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 Transiciones y reconciliaciones:
cambios necesarios en el mundo actual

Prevención y resolución de conflictos

Por Mario López Martínez

Parte 5 /6

Condiciones para la reconciliación

Está claro que la tarea de la reconciliación es ingente, difícil y laboriosa, pero no imposible. En ese proceso es factible encontrar muchos compañeros de viaje, muchas fórmulas para allanar el camino, muchas puertas abiertas para mantener viva la esperanza. Sabemos que no puede decretarse, que no puede imponerse, que no es un conjunto de actos superfluos, sino sometidos a la justicia, al control de una sociedad civil que clama por su reconstrucción y por encontrar espacios para reconocerse y evaluarse. En este punto, no obstante, la reconstrucción de las sociedades dañadas por procesos bélicos, sistemática violación de los derechos humanos, o sociedades sufrientes de un largo período de dictadura necesitan establecer un mínimo protocolo para abordar con una cierta garantía de autenticidad la tan deseada reconciliación. Como todos los protocolos su virtualidad está en su capacidad de adaptabilidad y flexibilidad en función de las necesidades, las demandas y la funcionalidad que ha de desempeñar en cada proceso. Asimismo, este tratamiento pautado y paulatino que combina debate y acción debe de partir de lo más particular a lo más general, de lo más simple a lo más complejo, coordinando niveles y escalas secuenciales.

Nuestra observación de algunos de estos procesos de reconciliación o de intento de reconciliación, especialmente en América Latina, nos ha hecho interpretarlos según estas pautas o fases:

1º) Reconocer que ha habido víctimas y victimarios: es una primera llamada de atención general que hace despertar la alarma social, pero sobre todo moral de la sociedad, que hace aflorar voces silenciadas, las primeras denuncias, los primeros debates verdaderamente públicos que reconocen el sufrimiento vivido y producido. Es, también, un trabajo de recuperación y rescate de la memoria y del recuerdo tan interesante como necesario puesto que de lo contrario se olvidaría, se apagaría y se trivializaría el sufrimiento producido. Hay sociedades donde este reconocimiento parece resultar casi inmediato, por ejemplo, durante el propio proceso de lucha armada o de violación de derechos humanos, pero puede ser un falso reconocimiento que no ayuda a la reconciliación sino a la justificación de las violaciones comedidas por cada cual: serían entendidas como meras pérdidas de guerra. No, no es esto.

En otros casos, han sido necesarios muchos años para que este reconocimiento se haga real, público y aceptado, muchos años en los que ha persistido el silencio respaldado por la amenaza de los que violaron para que sus actos no fuesen conocidos y precisados, en otros porque parecía la mejor opción para evitar nuevos estallidos de violencia mediante el sistema de venganzas; sin embargo, silenciar todo lo que ha sufrido una parte de la sociedad en favor de un supuesto «bien común», es reconocer –como poco– que la amnesia es mejor que la verdad, o que los fantasmas del pasado nunca volverán, o que una sociedad que se estime a sí misma puede vivir negándose su propia dignidad.

Estimamos que, por muy doloroso que resulte, reconocer que ha habido víctimas y victimarios, perfilar el papel que ha tenido cada actor durante el conflicto violento, y hacerlo público, es una condición necesaria para poder abordar fases posteriores con un cierto éxito.

 Así como reconocer todos los actores indirectamente implicados y sufrientes que, en el caso de algunas sociedades, constituyen un elemento importantísimo de la continuación del reconocimiento del catálogo de víctimas.79

2º) Catálogo de los horrores (y errores): saber de forma genérica que ha habido víctimas y torturadores no es suficiente, hay que saber qué sucedió, hay que cuantificar y cualificar el daño producido y los responsables directos. Generalmente, este trabajo lo realizan unos organismos creados a tal efecto, que suelen llevar por título el de comisiones de la verdad, el perdón, el esclarecimiento o la reconciliación. Estas actúan investigando y ayudando a las sociedades a enfrentarse críticamente con su pasado, a fin de superar las crisis y los traumas generados por la violencia, conociendo sus causas, identificando los elementos en conflicto, investigando los hechos más graves de violaciones de derechos humanos y estableciendo (en su caso, si así es su mandato) las responsabilidades jurídicas correspondientes.

El siempre difícil trabajo de estas comisiones ha ayudado a identificar las estructuras del terror, sus ramificaciones y conexiones, el escritor Ernesto Sábato decía –para el caso argentino–«debimos recomponer un tenebroso rompecabezas, después de muchos años producidos los hechos, cuando se han borrado deliberadamente todos los rastros, se ha quemado toda la documentación y hasta se han demolido edificios».80 Asimismo, su labor permite reivindicar la memoria de las víctimas, proponer políticas de compensación de daños, e impide que los que participaron en las violaciones sistemáticas de derechos humanos puedan seguir ejerciendo en cargos públicos evitando que desprestigien el estado de derecho.

Las comisiones, por lo general, están formadas por expertos juristas, historiadores, personas de prestigio social y político reconocido, y todas ellas ayudadas por agencias gubernativas, organismos internacionales u organizaciones no gubernamentales, generalmente peritos en la defensa de los derechos humanos, conocedores de los procesos de pacificación (mediadores, irenólogos, constructores de paz), junto a otro tipo de profesionales (abogados, médicos, forenses, etc.); todos ellos profesionales cualificados y neutrales que emiten un informe veraz y contrastado tras un período, generalmente menor a dos años, en el que se recogen pruebas periciales y testimoniales.

Habitualmente estas comisiones no se constituyen como tribunales, en consecuencia no actúan como tales, aunque suelen tener un gran poder para solicitar investigaciones paralelas, recopilación de pruebas, o para hacer recomendaciones al gobierno o a posteriores tribunales (sean estos nacionales o internacionales).

El nacimiento de estas comisiones (si exceptuamos las formadas para la postguerra mundial y otras guerras como las del Vietnam) tienen cerca de veinte años de vida, siendo las primeras las de Argentina (de mandato oficial) y Brasil (de mandato no oficial)– presididas por el escritor Sábato y el arzobispo de Sao Paolo Cardeal Arns, respectivamente–, que publicaron sendos informes con el significativo título de Nunca más. 81 A estas siguieron, las de Chile, El Salvador y Perú, todas ellas con carácter de oficial. Así, como en Paraguay con el Comité de Iglesias para Ayudas de Emergencia (CIPAE) sobre la dictadura de Stroessner; el Servicio de Paz y Justicia lo hizo con Uruguay; y también otras organizaciones lo confeccionaron para Bolivia, Colombia y Honduras. Fuera de América las más conocidas han sido las africanas de Sudáfrica y Rwanda.

3º) Fases del perdón, del reconocimiento y de la justicia: es uno de los episodios más difíciles de todo el proceso. En ella se acomete la transición del miedo a la confianza.

Perder el miedo al miedo no es fácil, requiere tiempo y gestos, es una labor marcada por las cautelas y por la permanente observación de todos los acontecimientos y de los actores entre sí.

Se comienza, siempre, por un estado de evidente temor, recelo y desconfianza social y política especialmente hacia aquellos sectores que habiendo sido victimarios o habiendo sido aparentemente neutrales en las fases más agudas del conflicto, pretenden ahora ser los incitadores, iniciadores o continuadores de los cambios políticos que se están produciendo. También hay temor y desconfianza porque el proceso iniciado puede parecer endeble y, por tanto, reversible, pudiendo volverse a etapas anteriores de escalada de la violencia. Sin embargo, si se saben resolver estos primeros recelos –más o menos temporales–, se comienzan a producir los primeros encuentros entre los diferentes actores (a una escala intermedia y menor) que se auto-reconocen como interlocutores válidos. Posteriormente, comienza a resultar normal que partícipes del conflicto muestren un análisis de las etapas de violencia acentuando errores propios, expresando arrepentimiento o, directamente, pidiendo perdón. En esta fase, que como puede suponerse suele ser coetánea a la anterior, pueden jugar un gran papel instituciones históricamente estables y muy reconocidas socialmente, que han podido tener una gran responsabilidad y protagonismo en las primeras fases del proceso de negociación previo al final de la escalada de la violencia, como puede ser el caso de la Iglesia, la Universidad, los intelectuales en general, agencias de mediación internacionales, organizaciones no gubernamentales de prestigio, etc. En este sentido, la prensa puede jugar un papel destacadísimo, de carácter pedagógico y moral, del que nunca debiera de sustraerse, propiciando foros de encuentro, acercando posiciones encontradas, etc.

Asimismo, la aplicación de la justicia resulta muy importante para evitar la posibilidad de instalar el olvido o la impunidad total. Se ha criticado, con razón, la aprobación precipitada de leyes denominadas de «obediencia debida», de «caducidad» o de «punto final», cuando esos mismos gobiernos responsables de delitos contra los derechos humanos tenían firmados tratados internacionales (de persecución de crímenes contra la humanidad, sobre Derechos civiles y políticos, sobre Genocidio, o contra la Tortura, entre otros) que les obligan, política, jurídica y moralmente a no ceder a la impunidad. Sin embargo, la realidad política conduce, en ocasiones, a negociar con muchas dificultades este apartado, pero resulta una condición sine qua non para un futuro esperanzador.

Igualmente, el estado de derecho que nace se justifica a sí mismo impartiendo justicia y ofreciendo a aquellos presuntos violadores de derechos, las garantías de un proceso justo y honesto que ellos mismos no otorgaron a sus víctimas.

4º) Definición de los que deben ser los actores (directos) de la pacificación, rehabilitación y reconciliación: debe estar claro que el sujeto fundamental de la reconciliación es toda la sociedad, no puede ser de otra manera, de lo contrario estaríamos asistiendo a una farsa. Sin embargo, hay algunos apartados más específicos en todo proceso de reconciliación en que no cabe más remedio que entrar en pasos y tratamientos de negociación y pacificación, en donde no puede estar toda la sociedad negociando entre sí.

Han de definirse mediadores, árbitros, intervinientes, cómo realizar las evaluaciones de las negociaciones, cómo tratar la información que se derive de estos actos para hacerla llegar a toda la sociedad, etc. Evidentemente esta fase suele ser también bastante coetánea a las anteriores y, en ella, los actores y actrices más directos y determinantes en la negociación se van definiendo, en ocasiones, seleccionando paulatinamente en función de las circunstancias del propio proceso de pacificación.

Debería de quedar claro que los actores directos de cualquier reconciliación deberían de ser las víctimas (supervivientes y familiares de éstos) y los victimarios, pero tampoco se pueden olvidar a los cómplices, a los que nada hicieron pudiendo intervenir, a los muertos, los que fueron a la vez víctimas y agresores, a los países vecinos y, por supuesto también, a las generaciones futuras. Todos ellos completarían el amplio espectro de la reconciliación.

Manifestado así parece claro pero, en la práctica, no resulta tan fácil saber quiénes son cada uno de estos actores, o quiénes los van a representar, así como el peso específico que ha de tener cada elemento en ese proceso negociador, etc.. Asimismo, en esta fase deberían de tratarse múltiples temas que pueden quedar ajenos al trabajo de las comisiones y que seguro que llevarán en su agenda aquellos que hayan sido reconocidos como los actores directos de la pacificación-negociación como parte del proceso reconciliador. 82

5º) Agendas de reinserción y rehabilitación: esta etapa tiene mucha relación con el desarrollo y resultado de la número dos y cuatro (comisiones de la verdad y actores). En las agendas se deben establecer qué va a ocurrir con aquellas personas que han sido denunciadas por las comisiones de la verdad y han soportado causas judiciales, o se han beneficiado de algunas formas de amnistía general, de indulto particular o de perdón político. Las agendas cuando se confeccionan deben de pensar en un trabajo a desarrollar durante al menos una generación; que cuenten con un gran respaldo económico, político y social; asimismo, no sólo deben de pensar en el reinsertado sino en un plan integral en el que se beneficie la comunidad donde va a realizar su nueva vida. En algunos casos, donde la cantidad de reinsertados es muy alta, y no es posible otra solución mejor se opta por una simple desmilitarización de tropas o de la conversión de éstas en la futura policía. En otros casos es apoyo económico, psicológico o social, bien para las víctimas y/o para los victimarios. A tal efecto se crea todo un aparato burocrático de seguimiento y unos programas específicos para abordarlos. En este trabajo la labor de personal especializado de Naciones Unidas, junto a profesionales con una gran experiencia en estos casos resulta fundamental.

En gran medida, muchos procesos de reconciliación fracasan total o parcialmente (o resultan insatisfactorios) porque las agendas y planes de la reinserción no se han planteado bien (por ejemplo asociados a directrices de quienes prestan el dinero para la reinserción como el Fondo Monetario Internacional que asocia el préstamo a iniciar políticas de ajuste), o carecen de recursos económicos, que en muchas ocasiones quiere decir falta de voluntad política.

Asimismo, no se pueden olvidar de estos planes la reinserción de población refugiada o desplazada que ha de volver a sus zonas de origen, generalmente, con grandes dificultades producidas por el desarraigo, el miedo o la pérdida de familiares y bienes.

6º) Plan general y planes específicos para la reconstrucción económica, social y psicológica: se trata de un programa paralelo y más ambicioso que las agendas de reinserción (que están pensadas sólo para los reinsertados y su comunidad). Consiste en la reconstrucción de la economía nacional y el inicio de los primeros pasos para ubicar la economía dañada por el conflicto en una mejor disposición para insertarse en el concierto económico internacional. Se tratará de un plan general de estabilización que reconduzca la macroeconomía, permita establecer análisis de resultados y planes anuales (o de otro período de tiempo) con objetivos posibles y deseables. También lo es de apertura al exterior, con entrada de capitales y de préstamos para la reconstrucción. Aquí tiene mucho sentido advertir que la generosidad de los gobiernos extranjeros que ayudan al proceso de pacificación, reconstrucción y, por fin, de reconciliación, resulta esencial, dicho de otro modo si la reconstrucción se aprovecha para mantener un intercambio desigual, un comercio injusto, y una dependencia política del país en reconstrucción mal camino y difícil, sino imposible será aquélla. Es fundamental que estos planes reconozcan las causas y los fundamentos primigenios que originaron la violencia desatada: sea el mal reparto de la riqueza, el peso de ciertos sectores sociales y económicos en la dirección del país, o una negativa dependencia del exterior, entre otras muchas. Sean las que sean debe de abordarse con sinceridad para poner en marcha reformas estructurales que permitan no repetir errores del pasado.

En otro orden de cosas también resultan muy importantes las formas de reconstrucción psicológica de los tejidos sociales dañados, especialmente de aquellos sectores más débiles: víctimas y torturados, niños, mujeres, excombatientes, refugiados, desplazados, etc., que pueden requerir de ayuda psicológica específica, atención médica especializada o tratamientos de por vida de secuelas y enfermedades contraídas en los períodos de violencia. En este terreno es utilísimo el trabajo que realiza la diplomacia popular no violenta a través del peacemaking y peacebuilding.83

Asimismo, la reconstrucción social pasa por fortalecer a la sociedad civil generalmente muy maltrecha, así como vivificar y robustecer todos los mecanismos de alerta y prevención de futuros conflictos, creando las instancias e instituciones, así como los hábitos de la negociación y de la resolución de conflictos por medios pacíficos como una tarea fundamental. Esto nos conduce a la última etapa del proceso de reconciliación.

7º) Modelo de democracia: la aspiración última debe ser siempre la instauración de un régimen democrático, social y de derecho, que permita la participación, el pluralismo y el ejercicio de las libertades. Pero aquí tampoco vale generalizar, cada sociedad debe buscar, mediante un debate sincero y abierto, sus propias fórmulas, alimentándolas con sus propias experiencias del pasado, conociendo también sus limitaciones y sus verdaderas posibilidades. Se puede, también, buscar modelos que ya han tenido éxito pero sin caer en la pura imitación. Se debe tener presente, también, que el establecimiento de un régimen democrático es una sabia combinación de imperfecciones, de pactos y formas de consenso donde todos han de dosificar sus apetencias y donde hay que priorizar y jerarquizar en función de elementos básicos para la convivencia en paz, como son la solidaridad, el principio de justicia social y de igualdad de oportunidades.

La democracia que se construya debe traer consigo aquellos elementos que permitan evitar la vuelta a las violencias del pasado.

La reconciliación social o nacional (como a algunos les gusta llamar) de alguna manera se cierra cuando la democracia se ha consolidado como régimen en el que todas las aspiraciones razonables son posibles y donde ninguna causa política o social es olvidada. Una democracia se precia no tanto porque sea el gobierno de las mayorías sino porque se respeta escrupulosamente a las minorías, porque existen unas reglas de juego claras y respetadas por todos y porque hay verdadera alternancia política, con propuestas diferenciadas y diferenciadoras. La democracia alimentará la paz y ésta a aquélla. Asimismo, una democracia fuerte y consolidada podrá amortiguar mejor las futuras tensiones, crisis y conflictos de los que ninguna sociedad está exenta, porque un régimen de libertades sólo puede verse e interpretarse como salud mental para sus ciudadanos, donde la palabra, la confianza, el respeto y la convivencia presiden los actos sociales. Para todo ello hay que sembrar, desde la escuela, la función pública, la acción política, la judicatura, la milicia, el mundo empresarial, etc., una ética pública fundamentada en los derechos humanos, el fortalecimiento de las instituciones públicas y el respeto a las libertades.

Notas

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