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Transiciones y reconciliaciones:
cambios necesarios en el mundo actual

Prevención y resolución de conflictos

Por Mario López Martínez

Parte 6 /6

A manera de conclusión

Como hemos podido ver todo este es un proceso largo: reconocer el sufrimiento de una sociedad rescatando la memoria de los que lo padecieron; buscar la verdad para hacer pública la violencia cometida en el pasado; animar a que se produzca el arrepentimiento sincero, el perdón rehabilitador y la justicia restitutiva instalando grados de confianza en la sociedad; definiendo actores y actrices de este proceso; describiendo las agendas para la reinserción; erigiendo planes de reconstrucción económica, social y psicológica; y refundando un estado social, democrático y de derecho puede parecer tarea imposible, pero la práctica y la historia más recientes nos dicen que ha sido posible y, aún más, que es un deber.

Pero, aunque pueda ser un juicio demasiado optimista existen elementos y consecuencias positivas en los procesos de reconciliación que animan a pensar que no es un ejercicio en falso, sino que da mucho sentido a la construcción de la paz. Veamos, brevemente, porqué.

En primer lugar, el proceso de reconciliación supone un debate interno y, también, externo necesarios en el seno de sociedades muy dañadas. Resulta una terapia muy conveniente que aplica recursos paliativos y curativos a esa sociedad, estableciéndose debates y diálogos entre todas las partes, sobre muchos temas (desde los términos de la reconstrucción social a la reconstrucción medio ambiental), y lo hace a diversas escalas y muchos niveles, incorporando a ese debate a otros países, muchos intereses y conciencias.

En segundo lugar, la reconciliación es en sí misma, un proceso de aprendizaje de todos los actores sociales. Todos aprenden de todos. Todos acaban profundizando en experiencias, comportamientos y actitudes en términos que, algunos de ellos, nunca hubieran pensado. Como tal proceso es de una indagación, una exploración, un ensayo, una investigación permanente sobre el sentido humano, sobre el campo de la ética, etc., que tiene además de la dimensión individual una importantísima dimensión social e histórica.

En tercer lugar, la pacificación va más allá de la reconstrucción de un nuevo orden legal, constitucional, económico y político, justamente gracias a la reconciliación, porque ésta trae consigo propuestas superadoras de la violencia que pretenden poner en consonancia medios y fines, a las generaciones del pasado con las del futuro, resultados y déficit, etc.

En cuarto lugar, la reconciliación es un proceso democrático y evaluable. Es un desarrollo abierto a controles internos y externos, debe ser un proceso clarificador, transparente, controlado y evaluado en todo momento. Es, asimismo, un proceso dialéctico, participativo, acumulativo y hasta me atrevería a decir que muy creativo. Nada está dicho de antemano, nada está cerrado, todo es negociable.

Y, en quinto lugar, la reconciliación actualiza, fortalece y profundiza muchos de los elementos dañados en el proceso de violencia. Si las dictaduras, los regímenes totalitarios o los sistemas de violación sistemática de derechos humanos se fundamentaron en generar todo tipo de violencias, precisamente en el proceso de reconciliación al realizar un examen de todo lo dañado se pone más énfasis en que, en el futuro, se respeten más y se establezcan sistemas de garantías de los derechos y libertades, del juego  limpio, de la justicia y el sistema judicial, de respeto y apoyo hacia los sectores más castigados (mujeres, activistas de las libertades, etc.)

Por último, haciendo balance, los procesos de reconciliación si están hechos, en tiempo y forma, con la suficiente madurez y con un espíritu animado por la sinceridad de superar y no repetir las violencias del pasado resultan muy positivos para todas las partes, son una garantía para las generaciones futuras y son enormemente reparadores y constructivos. Aunque parezca una visión demasiado optimista existen algunos argumentos que justifican esta posición, algunos de ellos acabamos de exponerlos, y otros hacen referencia a su dimensión ética. Está claro que, la reconciliación es un asunto de responsabilidad y de necesidad; es una cuestión pragmática para poder seguir conviviendo y no instalarse de forma ilimitada en el pasado, pero también es una oportunidad para hacer balance del sufrimiento padecido y de la abyección de ciertas injusticias intolerables que las sociedades no se deben nunca de permitir sin caer, muchos de sus miembros, en la indignidad. Es, asimismo, una oportunidad para conocer con la suficiente profundidad las causas que originaron la violencia pasada, proponiendo alternativas y salidas para evitar su repetición, por supuesto también salidas morales.

Igualmente, cuando la reconciliación no está madura como proceso no hay que buscar el consenso de una manera forzada, porque el consenso entendido así es un falso intento de armonizar diferencias irreconciliables y apuesta por una cosmovisión del mundo que anhela paz y armonía a cualquier precio; y, que no asume lo positivo que tiene el conflicto, que es reconocer por todas las partes las diferencias y el respeto mutuo que se deben en la búsqueda de las causas (y también de las soluciones) que generan percepciones, intereses y necesidades distintas. En caso contrario no tendremos una paz sino una tregua.

Aprender también que la democracia, como etapa final de la reconciliación y como reconciliación en sí misma, como sistema, nos permite encauzar mejor ciertas violencias, mediante un reparto más equitativo de los recursos, la puesta en marcha de formas más eficaces de justicia, así como la capacidad de practicar así como de crear nuevos instrumentos que encaucen todos los descontentos a través de acciones políticas noviolentas y responsables que alimentan a la propia democracia y que no deben ser vistas como amenazas. Aquí, también, los elementos culturales juegan un importante papel sumando sus experiencias del pasado sobre regulación pacífica de conflictos a las formas ya conocidas de participación y libertades democráticas.

Por último, conviene no olvidar que cada reconciliación necesita su propio ritmo, que no es un proceso apresurado. Asimismo, tampoco hay que ignorar que la reconciliación tiene su origen, precisamente, entre aquellos que han padecido las consecuencias de la violencia y que, demuestran ser capaces, por el bien de la sociedad y por el futuro, de reconstruir un nuevo orden no sobre la base de socializar más el sufrimiento sino sobre la justicia y la esperanza.

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Inicio: El tiempo y el ritmo de las reconciliaciones

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