmente bajo la consigna de que "otro mundo mejor es posible" proponiendo y promoviendo un nuevo paradigma de desarrollo humano, democrático y sustentable, mientras que se emplean todas las herramientas a nuestro alcance para asistir a aquellos que han resultado más negativamente afectados por las políticas en curso. Abandonar a una masa de millones de personas en su lucha cotidiana por la subsistencia basados en el supuesto de que su obligación es adaptarse y esperar tiempos mejores es una posición indefendible. De igual manera resulta una lógica inaceptable desde el punto de vista ético, la de aquellos que aspiran a que, al llegarse a cierto punto crítico, un importante sector de ciudadanos adopte la línea de acción ideológica y política de su preferencia, por lo que consideran que todo deterioro de la cotidianidad es una ganancia política sin mirar el dolor de quienes la sufren.

La eficiencia de toda herramienta depende del empleo que se le dé. Hay aplicaciones inadecuadas que pueden conducir a resultados insatisfactorios. Aprender los límites y posibilidades de cada una de estas herramientas y los contextos en que sus resultados se muestran más favorables son prerrequisitos indispensables si aspiramos al éxito a la hora de emplearlas. Y no es posible disponerse al estudio de esas experiencias cuando la mente está bloqueada por infranqueables prejuicios ideológicos.

En lo que al desarrollo se refiere lo que funciona en Bangla Desh no necesariamente resuelve el problema en Ecuador, ni lo que resulta eficaz en El Alto boliviano tiene que serlo de igual modo en Santa Cruz de la Sierra. La pretensión de encontrar la teoría y práctica únicas del desarrollo surgió en la época en que los mega relatos históricos del capitalismo y el socialismo – también concebidos entonces como estructuras monolíticas e indiferenciadas a su interior- cautivaban las mentes de políticos y académicos. Pero el siglo XX ha venido corrigiendo esos falsos supuestos. Las respuestas al desafío del desarrollo tienen que ser, por necesidad, múltiples y endógenas aunque conectadas con el contexto global de la economía mundial realmente existente.

En los últimos 25 años se vivió un desencanto creciente con la capacidad del Estado para intervenir con eficacia en los procesos de desarrollo. Durante décadas se confundió en muchas partes la función de gobernar con la de administrar y el estado absorbió la propiedad empresas y el fardo de gestionar una gran cantidad de negocios en lugar de regular su forma de operar de manera indirecta mediante incentivos y penalidades fiscales así como con legislaciones sociales y medio ambientales.

La falta de dinamismo, escasa innovación, mediocridad burocrática y otros males que no pocas veces exhibió la gerencia estatizada de estas empresas facilitó el asalto ideológico neoliberal a toda "intrusión" gubernamental en las operaciones del sector privado. Del fundamentalismo populista favorable a la estatización generalizada se pasó, con igual furia y delirio, al dogma neoliberal del estado mínimo. Pero la fiebre inicial va cediendo el paso a una visión mas equilibrada del papel estatal y del sector privado lucrativo y no lucrativo en los procesos de desarrollo. Ahora es cada vez más claro a los ojos de todos que el desarrollo es un tema demasiado importante para ponerlo exclusivamente en manos de una burocracia estatal o de la lógica de maximalizar ganancias de la empresa privada.

Por supuesto que la primera responsabilidad social de un empresario es sostener y ampliar la rentabilidad de su negocio. Pero cada vez más –sea por un motivo altruista o egoísta- el sector privado va moviéndose en dirección a una mayor incorporación de principios operativos de responsabilidad corporativa en los temas sociales y medio ambientales del contexto en que operan. Algo de lo que hay que alegrarse, sea cual sea la lógica de cada cual al actuar dentro de esa tendencia.

Los experimentos más interesantes de desarrollo son aquellos donde se ponen en juego y combinan diversos actores –estatales, privados, ayuda internacional al desarrollo e instituciones no lucrativas- para obtener los resultados generales perseguidos. Estudiarlos, sin pretensión de clonaje ni fobias ideológicas, es el camino más adecuado para desatar la creatividad local, nacional y regional.

Tampoco es ya admisible la crítica unilateral al Primer Mundo culpándolo de toda la actual situación. Muchos países en desarrollo tienen su propia cuota de responsabilidades en el mantenimiento de la pobreza por sus políticas inadecuadas, corrupción administrativa, reformas agrarias inadecuadas o inexistentes y regimenes militaristas autoritarios que pretenden justificar su ineptitud agitando un falso nacionalismo.

La relación entre la capacidad democrática que tienen las sociedades para administrar y resolver por vía no violenta sus conflictos internos y con otros Estados es también parte inseparable de las responsabilidades de los gobiernos de los países que han de ser receptores de la cooperación internacional al desarrollo.

El populismo mesiánico, que oferta servicios sociales dentro del marco de un Estado clientelista y autoritario, ya demostró sus limites en Latinoamérica el pasado siglo. El desarrollo es mentira cuando los ciudadanos dejan de serlo para devenir en "masas" dispuestas a obedecer al líder carismático de turno-incluso en acciones violentas reprobables- a cambio de servicios sociales que han de agradecerle de por vida. El Estado totalitario, máxima expresión y siempre posible destino de todo populismo, ya no es paradigma que una vez pareció ser.

Las Metas del Milenio son alcanzables si los países en vías de desarrollo crean las condiciones adecuadas de administración, transparentes y democráticas, de los recursos de la cooperación internacional (y no los dilapidan en carreras armamentistas o represiones internas) y los países desarrollados cumplen sus compromisos de transferencia de recursos y condiciones adecuadas de comercio con los primeros.

Como dijeron hace unos años Mark Turner y David Hulme (Governance, Administration and Development: Making the State Work", Kumarian Press , 1997, USA):

"El desarrollo requiere ser repensado y renovado constantemente. Se ha hecho en ocasiones anteriores y debe hacerse un proceso continuo. Como apuntan los críticos, el desarrollo ha degenerado a menudo en una mera retórica en la que admirables objetivos oficiales, tales como la satisfacción de necesidades básicas, proveer empleo y servicios sociales, ha sido suplantada por objetivos operativos focalizados en el servicio a la deuda, administrar la crisis y la defensa de los privilegios. Pero ello no significa que el concepto de desarrollo deba descartado sino que debe ser rejuvenecido".

El surgimiento de las nuevas escuelas de pensamiento respecto al desarrollo guiadas por los conceptos de desarrollo humano y democrático sustentable permite asistir a ese remozamiento al que nos convocaban estos expertos. El desafío es el de dar alas a la imaginación sin perder contacto con la realidad. Explorar los límites de lo posible en materia de desarrollo es un deber de todos aquellos que honradamente desean otro mundo, alternativo y mejor que este en que hoy vivimos. Y para ello es preciso trascender dogmas y prejuicios. Erradicar la pobreza, como antes la esclavitud, es ya posible.

Es necesario –y posible- poner fin al escándalo del siglo XXI.

   

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