Una publicación de CDF     | Enlaces | Comentarios | Contacto | Búsqueda |

ISSN 1913-6196

Inicio Temas Autores Reseñas Libros Recursos digitales
Ediciones Documentos Multimedia Lectores opinan Entrevistas Nosotros
Año 2008 Vol. VI
Futuros 21
 Futuros 20
Año 2007 Vol. V
 Futuros 19
 Futuros 18
 Futuros 17
Año 2006 Vol . IV
 Futuros 16
 Futuros 15
 Futuros 14
 Futuros 13

Año 2005 Vol.  III

 Futuros 12
 Futuros 11
 Futuros 10
 Futuros 9
Año 2004 Vol. II
 Futuros 8
 Futuros 7
 Futuros 6
 Futuros 5
Año 2006 Vol.  I
 Futuros 4
 Futuros 3
 Futuros 2
 Futuros 1
 
Más leídos

1. ¿Qué entender por sostenibilidad?

2. ¿Qué son los conflictos?

3.Democracia real, democracia formal. ¿Existe la democracia?

4. Energías renovables: ventajas y desventajas de la energía eólica

5. ¿Cómo evitar el suicidio en adolescentes?

6. El emprendedor y las pequeñas empresas

7. Sociedad política y sociedad civil: ¿nuevos modelos de democracia?

8. ¿Qué impacto puede tener la ética?

9. Comunicación para la equidad de géneros: el poder de la palabra

10. Mediación dirigida por los individuos

 

Periodos históricos del vínculo religión y migración en México

Población

Rodolfo Casillas Ramirez

Parte 1 /2

A lo largo de la historia de México se han establecido distintos vínculos entre prácticas religiosas y migraciones internacionales, particularmente europeas y estadounidenses. Estos vínculos han sido mediados por procesos sociales, políticos, culturales y jurídicos, así como por acontecimientos internacionales y nacionales. A lo largo de poco más de cinco siglos, en México se ha transitado del monopolio simbólico de la religión a la pluralidad de creencias, principalmente cristianas. El tránsito no ha sido fácil, unívoco, uniforme en todo el territorio nacional y en todos los sectores sociales, ni, mucho menos, ha llegado a un estadio de desarrollo de plena vigencia de la convivencia pacífica y respetuosa entre los habitantes con diversa adscripción religiosa. En efecto, el problema de la otredad muestra en este proceso un doble rostro que concita el rechazo, la incomprensión, la vejación, cuando no la violencia extrema: la otredad extranjera y la otredad del confeso de una creencia subordinada, minoritaria, socialmente dominada, referida de manera prioritaria, aunque no exclusiva, a las prácticas cristianas diversas a la católica dominante.

Sin lugar a dudas, el marco jurídico prevaleciente en cada momento histórico tuvo, y tiene, mucho que ver en la presencia pública, o en la opacidad social, de las preferencias religiosas. En el pasado remoto se suponía, a raíz de las guerras de religión ocurridas en Europa, que los nacionales de tal y cual país, por el simple hecho de su nacionalidad de origen, eran de tal o cual religión, lo cual sabemos no siempre fue así. Pero ello sirvió para abrir o cerrar puertas al extranjero según fuera el caso. Éste, sabedor de tal prejuicio, en sus esporádicos encuentros en los puertos marítimos, o estadías más o menos duraderas en países diferente al propio, sabía qué podía o no hacer, cómo practicar o no su creencia, de qué hablar o no en sociedad, a qué se exponía o no mostrando su identidad confesional. Los lugareños, de igual manera, sabían qué podían o no hacer, los beneficios o riesgos que corrían de mantener vínculos con un extranjero, sobre todo si éste era de un país considerado enemigo y practicante de una religión ajena a la propia. Si el extranjero corría riesgos durante su paso efímero, mayores peligros enfrentaba el lugareño que se relacionaba con él, pues de la sospecha, el ostracismo y otros daños mayores no se libraba aún cuando el visitante ya hubiera partido. Por esta razón, habría que hacer referencia a los procesos culturales de identificación y de diferenciación social, nacional y religiosa que han dejado una impronta en la manera en como las sociedades se relacionan con la otredad religiosa y extranjera, más allá de los dictados de la norma jurídica nacional. Concepciones culturales, jurídicas y prácticas hacia la otredad han cambiado con el tiempo. De ello se exponen algunos rasgos centrales en este texto.

I. El monopolio simbólico (y real) de la religión

Un primer momento sería el de la época colonial, en la cual las condiciones jurídicas y políticas no permitieron el establecimiento en México de evangelizadores inmigrantes de otras latitudes que no fueran las hispanas y que hicieran declaración pública de su pertenencia religiosa al catolicismo. Como se sabe, al poco tiempo de que España estableciera su dominio en este territorio, surgió el protestantismo como concepción y práctica alternativas al catolicismo, lo que motivo que los reyes españoles cerraran o restringieran los vínculos de los hispanoparlantes con los de otras lenguas y procederes sociales.

En particular, se destacaron en esta labor Carlos I, a la vez emperador Carlos V, y Felipe II, quienes en sus largos reinados establecieron las normas que seguirían sus descendientes Habsburgo, así como sus sucesores Borbones. La única inmigración religiosa fomentado y respaldada, mediante la cobertura legal del Real Patronato de Indias o Patronato Eclesiástico, fue la del clero regular y secular de la Iglesia católica.

En este lapso, pues, habría que distinguir las inmigraciones católicas de otras cristianas-protestantes. Las primeras estuvieron vinculadas a las tareas de evangelización y pacificación de las poblaciones indígenas; las segundas fueron prohibidas y quienes eran descubiertos en su práctica cristiana disidente eran catalogados como herejes, recibiendo el trato correspondiente.1 Recuérdese, a manera de ejemplo, las consabidas pruebas de sangre, la compra de títulos, la creación artificial de nuevas identidades para poder vivir en la Colonia, como fue el caso de los judíos y de otras minorías que tuvieron que disfrazar su identidad étnica y cultural para poder vivir en la Nueva España. No está por demás indicar que una parte significativa de los herejes eran miembros de las tripulaciones marítimas de las potencias opositoras de España (Inglaterra y Holanda, por ejemplo) por lo que, con cierta facilidad, se podía identificar al extranjero que atentaba contra el régimen sociopolítico español con el disidente confesional.

II. El reaquebrajamiento del monopolio de la religión

Un segundo momento sería el de los primeros 50 años de la vida independiente de México en el siglo XIX. La confrontación de distintos proyectos de nación, encabezados por las fracciones conservadoras y liberales, no impedía que ambas fracciones coincidieran en la necesidad de importar gente que viniera a ocupar espacios vacíos del territorio nacional, a la vez que con su presencia enriquecieran el desarrollo del país por sus conocimientos de distintas actividades productivas. Empero, discrepaban en el tipo de emigrante deseado; los conservadores, en aras de preservar el catolicismo, pretendían españoles y católicos, mientras que los liberales, por su parte, volteaban sus ojos a los pueblos anglosajones. Como es sabido, el triunfo liberal permitiría a finales de los cincuenta el establecimiento de las libertades de conciencia, creencia y entre otras, lo que daría facilidad, al menos jurídica, para que gente de otras latitudes y creencias vinieran a residir en México.

La experiencia nacional de Estados Unidos conjugaba inmigración europea con expansión territorial, lo que creaba una seria preocupación en los efímeros gobiernos mexicanos de ese entonces. Poblar la frontera norte, por un lado, se convirtió en una medida necesaria para contrarrestar la amenaza expansionista estadounidense; por otro lado, se vio la necesidad de pacificar a las poblaciones nómadas del norte, a efecto de establecer una gobernabilidad hasta entonces ausente. En la pretendida pacificación el envío de misioneros católicos, entre los que destacaban los franciscanos, agustinos, dominicos y jesuitas, fue un factor determinante para el logro de dicho objetivo.2

La Constitución de Apatzingán se convirtió en un dique infranqueable. En efecto, en ella se estipulaba que para el logro de la ciudadanía el extranjero debía profesar la religión católica. Así que la idea de estimular la inmigración de irlandeses, renanos y alemanes a la región de Texas, no obstante que entre ellos había católicos convencidos, no fructificó. Pronto, en 1836, se verían los resultados, al menos como formulación justificatoria, en la declaración de independencia texana se expuso el "derecho de adorar al Ser Supremo, según nuestra conciencia", que se les negaba, "mientras el gobierno sostiene una religión dominante y nacional, cuyo culto ha tenido más bien por objeto servir a los intereses temporales de sus siervos, que a la gloria de Dios."

La experiencia les indicó a los liberales en particular que la intolerancia religiosa se había convertido en un grave impedimento para el logro de sus propósitos poblacionales. Fernández de Lizardi criticó ya en 1825 la Constitución de 1824 que mantenía la intolerancia religiosa, en los siguientes términos: "¿Qué extranjeros han de querer venir a radicarse a un país donde lo primero que se les exige es que abandonen su religión nativa?"3

José María Luis Mora, por su parte, también llamó la atención sobre la necesidad de practicar la tolerancia religiosa como un medio eficaz para la colonización. Para él, la intolerancia oficial tenía como consecuencia que sólo extranjeros católicos pudieran venir al país en forma aceptable. Para él, la situación demandaba un cambio en las políticas oficiales a fin de atraer colonos de otras latitudes de manera inmediata.

Había, empero, otros factores que incidían en el fracaso poblacional, tal y como lo señaló Lafragua en 1846: "Varias ha sido las causas que más inmediatamente y directamente se han opuesto a la colonización: aisladas, la hubieran retardado; reunidas, la han nulificado. La intolerancia religiosa, que según algunos, ha sido la más eficaz, por sí sola no podía impedir la colonización; porque únicamente puede haber servido de obstáculo a los que no profesan el culto católico; más no a muchos americanos y alemanes, ni a los españoles, franceses, italianos e irlandeses; de suerte que bien se pudo poblar una gran arte del territorio, si no hubieran concurrido otras razones más graves sin duda. El estado incesante de revolución en que hemos vivido, y que ha hecho de todo punto ilusorias las garantías individuales, unido al disgusto con que generalmente al principio y después en algunas partes se ha visto a los extranjeros, efecto preciso de las preocupaciones de la educación colonial, es a mi juicio el verdadero y más poderoso obstáculo que se ha opuesto a la colonización."4

Durante los primeros decenios de vida independiente, el debate sobre la colonización estuvo estrechamente ligado a la libertad de creencias; en un primer momento, restringido a la permisividad o no para los extranjeros de culto diferente al católico. Posteriormente, la cuestión se complicó cuando un sector liberal empezó a propugnar que hubiera libertad confesional también para los nacionales, lo que francamente alarmó a los sectores más tradicionales. Incluso, gobiernos moderados como el de Comonfort (a mediados de siglo) no encontraron argumentos suficientes para introducir la tolerancia de cultos.5

Los intentos de formalizar vínculos trascendían los estrictamente comerciales y tocaban los cotidianos de inmigrantes jóvenes y mancebos que pretendía formar familia, no siempre con los mejores resultados. Un alemán de la época relató en sus memorias lo ocurrido a un coterráneo suyo en los siguientes términos: "Sólo después de que Haas hubiera prometido convertirse al catolicismo, el padre de la novia consintió la boda (…). Por parte de los curas católicos, el pobre enamorado se ha visto muy maltratado. Primero, tuvo que dejarse informar por el cura sobre los deberes y las prescripciones de la Iglesia católica; luego, vestido de penitente, tuvo que golpear contra la puerta de la iglesia, que estaba cerrada, y a la pregunta desde dentro, que quién estaba fuera, tuvo que contestar ‘un pobre pecador perdido que ruega se le vuelva a aceptar en el seno de la única religión que hace posible la salvación eterna’, y otras cosas más por el estilo. Después siguieron más formalidades que terminaron en que tenía que abjurar de sus padres y de su parentela (…). Pasaron semanas hasta que quedaron resueltas todas las dificultades y la familia de la Vega se dispuso a permitir que se realizara el matrimonio. Antes de que tuviera lugar la boda, el pobre Haas tuvo que recorrer las calles con una vela en una procesión solemne, e ir a confesarse y prometer solemnemente que cumpliría todas las obligaciones que la Iglesia prescribía al marido."6

Durante esta fase, los distintos grupos políticos coincidieron, pues, en la necesidad de colonizar México con extranjeros. En particular, para los liberales la colonización no sólo significaba contar cuantitativamente con más gente, sino también tenía un componente modernizador, esto es, la intención de mejorar cualitativamente en tanto que se traerían, con los inmigrantes, aportaciones culturales que enriquecerían la cultura local, aparte de que ellos contribuirían a la estabilidad política en el país.7

Sin ser el único elemento explicativo del fracaso colonizador, la intolerancia religiosa fue un argumento muy socorrido en el debate político de la época. Y, sin duda, la necesidad de tolerancia confesional fue el gran tema de debate en las discusiones del Congreso del 57, que no fructificó en un cambio legal que la adscribiera. Sería en el año de 1860, tres años después, cuando se aprobarían las Leyes de Reforma que incluían la libertad de cultos.

I

Notas

Ir a:

Primera Parte
Segunda Parte

Siguiente: Libertades cívicas y 

Descargar este artículo   Imprimir


Este website esta bajo la licencia de Creative Commons Licence
Cualquier material de esta revista puede reproducirse libremente de forma impresa o electrónica sin previa autorización, siempre que se cite como  fuente a la Revista Futuros y su uso no sea con fines comerciales. Agradeceríamos ser informados y que se nos hiciera llegar una copia o referencia del material reproducido.
Se exceptúan de la libre reproducción los materiales tomados de otras fuentes; para reproducir estos artículos debe pedirse autorización a la fuente original.

Las opiniones expresadas en los artículos son de los y las autores y no del American Friends Service Committee o de Citizen Digital Facilitation
Los invitamos a enviarnos sus colaboraciones, las cuales serán  publicadas de ser seleccionadas por la dirección de la revista.
Si tiene problemas o preguntas relacionadas con esta Web, póngase en contacto con
[webmaster@revistafuturos.info]
Última actualización: