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Tomado del Instituto Internacional de Gobernabilidad de
Cataluña
Seguridad Sostenible. Edición 26
Sabemos, por sentido común, pero también por los expertos
de diferentes disciplinas, que, al ritmo que avanzamos, el equilibrio del
planeta no se sostiene: el discurso del desarrollo sostenible no pasa de
ser más que un discurso hueco, enunciado vacío de contenido en boca de los
mantenedores de un sistema de producción (y reproducción) cada vez más
voraz que, como en el caso del mito de Saturno, acaba devorando a sus
propias criaturas. Y no porque las capacidades o potencialidades no estén
ahí o no se den, sino porque los intereses no caminan por esos derroteros.
La FAO nos advierte de que, a día de hoy, y con el ritmo de producción
alcanzado, estamos en disposición de alimentar a 12 mil millones de
personas, lo que es lo mismo, el doble de la población del planeta. Sin
embargo, la 'nueva' división del mundo, lejos de las ideologías (tal y
como hasta ahora se venían entendiendo), se establece entre anoréxicos y
bulímicos, entre sedientos e insaciables, entre un tercer mundo
1
que se muere de hambre (y sed) y un primer mundo que se
mata de gordo.
Paradójicamente, cuanto más aumenta la capacidad
productiva en el mundo -a la par que la seguridad de las cosechas
transgénicas, los avances tecnológicos, la rapidez en los transportes y
comunicaciones, así como los precios de todo ello-, en una relación
inversamente proporcional se incrementa la pauperización de la población
mundial. Empobrecimiento que ya no sólo afecta a los clásicos países del
África subsahariana o América latina, sino que cada vez más acecha a las
sociedades del opulento primer mundo que cabalga desbocado hacia la
polarización social y las grandes bolsas de pobreza. A modo de discurso
balsámico, y como queriendo disfrazar lo que se presenta como tendencia
inapelable, se esboza la citada idea del desarrollo sostenible. Y más
democracia(s). Esto es, la actual política estadounidense: 'a más
democracias, más mercados, ergo más riqueza'. Pero, ¿para quién? O
mejor, ¿para cuántos? ¿Hasta qué punto esta ecuación resulta verosímil?
Desde el punto de vista de la producción, hoy día se sigue
operando en los mismos términos de extractividad que desde la década de
1970 se empezaron a reconocer -desde un punto de vista técnico y
científico- como insostenibles, que los recursos del planeta eran
limitados: el petróleo, la pesca, la fertilidad del terreno, la
frondosidad de los bosques. Por primera vez empezamos a darnos cuenta de
que la capacidad de regeneración de los recursos es inferior al de su
explotación y, por tanto, se plantea la necesidad de buscar formas
alternativas al crecimiento, tal y como lo veníamos concibiendo. Pero tres
décadas más tarde, es como si todavía estuviéramos en fase de iniciar ese
mismo debate, cuando los presagios han pasado a ser sucesos, hechos
actuales, cadenas de acontecimientos que, una vez iniciados, no se pueden
parar (tal vez transformar). Lo que inicialmente fue una propuesta de
futuro -desarrollo sostenible- hoy se presenta como un disfraz retórico
para la articulación de programas políticos que nadie lee ni cree; uno de
esos conceptos que, por políticamente correctos, se han convertido en
inexcusables del discurso electoral, tal vez maquillado con una placa
solar para la urbanización de lujo en un litoral agotado, que no se
sostiene.
El discurso medioambiental ha sido usurpado por la clase
política, e incluso empresarial, despojándolo del elemento científico y
reivindicativo que tenía hasta poco tiempo, para convertirlo en pura
dialéctica de partidos, al amparo de esos oscuros intereses que se
conjugan en el terreno de la vida política, especialmente cuando van de la
mano del Círculo Mercantil. El ejemplo más reciente lo tenemos en España
con la Guerra del Agua -la futura madre de todas las guerras-, donde la
divergencia de feudos electorales y empresariales se (nos) presenta
disfrazada como una dialéctica entre posiciones divergentes para lo que
sería la mejor gestión de un recurso escaso.
Precisamente esta 'unión de hecho' -más allá de
consideraciones jurídicas- entre Estado y Mercado constituye el verdadero
desafío del presente artículo. Especialmente para intentar mostrar las
consecuencias que dicha relación implica para la vida en nuestras
sociedades y cómo el sometimiento de éstas a los criterios mercantiles no
está generando sino una 'inflación' democrática que, a corto plazo -si no
ya mismo-, se mostrará como del todo insostenible. Es decir, la pregunta
que subyace, y que se pretende responder, es hasta qué punto la
democracia, tal y como la hemos entendido o se nos ha explicado, en su
sentido 'singular' 2, es capaz de sostener los embates de un sistema de
producción y reproducción del capital que no encuentra límites legales,
éticos o de cualquier otro tipo para la obtención y el incremento del
beneficio, auténtico motor de una nueva humanidad que, sin embargo y como
en épocas pasadas, nos vuelve a confiar la felicidad a una época por
venir, en un más allá eterno que debería proporcionar la gloria de un
mercado insaciable.
Más democracia o más democracias
Resulta obvio que en el mundo de la empresa, la producción
masiva (oferta) de un producto dado permite el abaratamiento de sus costes
y, en lógica consecuencia, también del precio con el que sale al mercado;
siempre y cuando la demanda no supere a la oferta en cuestión. Al margen
de los cuestionamientos o matizaciones que se pueden hacer a la realidad
de este principio, o ley de la oferta / demanda, lo daremos por válido.
Pero también resulta válido afirmar que, más veces que menos, dicho
aumento de la producción y reducción de costes suele correr parejo con un
descenso en la calidad del producto, por cuanto se introducen variables
como la rapidez de producción y distribución, abaratamiento de los
materiales, fácil sustitución del producto defectuoso, prácticas
comerciales agresivas como el 'dumping' (tirar los precios para anular a
la competencia) y otras prácticas menos lícitas como el relajo en la
observancia de las normas de calidad, tanto de las relaciones laborales
como del producto en cuestión. De alguna manera, y aunque esto no suponga
una relación lógica ni inevitable a priori, lo cierto es que
podemos afirmar que la masificación produce pérdida de calidad, de energía
vital, por decirlo de manera metafórica. Y esto lo saben bien las elites
de todos los tiempos, huyendo rápido de los gustos y prácticas masivas,
populares diríamos.
Sin embargo, cuando esta lógica productivista y
maximizadora se transporta al mundo de la política, de la gobernabilidad y
de la organización del bien común de una sociedad considerada democrática,
la situación se antoja complicada. Y es que, por una parte, tenemos la
tendencia al citado relajo en la observancia de los criterios de calidad
dentro de las sociedades democráticas, basadas en una paulatina
desaparición del Estado de lo que constituye la vida pública, cada vez más
ponderada por criterios mercantiles; y, por otro lado, nos encontramos con
una nueva política exterior estadounidense, basada en la implantación, o
tal vez imposición, de sistemas democráticos, especialmente en todos
aquellos países que puedan generar ventaja desde el punto de vista de la
apertura de mercados internacionales y el aprovechamiento de recursos
naturales que los regímenes (dictatoriales) antes implantados ya no
posibilitan. Desde este punto de vista, la premisa de partida en lo que
representa la tendencia actual es que, por un lado, no se abunda en la
idea cualitativa -política- de 'más democracia' 3 , sino en la idea cuantitativa -mercantil- de 'más
democracias'.
«La democracia ha dejado de ser una conquista difícil
de alcanzar», nos dice Vicente Verdú en El estilo del mundo
(2003: 91). Premisa que nos da idea, precisamente, de la citada ley de la
oferta-demanda en el ámbito de las ideas políticas. Ya no se requiere
esfuerzo, algo que ha devenido obsceno en el mundo del capitalismo: todo
el mundo es igual en todo, en cualquier circunstancia, produciendo una
falsa idea de igualdad, pues ésta se realiza a la baja. Es decir, puesto
que todo tiene que ser igualado, resulta más fácil hacer que lo de arriba
baje y no lo opuesto, esto es, que lo de abajo suba: «Lo mismo un burro
que un gran profesor», cantaba Santos Discépolo, hacia 1935, y no
porque el burro sea ilustrado. Falacia basada en la distorsión del
concepto de Igualdad -uno de los tres pilares de la trinidad democrática
moderna-, derivada ahora hacia una doctrina del 'igualacionismo'. Una
trasgresión de la metáfora -Igualdad-, donde se toma a ésta de forma
literal, sin dejar cabida para un más allá (meta forein) que aporta
el pensamiento abstracto (Sartori 1998).
Obviamente, esta tendencia no es baladí: sólo las
democracias se han vuelto espacio idóneos para la expansión de nuevos
mercados y consumidores, así como para el proceso de 'deslocalización' de
las grandes empresas que buscan países con costes de producción reducidos
en la larga marcha hacia la maximización de los beneficios comerciales. Ya
quedó atrás la necesidad de viejas dictaduras que garantizaran la
posibilidad de desvalijar el país, extrayendo todas sus riquezas
naturales, a cambio de casi nada que no fueran los propios beneficios del
dictador y sus coristas. Además, a medio o largo plazo, los dictadores se
han mostrado gentes de poca confianza para sus patrocinadores, pues acaban
queriendo más y más… Ahora se trata de 'fidelizar' al cliente: son las
nuevas tácticas del mercado. Si cuidas bien al cliente, te garantizas su
continuidad como consumidor; y si fidelizado se convierte en sinónimo de
hipotecado, el vínculo será eterno. A fin de cuentas, lo que pretende el
(nuevo) capitalismo es establecer vínculos, no importa la naturaleza de
los mismos, siempre y cuando parezcan afectivos. Como dice el experto en
marketing, Daryl Travis, «el objetivo de cualquier negocio es
crear un consumidor y satisfacerle» (Cf. en Verdú 2003: 130).
De esta manera, el objetivo de las 'viejas democracias'
será el de crear nuevas democracias fidelizadas desde su propia
fundación.; los casos más recientes podrían ser los de Afganistán e Irak.
¿Qué mandarín no estaría agradecido con quien le ha proporcionado un
mandarinato? El actual presidente del democrático Afganistán, Hamid Karzai,
compañero de andanzas comerciales de George W. Bush, podría decir mucho al
respecto 4 . Esa es la política exterior de EEUU después del 11-S:
imponer la democracia en el mundo. Poco importa cuales sean los
fundamentos democráticos del país en cuestión, siempre y cuando a los
ciudadanos se les deje ser 'libres' una vez cada cuatro años. ¿Quién duda
de la democracia nicaragüense una vez caído el sandinismo? ¿Qué decir de
Haití? Pero tienen elecciones. Poco importa los mecanismos que hagan falta
para llegar ahí: financiar la guerra civil, secuestrar al presidente
electo, todo con tal de fidelizar 'jóvenes' democracias que ayuden a
obtener nuevos réditos. La democracia ha dejado de ser un ethos
para convertirse en technos, pura mecánica adaptada a la
autoreproducción de un orden de cosas que, al ritmo que vamos, corre el
riesgo de quedar reducido a puro régimen de libertades básicas.
Sin embargo, vemos cómo el aumento en el número de estas
jóvenes democracias, lejos de contribuir a la democratización global,
ayudan a reducir el nivel de vida y libertades exigibles a cualquier
democracia hasta hace poco tiempo. Recientemente, cuando la policía
londinense abatió a tiros a un súbdito brasileño, sospechoso de participar
en los atentados de julio en la capital británica, y reconocida la
política de 'tirar a matar' (Shoot to kill) por parte de la policía
metropolitana, se llegó a justificar sobre la base de que países como Sri
Lanka también hacían uso de la misma. ¡Toda una eminencia de la democracia
mundial, Sri Lanka, sirve como excusa para que unos policías descerrajen
once tiros en la cabeza de Menezes y pase como si nada! Podríamos citar
igualmente todas las libertades que se han restringido, especialmente en
Estados Unidos -pero no sólo-, con la excusa del terrorismo de Al-Qaeda y
el 11-S. Vivimos una época caracterizada por la reducción de costes, no
sólo económicos, sino también políticos, éticos, culturales… Y en este
sentido, el valor circulante debe depreciarse para continuar existiendo
pues, de lo contrario, la manzana podrida acabaría con la apetitosa. Un
principio que, en términos financieros y económicos, no es nuevo y se
conoce como Ley de Gresham: «Principio según el cual, cuando una unidad
monetaria depreciada está en circulación simultáneamente con otras monedas
cuyo valor no se ha depreciado en relación con el de un metal precioso,
las monedas no depreciadas tenderán a desaparecer» (Encarta 2005): la
moneda falsa desplaza a la moneda buena. En términos mucho más cotidianos,
es como el alumnado que debe adaptar su ritmo al de los más 'lentos', pues
no sería correcto que hubiera diferentes 'calidades' en un mismo entorno
académico.
En resumen: en este punto de la historia podemos decir que
somos más, pero ¿podemos decir que somos mejores?
Frente a este aumento -cuantitativo- en el número de
democracias a nivel global, podemos observar la citada pérdida de energía
vital en las viejas democracias. Paulatinamente, lo social ha ido cediendo
terreno ante la macroeconomía, esa especie de satélite panóptico
5 que gira en torno a nosotros y que va sentando las bases
de una convivencia utilitaria, mercantilista: el propio Bentham, precursor
del panóptico, está considerado igualmente el creador de la doctrina del
Utilitarismo
6 . La sociedad burguesa de clases medias tiende a una
proletarización de cuello blanco, polaridad social basada en la insidiosa
pérdida de poder adquisitivo general, junto a un sospechoso aumento en el
número de millonarios. Ya no sólo las tradicionales clases bajas,
asociadas con la descualificación profesional, lo siguen siendo, sino que
el universitario y el técnico cualificado también caminan en la misma
dirección: a estos denomino 'proletarios de cuello blanco'.
Esta des-socialización se hace notar, igual o
fundamentalmente, en lo que siempre se ha considerado el núcleo de lo
social: la familia y su proceso de pauperización, económico y moral. Si la
familia moderna se ha caracterizado por la expulsión del padre del hogar,
quedando reducido a mero sustentador económico, la familia actual ha
expulsado a todos sus miembros, reduciendo el concepto de hogar a mero
hábitat. Donde antes uno (cabeza de familia) se bastaba para mantener a
varios miembros, ahora dos (nóminas) sobreviven en forma de Sociedad
Limitada. En este sentido, las nuevas uniones -de hecho y derecho- son
todas de conveniencia: sin un partenaire no hay salida. Y como tal
Sociedad, un juzgado puede declarar la quiebra técnica de la pareja, como
si de cualquier otra empresa se tratara. Así fue recientemente en
Barcelona. Es decir, si bien lo social representó en la modernidad la
indistinción entre público y privado (Arendt 1998), dando lugar a lo
íntimo, la nueva familia se ha constituido en una nueva forma de relación
mercantil: ¿bienes gananciales?, ¿separación de bienes?, ¿ventajas
fiscales? La llamada 'prensa rosa' o 'prensa del corazón' es su mejor
escaparate, donde el modelo (para lo social) que vende implica la
invasión de la vida pública por parte de asuntos privados (Sánchez
Ferlosio 2003). La venta de la intimidad como estilo de vida, una máquina
de hacer dinero. ¡Toda una trasgresión! Y sin pasar por Hacienda, que ya
no somos todos.
Sociedad de la turbulencia
Decía el sociólogo norirlandés Bill Rolston que el
conflicto de Irlanda del Norte es un problema de definiciones. Algo que
puede parecer obvio pero que, mal que nos pese, va mucho más allá de la
supuesta obviedad y complica (o simplifica, según) nuestro día a día. Por
ejemplo, Giovanni Sartori le dedica a esta cuestión de las definiciones,
en relación con la democracia, el primer capítulo de su libro Qué es la
democracia (2003). Pero no se trata aquí tanto de cuestiones de
modelo, desde el punto de vista de la politología, sin pretender reducir
su trascendencia. Hablamos aquí de definición en tanto que capacidad para
imponer -esto es, hacer valer uno su autoridad- lo que llamaremos una
'verdad oficial', como opuesta a una 'verdad real', no concebida de manera
ontológica sino socialmente consensuada. Y la democracia (neoliberal)
actual, estrechamente ligada o sometida a las grandes corporaciones
económicas de corte transnacional, viene interviniendo, desde los aparatos
gubernamentales 7 , en la creación de una brecha entre oficialidad y
realidad, entre gobernantes y gobernados, entre política y sociedad, entre
el deber ser y el ser -por decirlo en términos de Max Weber-. Una brecha
que se basa en definiciones sobre lo que nuestra vida debe ser y sobre
cómo la debemos entender, hasta el punto de trastocar las definiciones que
han guiado nuestra comprensión del mundo democrático, al menos desde el
siglo XVIII, en pos del beneficio de unos pocos, sin eliminar
necesariamente los conceptos que estructuraban la democracia entendida
como el mejor sistema (conocido) para garantizar el bien de muchos. En
definitiva, que si bien los conceptos de libertad, igualdad y fraternidad
siguen siendo enarbolados por cualquier político o partido que se precie
-aunque cada vez se recurra a más giros expresivos para evitarlos-, nadie
duda de que los mismos han perdido toda su vigencia en cuanto a praxis
política.
Frente a la Libertad del aspirar (a lo mejor), la
seguridad del conformarse (precariedad); frente a la universalidad de la
Igualdad de derechos y la ecuanimidad, profundización en las
arbitrariedades distributivas e iniquidades cuasi estamentales; frente a
la Fraternidad y solidaridad del anhelo común, regreso al paternalismo
despótico de una imperante basada en el clásico 'lo tomas o lo dejas',
como si la opción fuera factible. En definitiva, el nuevo ethos
imperante nos devuelve a épocas pre-revolucionarias -hacia una re-feudalización
del mundo (Ziegler 2005)-, para convertirnos en sociedades y ciudadanos
dependientes, adictos 8 podríamos decir, donde nuestra libertad queda suspendida
hasta el pago de una eterna deuda, en lo que denominaré como escatología
mercantil: 'Mañana, cadáveres, gozareis', repetía siempre Jesús Ibáñez
para referirse a ese futuro perfecto en el que nuestra felicidad se vería
realizada en la gloria del consumo: ¿Cristianismo de mercado?
Parece evidente que la vida se entenderá en función del
color del cristal con el que se mire, en función de las lentes que uno se
ponga para analizar la realidad. No se podrá evitar la descalificación por
derrotista, agorero, oscuro, o cualesquiera otros adjetivos que traten de
evitar otra perspectiva que la del acomodado-feliz-de-su-posición. Para
estos últimos, existen hoy sofisticados dispositivos estadísticos y
financieros capaces de encubrir una situación que a nadie conviene
mostrar. La economía, lejos de ser un medio para facilitar la realización
de una vida virtuosa, de vidas buenas, en el sentido más clásico de la
expresión, ha pasado a convertirse en una entelequia: no sólo por el
sentido irónico que esta palabra adquiere en el uso cotidiano como 'cosa
irreal', mera abstracción sin fundamento, sino en su sentido filosófico de
acción con un fin propio y que tiende a la perfección del mismo. Así, la
economía resulta, hoy en día, casi perfecta, ateniéndonos al fin propio de
la misma: generar riqueza y ahorrar costes. Puesto que la economía se
encuentra, en términos efectivos, en manos privadas, el beneficio será
particular, con un beneficio público cada vez más residual; sólo el ahorro
de costes tiene un alcance público. ¿Dónde queda entonces el elemento
central de las democracias de mercado, esto es, la distribución de la
riqueza nacional entre los nacionales?
Paulatina polarización social y decaimiento de las clases
medias, con un progresivo aumento en el número de pobres y millonarios al
mismo tiempo; creciente precariedad laboral auspiciada por el criterio de
competitividad de las empresas como aval para su existencia; desaparición
del sistema público basado en las políticas europeas de liberalización de
la economía como supuesto garante de una mayor proyección económica;
aumento de la concertación (público-privado) para mejor racionalización
del gasto público a expensas del propio público y su servicio;
institucionalización de la exclusión social como topos cada vez más
concurrido: menores, inmigrantes, parados, mujeres, jóvenes, mayores de 45
años, pensionistas, ancianos; acelerado deterioro del medio ambiente -con
sus consecuencias sociales, económicas y culturales-, en gran parte ligado
a intereses particulares que todos tenemos que asumir como si fueran
propios (claro que ahora la destrucción se realiza desde el modelo de la
sostenibilidad del desarrollo). La lista resulta interminable, su alcance
planetario y los ciclos cada vez más rápidos. 9 ¿Podemos seguir hablando, entonces, de una Sociedad del
Riesgo? (Beck 1998; Méndez 2002)
Creo que llegado el caso sería oportuno dar un paso más y
hablar de la Sociedad de la Turbulencia: es decir, cuando la proximidad
del daño se ha verificado o actualizado, cuando el peligro se materializa,
entonces desaparece el riesgo y entramos en el ojo del huracán. El riesgo
era la precariedad de los diques que protegían a Nueva Orleáns, pero
cuando Katrina los derribó a su antojo e inundó la ciudad, el riesgo
desapareció para convertirse en cosa turbia, alborotada, la turbulencia.
En este mismo sentido, la precariedad laboral no es un riesgo o una
contingencia próxima a ocurrir, sino que está aquí, real y palpable. Como
concreto es el cambio climático, la des-inversión en lo público, el
aumento de la exclusión social (frente a la creciente exclusividad social
de los más poderosos), el genocidio africano, la pérdida de valor de lo
democrático en cuanto que sujeto a lo económico (la norma de la casa
frente a la ley de la civitas). En definitiva, lejos de su cometido
distributivo, en sentido cualitativo, la democracia de mercado se dedica a
la distribución en sentido cuantitativo, esto es, a fiscalizar en tanto
que «criticar y traer a juicio las acciones u obras de otro» (DRAE), a la
contabilidad, esto es, la «aptitud de las cosas para poder reducirlas a
cuenta o cálculo» (DRAE) 10 . En eso nos hemos convertido en tanto que ciudadanos de
sociedades turbulentas, pura cuenta y razón de los daños ocasionados por
los derechos de los ciudadanos sobre las cuentas de las empresas. Por eso
el Katrina, y cuantos fenómenos se le parezcan, será el nuevo símbolo de
nuestra era turbulenta: turbia, confusa, alborotada, perturbada.
Las democracias de la ira
Pero, ¿hasta dónde llega? ¿A quién le podemos disparar? A
este paso me muero antes de poder matar al que me está matando a mí de
hambre.
No sé. Quizá no hay nadie a quien disparar. A lo mejor no
se trata en absoluto de hombres. Como usted ha dicho, puede que la
propiedad tenga la culpa […]
Tengo que reflexionar -respondió el arrendatario-. Todos
tenemos que reflexionar. Tiene que haber un modo de poner fin a esto. No
es como una tormenta o un terremoto. Esto es algo malo hecho por los
hombres y te juro que eso es algo que podemos cambiar.
Este fragmento de Las Uvas de la Ira, de John Steinbeck
(1939/1997), refleja a la perfección la desesperanza ante lo que Hannah
Arendt (1998) denominó el 'gobierno de nadie', en alusión al moderno
estilo de gobierno: todo es el 'aparato', el 'sistema', el 'estado', entes
abstractos que nunca encuentran personificación alguna cuando de rendir
cuentas se refiere. Nadie es responsable de nada, nadie es capaz de dar
respuesta: te remiten a alguno de esos entes que justifican lo que sólo
una persona o un grupo de personas ha creado, gestionado, propiciado o
ejecutado. Como en la época del nazismo, nadie es responsable de nada,
porque en última instancia todos cumplen órdenes o se limitan a realizar
su trabajo. Lejos de la naturalización de los procesos, como algunos
pretenden, tendremos que aceptar que la globalización es «una creación
política» (Pierre Bourdieu, cf. en Verdú 2003: 26), humana, y no un
fenómeno atmosférico.
El 'gobierno de nadie' -sobre la base de esa entelequia
que es la soberanía popular-, sirve como subterfugio en el que amparar la
ausencia de un sujeto consecuente con la acción de gobierno; supone la
disolución de la idea de responsabilidad, esto es, la capacidad o
disposición por parte del representante (político) para dar una respuesta
al representado. Lo cual se evidencia en la incomunicación patente entre
gobernantes y gobernados, esa distancia abisal que ha colocado a la clase
política en una especie de Olimpo desde el cual ejercer un control total,
pero sin repercusión alguna sobre la acción propia. Ni tan siquiera los
procesos electorales sirven de base para cambio sustantivo alguno: una vez
transformada la libertad en seguridad, los electores se vuelven clientes
cautivos que optan por la mejor manera de sobrellevar su condena. Quién me
bajará los impuestos, las hipotecas, me subirá el sueldo, me dará más
ayudas y devolverá más dinero en la declaración de la renta. El estado
mercantil nos convierte a todos en propietarios, como si fuéramos
accionistas de España S.A., con lo que se limita nuestra existencia
comunitaria a la satisfacción del beneficio propio, particular,
deshaciendo toda posibilidad de crear una verdadera civitas: «Porque
el ser propietario te deja congelado para siempre en el 'yo' y te separa
para siempre del 'nosotros'» (Steinbeck 1939/1997). Claro que los
gobiernos siempre encuentran chivos expiatorios, o explicatorios, para
hablar sobre la desmembración de la nación sin tener que referirse a su
propia acción.
Sin embargo, una vez convertidos en propietarios -con la
parte alícuota de Estado en posesión-, el ciudadano se convierte en un
igual de forma proporcional, en función de cuál sea su participación en la
empresa nacional. Y, por tanto, sus derechos caminan en igual forma
proporcional. Un ejemplo cotidiano claro es el de la vivienda, donde
comprar desgrava y alquilar no. Pero a la hora de la verdad, el pequeño
propietario, esto es, el ciudadano de a pie, no cumple los mismos
requisitos para beneficiarse de los derechos como lo hace el gran
propietario: como dijo un presidente norteamericano en la década de 1920,
«lo que está bien para la General Motors, está bien para los Estados
Unidos». Poco después llegó el crack. ¿Y quién se ocupó de los
estadounidenses? Seguro que no fue la GM. Y es que, cuando llegan los
problemas, emerge la auténtica esencia de las democracias modernas: el
ninguneo.
Cada vez es más común la queja de soledad cuando un
ciudadano se enfrenta a un problema que incumbe a la administración. Este
pasado verano de 2005, con el incendio de Guadalajara, los vecinos se
quejaban de que, durante las primeras 24 horas, habían estado solos,
desatendidos, hasta que la noticia adquirió ciertas proporciones que
afectaban a la credibilidad de los administradores públicos. Igual pasó en
Nueva Orleáns con el Huracán Katrina: efecto demoledor el del fenómeno
atmosférico, para la población y para una administración negligente y
despótica que no vio el posible alcance de su despropósito. O en Alemania,
con la crisis que les aqueja, con el paro y las pérdidas de derechos
sociales. Como en Francia y Holanda ante las respectivas negativas al
Tratado de Constitución europea: los políticos por un lado, la ciudadanía
por otro.
En todo esto, el ciudadano se siente solo, desamparado,
discriminado, airado. Los sociólogos y analistas políticos tienen que
recurrir a explicaciones cada vez más inverosímiles sobre los resultados
electorales o la participación política de los ciudadanos. Los políticos
tienen que hacer mayores esfuerzos demagógicos y propagandísticos para
restañar su pérdida de popularidad. Los partidos políticos requieren de
mayores partidas presupuestarias para convencer a votantes cada vez más
apáticos, descreídos. Emerge la turbulencia social, la crispación
política, los dirigentes dejan de ser personas de crédito -piedra angular
del humanismo que marca la modernidad (Marín 1997) -. Y en eso se
equivocaba Steinbeck (véase la cita inicial): esto sí es como una tormenta
o un terremoto. Porque la catástrofe se ha convertido en el mascarón de
proa de nuestras sociedades: el 11-S tal vez fue el comienzo y, a partir
de ahí, todo es a lo grande. Las grandes miserias y las grandes fortunas
11, las grandes hambrunas y las grandes obesidades, las
grandes sequías y las grandes riadas, los grandes atentados y los grandes
fenómenos atmosféricos (tsunamis, huracanes, terremotos, etc.). El riesgo
nos queda atrás, representó el final del siglo pasado, del milenio. Pero
el cambio de milenio, efectivo en septiembre de 2001, está marcado por la
materialización del peligro estimado.
¿Y cuál ha sido la respuesta de Occidente? El suicidio
democrático, la aniquilación de nuestras sociedades tal y como las
habíamos concebido y conocido. Podremos hablar barbaridades sobre
civilizaciones enemigas, sobre el terrorismo internacional, sobre el
'Otro' como peligro. Pero las decisiones importantes se toman aquí dentro,
en nuestros países democráticos, en nuestra superior civilización, en
nuestro Occidente liberal. Aquí se limitan los derechos civiles, se tira a
matar, se detiene en Guantánamo y se negocia la reconstrucción de los
países previamente asolados por guerras más que sospechosas; se costea con
dinero público los negocios privados (de reconstrucción), al abrigo de
ejércitos nacionales, reclutados en zonas deprimidas porque las empresas
se han deslocalizado para ser más eficaces. Y, como en tiempos pre-revolucionarios,
feudales, un ejército de pobres defiende los intereses de una casta de
intocables.
Y entonces volvemos a la cita inicial de Steinbeck: todos
tenemos que reflexionar… Sí, pero ¿hay un modo de poner fin a esto?,
¿podemos cambiarlo? Desde mi perspectiva, los conflictos no tienen
solución (Méndez 2004). En todo caso, tendremos que recurrir a la teoría
física del cambio, donde el 2º principio de la termodinámica nos dice que
la energía ni se crea ni se destruye, se transforma; todo objeto, por
tanto, está sujeto a la lógica de la entropía, la pérdida de energía, el
caos: la ira de los dioses y la de los ciudadanos. Esto mismo se atisba en
nuestras sociedades turbulentas, lo que nos lleva a pensar -aún a riesgo
de parecer catastrofista- que, por esta senda, «vamos camino de nada»
(por utilizar la expresión de J.A. Labordeta) y el futuro de la democracia
se muestra insostenible.
Referencias bibliográficas
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Ziegler, Jean (2005) L'empire de la honte. Paris:
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Notas
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