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Parte 2 /4
3. Historia de la inversión ética
El origen de las inversiones éticas
hay que encontrarlo en motivaciones de índole moral o religiosa. Así, en la
década de los cincuenta, algunos grupos religiosos, como los cuáqueros,
empiezan a aplicar políticas de inversión que discriminaban actividades como
la producción de tabaco y alcohol, y las vinculadas a la industria del
juego, actividades que, de acuerdo a sus idearios, dañaban el tejido moral
de la sociedad.
Posteriormente, durante la guerra de Vietnam, grupos
activistas recuperaron la idea de que la inversión podría ser un importante
instrumento de presión ante las empresas, introduciendo estímulos al cambio
de las mismas. Las motivaciones eran entonces de índole más social al igual
que ocurría en la siguiente década de los 80, cuando se utilizan de nuevo
esta inversiones contra la política de Apartheid practicada por el
gobierno de Sudáfrica. Los primeros fondos de inversión éticos (FIE) surgen
en Estados Unidos ligados al rechazo a estos dos sucesos. En el primero de
los casos, se trata de fondos que excluyen de su cartera a aquellas empresas
vinculadas con la producción de armamento, supuestamente destinada al
abastecimiento de las necesidades de la guerra. Es el caso del denominado
Pax World Fund, el primer fondo de inversión ético creado en 1968 de la mano
de L.E. Tysson y J.E. Corbett. En el segundo caso, la decisión de muchos
inversores de evitar orientar sus recursos hacia compañías con negocios en
Sudáfrica en combinación con acciones de tipo político, tuvieron como efecto
que entre 1984 y 1990 el número de compañías norteamericanas que invertían
directamente en este país descendiera de 317 a 124.
A partir de entonces se desarrollan y consolidan las
inversiones socialmente responsables en EEUU llegando a representar a
principios del siglo XXI cerca de un 10% de los activos invertidos en los
mercados y a contar con alrededor de 100 fondos éticos. Además, cerca de un
billón de dólares es controlado por inversores que son accionistas activos
en responsabilidad social. Estas instituciones de diálogo constructivo
utilizan el poder de la propiedad de las acciones para poder llevar a cabo
resoluciones en la empresa que fomenten comportamiento éticos y sociales de
éstas.
En Europa, no es hasta la década de los ochenta cuando
empieza a desarrollarse el mercado de los fondos éticos, consolidándose
posteriormente en la década de los noventa. El primer fondo ético, el
Friends Provident Stewardship fue lanzado al mercado en 1984 en el Reino
Unido, país donde el mercado de la inversión socialmente responsable se
encuentra más maduro con un crecimiento espectacular desde 1989. En este
país tienen especial relevancia los fondos de pensiones éticos y además es
posible optar por una pensión con plan de inversión personalizado con una
vasta gama de propuestas. También se puede utilizar como instrumento la
contribución voluntaria adicional con la que los empresarios, a solicitud de
sus empleados, pueden integrar las contribuciones de previsiones sociales
aceptando incluso sugerencias de las inversiones a realizar. Además, los
gestores de fondos de pensiones declaran, desde que en julio de 2000 entrara
en vigor la normativa, qué tipo de consideraciones sociales guían sus
inversiones (si es que tienen alguna). Esto no significa que tengan que
seguir principios sociales sino que lo tienen que manifestar, tanto si lo
hacen como si no.
Sin embargo, pese a que estas medidas legislativas se han
reproducido en otros países, como Bélgica y Alemania, el mercado de la
inversión socialmente responsable apenas supera el 1% en Europa. Otros
países como Australia, Canadá, Japón tienen también desarrollado este
mercado de fondos, mientras que en España se encuentra en una etapa
totalmente incipiente, con algo más de una decena de fondos de inversión
éticos nacidos casi en su totalidad a finales de los noventa.
Como hemos apuntado, la inversión ética tradicional ha
tenido una motivación básicamente moral ideológica o social y se ha centrado
en el boicot o la exclusión de determinados sectores industriales de las
carteras de inversión. Sin embargo, la nueva corriente que se va imponiendo
en los últimos años y que podríamos denominar inversión sostenible, desde
una visión más financiera y con perspectiva a largo plazo, trata de
incorporar de forma integrada criterios económicos, medioambientales y
sociales en la evaluación tradicional de las carteras financieras
invirtiendo en las mejores empresas de cada sector (best in class)
sin llevar a cabo ningún proceso de exclusión. También, bajo el este enfoque
amplio de la ISR se incluyen hoy inversiones que sin discriminar positiva o
negativamente la cartera, tienen como fin mantener un diálogo con las
compañías en las que invierten acerca de su impacto social y medioambiental,
tratando de influir en su comportamiento, llegando incluso a ejercer un
activismo accionarial haciendo uso de los derechos de voto en las juntas
anuales de accionistas.
4. La inversión socialmente responsable como palanca
impulsora de la responsabilidad social empresarial.
Aunque las finanzas éticas tienen ya una larga historia,
sólo recientemente se ha empezado a apreciar su potencialidad como motor de
cambio y transformación en la misión y gestión de las empresas. Éstas
empiezan a ser conscientes de que su responsabilidad no es sólo económica
sino también social y medioambiental y deben tener en cuenta además de los
intereses de los accionistas, los del resto de agentes o grupos de interés
que se relacionan directa o indirectamente con ella.
La denominada responsabilidad social corporativa (RSC) o
responsabilidad social empresarial está despertando en los últimos años un
enorme interés por parte del sector empresarial, las escuelas de negocio,
los inversores e incluso algunos gobiernos.
Desde finales de los noventa han ido apareciendo en el
panorama internacional diferentes iniciativas, códigos, normas o pactos
encaminados a promover dicho comportamiento. La mayoría de estas
recomendaciones, de carácter voluntario, pretenden animar al desarrollo de
políticas y estrategias empresariales que incorporen criterios éticos,
sociales y ecológicos argumentando su necesidad desde diferentes puntos de
vista: moral, económico y social.
La argumentación puramente económica ha traído consigo la
proliferación de códigos de conducta y estándares sectoriales o
empresariales de carácter voluntarista y el resurgimiento de la denominada
inversión socialmente responsable dirigida a incorporar en su valoración de
gestión y riesgos económicos, criterios éticos sociales y medioambientales.
El enfoque de la voluntariedad ( o business case) argumenta a favor
de la Responsabilidad Social Corporativa en función del beneficio que esta
estrategia puede suponer para el negocio, para la empresa. Fundamentalmente,
este enfoque se basa en los vínculos existentes o potenciales entre la
calidad de las relaciones de la empresa con sus stakeholders o grupos
de interés y sus resultados económicos.
Bajo este enfoque se recogen una serie de argumentaciones
teóricas que pretender convencer a los accionistas y a los gestores de que
la RSE es buena para sus propios intereses a la vez que lo es para toda la
sociedad. No se trata de un juego de suma cero sino de ganar-ganar. Además
del capital financiero y de los activos tangibles, las empresas cuentan con
un capital social, humano e intelectual al que hay que prestar atención para
poder obtener el máximo retorno a los recursos utilizados con una visión de
largo plazo. Cada vez más, los empleados, los accionistas y los clientes
valoran esos activos intangibles difíciles de comercializar y que
constituyen la reputación externa y la cultura interna de la empresa.
La investigación ha encontrado evidencia suficiente de que
los buenos resultados sociales y medioambientales benefician a la cuenta de
resultados, aumentando el valor económico de la empresa (Simpson y Kohers,
2002; McWilliams y Siegel, 2000; Griffin y Mahon, 1997; Aupperle, Carroll y
Hatfield, 1985); reduciendo el riesgo (Moore, 2001; Orlitzky y Benjamin,
2001); atrayendo o reteniendo empleados (Backhaus et al. 2002; Turban
y Greening;1997); o incrementando la lealtad y mejorando la imagen o
reputación corporativa (Maignan et al, 1999; Brown y Dacin, 1997).
Además, la empresa con buenos resultados sociales tiene acceso al volumen de
fondos de la inversión socialmente responsable, gana en eficacia por la
mejor gestión de costes, y es más competitiva en licitaciones, en los países
donde hay legislación al respecto.
También los estudios comparativos entre índices bursátiles
éticos o de sostenibilidad (como el FTSE4Good o el Dow Jones Sustainability)
y otros índices de referencia de mercado parecen demostrar que aquellas
empresas preocupadas por medir e informar de su contribución social y
medioambiental obtienen mejores cotizaciones en los mercados que el resto.
Por ello, los fondos de inversión o de pensiones que utilizan estos índices
o que aplican filtros de esta naturaleza en la selección de sus carteras
llegan a obtener mejores rendimientos que el resto. Esta afirmación habría
que matizarla dado que dentro de la inversión socialmente responsable cada
vez más se incluyen no sólo los fondos con criterios excluyentes o negativos
(más expuestos a peores rendimientos por disminuir la diversificación de la
cartera) sino también fondos que aplican criterios tanto positivos como
negativos o fondos que invierten en la mejores empresas que ya sea por
vocación o por mayor capacidad financiera están invirtiendo en RSC.
El argumento del business case es pues el que
utilizan los inversores socialmente responsables (institucionales o no) y
otros inversores que ven en la RSC una práctica de buena gestión empresarial
y que prefieren invertir su capital en aquellas empresas que ya están
gestionando adecuadamente sus riesgos reputacionales, de gobierno
corporativo, sociales y medioambientales y que obtienen las mejores
puntuaciones en estas materias.
Cada vez es mayor el número de inversores que
reclaman información no financiera de las empresas en las que participan y
asumen su papel de accionistas responsables, dialogando con ellas e incluso
interviniendo a través del voto en decisiones que puedan comprometer el
futuro de la empresa por asumir excesivos riesgos RSC.
Las empresas que
están sometidas a este escrutinio de los inversores son fundamentalmente
grandes empresas que cotizan en los mercados financieros internacionales y
en cuyo capital participan fuertemente inversores institucionales cada vez
más preocupados por la RSC.
Así pues, si en su origen las finanzas éticas venían
motivadas por cuestiones morales que obligaban a los inversores éticos
(grupos religiosos, organizaciones medioambientales o sociales) a establecer
filtros a la hora de dirigir su ahorro, en la actualidad los mercados
financieros y los grandes inversores ven en el comportamiento socialmente
responsable de la empresa un valor añadido que revierte en beneficios a
largo plazo y mayor capitalización bursátil.
Al margen de la inversión colectiva socialmente responsable,
el papel de la intermediación financiera directa ejercido por los
bancos a través de la concesión de créditos es crucial en el camino hacia la
RSC. Algunos bancos más responsables socialmente han empezado a adoptar
técnicas para evaluar los riesgos medioambientales, sociales y – en general-
de reputación, lo que aumenta la probabilidad de exclusión de la
financiación para las empresas menos responsables socialmente o en el mejor
de los casos el empeoramiento de las condiciones contractuales de sus
préstamos, favoreciendo de ese modo a las empresas más responsables
socialmente y estimulando por lo tanto una creciente responsabilidad por
parte de todas las empresas.
Así pues, una progresiva asunción de responsabilidad ética y
social por parte del sector financiero (entidades bancarias o fondos de
inversión) acabaría empujando la economía en su conjunto en la misma
deseable dirección de una mayor responsabilidad.
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