Una publicación de CDF     | Enlaces | Comentarios | Contacto | Búsqueda |

ISSN 1913-6196

Inicio Temas Autores Reseñas Libros Recursos digitales
Ediciones Documentos Multimedia Lectores opinan Entrevistas Nosotros
Año 2008 Vol. VI
Futuros 21
 Futuros 20
Año 2007 Vol. V
 Futuros 19
 Futuros 18
 Futuros 17
Año 2006 Vol . IV
 Futuros 16
 Futuros 15
 Futuros 14
 Futuros 13

Año 2005 Vol.  III

 Futuros 12
 Futuros 11
 Futuros 10
 Futuros 9
Año 2004 Vol. II
 Futuros 8
 Futuros 7
 Futuros 6
 Futuros 5
Año 2006 Vol.  I
 Futuros 4
 Futuros 3
 Futuros 2
 Futuros 1
 
Más leídos

1. ¿Qué entender por sostenibilidad?

2. ¿Qué son los conflictos?

3.Democracia real, democracia formal. ¿Existe la democracia?

4. Energías renovables: ventajas y desventajas de la energía eólica

5. ¿Cómo evitar el suicidio en adolescentes?

6. El emprendedor y las pequeñas empresas

7. Sociedad política y sociedad civil: ¿nuevos modelos de democracia?

8. ¿Qué impacto puede tener la ética?

9. Comunicación para la equidad de géneros: el poder de la palabra

10. Mediación dirigida por los individuos

 

Transiciones y reconciliaciones:
cambios necesarios en el mundo actual

Prevención y resolución de conflictos

    Mario López Martínez

Parte 1 /6

Este trabajo es un fragmento
de un capítulo del libro "Cultivar la Paz",
de la Editorial de la Universidad de Granada

El tiempo y el ritmo de las reconciliaciones

El arrepentimiento y la reconciliación se imponen como un componente más del espíritu de nuestro tiempo. No le falta razón a Defarges o a Panikkar cuando señalan esto.31 En el final de siglo y de milenio, tras la Caída del Muro y de algunos de los conflictos armados menos esperados y deseados, la reconciliación formaría parte de un intento crítico de balance histórico y de un propósito de clima moral que trataría de recuperar valores que se creen perdidos o descalificados a fuerza de caer en desuso.

Igualmente, el arrepentimiento y, con este, el remordimiento por el dolor causado se ubica dentro de un arco histórico lo suficientemente amplio para ser un viaje no sólo de ida, sino también de vuelta. Los que en un tiempo se consideraron como vencedores y victoriosos, siendo tratados benévolamente por la historia, donde ésta parece que estuvo de su parte sin posibilidad para interpretarla de otra forma, con el transcurso del tiempo su estatuto ha podido llegar a cambiar. Así, el arrepentimiento, de modo propio o inducido, es un estado adoptado por aquellos grupos o individuos que comprueban que la historia ya no está de su parte, que han cambiado las tornas, que la lógica que ellos impusieron ya no tiene cabida en el nuevo orden, que lo que en su momento pudo beneficiarles en prerrogativas, dádivas y honores se ha revuelto contra ellos haciéndoles  rehenes de sus responsabilidades contraídas. Por ello, el arrepentimiento es un gesto de los vencidos, pero sobre todo y muy especialmente de los vencidos ética y moralmente.

También, conviene preguntarnos ¿qué hace que la culpabilidad siga obsesionando tanto a la política? El canciller alemán Willy Brandt pidió perdón, en diciembre de 1970, en el monumento al gueto de Varsovia. En 1997, Helmut Kohl hizo lo propio ante Václav Havel por la anexión de los Sudetes en 1938 por Alemania y, a su vez, éste hizo lo mismo ante aquél por la expulsión de ese territorio de más de tres millones de alemanes en 1945. Boris Yeltsin, en las exequias del zar Nicolás II señaló: «todos somos culpables. No hay por qué mentirnos a nosotros mismos e intentar explicar una crueldad absurda por fines políticos».Y,Frederick De Klerk, ex presidente de Sudáfrica, advirtió al dejar su mandato a Mandelaque «el apartheid fue un error».Está claro que cada uno de estos hechos corresponden a procesos específicos y singulares de arrepentimiento-reconciliación, son una historia con personalidad propia pero, asimismo, todos ellos quieren responder a la pregunta formulada al principio. Aún más, para poder superar esa inquietud política y obtener una redención que siembre futuro ha de ser un acto público y, por tanto, político, que se oriente a impresionar, conmover y convencer a la parte ofendida, a los reticentes y a los espectadores neutrales Mientras la política sea, como señalaban los antiguos griegos, una nueva forma de pensar, de sentir y, sobre todo, de relacionarse unos con otros seguirá persiguiéndonos un inevitable balance ético de lo que hacemos o dejamos de hacer, de las repercusiones de nuestros deberes y responsabilidades en nuestra relación con los demás. Y, no hay que verlo –por inevitable que parezca– como algo severo y negativo sino como parte de nuestra indisociable sociabilidad, de nuestra interpelación permanente con los demás para considerarles y reconocernos.

Y, si cabe hablar de culpabilidad política también podremos hablar del perdón (político), pero ¿qué es el perdón: un acto o un estado emocional, o quizá ambas cosas? ¿Está relacionado con las acciones injustas o con un estado de la mente? ¿Es el perdón una cuestión esencialmente relacionada con el corazón (con los sentimientos y las emociones) o con los principios (validos en todo tiempo y lugar?)?

¿Cuál es el lugar del perdón en la telaraña de los conceptos que afectan a la reconciliación? Y más importante y como consecuencia de lo anterior, ¿puede el perdón estar justificado para todo y para todos?

Los teólogos tienen bastantes respuestas a todo esto32, pero ni los filósofos, ni los historiadores, ni los politólogos se han acercado a este tema con la suficiente profundidad como para tener en sus manos un cierto consenso. Si aún nos hacemos tantas interrogantes es porque hay más preguntas que respuestas.33 Para los teólogos, el perdón no debe estar fundamentado en una razón concreta, o no tiene porqué estar justificado por un conjunto de razones, tampoco debiera estar afectado por el tiempo, es por así decirlo un asunto de mandato divino, de obligado cumplimiento que no necesita ser justificado. Puede que estas explicaciones logren satisfacer suficientemente a creyentes y eclesiólogos, y que además les ayuden a concertar una tranquilidad en sus conciencias, pero no pueden explicar sino una parte de un todo mucho más complejo.34

No cabe duda que si se aborda este tema con una gran profundidad –no como nosotros queremos en principio presentarlo aquí–, la posición teológica hay que valorarla en sus justos términos y calcular las consecuencias de la misma sobre el perdón. Entre otras cosas, también, porque los actos del perdón y del arrepentimiento deben ser susceptibles de ser considerados en función de las razones ofrecidas para cada acto incluidas su evaluación moral y espiritual. Pero lo que queremos no es tanto ofertar explicaciones o razones para el perdón, sino explorar, o sólo plantear, los principios políticos (ni siquiera jurídicos) usados para justificar el mismo y el posible alcance de su aplicación.

Esto nos obliga a señalar, también, que este ejercicio intelectual debe conducirnos asimismo a clarificar y distinguir muchos otros conceptos relevantes para esta cuestión, tales como: la justificación, la comprensión, la absolución, el castigo, la venganza, la compasión, el remordimiento, el olvido, la impunidad, la amnistía, el indulto, etc., a cuyo conjunto denomino «telaraña conceptual» y muy especialmente el término reconciliación que se ha convertido –gracias a la Investigación para la Paz– en una categoría conceptual de primer orden en el campo de la política, y que tiene mucha más relevancia y alcance que el simple perdón (administrativo, político, o del orden que fuera), aún cuando aquélla pudiera apoyarse en éste. Así, los diversos significados de muchos de estos conceptos, los problemas que suscitan, así como las relaciones que entre ellos hay, nos ayudarán a evaluar con las herramientas de la historia y la política su alcance y límites, que difícilmente podrán ser universalizables. Sin olvidar tampoco el uso, en ocasiones poco apropiado, de términos tan corrientes en el vocabulario como justicia-injusticia, parcialidad-imparcialidad, rectitud-equivocación, así como el propio concepto de mal. Evidentemente, la política, como otras ciencias sociales, no tiene respuestas inmutables e invariables para todo ello pero al menos debe intentarlo. 35

En el último cuarto de siglo XX, donde los acontecimientos de todo tipo se han ido precipitando sobre un campo político abonado por el maquiavelismo de las relaciones internacionales de la guerra fría, un cierto vacío ético y moral ha querido llenarse con balances y reflexiones sobre la historia y la memoria colectiva de este pasado, en el intento generoso –y con el instrumental con el que contamos– de construir una sociedad planetaria que sea capaz de regular mejor los niveles y grados de violencia, y apueste por dignificar los elementos centrales de los seres humanos: su vida y su libertad.

En este sentido la reconciliación es un intento de superación de errores anteriores y un propósito de no volver a engrosar los horrores de la abyección.

Pero la tarea es descomunal, dado que cada sociedad tiene sus ritmos, sus particulares demonios familiares y, también, su propia capacidad psicosocial para entender los conflictos en ella producidos.

Pero si la reconciliación, y todo el debate que ella trae sobre sus alforjas, se ha hecho transnacional es porque todas las sociedades han sufrido violencias en mayor o menor medida, porque afecta a las bases sobre la reconstrucción de la convivencia y porque tiene una evidente carga rehabilitadota y liberadora. Veamos a continuación algunos ejemplos que nos permitirán introducir más elementos y conceptos para la reflexión.

El escritor chileno Ariel Dorfman señalaba a propósito de los desaparecidos de Chile y del mundo, que las autoridades que eran responsables de tales desmanes, como el general Pinochet entre otros, habían fracasado en su cometido último, porque la lucha pertinaz de los familiares de aquéllos, al negarse a admitir la muerte definitiva de sus seres queridos, habían hecho que «aquellos detenidos que se negaron a aceptar el destino de olvido que un dictador preparó para ellos, aquellos hombres y mujeres que increíblemente siguen con vida más allá de la muerte. ¡Los muertos que vos matasteis General, gozan de buena salud!». 36

Había sido la lucha contra el olvido (una forma de segunda muerte), es decir, la persistencia de la memoria frente a la infamia y la abyección la que había mantenido viva la llama ética y moral capaz de vencer todas las adversidades y silenciamientos.37 Pero, también, una lucha tenaz contra el miedo, el impuesto y el dolorosamente soportado.38 En unos casos las fotos, en otros las grabaciones en super ocho o el testimonio de la palabra unían el pasado con el presente de forma repetitiva pero ineluctable. Las personas que nunca murieron (porque se les negó un lugar donde descansar eternamente y ser llorados por sus familiares) acabaron siendo el sonido persistente de la palabra silenciada que ha atravesado el tiempo y la muerte más allá de lo sospechable. Una suerte de muerte que se ha hecho inmortal en la memoria de los vivos. Una memoria que si para unos fue patrimonio útil para la perdurabilidad, para otros resultó insoportablemente incómoda. ¿Olvido o memoria? Sobre este particular cabe apreciar cuánto puede estar mediatizada la reconciliación en función de la necesidad de reconciliar utilizando una de estas dos piezas, o manteniendo un difícil equilibrio equidistante entre ambas.

Véase lo que opina Simón Peres, ex-primer ministro de Israel, cuando hace mención a la edificación de una nueva sociedad en el Próximo Oriente: «Si yo fuera profesor, enseñaría a los niños en la escuela lo que tienen que imaginar, no lo que tienen que recordar. Creo que es mejor imaginar que recordar. Se nos dio una mente que está programada para mirar hacia adelante, no para almacenar todas las cosas del pasado. El pasado no tiene importancia. No lo tiene por una sencilla razón: no puede ser modificado. Por lo tanto, para qué preocuparse por él. Dios nos dio una memoria no para recordar, sino para olvidar».39 Puede que sea así, pero ¿cómo construir una reconciliación sin justicia?, o ¿sería tan alto el coste de la justicia en Oriente Próximo, tanto para Israel y sus aliados, como para los Palestinos y los suyos, que su factura la haría inviable y, por tanto, es mejor la impunidad y el olvido? ¿Cómo habría que interpretar las guerras, el terrorismo, la intifada, etc., en la nueva sociedad reconciliada? Si como quiere señalar Simón Peres –con una cierta alarma–, las naciones tuvieran que construir su historia sólo sobre la base de la cantidad de cadáveres y de héroes que han ido dejando en su difícil construcción, es muy posible que la reconciliación no llegara nunca. En algún momento hay que cortar la espiral de la violencia alimentada por el odio aprendido de los lamentos, las ausencias y las furias del pasado.

Recordemos: una memoria no para recordar sino para olvidar. Difícil de asumir cuando no aparece la justicia en esa ecuación, pero interesante cuando todos pueden aparecer como culpables.

Volviendo atrás, al caso de Chile, sin embargo, estos y estas perturbadores de la memoria oficial han acabado dando honorabilidad a lo que se considera un legado por el que vale la pena luchar: la dignidad y la libertad de los que sin solución de continuidad habían sido condenados a no tener voz, a no dejar rastro. En ello, muy a pesar del laberinto legal del pasado, se sustentó la memoria y el recuerdo que advirtió, corrigió y reclamó su derecho a discrepar y a pedir responsabilidades. En este contexto la memoria se convirtió en instancia moral, en un juez inapelable con el pasado que condicionaba el presente, calificando omisiones y acciones, aprobando y condenando.

Notas

Ir a:

Primera Parte
Segunda Parte
Tercera Parte
Cuarta Parte
Quinta Parte
Sexta Parte

Siguiente: La lucha contra el olvido y por la justicia

Descargar este artículo   Imprimir


Este website esta bajo la licencia de Creative Commons Licence
Cualquier material de esta revista puede reproducirse libremente de forma impresa o electrónica sin previa autorización, siempre que se cite como  fuente a la Revista Futuros y su uso no sea con fines comerciales. Agradeceríamos ser informados y que se nos hiciera llegar una copia o referencia del material reproducido.
Se exceptúan de la libre reproducción los materiales tomados de otras fuentes; para reproducir estos artículos debe pedirse autorización a la fuente original.

Las opiniones expresadas en los artículos son de los y las autores y no del American Friends Service Committee o de Citizen Digital Facilitation
Los invitamos a enviarnos sus colaboraciones, las cuales serán  publicadas de ser seleccionadas por la dirección de la revista.
Si tiene problemas o preguntas relacionadas con esta Web, póngase en contacto con el Equipo Futuros.
Última actualización: