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ISSN 1913-6196

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Las inversiones socialmente responsables
como palanca de cambio económico y social

Desarrollo Humano Sustentable

Marta de la Cuesta González

Parte 2 /4

3. Historia de la inversión ética

El origen de las inversiones éticas hay que encontrarlo en motivaciones de índole moral o religiosa. Así, en la década de los cincuenta, algunos grupos religiosos, como los cuáqueros, empiezan a aplicar políticas de inversión que discriminaban actividades como la producción de tabaco y alcohol, y las vinculadas a la industria del juego, actividades que, de acuerdo a sus idearios, dañaban el tejido moral de la sociedad.

Posteriormente, durante la guerra de Vietnam, grupos activistas recuperaron la idea de que la inversión podría ser un importante instrumento de presión ante las empresas, introduciendo estímulos al cambio de las mismas. Las motivaciones eran entonces de índole más social al igual que ocurría en la siguiente década de los 80, cuando se utilizan de nuevo esta inversiones contra la política de Apartheid practicada por el gobierno de Sudáfrica. Los primeros fondos de inversión éticos (FIE) surgen en Estados Unidos ligados al rechazo a estos dos sucesos. En el primero de los casos, se trata de fondos que excluyen de su cartera a aquellas empresas vinculadas con la producción de armamento, supuestamente destinada al abastecimiento de las necesidades de la guerra. Es el caso del denominado Pax World Fund, el primer fondo de inversión ético creado en 1968 de la mano de L.E. Tysson y J.E. Corbett. En el segundo caso, la decisión de muchos inversores de evitar orientar sus recursos hacia compañías con negocios en Sudáfrica en combinación con acciones de tipo político, tuvieron como efecto que entre 1984 y 1990 el número de compañías norteamericanas que invertían directamente en este país descendiera de 317 a 124.

A partir de entonces se desarrollan y consolidan las inversiones socialmente responsables en EEUU llegando a representar a principios del siglo XXI cerca de un 10% de los activos invertidos en los mercados y a contar con alrededor de 100 fondos éticos. Además, cerca de un billón de dólares es controlado por inversores que son accionistas activos en responsabilidad social. Estas instituciones de diálogo constructivo utilizan el poder de la propiedad de las acciones para poder llevar a cabo resoluciones en la empresa que fomenten comportamiento éticos y sociales de éstas.

En Europa, no es hasta la década de los ochenta cuando empieza a desarrollarse el mercado de los fondos éticos, consolidándose posteriormente en la década de los noventa. El primer fondo ético, el Friends Provident Stewardship fue lanzado al mercado en 1984 en el Reino Unido, país donde el mercado de la inversión socialmente responsable se encuentra más maduro con un crecimiento espectacular desde 1989. En este país tienen especial relevancia los fondos de pensiones éticos y además es posible optar por una pensión con plan de inversión personalizado con una vasta gama de propuestas. También se puede utilizar como instrumento la contribución voluntaria adicional con la que los empresarios, a solicitud de sus empleados, pueden integrar las contribuciones de previsiones sociales aceptando incluso sugerencias de las inversiones a realizar. Además, los gestores de fondos de pensiones declaran, desde que en julio de 2000 entrara en vigor la normativa, qué tipo de consideraciones sociales guían sus inversiones (si es que tienen alguna). Esto no significa que tengan que seguir principios sociales sino que lo tienen que manifestar, tanto si lo hacen como si no.

Sin embargo, pese a que estas medidas legislativas se han reproducido en otros países, como Bélgica y Alemania, el mercado de la inversión socialmente responsable apenas supera el 1% en Europa. Otros países como Australia, Canadá, Japón tienen también desarrollado este mercado de fondos, mientras que en España se encuentra en una etapa totalmente incipiente, con algo más de una decena de fondos de inversión éticos nacidos casi en su totalidad a finales de los noventa.

Como hemos apuntado, la inversión ética tradicional ha tenido una motivación básicamente moral ideológica o social y se ha centrado en el boicot o la exclusión de determinados sectores industriales de las carteras de inversión. Sin embargo, la nueva corriente que se va imponiendo en los últimos años y que podríamos denominar inversión sostenible, desde una visión más financiera y con perspectiva a largo plazo, trata de incorporar de forma integrada criterios económicos, medioambientales y sociales en la evaluación tradicional de las carteras financieras invirtiendo en las mejores empresas de cada sector (best in class) sin llevar a cabo ningún proceso de exclusión. También, bajo el este enfoque amplio de la ISR se incluyen hoy inversiones que sin discriminar positiva o negativamente la cartera, tienen como fin mantener un diálogo con las compañías en las que invierten acerca de su impacto social y medioambiental, tratando de influir en su comportamiento, llegando incluso a ejercer un activismo accionarial haciendo uso de los derechos de voto en las juntas anuales de accionistas.

4. La inversión socialmente responsable como palanca impulsora de la responsabilidad social empresarial.

Aunque las finanzas éticas tienen ya una larga historia, sólo recientemente se ha empezado a apreciar su potencialidad como motor de cambio y transformación en la misión y gestión de las empresas. Éstas empiezan a ser conscientes de que su responsabilidad no es sólo económica sino también social y medioambiental y deben tener en cuenta además de los intereses de los accionistas, los del resto de agentes o grupos de interés que se relacionan directa o indirectamente con ella.

La denominada responsabilidad social corporativa (RSC) o responsabilidad social empresarial está despertando en los últimos años un enorme interés por parte del sector empresarial, las escuelas de negocio, los inversores e incluso algunos gobiernos.

Desde finales de los noventa han ido apareciendo en el panorama internacional diferentes iniciativas, códigos, normas o pactos encaminados a promover dicho comportamiento. La mayoría de estas recomendaciones, de carácter voluntario, pretenden animar al desarrollo de políticas y estrategias empresariales que incorporen criterios éticos, sociales y ecológicos argumentando su necesidad desde diferentes puntos de vista: moral, económico y social.

La argumentación puramente económica ha traído consigo la proliferación de códigos de conducta y estándares sectoriales o empresariales de carácter voluntarista y el resurgimiento de la denominada inversión socialmente responsable dirigida a incorporar en su valoración de gestión y riesgos económicos, criterios éticos sociales y medioambientales. El enfoque de la voluntariedad ( o business case) argumenta a favor de la Responsabilidad Social Corporativa en función del beneficio que esta estrategia puede suponer para el negocio, para la empresa. Fundamentalmente, este enfoque se basa en los vínculos existentes o potenciales entre la calidad de las relaciones de la empresa con sus stakeholders o grupos de interés y sus resultados económicos.

Bajo este enfoque se recogen una serie de argumentaciones teóricas que pretender convencer a los accionistas y a los gestores de que la RSE es buena para sus propios intereses a la vez que lo es para toda la sociedad. No se trata de un juego de suma cero sino de ganar-ganar. Además del capital financiero y de los activos tangibles, las empresas cuentan con un capital social, humano e intelectual al que hay que prestar atención para poder obtener el máximo retorno a los recursos utilizados con una visión de largo plazo. Cada vez más, los empleados, los accionistas y los clientes valoran esos activos intangibles difíciles de comercializar y que constituyen la reputación externa y la cultura interna de la empresa.

La investigación ha encontrado evidencia suficiente de que los buenos resultados sociales y medioambientales benefician a la cuenta de resultados, aumentando el valor económico de la empresa (Simpson y Kohers, 2002; McWilliams y Siegel, 2000; Griffin y Mahon, 1997; Aupperle, Carroll y Hatfield, 1985); reduciendo el riesgo (Moore, 2001; Orlitzky y Benjamin, 2001); atrayendo o reteniendo empleados (Backhaus et al. 2002; Turban y Greening;1997); o incrementando la lealtad y mejorando la imagen o reputación corporativa (Maignan et al, 1999; Brown y Dacin, 1997). Además, la empresa con buenos resultados sociales tiene acceso al volumen de fondos de la inversión socialmente responsable, gana en eficacia por la mejor gestión de costes, y es más competitiva en licitaciones, en los países donde hay legislación al respecto.

También los estudios comparativos entre índices bursátiles éticos o de sostenibilidad (como el FTSE4Good o el Dow Jones Sustainability) y otros índices de referencia de mercado parecen demostrar que aquellas empresas preocupadas por medir e informar de su contribución social y medioambiental obtienen mejores cotizaciones en los mercados que el resto. Por ello, los fondos de inversión o de pensiones que utilizan estos índices o que aplican filtros de esta naturaleza en la selección de sus carteras llegan a obtener mejores rendimientos que el resto. Esta afirmación habría que matizarla dado que dentro de la inversión socialmente responsable cada vez más se incluyen no sólo los fondos con criterios excluyentes o negativos (más expuestos a peores rendimientos por disminuir la diversificación de la cartera) sino también fondos que aplican criterios tanto positivos como negativos o fondos que invierten en la mejores empresas que ya sea por vocación o por mayor capacidad financiera están invirtiendo en RSC.

El argumento del business case es pues el que utilizan los inversores socialmente responsables (institucionales o no) y otros inversores que ven en la RSC una práctica de buena gestión empresarial y que prefieren invertir su capital en aquellas empresas que ya están gestionando adecuadamente sus riesgos reputacionales, de gobierno corporativo, sociales y medioambientales y que obtienen las mejores puntuaciones en estas materias.

Cada vez es mayor el número de inversores que reclaman información no financiera de las empresas en las que participan y asumen su papel de accionistas responsables, dialogando con ellas e incluso interviniendo a través del voto en decisiones que puedan comprometer el futuro de la empresa por asumir excesivos riesgos RSC.

 Las empresas que están sometidas a este escrutinio de los inversores son fundamentalmente grandes empresas que cotizan en los mercados financieros internacionales y en cuyo capital participan fuertemente inversores institucionales cada vez más preocupados por la RSC.

Así pues, si en su origen las finanzas éticas venían motivadas por cuestiones morales que obligaban a los inversores éticos (grupos religiosos, organizaciones medioambientales o sociales) a establecer filtros a la hora de dirigir su ahorro, en la actualidad los mercados financieros y los grandes inversores ven en el comportamiento socialmente responsable de la empresa un valor añadido que revierte en beneficios a largo plazo y mayor capitalización bursátil.

Al margen de la inversión colectiva socialmente responsable, el papel de la intermediación financiera directa ejercido por los bancos a través de la concesión de créditos es crucial en el camino hacia la RSC. Algunos bancos más responsables socialmente han empezado a adoptar técnicas para evaluar los riesgos medioambientales, sociales y – en general- de reputación, lo que aumenta la probabilidad de exclusión de la financiación para las empresas menos responsables socialmente o en el mejor de los casos el empeoramiento de las condiciones contractuales de sus préstamos, favoreciendo de ese modo a las empresas más responsables socialmente y estimulando por lo tanto una creciente responsabilidad por parte de todas las empresas.

Así pues, una progresiva asunción de responsabilidad ética y social por parte del sector financiero (entidades bancarias o fondos de inversión) acabaría empujando la economía en su conjunto en la misma deseable dirección de una mayor responsabilidad.

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