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Parte 2 /6
La lucha contra el olvido y por la justicia
Si el
tiempo debiera, como señala el sentido común, curar todas las heridas, no
tiene porqué ser así. En todo caso el tiempo establece distancias y serena
los ánimos pero no restituye, por sí solo, al sujeto y lo ofendido. Es
necesario algo más, quizá hasta en ocasiones muchísimo más para apaciguar la
memoria. Frente al olvido, la mentira, la ocultación, la impunidad, la
conveniencia y la conformidad, la justicia, sólo la justicia relaciona
irremisiblemente a las victimas con los victimarios, poniendo a cada uno en
su sitio y redimiendo a todas las partes.
Aquella (la justicia) muestra, muy pronto, sus virtudes en
cuanto que ejercicio que permite reflexionar sobre el pasado, contextualizar
los comportamientos, encerrar debates morales, deslizar profundas dudas en
las certezas ciegas sustentadas sobre las violencias extremas y alerta de
los temores y las miserias a la que pueden conducir insolentes distancias de
la decencia humana. No es una solución definitiva que contente a todos y,
tampoco, está exenta de altibajos y nuevos errores, pero es, también, la
mejor fórmula que tenemos los humanos para la esperanza que exige nuestro
deseo de normalidad; y, si es algo que no está motivado por la impaciencia,
ni por el desagravio o la venganza, sino por el ansia de dignidad, razonable
es que tenga su acomodo en una sociedad que quiere construir su futuro sin
fantasmas que la perturben, porque la justicia permite, sobre todo, rescatar
a todas las partes de sus posiciones iniciales facilitando el camino hacia
la reconciliación.40
La reconciliación, a fuerza de ser usada en los mass
media, se ha acabado convirtiendo en un concepto de moda, que quiere
explicar muchas relaciones, no sólo de carácter político o social, lo que
parece muy normal, sino también de carácter personal o de reconstrucción
psicológica.
La reconciliación, verdaderamente hay que reconocer,
está presente en las transacciones y procesos que culminan con el final de
las dictaduras y regímenes totalitarios en sistemas democráticos y
pluralistas41
O en la conclusión de uno de los más rancios sistemas anti
derechos humanos.42 También se
utiliza como concepto para comprender que es parte de la recta última o
«línea final de un proceso de paz» o de pacificación, aún dentro de las
democracias, que permite construir y reconstruir tejidos social y
psicológicamente dañados por enfrentamientos armados.43
Asimismo, desde destacados miembros de la Investigación para la Paz, se ha
considerado como una «vía para resolver la violencia cultural», es decir, la
reconciliación sería la respuesta más adecuada a aquélla.44
O, también, como un «espacio de encuentro y elemento orientador» para la
construcción de la paz, a modo de pieza o instrumento que libera y permite
extraer de la sociedad y sus elementos humanos lo mejor que tienen de ellos.45
Si continuamos seleccionando algunos otros ejemplos
significativos podremos comprobar cómo la reconciliación está de moda y se
acaba confundiendo con otros conceptos a fuerza de repetirla y hasta
manosearla. Pero decir que está de moda es señalar sobre todo que da
beneficios y réditos políticos a aquel o aquellos que la utilizan, lo que no
quiere decir a la par que otorga igual favor a todos. Aunque la
reconciliación es un proceso que pone en relación a todas las partes y
actores de un conflicto, no todos lo viven igual, ni por la perspectiva, ni
por la intensidad, ni por el grado de profundidad al que se espera llegar.
Para los no directamente implicados, la reconciliación parece un proceso
normal y natural de superación de etapas pretéritas. Para los victimarios es
una oportunidad para ser aceptados como miembros de pleno derecho en la
nueva sociedad constituida sin por ello quedar estigmatizados o marcados,
para éstos debe ser un proceso acelerado y rápidamente superable: una paz
apresurada.
En cambio, para las víctimas la reconciliación lo es cuando
todas sus posibles etapas, condiciones y grados se han ido consiguiendo,
desde el conocimiento de la verdad de lo que sucedió a la restitución de la
justicia, pasando por la rehabilitación de familiares y víctimas, la
reconstrucción psicológica y social, la creación de espacios nuevos de
participación y confianza, etc.
¿Y las mujeres? Nada hemos dicho hasta ahora de ellas, pero
¿qué pueden hacer por la reconciliación? Las mujeres, al rebelarse contra su
papel de víctimas de la guerra y de la violencia, al asumir su protagonismo
en la lucha por la justicia, por evitar el olvido o la amnesia, en su
búsqueda imperturbable de los desaparecidos, o en la conservación de
las costumbres de su comunidad, o en el cuidado de la familia, del hogar o
de la educación de los hijos en la ausencia de los hombres, en su protesta
contra la militarización, en su crítica del papel de sumisión y reproducción
acrítica de modelos heterónomos que se le han asignado, han acabado
feminizando el concepto y la práctica de la paz y, a fortiori, de la
reconciliación. Han terminado por convertirse en agentes fundamentales en
los largos procesos de reconciliación, aún no del todo reconocidos, pero sin
los cuales aquélla se hace más difícil y costosa.46
Un ejemplo de ello es que muchos de los programas de apoyo a la
reconstrucción de las sociedades que han sufrido violentos conflictos han
decidido financiar a grupos de mujeres que ya trabajaban con sistemas de
apoyo mutuo, ganando en utilidad y funcionalidad para ellas, sus familias y
las comunidades donde viven.47
Pero, también, es de interés destacar otro nivel más
profundo de entender, valorar y analizar la reconciliación –aunque sólo le
dediquemos estas pocas líneas–. Un nivel en el que el feminismo en
particular ha incidido de forma sobresaliente y que es otra dimensión
posible de examinar estos procesos (violación-pacificación-reconciliación)
en sus interrelaciones causales. El pensamiento feminista ha acabado
subvirtiendo gran parte de las estructuras en las que se ha asentado el
paradigma dominante (empezando por manifestar sus contradicciones),
señalando que algunas de estas estructuras han sido causa de separaciones
profundas, dicotómicas e irreconciliables entre la ciencia y la filosofía,
los hechos y los valores, lo individual y lo colectivo, lo público y lo
privado, lo político y lo doméstico, en fin, entre lo masculino y lo
femenino. Evidentemente, el feminismo nos señala que, si pretendemos un
nuevo orden de valores (más pacífico), estos términos han de hacerse
reconciliables. Pero lo más importante no es sólo que la disposición
(divorciada) de estos conceptos estén íntimamente relacionados con ellos
mismos y con otros (tales como –y no los considero en ningún orden–: la
socialización bajo modelo patriarcal, la educación sexista, las formas
violentas de resolver conflictos, el militarismo, la competitividad, y un
largo etcétera); sino que, en un nuevo orden de valores (o, simplemente, en
la puesta en marcha de algunos de ellos), la interrelación causal de unos
con otros puede hacer debilitar paulatinamente los nódulos en los que se
fundamentan las viejas estructuras, dado que cuando se actúa en un nivel
particular, personal, privado, etc., igualmente se está incidiendo en lo
general, colectivo, público, etc., o dicho de otra forma quizá algo críptica
en el juego de palabras pero que tiene todo su sentido: lo «micro» interesa
y conforma a lo «macro» y viceversa.
Pero, no sólo esto, sino que, en favorecer esta
modificación, el feminismo, como forma disruptiva de lucha y acción
colectiva ha propuesto –apoyándose en la teoría política de la noviolencia–
una definición del poder: como la capacidad para la acción y como la
disposición para cambiar valores, actitudes y comportamientos, y no como
tradicionalmente se ha visto el poder como la capacidad para obtener
sumisión. Betty Reardon ha llamado a eso «empowerment» (podría traducirse
como empoderamiento),48 una forma
de recuperar la potencia, la facultad, la potestad, etc., de aquellos grupos
que han sido vistos como carentes de esos atributos, pero que resulta a su
juicio «el cambio fundamental necesario para trascender el sexismo y el
sistema de guerra». Sería –prosigue Readon– «la mayor antítesis del uso
actual de poder como coerción», afectando no sólo a las mujeres en general y
al feminismo en particular, sino también a los movimientos anticoloniales,
los defensores de derechos humanos, etc. La auto-valoración, el
auto-respeto, el auto-reconocimiento, etc., junto a una relación y
valoración diferente de los otros –no vistos como enemigos o como objetos,
permitiría un modelo de relaciones humanas diferente, esencial para el
proceso de liberación y desarrollo.49
De todo ello se deduciría que no sólo es importante la
acción de las mujeres en la parte más destacada del proceso de
pacificación (la reconstrucción física, psicológica y ética de una
sociedad), sino que también no se puede hacer sin ellas la reconciliación,
por cuanto ésta es una reconstrucción de un nuevo orden que debe nacer con
la pretensión de no volver a repetir las violencias y los errores del
pasado.
Pero, como ya hemos visto, el feminismo exige aún mucho más,
nos dice que ese nuevo orden de valores no es posible sin alterar
sustancialmente las bases y los conceptos sobre los que se sustentan los
modelos de violencia (sexismo y belicismo), por lo que se hace aún más
necesario una conversión profunda de los fundamentos epistemológicos, de las
relaciones micro, macro y de la comunicación humana. Éste es, sin embargo,
un tema sobre el que hay que indagar más (me refiero a la relación entre
reconciliación y feminismo), pues tenemos muchos indicios y propuestas pero
aún no se ha estudiado con toda la profundidad que se merece.
Notas
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