|
Parte 4 /6
La no violencia ayuda a la reconciliación
En
este punto conviene recordar cómo desde la Investigación para la Paz, la
teoría política y la práctica de la noviolencia nos permite avanzar
significativamente para reforzar la tarea y la comprensión de muchos de los
nuevos procesos de reconciliación, aunque claro está no de todos. Gandhi
decía, y evidentemente es sólo una cita de autoridad, que «la noviolencia
comienza a partir del instante en que amamos a los que nos odian».76
Difícil tarea si no imposible, pero si ahondamos en su doctrina vemos cómo
al hablar de la «ley del amor», ésta resulta más eficaz y perdurable que la
«voz de la violencia». Cierto es, continúa siendo parte de la enseñanza del
líder indio. Pero, ¿no tiene la tarea de la reconciliación muchos de los
contenidos comunes, de los denominadores de la teoría política de la
noviolencia, entre ellos la confianza en la regeneración moral y ética del
género humano, su capacidad retributiva y reparadora, su oportunidad para
modificar su conducta inicial si esta es lesiva para la sociedad?
Al menos en lo que los teóricos de la noviolencia se han
puesto de acuerdo como principios que la fundamentan se pueden encontrar
ideas muy útiles para el trabajo de la reconciliación. Entre ellas, la
recuperación del donde la palabra y del diálogo (y la escucha), la historia
de la violencia ha sido, en gran medida, la historia de la negación de la
palabra, de la privación de la palabra a grupos que han tenido que
permanecer forzadamente en el silencio. También, cabe señalar que, lo más
significativo del ser humano –para expresar su identidad, su dignidad y su
libertad– es precisamente la posibilidad de manifestarse como tal a través
de la palabra. La muerte de ésta es también la cesación de la política,
porque la violencia mata a la política. Muchas víctimas, muchos
desaparecidos han sufrido la negación del verbo, que es una forma de olvido
y de muerte civil.
Por eso, robar y privar de la palabra es desposeer
también a la historia de su memoria, por ello parece normal que las
dictaduras opten claramente por la censura, por la mordaza, por negar o
silenciar la existencia de toda oposición..., las dictaduras son sobre
todo la muerte de la palabra.
En tal sentido, la noviolencia invita a recuperarla, a
rescatar sus virtudes y potencialidades para instalar el diálogo en el seno
de la sociedad, pero más allá de razones instrumentales, sino como un
reconocimiento de la otredad, de la diversidad de discursos, de
perspectivas, de entidades. Una sociedad que persiga la reconciliación ha de
recuperar su memoria silenciada, ha de fundamentarse en la confianza que
supone poder mirarse y hablarse cara a cara sin sentir vergüenza o recelo, y
eso sólo es posible rescatando la libertad de la palabra.
Otro principio es no negar el derecho a la vida, ponerla
ésta como fin en sí misma y no como un puro medio para la culminación de
cualquier política. Gandhi solía decir que en el mundo en el que vivimos
existen muchas cosas por las que valdría la pena morir, pero no conocía
ninguna por la que mereciera la pena matar. Hábil silogismo. Para cualquier
reconciliación, la teoría política de la noviolencia recomienda hacer frente
al «círculo vicioso» de la violencia con el «círculo virtuoso» de una forma
de acción y de pensamiento que se fundamente en aquello que se oriente o dé
conciencia de identidad humana, en tal sentido la paz, la fuerza del amor,
la presión moral liberadora o las formas de rebeldía permanente sin causar
daño, es decir, lo que denominaríamos la noviolencia sería el mejor antídoto
a la violencia. No olvidando que no hay causas principales en esta lucha (de
la noviolencia) que el respeto a la vida humana. Un principio que invoca a
renunciar a la utilización de la violencia no sólo por una ética de la
responsabilidad (que tiene en cuenta la conveniencia por cuestiones tácticas
o estratégicas de las acciones, que valora cuestiones como la oportunidad, o
la proporción en la utilización de la violencia o de la noviolencia), sino
por una ética de la convicción (una ética firme, sostenida por principio sin
controvertibles, que se puede aplicar al margen de las circunstancias y de
las conveniencias).
Este conjunto de principios axiológicos permiten dar
fuerza y sentido al trabajo reconciliador puesto que la nueva sociedad
surgida de la superación de la violencia anterior debe plantearse un
conjunto de nuevos métodos (pacíficos y no violentos) para la resolución
de futuros conflictos si no quiere volver a caer en una espiral
vertiginosa de violencia.
Otro de los elementos de la teoría es la búsqueda de la
verdad, un término que puede parecer controvertido, polémico y hasta
inquietante. Demasiadas verdades religiosas, políticas, ideológicas o
económicas se han querido imponer por la fuerza bruta de la violencia. La
noviolencia habla de una verdad parcial, fraccionada, imperfecta, como la
búsqueda de la adecuación entre el pensamiento y la realidad, como la
conformidad entre lo que se dice y lo que se siente, la teoría no violenta
añade a este tipo de verdad como «correspondencia» o como «coherencia»,
también otro tipo de búsqueda entendida como verdad «existencial», es decir,
aquella que da sentido, que ilumina, que colma la existencia humana.
Evidentemente, una búsqueda inalcanzable, permanente, constante, pero que
llena de sentido valores humanos tan importantes como la dignidad, la
libertad, la justicia, el amor, la solidaridad o la igualdad. No es pues
anormal o inusual que en los procesos de reconciliación se hable de las
comisiones de la verdad, porque éstas no son sólo las que buscan conocer la
verdad (con todo género de detalle) frente a la mentira oficial, sino que
son también un intento de superación de la violencia degenerativa, abyecta e
indigna alcanzada, una superación que no sólo sea capaz de recompensar
moralmente a las víctimas, sino también de rescatar de la vorágine del odio
y del desprecio a los victimarios, una verdad que llene espiritual y
existencialmente, porque ésta es más nutriente que sólo la que cuantifica el
daño físico.
Asimismo, la noviolencia nos invita a construir nuestro
pensamiento y nuestras acciones de una forma alternativa y creativa respecto
de la violencia. Esto no es fácil, hágase una reflexión profunda, póngase en
práctica tal principio y se podrá comprobar que la tarea es dificultosa.
Para la noviolencia pensar y construir la realidad de manera alternativa
permite a muchas personas salir de la angustia, la pasividad, el miedo, la
indiferencia o la huida en la que les instala la violencia del mundo. Por
esto mismo, la noviolencia se nutre de personas –no ingenuas– sino
resueltas, emprendedoras e inquietas, que se hagan interrogantes para crecer
mental y espiritualmente. Sujetos que obedezcan a la voz de su conciencia,
gentes que ejerzan su poder para cambiar las injusticias del mundo, personas
empoderadas que sean desobedientes frente a la abyección, objetores de
conciencia respecto del mal, que no crean en la «obediencia debida» (por
simple obediencia) y que sean capaces de aportar además de un buen análisis
de la realidad posibles alternativas a la misma.
Saber superar la violencia y tener alternativas a ésta
es parte, también, del trabajo desde la reconciliación, es como tender
puentes –cuando éstos parecen definitivamente rotos– para crear lazos y
condiciones para que el sentido desplace al sin sentido. Es –como dijera
Luther King– la capacidad de reconocer que «juntos debemos aprender a
vivir en fraternidad, o juntos nos hundiremos en la locura».
77
Por último, combinando tales principios a los que nos hemos
referido, se aumenta y potencia la capacidad de una sociedad para la
pacificación, la reconstrucción y, por último, la reconciliación para
superar o, al menos, mejorar las situaciones de persistente violencia. La
noviolencia, advertimos es una metodología activa para influir en el curso y
el resultado pacífico de un conflicto fundamentándose en la acción, el deber
y el convencimiento por la justicia dentro del respeto total de la persona y
de la vida de los adversarios, renunciando a todas las formas de violencia.
Asimismo, también conviene decir que cuando una parte de la
sociedad (los no violentos) decide detraer del mundo su capacidad para
ejercer la violencia, se afanan en mediar y aliviar con sus procedimientos
los males humanos y cuando firmemente creen en la regeneración y en la
acción moral del género al que pertenecen es –por lo que sabemos– una
apuesta tan arriesgada como lo es la misma reconciliación, pero también una
tarea que quienes la realizan sienten que vale la pena. La reconciliación –
en marcada en la teoría política de la noviolencia– requiere, para quienes
la realizan, de agallas. De una suerte de combinación difícil pero
inevitable de rechazo de la violencia pero a la par de capacidad para
identificarla.
De ejercicio de la empatía para identificarse con los que
han sufrido, pero también de confianza en todos para saber romper las
lógicas dicotómicas de buenos y malos, de humanos e inhumanos. De
disposición al diálogo que significa, también, aceptar el principio de
falibilidad que se instala en la tolerancia, pero sólo de lo que puede ser
tolerado. De templanza y moderación en sus juicios, sus argumentos y sus
acciones para no causar mal y, a la vez, sentirse firme en lo que hace y
dice. De ser pacientes y no tener prisa, la búsqueda de la verdad como parte
ineludible del proceso de reconciliación requieren de tiempo y esfuerzo para
lograrse, hay que saber esperar a la vez que ser diligentes. Y, conviene
también ser valientes como decíamos más arriba, rozando el estrecho camino
que separa las orillas del miedo y la temeridad que conducen a la audacia y
el coraje. 78
Notas
|