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Transiciones y reconciliaciones:
cambios necesarios en el mundo actual

Prevención y resolución de conflictos

Por Mario López Martínez

Parte 2 /6

La lucha contra el olvido y por la justicia

Si el tiempo debiera, como señala el sentido común, curar todas las heridas, no tiene porqué ser así. En todo caso el tiempo establece distancias y serena los ánimos pero no restituye, por sí solo, al sujeto y lo ofendido. Es necesario algo más, quizá hasta en ocasiones muchísimo más para apaciguar la memoria. Frente al olvido, la mentira, la ocultación, la impunidad, la conveniencia y la conformidad, la justicia, sólo la justicia relaciona irremisiblemente a las victimas con los victimarios, poniendo a cada uno en su sitio y redimiendo a todas las partes.

Aquella (la justicia) muestra, muy pronto, sus virtudes en cuanto que ejercicio que permite reflexionar sobre el pasado, contextualizar los comportamientos, encerrar debates morales, deslizar profundas dudas en las certezas ciegas sustentadas sobre las violencias extremas y alerta de los temores y las miserias a la que pueden conducir insolentes distancias de la decencia humana. No es una solución definitiva que contente a todos y, tampoco, está exenta de altibajos y nuevos errores, pero es, también, la mejor fórmula que tenemos los humanos para la esperanza que exige nuestro deseo de normalidad; y, si es algo que no está motivado por la impaciencia, ni por el desagravio o la venganza, sino por el ansia de dignidad, razonable es que tenga su acomodo en una sociedad que quiere construir su futuro sin fantasmas que la perturben, porque la justicia permite, sobre todo, rescatar a todas las partes de sus posiciones iniciales facilitando el camino hacia la reconciliación.40

La reconciliación, a fuerza de ser usada en los mass media, se ha acabado convirtiendo en un concepto de moda, que quiere explicar muchas relaciones, no sólo de carácter político o social, lo que parece muy normal, sino también de carácter personal o de reconstrucción psicológica.

La reconciliación, verdaderamente hay que reconocer, está presente en las transacciones y procesos que culminan con el final de las dictaduras y regímenes totalitarios en sistemas democráticos y pluralistas41

O en la conclusión de uno de los más rancios sistemas anti derechos humanos.42 También se utiliza como concepto para comprender que es parte de la recta última o «línea final de un proceso de paz» o de pacificación, aún dentro de las democracias, que permite construir y reconstruir tejidos social y psicológicamente dañados por enfrentamientos armados.43 Asimismo, desde destacados miembros de la Investigación para la Paz, se ha considerado como una «vía para resolver la violencia cultural», es decir, la reconciliación sería la respuesta más adecuada a aquélla.44 O, también, como un «espacio de encuentro y elemento orientador» para la construcción de la paz, a modo de pieza o instrumento que libera y permite extraer de la sociedad y sus elementos humanos lo mejor que tienen de ellos.45

Si continuamos seleccionando algunos otros ejemplos significativos podremos comprobar cómo la reconciliación está de moda y se acaba confundiendo con otros conceptos a fuerza de repetirla y hasta manosearla. Pero decir que está de moda es señalar sobre todo que da beneficios y réditos políticos a aquel o aquellos que la utilizan, lo que no quiere decir a la par que otorga igual favor a todos. Aunque la reconciliación es un proceso que pone en relación a todas las partes y actores de un conflicto, no todos lo viven igual, ni por la perspectiva, ni por la intensidad, ni por el grado de profundidad al que se espera llegar. Para los no directamente implicados, la reconciliación parece un proceso normal y natural de superación de etapas pretéritas. Para los victimarios es una oportunidad para ser aceptados como miembros de pleno derecho en la nueva sociedad constituida sin por ello quedar estigmatizados o marcados, para éstos debe ser un proceso acelerado y rápidamente superable: una paz apresurada.

En cambio, para las víctimas la reconciliación lo es cuando todas sus posibles etapas, condiciones y grados se han ido consiguiendo, desde el conocimiento de la verdad de lo que sucedió a la restitución de la justicia, pasando por la rehabilitación de familiares y víctimas, la reconstrucción psicológica y social, la creación de espacios nuevos de participación y confianza, etc.

¿Y las mujeres? Nada hemos dicho hasta ahora de ellas, pero ¿qué pueden hacer por la reconciliación? Las mujeres, al rebelarse contra su papel de víctimas de la guerra y de la violencia, al asumir su protagonismo en la lucha por la justicia, por evitar el olvido o la amnesia, en su búsqueda imperturbable de los desaparecidos, o en la conservación de las costumbres de su comunidad, o en el cuidado de la familia, del hogar o de la educación de los hijos en la ausencia de los hombres, en su protesta contra la militarización, en su crítica del papel de sumisión y reproducción acrítica de modelos heterónomos que se le han asignado, han acabado feminizando el concepto y la práctica de la paz y, a fortiori, de la reconciliación. Han terminado por convertirse en agentes fundamentales en los largos procesos de reconciliación, aún no del todo reconocidos, pero sin los cuales aquélla se hace más difícil y costosa.46 Un ejemplo de ello es que muchos de los programas de apoyo a la reconstrucción de las sociedades que han sufrido violentos conflictos han decidido financiar a grupos de mujeres que ya trabajaban con sistemas de apoyo mutuo, ganando en utilidad y funcionalidad para ellas, sus familias y las comunidades donde viven.47

Pero, también, es de interés destacar otro nivel más profundo de entender, valorar y analizar la reconciliación –aunque sólo le dediquemos estas pocas líneas–. Un nivel en el que el feminismo en particular ha incidido de forma sobresaliente y que es otra dimensión posible de examinar estos procesos (violación-pacificación-reconciliación) en sus interrelaciones causales. El pensamiento feminista ha acabado subvirtiendo gran parte de las estructuras en las que se ha asentado el paradigma dominante (empezando por manifestar sus contradicciones), señalando que algunas de estas estructuras han sido causa de separaciones profundas, dicotómicas e irreconciliables entre la ciencia y la filosofía, los hechos y los valores, lo individual y lo colectivo, lo público y lo privado, lo político y lo doméstico, en fin, entre lo masculino y lo femenino. Evidentemente, el feminismo nos señala que, si pretendemos un nuevo orden de valores (más pacífico), estos términos han de hacerse reconciliables. Pero lo más importante no es sólo que la disposición (divorciada) de estos conceptos estén íntimamente relacionados con ellos mismos y con otros (tales como –y no los considero en ningún orden–: la socialización bajo modelo patriarcal, la educación sexista, las formas violentas de resolver conflictos, el militarismo, la competitividad, y un largo etcétera); sino que, en un nuevo orden de valores (o, simplemente, en la puesta en marcha de algunos de ellos), la interrelación causal de unos con otros puede hacer debilitar paulatinamente los nódulos en los que se fundamentan las viejas estructuras, dado que cuando se actúa en un nivel particular, personal, privado, etc., igualmente se está incidiendo en lo general, colectivo, público, etc., o dicho de otra forma quizá algo críptica en el juego de palabras pero que tiene todo su sentido: lo «micro» interesa y conforma a lo «macro» y viceversa.

Pero, no sólo esto, sino que, en favorecer esta modificación, el feminismo, como forma disruptiva de lucha y acción colectiva ha propuesto –apoyándose en la teoría política de la noviolencia– una definición del poder: como la capacidad para la acción y como la disposición para cambiar valores, actitudes y comportamientos, y no como tradicionalmente se ha visto el poder como la capacidad para obtener sumisión. Betty Reardon ha llamado a eso «empowerment» (podría traducirse como empoderamiento),48 una forma de recuperar la potencia, la facultad, la potestad, etc., de aquellos grupos que han sido vistos como carentes de esos atributos, pero que resulta a su juicio «el cambio fundamental necesario para trascender el sexismo y el sistema de guerra». Sería –prosigue Readon– «la mayor antítesis del uso actual de poder como coerción», afectando no sólo a las mujeres en general y al feminismo en particular, sino también a los movimientos anticoloniales, los defensores de derechos humanos, etc. La auto-valoración, el auto-respeto, el auto-reconocimiento, etc., junto a una relación y valoración diferente de los otros –no vistos como enemigos o como objetos, permitiría un modelo de relaciones humanas diferente, esencial para el proceso de liberación y desarrollo.49

De todo ello se deduciría que no sólo es importante la acción de las mujeres en la parte más destacada del proceso de pacificación (la reconstrucción física, psicológica y ética de una sociedad), sino que también no se puede hacer sin ellas la reconciliación, por cuanto ésta es una reconstrucción de un nuevo orden que debe nacer con la pretensión de no volver a repetir las violencias y los errores del pasado.

Pero, como ya hemos visto, el feminismo exige aún mucho más, nos dice que ese nuevo orden de valores no es posible sin alterar sustancialmente las bases y los conceptos sobre los que se sustentan los modelos de violencia (sexismo y belicismo), por lo que se hace aún más necesario una conversión profunda de los fundamentos epistemológicos, de las relaciones micro, macro y de la comunicación humana. Éste es, sin embargo, un tema sobre el que hay que indagar más (me refiero a la relación entre reconciliación y feminismo), pues tenemos muchos indicios y propuestas pero aún no se ha estudiado con toda la profundidad que se merece.

Notas

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Siguiente: Los contextos para la reconciliación

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