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ISSN 1913-6196

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Periodos históricos del vínculo religión y migración en México

Población

Rodolfo Casillas Ramirez

Parte 1 /2

III. Libertades cívicas y primeros rostros de pluralidad religiosa

A partir de los años sesenta del siglo XIX se abre un espectro legal nuevo, que habría de prolongarse por más de cien años, no sólo para el establecimiento de extranjeros con distinta confesión a la católica sino también para legalizar la posibilidad de que los mexicanos pudieran practicar la libertad de creencias.

Aunque los propósitos liberales encontraron un marco legal y político más acorde con sus fines, curiosamente la colonización antes esperada no se realizó, ni en los debates públicos siguió siendo tema de interés como antaño. Las miras del progreso estaban centradas en otros aspectos.

En unos cuantos años, las prácticas confesionales prohibidas salieron de su clandestinidad, o bien llegaron abiertamente del exterior. Así, para 1876 se registra la presencia de 129 congregaciones protestantes en el país, particularmente localizadas en las regiones centro, Occidente y Norte.8 Para 1883, es decir, pocos años más tarde, ya había 12 juntas misionales y 264 congregaciones.9 Durante esta segunda mitad del XIX, serán los misioneros de las iglesias presbiteriana, bautista, congregacionalista y metodista, todas procedentes de los Estados Unidos, los que realizarán la labor evangelizadora y educativa del protestantismo en México.

El surgimiento y el crecimiento inusitado de organizaciones protestantes sólo se explica por la conjugación de desarrollos previos de disidencia confesional, la existencia de un marco legal propicio, las transformaciones sociales que vivía el país bajo el impulso liberal, las expectativas sociorreligiosas que suscitaban las nuevas organizaciones confesionales, la emergencia de nuevos sectores sociales, la apertura a la cultura e inmigración, y sin duda, a las diversas dificultades que enfrentaba interna y socialmente la Iglesia católica.

La inmigración en este período no será masiva como en un momento quisieron los grupo de poder, pero sí selectiva; entre otros, vendrán técnicos y empresarios de la época, así como institutrices, maestros -entre ellos, los difusores del sistema lancasteriano-, misioneros, pastores y ministros de distinto culto protestante.

En 1887 la Cámara de Diputados aprobó la iniciativa para establecer un programa de instrucción obligatoria, con el objeto de que la educación adoptara los ideales liberales del Porfiriato. Su aprobación significará, de manera indirecta, un apuntalamiento de los propósitos de las iglesias protestantes, pues éstas, también por vía de la educación, propondrán la transformación de la sociedad, aunque desde su particular óptica confesional.

La educación y la evangelización, dos actividades congénitas en las tareas de los cristianos protestantes, se verán beneficiadas, en consecuencia, por los planes gubernamentales de instrucción escolar. Como bien lo registran los archivos, prácticamente en cada lugar de misión y de iglesia protestantes, en el mismo local de culto o en uno aledaño, se impartirán las nociones educativas básicas y, con el transcurrir del tiempo y la ampliación de la red educativa, se extenderán los cursos de la primaria a la secundaria, a la normal, a la escuela técnica de artes y oficios ─para satisfacción de los liberales que buscaban el progreso social mediante la educación e instrucción, hasta alcanzar la educación superior.

Las organizaciones protestantes tendrían un génesis y un desarrollo inicial de gran trascendencia por la oportuna coincidencia de sus proyectos de educación y evangelización con los propósitos del Estado liberal de las postrimerías del siglo XIX, de crear una nueva sociedad que se normara por valores seculares, a la vez que diera una cierta tolerancia a la pluralidad ─religiosa y social─. La coincidencia, pues, establecerá una alianza en los hechos. En la formación de una nueva identidad cívica, el protestantismo será un aliado natural del Estado durante esa parte del XIX y los tres primeros decenios del XX.

El desarrollo del protestantismo se observará en la parte central de México, en las áreas periféricas, en zonas de colonización reciente, con economía agrícola en expansión tipo farmer, en las vinculadas a la producción especializada para la exportación -en el caso de Chiapas, en las fincas cafeticultoras, propiedad de alemanes-, así como ciudades que engrosaban sus bases poblacionales con continuos flujos migratorios, deseosos de explorar los nuevos caminos que ofrecía el progreso liberal -tales son los casos de Puebla, Tabasco, Chiapas, Chihuahua, Tlaxcala, Zacatecas, Nuevo León, Guanajuato, San Luis Potosí, e Hidalgo principalmente.10

La expansión protestante no fue tan fácil, si se toman en cuenta sólo las cifras. Fueron innumerables las ocasiones en que fueron expulsados los misioneros y apaleados los conversos, a grado tal que la Secretaría de Gobernación tuvo que instruir con bastante frecuencia a los gobiernos estatales, mediante circulares, sobre el respeto a la libertad de creencia y de tránsito de los misioneros, lo que denota los avatares sociales que enfrentó la evangelización protestante.11

Aun así, la membresía y el número de locales siguió en aumento. De hecho, la trayectoria ascendente se mantendrá constante hasta mediados de los años treinta del siglo XX. Para 1875 se registran 125 congregaciones; para 1882, 239; 393 para 1888; 469 para 1892; 600 para 1897; 550 para 1903 y 700 para 1910.12 Según Balwin, para 1911 había 95 escuelas, 204 lugares de congregación, 114 lugares de residencia de ministros, con un 80% de lugares habilitados para colegios.

En el periodo 1870-1920 hubo un promedio anual de 700 alumnos por colegio, destacando por otra parte el hecho de que por cada dos alumnas había un alumno. Para 1913, había 614 escuelas con una presencia más evidente en las regiones centro y Norte de México, tanto citadinas como rurales, dándose el caso de que en algunos lugares hubo más escuelas protestantes que católicas, como en Tampico en 1910; sin embargo, esto último fue más excepcional que la regla.13

La oferta social de las organizaciones protestantes de modelo liberal, con la idea del progreso individual, el libre discernimiento y la superación con base en el mérito y la capacidad del individuo, resultó una instancia orgánica promisoria para los sectores sociales emergentes y, en particular, para los que emigraban del campo a las ciudades. De ahí la correspondencia de génesis y crecimientos significativos en las regiones, lugares y sectores sociales más impactados por la dinámica liberal, el éxito de las escuelas y cursos de artes y oficios, la trascendencia de las actividades formativas, económicas y sociales de sus miembros más dilectos -maestros, comerciantes, empleados varios del sector terciario, pequeños propietarios agrícolas, etcétera- y su orgullo inocultable por normar su vida por los principios éticos de la industrialización naciente: puntualidad, eficiencia, limpieza, obediencia, cierta austeridad y rechazo al consumo del alcohol y el tabaco.14

Para 1913 la presencia protestante se distribuía en los estados federales de la siguiente forma: en Aguascalientes, Durango, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Estado de México y Michoacán había dos sociedades protestantes por entidad; en Chiapas, Querétaro, Sinaloa, Tlaxcala, Yucatán, Morelos, Tabasco y Zacatecas, una; en Jalisco y San Luis Potosí, cinco por estado; en el Distrito Federal seis; en Chihuahua, siete; en Nuevo León, ocho; en Oaxaca, Puebla y Veracruz, tres por entidad; Sonora con cuatro; y Tamaulipas con seis. Prácticamente, pues, en todas las entidades federales había presencia organizada de protestantes, las que, según los registros, mantenían su sede local en las capitales de las 26 entidades citadas.15

La participación social de los protestantes organizados continuó en ascenso durante el periodo revolucionario y posrevolucionario, particularmente debido a los vínculos personales de algunos miembros destacados de la comunidad protestante con jefes revolucionarios como Carranza, Obregón y Calles. Sería con los secretarios de Educación Félix F. Palavicini (1914-1916) y José Vasconcelos (1921-1924) que la participación de los docentes protestantes alcanzaría su máximo esplendor. De entre los protestantes más destacados en ese periodo cabría mencionar a Andrés Osuna,16 Alfonso Herrera,17 Benjamín Velazco,18 Juana Palacios.19

Para 1939 los registros indican que hay un significativo decremento en el número de locales educativos protestantes y un crecimiento lento, aunque sostenido, en el total de alumnos. La presencia y actuación del protestantismo histórico en las labores educativas en el país empieza a decrecer de manera ininterrumpida. A diferencia de lo ocurrido a finales del siglo XIX, esta vez el Estado cuenta con una fuerza, con cierta estabilidad gubernamental y, de manera significativa, un proyecto educativo y cultural. La coyuntura ya es otra: la oferta educativa gubernamental "ha logrado avances en la formulación de civilidad secular acordes con sus planes de modernización industrial; las propuestas de los protestantes quedan así, subsumidas y superadas",20 aparte de que el nuevo liderazgo autóctono del protestantismo ya no hace tanto hincapié en la evangelización puerta a puerta, sino que recurre a otros medios, más adecuados con el proceder de las clases medias, donde, hasta la fecha, conserva su principal base poblacional.

Justo cuando se inicia el reflujo del protestantismo histórico, allá por los años cuarenta, empieza a ser observada la actividad evangelizadora de otro tipo de sociedades cristianas, de corte pentecostal, y unas terceras llamadas paracristianas, por el carácter subordinado, a veces inexistente, que hacen de la figura de Cristo en su concepción confesional, o de La Biblia misma ─es el caso de los llamados mormones y de los Testigos de Jehová. En semejanza con sus antecesoras, las asociaciones protestantes, estas organizaciones cristianas y paracristianas logran rápidamente establecer sus propias bases poblacionales, manteniendo hasta el presente un crecimiento constante y fácilmente localizable en cualquier parte del territorio nacional. Ellas nutren su membresía de sectores subalternos de escasos recursos y de la clase media. A diferencia de ellas, estas nuevas sociedades no eslabonan la evangelización a la instrucción y educación escolarizadas; mientras que el protestantismo mexicano tiene hoy en día menos de 50 centros educativos -primarias, secundarias e institutos- las pentecostales y paracristianas no desarrollan un proyecto de evangelización y educación nacional, si bien cuentan con algunas escuelas y cursos de formación teológica.

Aunque en un primer momento hubo mayor incidencia de misioneros extranjeros, los estudios sociográficos,21 antropológicos,22 y encuestas23 realizadas en los últimos años del decenio de los ochenta concluyen que aproximadamente entre 90 y 97% de los pastores, ministros, evangelizadores, etcétera son mexicanos de nacimiento.

También a diferencia de lo ocurrido con el protestantismo histórico, las organizaciones pentecostales y pracristianas no pretenden coligarse a objetivos sociales impulsados por el Estado; antes bien, su actividad sociorreligiosa ha sido objeto de preocupación de distintos funcionarios públicos.

Por otro lado, su labor evangelizadora se basa en una constante movilidad de sus principales encargados de promoverla; el envío de misioneros a nuevos lugares es una práctica cotidiana -de hecho, algunas partes de México siguen siendo tierra de misión para las distintas organizaciones cristianas; el Sur y el Sureste, por ejemplo. Los lugares en donde estas sociedades religiosas han ensanchado sus bases poblacionales se caracterizan por ser zonas de fuerte inmigración, áreas rurales en proceso de cambio o de olvido gubernamental, lugares de reciente industrialización y localidades con crecimiento urbano acelerado. Es decir, grupos sociales con mayor grado de exposición a los procesos de movilidad social, de mayor vulnerabilidad económica e insuficiente -o inexistente- representación social ─en otras palabras, sectores que no cuentan con instancias institucionales que representen sus intereses ante el sector público o la sociedad en conjunto.

Los pocos estudios de campo que hay sobre las actividades sociorreligiosas de estas disidencias cristianas señalan que las más practicadas son las donación de ropa y alimentos, programas formales de educación, cursos de superación personal, asesoría legal y labora, gestoría pública, bolsa de trabajo, atención médica y proyectos de financiamiento para la construcción de viviendas. No obstante, los estudios sociográficos indican que dichas actividades representan 20 por ciento del total de sus labores, en el mejor de los casos, y que del 73.9 al 94.6% es para la actividad religiosa.

Palabras finales

Estas notas han tenido como propósito documentar algunos de los vínculos existentes entre migración y religión en México, a la luz de los macroprocesos de desarrollo y transformación social. Como se observa en el texto, si bien en momentos determinados factores externos han tenido una importancia vital, en los posteriores los procesos internos ─tanto por actores como por la dinámica seguida─ han determinado el curso de los cambios y participaciones de los grupos y sociedades religiosas, en particular las cristianas protestantes, pentecostales y paracristianas. Sin duda, falta un desarrollo mayor, profundo y cuidadoso, para sopesar las condiciones sociales que han favorecido la génesis y reproducción de las sociedades religiosas, así como precisar el peso particular del fenómeno migratorio en la conversión, y viceversa. Independientemente de sus limitaciones, el texto sirve para observar que los cambios en la composición religiosa de la población mexicana han estado íntimamente vinculados a situaciones de cambio social en las que los procesos migratorios tienen un lugar particular.

Notas

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