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Durante milenios la esclavitud fue una institución social y
económica "normal". El derecho de propiedad sobre seres humanos para
beneficio propio y la capacidad de decidir arbitrariamente sobre su vida o
muerte- era un hecho cotidiano que se perdía en la memoria histórica de las
generaciones pasadas. Siempre hubo quienes por razones éticas o religiosas
rechazaran esa realidad, pero eran vistos como irredimibles utópicos por sus
contemporáneos. Muchos consideraban la esclavitud un mal inevitable. Hasta
que hizo su aparición la Revolución Industrial. La esclavitud dejo de ser
"inevitable" para el desarrollo económico y devino opcional. Y cuando las
cosas dejan de ser inevitables y devienen optativas pueden ser más
claramente juzgadas desde una perspectiva ética. El intento de sostener la
esclavitud se convirtió en el gran escándalo del siglo XIX. Los hasta
entonces percibidos como incurables idealistas pasaron a ser reconocidos
como las fuerzas morales del progreso. Hoy en día existen otras formas de
esclavitud en algunas sociedades tradicionales y en situaciones de mano de
obra forzada, tanto en el agro como en horrorosas fábricas urbanas y
persisten formas de tráfico de seres humanos. Sin embargo, ahora hay leyes e
instituciones gubernamentales, multilaterales y de la sociedad civil que se
movilizan para combatir ese mal de la humanidad cuyas raíces vienen tanto de
la historia como de manifestaciones de la pobreza.
A inicios de este nuevo milenio la pobreza se viene
erigiendo en el gran escándalo del siglo XXI. Las nuevas tecnologías, con su
alta productividad, hacen de la pobreza y la exclusión social, tanto en el
medio rural como en lo urbano, una inmoralidad optativa. Las instituciones y
estructuras que las reproducen constituyen hoy una opción innecesaria. Los
que clamaron por un siglo a favor de su erradicación han dejado de ser
percibidos como utopistas irredimibles. Hoy se sabe que otro mundo mejor es
posible. Lo que se discute es cómo y en que plazos lograrlo. Lo que hoy se
requiere son diálogos sobre como promover, de manera más rápida y eficiente,
un nuevo paradigma de desarrollo humano, democrático y sustentable que
basado en una cooperación globalizada saque provecho a las nuevas
tecnologías propias de las sociedades de la información.
Las teorías y conceptos relacionados con el tema del
"desarrollo" no son inocentes. Detrás de ellas hay un sustrato de
percepciones y valores moldeados – de manera consciente o inconsciente- por
los intereses de sus promotores. Tampoco se dan en un vacío histórico. Se
generan en espacios y tiempos concretos permeados por ecuaciones diversas de
poder económico y político. Es por ello que muchas veces el debate de las
definiciones y opciones de "desarrollo" así como de las posibles
herramientas a emplear para alcanzarlo revisten altos niveles de
ideologización.
La actitud que se asume ante algunas experiencias de
desarrollo –tales como los de la responsabilidad corporativa, el
micro-financiamiento, el papel de las PYMES (Pequeñas y Medianas Empresas),
agricultura ecológica y otros- a menudo depende de la percepción que se
tenga del origen y objetivos esas fórmulas.
Para un sector de la izquierda política se trata de
paliativos ineficaces para resolver la pobreza mientras se aplican políticas
macroeconómicas, globales y nacionales, que hunden a mas personas en la
insolvencia. Este criterio lleva verdad en no despreciable medida. Algunos
sectores del gran capital globalizado y ciertos funcionarios de las
instituciones financieras opinan que el actual diseño de la economía mundial
es el único posible, pero aceptan que es necesario invertir algunos mínimos
recursos en aplacar el malestar social que genera aquel. Sin embargo, uno y
otro sector parecen a menudo atrincherados en posiciones maximalistas y
absolutas.
Por un lado, los citados funcionarios internacionales e
intereses privados exigen un acto de fe de parte de aquellos negativamente
afectados por sus políticas en el entendido de que deben comprender la
necesidad de "resistir" hasta que las cosas mejoren y lleguen, finalmente, a
la "tierra prometida". Por otro lado, esos sectores de la izquierda
internacional demuestran poco interés en escuchar acerca de herramientas o
fórmulas que puedan ofrecer algún alivio inmediato a la vida cotidiana del
sector ciudadano más afectado. Su posición parece ser aquella de que "a
grandes males grandes soluciones". Prefieren que los pobres se dispongan a
votar por sus partidos en las próximas elecciones o a derribar al
capitalismo (aunque no dicen con claridad cómo hacerlo en las actuales
circunstancias y después del fracaso de otras experiencias históricas que se
iniciaron a partir de ese supuesto).
Pero mientras llega la próxima contienda electoral o se
produce la revolución anticapitalista que algunos políticos y académicos
radicales les presentan como la única solución a sus males, Pedro, María y
José tienen que encontrar el modo de alimentar, vestir, albergar y curar a
sus familias. Generalmente los expertos de derechas e izquierdas que se
pronuncian sobre la situación de los pobres no han vivido ni viven en la
pobreza y se olvidan de que la cotidianidad en que algunos malviven no les
permite tener la paciencia que reclaman de ellos. Es aquí donde los
discursos pasionales que presentan la responsabilidad corporativa, la
microempresa, el micro financiamiento, las cooperativas, los programas de
desarrollo comunitario impulsados por organizaciones no lucrativas y otros
temas, -bien como la solución definitiva a la pobreza o como definitiva
"traición" a los pobres-, carecen de sentido.
Estas y otras experiencias son herramientas que, si
bien resultan insuficientes por si solas para eliminar la pobreza
–particularmente cuando ella se genera de continuo a partir de las actuales
políticas macroeconómicas de lógica social excluyente- han demostrado
fehacientemente su capacidad potencial para involucrar y mejorar la calidad
de vida de millones de personas en diversas áreas geográficas. Es por ello
que la respuesta más sensata parece ser la de movilizarse globalmente bajo
la consigna de que "otro mundo mejor es posible" proponiendo y promoviendo
un nuevo paradigma de desarrollo humano, democrático y sustentable,
mientras que se emplean todas las herramientas a nuestro alcance para
asistir a aquellos que han resultado más negativamente afectados por las
políticas en curso. Abandonar a una masa de millones de personas en su lucha
cotidiana por la subsistencia basados en el supuesto de que su obligación es
adaptarse y esperar tiempos mejores es una posición indefendible. De igual
manera resulta una lógica inaceptable desde el punto de vista ético, la de
aquellos que aspiran a que, al llegarse a cierto punto crítico, un
importante sector de ciudadanos adopte la línea de acción ideológica y
política de su preferencia, por lo que consideran que todo deterioro de la
cotidianidad es una ganancia política sin mirar el dolor de quienes la
sufren.
La eficiencia de toda herramienta depende del empleo que se
le dé. Hay aplicaciones inadecuadas que pueden conducir a resultados
insatisfactorios. Aprender los límites y posibilidades de cada una de estas
herramientas y los contextos en que sus resultados se muestran más
favorables son prerrequisitos indispensables si aspiramos al éxito a la hora
de emplearlas. Y no es posible disponerse al estudio de esas experiencias
cuando la mente está bloqueada por infranqueables prejuicios ideológicos.
En lo que al desarrollo se refiere lo que funciona en Bangla
Desh no necesariamente resuelve el problema en Ecuador, ni lo que resulta
eficaz en El Alto boliviano tiene que serlo de igual modo en Santa Cruz de
la Sierra. La pretensión de encontrar la teoría y práctica únicas
del desarrollo surgió en la época en que los mega relatos históricos del
capitalismo y el socialismo – también concebidos entonces como estructuras
monolíticas e indiferenciadas a su interior- cautivaban las mentes de
políticos y académicos. Pero el siglo XX ha venido corrigiendo esos falsos
supuestos. Las respuestas al desafío del desarrollo tienen que ser, por
necesidad, múltiples y endógenas aunque conectadas con el contexto global de
la economía mundial realmente existente.
En los últimos 25 años se vivió un desencanto creciente con
la capacidad del Estado para intervenir con eficacia en los procesos de
desarrollo. Durante décadas se confundió en muchas partes la función de
gobernar con la de administrar y el estado absorbió la propiedad
empresas y el fardo de gestionar una gran cantidad de negocios en lugar de
regular su forma de operar de manera indirecta mediante incentivos y
penalidades fiscales así como con legislaciones sociales y medio
ambientales.
La falta de dinamismo, escasa innovación, mediocridad
burocrática y otros males que no pocas veces exhibió la gerencia estatizada
de estas empresas facilitó el asalto ideológico neoliberal a toda
"intrusión" gubernamental en las operaciones del sector privado. Del
fundamentalismo populista favorable a la estatización generalizada se pasó,
con igual furia y delirio, al dogma neoliberal del estado mínimo. Pero la
fiebre inicial va cediendo el paso a una visión mas equilibrada del papel
estatal y del sector privado lucrativo y no lucrativo en los procesos de
desarrollo. Ahora es cada vez más claro a los ojos de todos que el
desarrollo es un tema demasiado importante para ponerlo exclusivamente en
manos de una burocracia estatal o de la lógica de maximalizar ganancias de
la empresa privada.
Por supuesto que la primera responsabilidad social de un
empresario es sostener y ampliar la rentabilidad de su negocio. Pero cada
vez más –sea por un motivo altruista o egoísta- el sector privado va
moviéndose en dirección a una mayor incorporación de principios operativos
de responsabilidad corporativa en los temas sociales y medio ambientales del
contexto en que operan. Algo de lo que hay que alegrarse, sea cual sea la
lógica de cada cual al actuar dentro de esa tendencia.
Los experimentos más interesantes de desarrollo son aquellos
donde se ponen en juego y combinan diversos actores –estatales, privados,
ayuda internacional al desarrollo e instituciones no lucrativas- para
obtener los resultados generales perseguidos. Estudiarlos, sin pretensión de
clonaje ni fobias ideológicas, es el camino más adecuado para desatar la
creatividad local, nacional y regional.
Tampoco es ya admisible la crítica unilateral al Primer
Mundo culpándolo de toda la actual situación. Muchos países en desarrollo
tienen su propia cuota de responsabilidades en el mantenimiento de la
pobreza por sus políticas inadecuadas, corrupción administrativa, reformas
agrarias inadecuadas o inexistentes y regimenes militaristas autoritarios
que pretenden justificar su ineptitud agitando un falso nacionalismo.
La relación entre la capacidad democrática que tienen las
sociedades para administrar y resolver por vía no violenta sus conflictos
internos y con otros Estados es también parte inseparable de las
responsabilidades de los gobiernos de los países que han de ser receptores
de la cooperación internacional al desarrollo.
El populismo mesiánico, que oferta servicios sociales dentro
del marco de un Estado clientelista y autoritario, ya demostró sus limites
en Latinoamérica el pasado siglo. El desarrollo es mentira cuando los
ciudadanos dejan de serlo para devenir en "masas" dispuestas a obedecer al
líder carismático de turno-incluso en acciones violentas reprobables- a
cambio de servicios sociales que han de agradecerle de por vida. El Estado
totalitario, máxima expresión y siempre posible destino de todo populismo,
ya no es paradigma que una vez pareció ser.
Las Metas del Milenio son alcanzables si los países en vías
de desarrollo crean las condiciones adecuadas de administración,
transparentes y democráticas, de los recursos de la cooperación
internacional (y no los dilapidan en carreras armamentistas o represiones
internas) y los países desarrollados cumplen sus compromisos de
transferencia de recursos y condiciones adecuadas de comercio con los
primeros.
Como dijeron hace unos años Mark Turner y David Hulme (Governance,
Administration and Development: Making the State Work", Kumarian Press ,
1997, USA):
"El desarrollo requiere ser repensado y renovado
constantemente. Se ha hecho en ocasiones anteriores y debe hacerse un
proceso continuo. Como apuntan los críticos, el desarrollo ha degenerado a
menudo en una mera retórica en la que admirables objetivos oficiales,
tales como la satisfacción de necesidades básicas, proveer empleo y
servicios sociales, ha sido suplantada por objetivos operativos
focalizados en el servicio a la deuda, administrar la crisis y la defensa
de los privilegios. Pero ello no significa que el concepto de desarrollo
deba descartado sino que debe ser rejuvenecido".
El surgimiento de las nuevas escuelas de pensamiento
respecto al desarrollo guiadas por los conceptos de desarrollo humano y
democrático sustentable permite asistir a ese remozamiento al que nos
convocaban estos expertos. El desafío es el de dar alas a la imaginación sin
perder contacto con la realidad. Explorar los límites de lo posible en
materia de desarrollo es un deber de todos aquellos que honradamente desean
otro mundo, alternativo y mejor que este en que hoy vivimos. Y para ello es
preciso trascender dogmas y prejuicios. Erradicar la pobreza, como antes la
esclavitud, es ya posible.
Es necesario –y posible- poner fin al escándalo del siglo
XXI. |