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Parte 1 /6
Este trabajo es un fragmento
de un capítulo del libro "Cultivar la Paz",
de la Editorial de la Universidad de Granada
El tiempo y el ritmo de las reconciliaciones
El arrepentimiento y la reconciliación se imponen como un
componente más del espíritu de nuestro tiempo. No le falta razón a Defarges
o a Panikkar cuando señalan esto.31 En
el final de siglo y de milenio,
tras la Caída del Muro y de algunos de los conflictos armados menos
esperados y deseados, la reconciliación formaría parte de un intento crítico
de balance histórico y de un propósito de clima moral que trataría de
recuperar valores que se creen perdidos o descalificados a fuerza de caer en
desuso.
Igualmente, el arrepentimiento y, con este, el remordimiento
por el dolor causado se ubica dentro de un arco histórico lo suficientemente
amplio para ser un viaje no sólo de ida, sino también de vuelta. Los que en
un tiempo se consideraron como vencedores y victoriosos, siendo tratados
benévolamente por la historia, donde ésta parece que estuvo de su parte sin
posibilidad para interpretarla de otra forma, con el transcurso del tiempo
su estatuto ha podido llegar a cambiar. Así, el arrepentimiento, de modo
propio o inducido, es un estado adoptado por aquellos grupos o individuos
que comprueban que la historia ya no está de su parte, que han cambiado las
tornas, que la lógica que ellos impusieron ya no tiene cabida en el nuevo
orden, que lo que en su momento pudo beneficiarles en prerrogativas, dádivas
y honores se ha revuelto contra ellos haciéndoles rehenes de sus responsabilidades contraídas. Por ello, el arrepentimiento es un
gesto de los vencidos, pero sobre todo y muy especialmente de los vencidos
ética y moralmente.
También, conviene preguntarnos ¿qué hace que la culpabilidad
siga obsesionando tanto a la política? El canciller alemán Willy Brandt
pidió perdón, en diciembre de 1970, en el monumento al gueto de Varsovia. En
1997, Helmut Kohl hizo lo propio ante Václav Havel por la anexión de los
Sudetes en 1938 por Alemania y, a su vez, éste hizo lo mismo ante aquél por
la expulsión de ese territorio de más de tres millones de alemanes en 1945.
Boris Yeltsin, en las exequias del zar Nicolás II señaló: «todos somos
culpables. No hay por qué mentirnos a nosotros mismos e intentar explicar
una crueldad absurda por fines políticos».Y,Frederick De Klerk, ex
presidente de Sudáfrica, advirtió al dejar su mandato a Mandelaque «el
apartheid fue un error».Está claro que cada uno de estos hechos corresponden
a procesos específicos y singulares de arrepentimiento-reconciliación, son
una historia con personalidad propia pero, asimismo, todos ellos quieren
responder a la pregunta formulada al principio. Aún más, para poder superar
esa inquietud política y obtener una redención que siembre futuro ha de ser
un acto público y, por tanto, político, que se oriente a impresionar,
conmover y convencer a la parte ofendida, a los reticentes y a los
espectadores neutrales Mientras la política sea, como señalaban los antiguos
griegos, una nueva forma de pensar, de sentir y, sobre todo, de relacionarse
unos con otros seguirá persiguiéndonos un inevitable balance ético de lo que
hacemos o dejamos de hacer, de las repercusiones de nuestros deberes y
responsabilidades en nuestra relación con los demás. Y, no hay que verlo
–por inevitable que parezca– como algo severo y negativo sino como parte de
nuestra indisociable sociabilidad, de nuestra interpelación permanente con
los demás para considerarles y reconocernos.
Y, si cabe hablar de culpabilidad política también podremos
hablar del perdón (político), pero ¿qué es el perdón: un acto o un estado
emocional, o quizá ambas cosas? ¿Está relacionado con las acciones injustas
o con un estado de la mente? ¿Es el perdón una cuestión esencialmente
relacionada con el corazón (con los sentimientos y las emociones) o con los
principios (validos en todo tiempo y lugar?)?
¿Cuál es el lugar del perdón en la telaraña de los
conceptos que afectan a la reconciliación? Y más importante y como
consecuencia de lo anterior, ¿puede el perdón estar justificado para todo y
para todos?
Los teólogos tienen bastantes respuestas a todo esto32,
pero ni los filósofos, ni los historiadores, ni los politólogos se han
acercado a este tema con la suficiente profundidad como para tener en sus
manos un cierto consenso. Si aún nos hacemos tantas interrogantes es porque
hay más preguntas que respuestas.33
Para los teólogos, el perdón no debe
estar fundamentado en una razón concreta, o no tiene porqué estar
justificado por un conjunto de razones, tampoco debiera estar afectado por
el tiempo, es por así decirlo un asunto de mandato divino, de obligado
cumplimiento que no necesita ser justificado. Puede que estas explicaciones
logren satisfacer suficientemente a creyentes y eclesiólogos, y que además
les ayuden a concertar una tranquilidad en sus conciencias, pero no pueden
explicar sino una parte de un todo mucho más complejo.34
No cabe duda que si se aborda este tema con una gran
profundidad –no como nosotros queremos en principio presentarlo aquí–, la
posición teológica hay que valorarla en sus justos términos y calcular las
consecuencias de la misma sobre el perdón. Entre otras cosas, también,
porque los actos del perdón y del arrepentimiento deben ser susceptibles de
ser considerados en función de las razones ofrecidas para cada acto
incluidas su evaluación moral y espiritual. Pero lo que queremos no es tanto
ofertar explicaciones o razones para el perdón, sino explorar, o sólo
plantear, los principios políticos (ni siquiera jurídicos) usados para
justificar el mismo y el posible alcance de su aplicación.
Esto nos obliga a señalar, también, que este ejercicio
intelectual debe conducirnos asimismo a clarificar y distinguir muchos otros
conceptos relevantes para esta cuestión, tales como: la justificación, la
comprensión, la absolución, el castigo, la venganza, la compasión, el
remordimiento, el olvido, la impunidad, la amnistía, el indulto, etc., a
cuyo conjunto denomino «telaraña conceptual» y muy especialmente el término
reconciliación que se ha convertido –gracias a la Investigación para la Paz–
en una categoría conceptual de primer orden en el campo de la política, y
que tiene mucha más relevancia y alcance que el simple perdón
(administrativo, político, o del orden que fuera), aún cuando aquélla
pudiera apoyarse en éste. Así, los diversos significados de muchos de estos
conceptos, los problemas que suscitan, así como las relaciones que entre
ellos hay, nos ayudarán a evaluar con las herramientas de la historia y la
política su alcance y límites, que difícilmente podrán ser universalizables.
Sin olvidar tampoco el uso, en ocasiones poco apropiado, de términos tan
corrientes en el vocabulario como justicia-injusticia,
parcialidad-imparcialidad, rectitud-equivocación, así como el propio
concepto de mal. Evidentemente, la política, como otras ciencias sociales,
no tiene respuestas inmutables e invariables para todo ello pero al menos
debe intentarlo. 35
En el último cuarto de siglo XX, donde los acontecimientos
de todo tipo se han ido precipitando sobre un campo político abonado por el
maquiavelismo de las relaciones internacionales de la guerra fría, un cierto
vacío ético y moral ha querido llenarse con balances y reflexiones sobre la historia y la memoria colectiva de este pasado, en el
intento generoso –y con el instrumental con el que contamos– de construir
una sociedad planetaria que sea capaz de regular mejor los niveles y grados
de violencia, y apueste por dignificar los elementos centrales de los seres
humanos: su vida y su libertad.
En este sentido la reconciliación es un
intento de superación de errores anteriores y un propósito de no volver a
engrosar los horrores de la abyección.
Pero la tarea es descomunal, dado que
cada sociedad tiene sus ritmos, sus particulares demonios familiares y,
también, su propia capacidad psicosocial para entender los conflictos en
ella producidos.
Pero si la reconciliación, y todo el debate que ella trae
sobre sus alforjas, se ha hecho transnacional es porque todas las sociedades
han sufrido violencias en mayor o menor medida, porque afecta a las bases
sobre la reconstrucción de la convivencia y porque tiene una evidente carga
rehabilitadota y liberadora. Veamos a continuación algunos ejemplos que nos
permitirán introducir más elementos y conceptos para la reflexión.
El escritor chileno Ariel Dorfman señalaba a propósito de
los desaparecidos de Chile y del mundo, que las autoridades que eran
responsables de tales desmanes, como el general Pinochet entre otros, habían
fracasado en su cometido último, porque la lucha pertinaz de los familiares
de aquéllos, al negarse a admitir la muerte definitiva de sus seres
queridos, habían hecho que «aquellos detenidos que se negaron a aceptar el
destino de olvido que un dictador preparó para ellos, aquellos hombres y
mujeres que increíblemente siguen con vida más allá de la muerte. ¡Los
muertos que vos matasteis General, gozan de buena salud!».
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Había sido la lucha contra el olvido (una forma de segunda
muerte), es decir, la persistencia de la memoria frente a la infamia y la
abyección la que había mantenido viva la llama ética y moral capaz de vencer
todas las adversidades y silenciamientos.37
Pero, también, una lucha tenaz
contra el miedo, el impuesto y el dolorosamente soportado.38 En unos casos
las fotos, en otros las grabaciones en super ocho o el testimonio de la
palabra unían el pasado con el presente de forma repetitiva pero
ineluctable. Las personas que nunca murieron (porque se les negó un lugar
donde descansar eternamente y ser llorados por sus familiares) acabaron
siendo el sonido persistente de la palabra silenciada que ha atravesado el
tiempo y la muerte más allá de lo sospechable. Una suerte de muerte que se
ha hecho inmortal en la memoria de los vivos. Una memoria que si para unos
fue patrimonio útil para la perdurabilidad, para otros resultó
insoportablemente incómoda. ¿Olvido o memoria? Sobre este particular cabe
apreciar cuánto puede estar mediatizada la reconciliación en función de la
necesidad de reconciliar utilizando una de estas dos piezas, o manteniendo
un difícil equilibrio equidistante entre ambas.
Véase lo que opina Simón Peres, ex-primer ministro de Israel, cuando hace mención a la edificación de
una nueva sociedad en el Próximo Oriente: «Si yo fuera profesor, enseñaría a
los niños en la escuela lo que tienen que imaginar, no lo que tienen que
recordar. Creo que es mejor imaginar que recordar. Se nos dio una mente que
está programada para mirar hacia adelante, no para almacenar todas las cosas
del pasado. El pasado no tiene importancia. No lo tiene por una sencilla
razón: no puede ser modificado. Por lo tanto, para qué preocuparse por él.
Dios nos dio una memoria no para recordar, sino para olvidar».39 Puede que
sea así, pero ¿cómo construir una reconciliación sin justicia?, o ¿sería tan
alto el coste de la justicia en Oriente Próximo, tanto para Israel y sus
aliados, como para los Palestinos y los suyos, que su factura la haría
inviable y, por tanto, es mejor la impunidad y el olvido? ¿Cómo habría que
interpretar las guerras, el terrorismo, la intifada, etc., en la nueva
sociedad reconciliada? Si como quiere señalar Simón Peres –con una cierta
alarma–, las naciones tuvieran que construir su historia sólo sobre la base
de la cantidad de cadáveres y de héroes que han ido dejando en su difícil
construcción, es muy posible que la reconciliación no llegara nunca. En
algún momento hay que cortar la espiral de la violencia alimentada por el
odio aprendido de los lamentos, las ausencias y las furias del pasado.
Recordemos: una memoria no para recordar sino para olvidar.
Difícil de asumir cuando no aparece la justicia en esa ecuación, pero
interesante cuando todos pueden aparecer como culpables.
Volviendo atrás, al caso de Chile, sin embargo, estos y
estas perturbadores de la memoria oficial han acabado dando honorabilidad a
lo que se considera un legado por el que vale la pena luchar: la dignidad y
la libertad de los que sin solución de continuidad habían sido condenados a
no tener voz, a no dejar rastro. En ello, muy a pesar del laberinto legal
del pasado, se sustentó la memoria y el recuerdo que advirtió, corrigió y
reclamó su derecho a discrepar y a pedir responsabilidades. En este contexto
la memoria se convirtió en instancia moral, en un juez inapelable con el
pasado que condicionaba el presente, calificando omisiones y acciones,
aprobando y condenando.
Notas
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