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Parte 6 /6
A manera de conclusión
Como
hemos podido ver todo este es un proceso largo: reconocer el sufrimiento de
una sociedad rescatando la memoria de los que lo padecieron; buscar la
verdad para hacer pública la violencia cometida en el pasado; animar a que
se produzca el arrepentimiento sincero, el perdón rehabilitador y la
justicia restitutiva instalando grados de confianza en la sociedad;
definiendo actores y actrices de este proceso; describiendo las agendas para
la reinserción; erigiendo planes de reconstrucción económica, social y
psicológica; y refundando un estado social, democrático y de derecho puede
parecer tarea imposible, pero la práctica y la historia más recientes nos
dicen que ha sido posible y, aún más, que es un deber.
Pero, aunque pueda ser un juicio demasiado optimista existen
elementos y consecuencias positivas en los procesos de reconciliación que
animan a pensar que no es un ejercicio en falso, sino que da mucho sentido a
la construcción de la paz. Veamos, brevemente, porqué.
En primer lugar, el proceso de reconciliación supone un
debate interno y, también, externo necesarios en el seno de sociedades muy
dañadas. Resulta una terapia muy conveniente que aplica recursos paliativos
y curativos a esa sociedad, estableciéndose debates y diálogos entre todas
las partes, sobre muchos temas (desde los términos de la reconstrucción
social a la reconstrucción medio ambiental), y lo hace a diversas escalas y
muchos niveles, incorporando a ese debate a otros países, muchos intereses y
conciencias.
En segundo lugar, la reconciliación es en sí misma, un
proceso de aprendizaje de todos los actores sociales. Todos aprenden de
todos. Todos acaban profundizando en experiencias, comportamientos y
actitudes en términos que, algunos de ellos, nunca hubieran pensado. Como
tal proceso es de una indagación, una exploración, un ensayo, una
investigación permanente sobre el sentido humano, sobre el campo de la
ética, etc., que tiene además de la dimensión individual una importantísima
dimensión social e histórica.
En tercer lugar, la pacificación va más allá de la
reconstrucción de un nuevo orden legal, constitucional, económico y
político, justamente gracias a la reconciliación, porque ésta trae consigo
propuestas superadoras de la violencia que pretenden poner en consonancia
medios y fines, a las generaciones del pasado con las del futuro, resultados
y déficit, etc.
En cuarto lugar, la reconciliación es un proceso democrático
y evaluable. Es un desarrollo abierto a controles internos y externos, debe
ser un proceso clarificador, transparente, controlado y evaluado en todo
momento. Es, asimismo, un proceso dialéctico, participativo, acumulativo y
hasta me atrevería a decir que muy creativo. Nada está dicho de antemano,
nada está cerrado, todo es negociable.
Y, en quinto lugar, la reconciliación actualiza, fortalece y
profundiza muchos de los elementos dañados en el proceso de violencia. Si
las dictaduras, los regímenes totalitarios o los sistemas de violación
sistemática de derechos humanos se fundamentaron en generar todo tipo de
violencias, precisamente en el proceso de reconciliación al realizar un
examen de todo lo dañado se pone más énfasis en que, en el futuro, se
respeten más y se establezcan sistemas de garantías de los derechos y
libertades, del juego limpio, de la justicia y el sistema judicial, de
respeto y apoyo hacia los sectores más castigados (mujeres, activistas de
las libertades, etc.)
Por último, haciendo balance, los procesos de reconciliación
si están hechos, en tiempo y forma, con la suficiente madurez y con un
espíritu animado por la sinceridad de superar y no repetir las violencias
del pasado resultan muy positivos para todas las partes, son una garantía
para las generaciones futuras y son enormemente reparadores y constructivos.
Aunque parezca una visión demasiado optimista existen algunos argumentos que
justifican esta posición, algunos de ellos acabamos de exponerlos, y otros
hacen referencia a su dimensión ética. Está claro que, la reconciliación es
un asunto de responsabilidad y de necesidad; es una cuestión pragmática para
poder seguir conviviendo y no instalarse de forma ilimitada en el pasado,
pero también es una oportunidad para hacer balance del sufrimiento padecido
y de la abyección de ciertas injusticias intolerables que las sociedades no
se deben nunca de permitir sin caer, muchos de sus miembros, en la
indignidad. Es, asimismo, una oportunidad para conocer con la suficiente
profundidad las causas que originaron la violencia pasada, proponiendo
alternativas y salidas para evitar su repetición, por supuesto también
salidas morales.
Igualmente, cuando la reconciliación no está madura como
proceso no hay que buscar el consenso de una manera forzada, porque el
consenso entendido así es un falso intento de armonizar diferencias
irreconciliables y apuesta por una cosmovisión del mundo que anhela paz y
armonía a cualquier precio; y, que no asume lo positivo que tiene el
conflicto, que es reconocer por todas las partes las diferencias y el
respeto mutuo que se deben en la búsqueda de las causas (y también de las
soluciones) que generan percepciones, intereses y necesidades distintas. En
caso contrario no tendremos una paz sino una tregua.
Aprender también que la democracia, como etapa final de la
reconciliación y como reconciliación en sí misma, como sistema, nos permite
encauzar mejor ciertas violencias, mediante un reparto más equitativo de los
recursos, la puesta en marcha de formas más eficaces de justicia, así como
la capacidad de practicar así como de crear nuevos instrumentos que encaucen
todos los descontentos a través de acciones políticas noviolentas y
responsables que alimentan a la propia democracia y que no deben ser vistas
como amenazas. Aquí, también, los elementos culturales juegan un importante
papel sumando sus experiencias del pasado sobre regulación pacífica de
conflictos a las formas ya conocidas de participación y libertades
democráticas.
Por último, conviene no olvidar que cada reconciliación
necesita su propio ritmo, que no es un proceso apresurado. Asimismo, tampoco
hay que ignorar que la reconciliación tiene su origen, precisamente, entre
aquellos que han padecido las consecuencias de la violencia y que,
demuestran ser capaces, por el bien de la sociedad y por el futuro, de
reconstruir un nuevo orden no sobre la base de socializar más el sufrimiento
sino sobre la justicia y la esperanza.
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