Desde
que los seres humanos andamos por la faz de este planeta cada generación ha
asumido la ineludible tarea de enseñar a la siguiente los fundamentos
básicos de la supervivencia, de la convivencia y de la simbiosis con el
resto de los seres vivos, con los que formamos la biosfera.
Hace diez mil años, con el desarrollo de la cultura
Neolítica, se crearon entornos urbanos fortificados destinados a proteger
vidas y propiedades, en un momento en que el clima y las condiciones del
medio eran especialmente difíciles. Con ello apareció una nueva cultura, la
urbana, cada vez más despegada del medio natural, y que hoy muestra todo su
poder y esplendor, produciendo la sensación de que al fin nos hemos
independizado de la naturaleza y de sus drásticos requerimientos. Sólo
cuando ocurren eventos extraordinarios, como el Katrina, recordamos que ni
siquiera los países más poderosos están a salvo de la furia de los
elementos, poniendo con ello de manifiesto la enorme fragilidad del sistema
que con tanto ardor hemos creado entre todos.
La gran transformación tecnológica que comenzó en el siglo
XIX ha extendido la intervención humana prácticamente a todos los rincones
del planeta. Desde entonces muchas voces han venido llamando la atención
insistentemente, preocupadas por la intensidad del cambio y por el
progresivo olvido de la relación ancestral que hemos mantenido con la
naturaleza, así como de la obligación de transmitir a nuestros hijos el
conocimiento que hacía esa relación posible.
En 1972 los gobiernos se hicieron eco de esa preocupación
convocando por medio de Naciones Unidas una conferencia sobre el medio
ambiente humano, donde se recomendó que se desarrollara "un programa
educativo internacional de enseñanza interdisciplinar escolar y extraescolar
sobre el medio ambiente, que cubra todos los grados de enseñanza y que vaya
dirigido a todos". Esa inquietud se reforzó cinco años más tarde en
Tbilisi con una conferencia internacional sobre educación ambiental, a la
que siguió otra más en Moscú, en 1987, sobre educación y formación
ambiental. El reconocimiento internacional de la problemática ambiental vino
en 1988, con la publicación del llamado Informe Brundtland, de la Comisión
Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo de las Naciones Unidas, en el
que se abordó la necesidad de la sostenibilidad del desarrollo humano, para
que las generaciones futuras conozcan una prosperidad al menos parecida a la
actual.
Así, en su traducción al castellano se acuñó el término
"Desarrollo Sostenible", mientras que en América Latina se tradujo como
"Desarrollo Sustentable". El lenguaje, en su sutileza, refleja muchos
aspectos no explicitados de la sociedad que los usa. Ambos términos parecen
sinónimos, pero no lo son exactamente. Desarrollo Sostenible, en una
sociedad más opulenta, deja semiabierta la puerta para que algunos, mediante
una ágil pirueta, lo reinterpreten de forma entusiasta como "Desarrollo
Sostenido". Buscándole la punta y con un cierto tono de humor no exento de
veracidad, cabría establecer también la diferencia entre el "Ambiente"
latinoamericano y el "Medio Ambiente" del castellano español que, al usar
dos palabras que significan prácticamente lo mismo, degrada
involuntariamente su importancia a la mitad.
Sin duda, en los diecisiete años que han transcurrido desde
el Informe Brundtland, se ha realizado un gran esfuerzo colectivo
internacional en educación ambiental, que ha cristalizado en sistemas
estructurados y en grados universitarios. Aparentemente, ya hemos encontrado
la fórmula para abordar el desarrollo sostenido, o sustentable, y ahora tan
sólo resta extender su aplicación e incrementar la intensidad de la misma.
Pero quizá no tuviese la misma opinión del asunto un
alienígena, medianamente avispado, que viniese contemplando nuestro devenir
desde el espacio exterior, puesto que en ese mismo periodo de tiempo, esos
diecisiete años, la población mundial ha crecido en un volumen equivalente
al de la población actual de China. Al mismo tiempo, los parámetros de
contaminación atmosférica a escala global se han deteriorado notablemente,
adquiriendo algunos de ellos gran notoriedad como el CO2 y el llamado Efecto
Invernadero. Las tierras fértiles han perdido capacidad, debido a malas
prácticas que han dado lugar a un incremento de la erosión y también debido
a su destrucción y desaparición bajo capas de cemento. Ríos intervenidos e
inutilizados para la vida, ambientes marinos degradados, biodiversidad
disminuyendo a pasos agigantados, bosques arrasados, colinas desaparecidas,
montañas que acumulan lo que fueron riquezas y que ahora, ya usadas, pasan a
ser basuras, mientras que una cantidad cada vez mayor de seres humanos viven
en la miseria más intolerable… Y así podríamos continuar con un largo
etcétera suficiente como para bajar el ánimo a cualquiera.
Difícilmente, por tanto, podemos congratularnos de haber
hallado la fórmula magistral para resolver los problemas ambientales de la
humanidad. Ello no quiere decir en absoluto que el esfuerzo que se ha
realizado y que se realiza sea en vano, pero sí quiere decir que es a todas
luces insuficiente y que se necesita disolver ese estado de cristalización
incipiente en el que, según muchos indicios, parece haber entrado la
educación ambiental, al menos en los países más desarrollados, para ponernos
de nuevo en camino.
Lo primero que necesita revisión urgente es la idea de
Desarrollo Sostenible, o Desarrollo Sustentable. El haberse originado en un
foro internacional auspiciado por Naciones Unidas produce habitualmente la
impresión que un superorganismo, que vela por el destino de la humanidad, ya
ha marcado para todos el camino a seguir para solucionar nuestros problemas.
En realidad, los organismos internacionales, de cuyo regazo surgió el
concepto, son foros de encuentro entre culturas y grupos sociales muy
diversos, habitualmente compitiendo, y muchas veces enfrentados, por motivos
económicos, políticos o por valores éticos diferentes. Sentar intereses
encontrados en una misma mesa es ya de por sí una tarea ingente, de la que
no se pueden esperar grandes resultados, en principio.
Dado que la participación en esos foros es voluntaria, la
manera más civilizada de llegar a un acuerdo es el consenso ¿Y cómo se
alcanza habitualmente un consenso? Pues yendo a mínimos; comprometiéndose
tan sólo en aquella medida que permita que cada uno de los firmantes pueda
escurrirse de compromisos que sean difíciles de aceptar por las sociedades a
las que representan.
El lenguaje que se suele emplear es voluntariamente vago e
impreciso, de manera que, bajo las mismas palabras, puedan alojarse el mayor
número de conceptos y circunstancias favorables a cada uno de los países que
firman la declaración, o el acuerdo correspondiente. Habitualmente se usan
nominalizaciones, es decir, sustantivos abstractos, procedentes de verbos y
adjetivos convertidos en nombres y que son casi siempre ambiguos, dando pie
al que los oye a que trate de buscarles un significado concreto, rebuscando
en su memoria y en sus emociones aquellos conceptos y circunstancias que
mejor se acoplen. Evidentemente la misma palabra evocará en cada uno
significados diferentes. El resultado es como si empleásemos una etiqueta
que dice arroz, para un bote que unas veces puede contener tomate y otras
aspirinas.
Mediante tal procedimiento se consigue satisfacer a todos, o
al menos a una mayoría con la fuerza moral suficiente como para hacer que
los demás lo acepten. Contentos con una declaración que mostrar a sus
pueblos respectivos, los representantes dan por concluida la sesión sin
dejar lugar a que alguien pregunte qué se quería decir exactamente con tal
frase o tal otra y si todos entienden lo mismo con esas palabras. Por otra
parte, si no fuese así, probablemente las discusiones serían interminables y
se acabaría perdiendo la ya escasa paciencia con la que habitualmente acuden
los países a foros ambientales, en los que, potencialmente, muchos se
arriesgan a perder algún privilegio.
Examinemos desde esa perspectiva el famoso párrafo del
Informe Brundland: "El desarrollo sostenible es el desarrollo que
satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la
capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias
necesidades". Parece claro que la persona desposeída entenderá al leerlo
que trata de su comida y la de sus hijos, de un cobijo y de unas ropas que
les protejan de las inclemencias y les proporcionen un mínimo de confort que
asegure la supervivencia del grupo a medio plazo. Sin embargo, para el
ciudadano medio del país desarrollado, que ya tiene satisfechas esas
necesidades, pero anhela enfermizamente la satisfacción de otras, bien
porque sean productos de su imaginación o porque el mundo del consumo se las
haya inculcado, o porque sean reales, las mismas palabras evocan cosas muy
diferentes. Ambas son necesidades, ambas pueden ser percibidas como
igualmente acuciantes por las personas que las perciben, puede que, incluso,
lleguen a anegar a dichas personas en angustia, hasta el punto de conducir a
una desesperación que acabe con sus vidas. Pero un alienígena que mirase
desde fuera del sistema y no estuviese a su vez condicionado en una forma
similar, probablemente vería éstos casos como categorías completamente
diferentes.
Las necesidades individuales y las necesidades sociales
Dependiendo de las circunstancias, es evidente que las
necesidades de cada ser humano pueden variar en una enorme medida de unos a
otros. Existen sin embargo dos grupos de necesidades fundamentales a las que
cualquier civilización debe atender: las del individuo, incluyendo las de
índole emocional, que determinan su viabilidad como seres individuales y
sociales, y las que tienen que ver con la supervivencia general de la
sociedad.
Ninguna de esas necesidades fundamentales son negociables y
un modelo de cultura que no los satisfaga no es digno de ser considerado una
civilización. Esos dos grupos son los que marcan los bordes del camino del
que no debemos salirnos, pero entre ambos existe un gran espacio de maniobra
para modelos de vida diferentes, para ideologías y filosofías, siempre que
no amenacen la estabilidad de las orillas. Veamos con un poco más de detalle
ambos grupos, empezando por el que se refiere a la supervivencia del grupo
social.
Nuestro tiempo de vida es muy breve respecto al ritmo de los
eventos naturales. En general, durante la vida de una persona, los paisajes
apenas cambian, a no ser que sean intervenidos por el hombre. Dependiendo de
dónde se viva, seguramente nos tocará sufrir algunas tormentas importantes,
algún terremoto, maremoto o la erupción de un volcán, pero, si nuestra
esperanza de vida fuese de mil años o más, esos eventos serían para nosotros
algo absolutamente cotidiano y nuestros padres nos relatarían historias de
diez mil años atrás, como la cosa más normal del mundo.
Vivimos sobre un planeta mucho menos tranquilo y estable que
lo que nos gustaría imaginar. Las fuerzas que surgen desde su interior se
unen en su destrucción a las que proceden del espacio exterior: meteoritos,
radiaciones y demás. Por otra parte, el sol es una estrella viva, que tiene
sus caprichos y no se ve obligada a responder a nuestros patrones. Pero todo
eso es difícil de entender cuando se tienen pocos años, aunque sean cien.
Por entender me refiero a algo más que la simple comprensión intelectual,
porque esa apenas cambia las conductas, ni las individuales ni las del
colectivo.
Desde nuestras condiciones humanas, al enfrentar esos
eventos "normales" de la naturaleza es frecuente interpretar que algo
anormal ocurre, y lo habitual es echar la culpa al vecino. Si el sol se
eclipsa se sacrifica a algo o a alguien, para calmar la ira de los dioses.
Ahora, que la temperatura de la Tierra está en ascenso, focalizamos la
atención preferentemente sobre la idea de que nosotros somos los únicos
responsables de la situación. Algunos ven ahora reflejado en el incremento
del contenido del CO2 atmosférico la prueba palpable de nuestra maldad y,
morbosamente, anticipan el horroroso castigo que ello llevará aparejado. Sin
embargo otros, ante la duda razonable de que otras causas, de índole
natural, puedan ser las que están ocasionando el cambio, se desentienden de
cualquier posible responsabilidad sobre las porquerías malsanas que emiten a
la atmósfera.
La humanidad ha convivido desde siempre con catástrofes y
con cambios importantes del clima. Hace 18.000 años los glaciares campaban a
sus anchas por una buena parte del norte de Europa y del norte del
continente americano. Hace 15.000 años comenzaron a retirarse, transformando
los paisajes a gran velocidad, con brazos de mar ocupando durante algunos
milenios tierras que ahora están a gran distancia del mar. Por todo el mundo
el nivel del mar subió durante los siguientes milenios más de cien metros,
superando incluso el nivel actual. Obviamente los habitantes de las costas
vieron desaparecer sus hogares bajo las aguas, mientras que el clima
reflejaba en su inestabilidad los trascendentales cambios. Las memorias de
aquellos eventos o de otros similares han llegado hasta nosotros desde todas
las culturas, en forma de relatos deformados por la fantasía y la ensoñación
producida por su lejanía. Cabe también la posibilidad que no sean tan
fantásticos; simplemente se nos antojan imposibles debido a que hemos
vivimos una época de calma climática y carecemos de la experiencia necesaria
para entender a qué se refieren los relatos realmente.
En pleno deshielo, al clima le dio por arrepentirse y
durante unos cuantos siglos los fríos volvieron a ser la norma habitual,
refrescando incluso los trópicos. Luego, inesperadamente, las temperaturas
de lo que ahora llamamos continente europeo subieron drásticamente en unos
tres años, estabilizándose cincuenta años más tarde en el rango de
temperaturas que han sido la tónica más general de estos últimos diez mil
años. Las consecuencias fueron tremendas y muchos bosques no pudieron
soportar el cambio. Un gran número de especies se vieron forzadas a emigrar,
muchos bosques sucumbieron, lo cual tuvo un efecto sin precedentes sobre el
género humano, que se vio obligado a abandonar los territorios habituales y
el tipo de vida tradicional de cazador-recolector. Ante la acuciante
necesidad tuvo que aprender a domesticar plantas y animales y se refugió en
ciudades fortificadas. Así empezó la cultura que ahora llamamos Neolítico y
que en su sustancia más básica sigue todavía vigente.
Hace seis mil años el clima cálido y húmedo propició el
avance de los bosques y ellos crearon los suelos fértiles que nosotros hemos
usurpado y destinado a plantar las especies de las que ahora nos
alimentamos. El final de la Edad Media en Europa coincidió con un periodo
fresco-frío, el primero importante que ha ocurrido desde que comenzó el
Neolítico. Después, la actividad solar, que con toda probabilidad fue
responsable de ese enfriamiento, invirtió el proceso y surgió el
Renacimiento, continuando en aumento tanto el progreso humano como el
proceso solar hasta el día de hoy.
Esa dependencia de la actividad solar resulta especialmente
difícil de percibir, porque disponemos de un registro histórico muy completo
de todo ese período que parece describir y justificar los eventos que han
conducido a nuestro desarrollo socio-económico. Pero si fuésemos capaces de
vernos a nosotros mismos de forma global, de la misma manera que nosotros
estudiamos a otras especies y a los ecosistemas a los que pertenecen, la
relación sería mucho más evidente. Una parte de nuestra incapacidad de
auto-observación se debe a que los miembros de la cultura occidental
pretendemos ser, en cada instante, los amos de nuestras decisiones y
aceptamos mal que podamos estar siendo influidos por entidades externas a
nuestras capacidades de acción o de comprensión.
Quizá lo que más trabajo nos cuesta es comprender que
nuestra habitual simplificación en un esquema de causa-efecto, base del
pensamiento tecnológico, pese a su gran utilidad en el manejo diario, se
adapta mal a procesos complejos, en los que intervienen, de forma
simultánea, muchos mecanismos diferentes, reforzándose unas causas con
otras, a distintos niveles, en mutua interdependencia. Teniendo en cuenta
esa limitación, es lógico esperar que lo que está ocurriendo ahora con el
clima sea una mezcla entre causas humanas y caprichos solares.
Ante la magnitud del proceso y dados los precedentes de
cambios climáticos del pasado, es dudoso que podamos modificar de forma
significativa el proceso que está en marcha y al que estamos contribuyendo
de forma entusiasta con nuestro despilfarro energético y nuestros
contaminantes. Desde esa perspectiva, lo más razonable ahora es prepararnos
para adaptarnos a lo que venga, algo muy difícil bajo un sistema económico
que cierra los ojos a todo aquello que no se refiera a lo que los humanos
producimos o consumimos.
El sistema socio-económico actual es completamente ignorante
de los requerimientos de la biosfera para mantener la calidad de las aguas y
del aire y hacer de la superficie del planeta un lugar adecuado para la
proliferación de la vida. Olvidamos casi siempre que nuestras proteínas y
los mecanismos celulares son los mismos para todos los mamíferos, que
nuestro cuerpo es, en realidad, una colmena de organismos, microscópicos o
no, que entran y salen de ella. Que somos, en suma, biosfera.
Nos hemos olvidado de todo eso y creemos, aunque no en
teoría pero sí a todos los efectos prácticos, que la naturaleza es un
decorado que adorna el mundo que nosotros hemos creado. Probablemente esa
sea la razón por la que la civilización occidental actual ha desarrollado la
falsa y extendida concepción de que los humanos debemos cuidar a la
naturaleza, como si de algo externo a nosotros se tratase. Coherentemente
con esa percepción ha aparecido la educación ambiental y el desarrollo
sostenible, encargados de promocionar esos cuidados.
Hemos desarrollado una tecnología que ha irrumpido en el
sistema natural, sin preocuparnos lo más mínimo de las posibles distorsiones
que pueda ocasionar y sin que diseñemos al mismo tiempo los procedimientos
para amortiguarlas. Eso es simplemente un hecho y no una acusación. Lo que
ha ocurrido es que los medios sociales, económicos y tecnológicos que hemos
diseñado son de tal complejidad, que han absorbido todas nuestras
capacidades y no han quedado fuerzas para abordar un universo natural
muchísimas veces más complejo que el nuestro.
Sin embargo, ahora no podemos, si no es a costa de arriesgar
nuestra cultura y quizá la supervivencia de amplios sectores de la
humanidad, seguir desarrollando tecnologías avanzadísimas, modificar en
grado sumo los ecosistemas, sin adquirir al mismo tiempo las capacidades
necesarias para comprender lo que hacemos y saber hasta dónde podemos hacer
qué. Si estamos desactivando mecanismos que venían funcionando desde siempre
y que estaban destinados al manteniendo y la optimización de la viabilidad
vital del conjunto, debemos también aprender a hacernos responsables de
garantizar ese funcionamiento. Tenemos que cambiar la dirección de los
esfuerzos y tenemos que cambiarlos ya.
El caballo al que nos hemos subido en el último medio siglo
supera nuestras actuales habilidades como jinetes. No se trata ahora de
renunciar a cabalgar y volver a marchar a pie, sino de no distraernos en
superficialidades y veleidades, en la autocomplacencia y auto-admiración
mientras montamos a su grupa, de poner toda la atención en tratar de
aprender el oficio a la mayor velocidad que seamos capaces, en una carrera
contra reloj por ver si nos hacemos con la montura o si somos violentamente
lanzados contra las rocas del camino. Tampoco sirve que unos pocos sepan
montar, es necesario que todos aprendamos porque si no los numerosos cuerpos
caídos de los torpes serán obstáculos insuperables en los que tropezarán y
caerán los jinetes más brillantes irremediablemente.
Una de las causas principales que están detrás de la
situación actual es un diseño inadecuado –para las presentes circunstancias-
del sistema económico. A diferencia de otros sistemas del pasado, el nuestro
está diseñado y optimizado para la aceleración permanente, para el
crecimiento sostenido, pero no tiene dentro de sí funciones que le permitan
circular a una velocidad de crucero estable. Se ha incrustado como un dogma
de fe en nuestro pensamiento que el dinero siempre tiene que producir un
interés, prefiriendo ignorar cómo se consigue eso.
Es cierto que los avances tecnológicos y de organización
social están optimizando el esfuerzo del colectivo social, representado por
el dinero, pero ello difícilmente explica el tremendo despegue en bienestar
y en lujos de ese veinticinco por ciento de humanos que habita en mundos
urbanos de ensueño. Curiosamente, ese bienestar coincide en el tiempo con
una explosión de la población, con un empobrecimiento de grandes sectores,
fuera y dentro de los países más desarrollados, con una peligrosa
degradación de los ecosistemas, con una contaminación galopante de las aguas
y con una contaminación atmosférica que está incrementando, de forma
apreciable en los últimos quince años, el calentamiento global que venimos
experimentando desde hace más de un siglo. El que nos neguemos ciegamente a
considerar que esos factores están íntimamente relacionados entre sí, y
tratemos de camuflarlos bajo explicaciones rocambolescas de macroeconomía y
política, no quiere decir que esa interdependencia no esté ocurriendo;
seguro que al alienígena que nos contempla no le resulta tan complicado
entenderlo.
Difícilmente podemos hablar de desarrollo sustentable sin
una modificación sustancial de los parámetros que ahora constituyen la base
del sistema. El que haya que plantearse un esquema diferente no implica en
modo alguno que, como algunos pretenden, todo este desarrollo ha sido un
espantoso error, que seamos una plaga para el planeta y que lo mejor que
podríamos hacer es extinguirnos. Si lo enfocamos desde el punto de vista del
desarrollo evolutivo de esta especie, el buscar otras vías, abandonando
nuestra etapa de cazadores-recolectores, ha permitido que ahora, diez mil
años más tarde, un gran número de humanos podamos estar presentes sobre la
faz de la Tierra.
Por otra parte, hoy todos sabemos que vivimos sobre un
planeta, en una gigantesca nave espacial que es limitada y que viaja por el
universo. Hemos comenzado su exploración, aunque los fondos oceánicos sigan
tan desconocidos como lo era su faz hace unos pocos siglos. Pero lo más
importante de todo, con diferencia, y que justificaría el alto precio que
estamos pagando, es que ahora sabemos que los humanos constituimos una única
especie y que si se cría un niño de aborigen australiano en Nueva York, sale
un Neoyorkino y viceversa. Esas ideas no estaban tan claras hace tan sólo
unos pocos decenios y la esclavitud se justificaba por la existencia de
razas de segunda categoría.
Cualquiera de nosotros, leyendo, viendo la televisión,
escuchando una radio, puede tener un nivel de conocimientos sobre algunos
aspectos esenciales que antaño eran sólo ocupación de uno pocos sabios. A
través de los medios sabemos en cada instante de nuestros hermanos, los que
viven en otros países y continentes, sabemos de sus alegrías (poco, porque
eso no vende en los medios de comunicación) y de sus desgracias (mucho,
porque excita nuestro morbo más primitivo). A pesar de sus evidentes
aspectos negativos, el avance que ha ocurrido es en general muy valioso,
pero ello no quiere decir que seguir por ese camino va a mejorar las cosas,
de la misma manera que una aspirina alivia un dolor de cabeza y el tragar un
frasco entero nos manda al hospital o al mundo de los justos.
Pasar de la situación actual a otra que realmente sea
sostenible implica tener que ponernos a inventar entre todos, a dialogar,
tratando de explicitar qué futuro es el que deseamos y sobre todo, cuál es
el que realmente necesitamos. Es un esfuerzo que corresponde hacer a todos
los humanos, porque jamás nos sentiremos felices mientras uno solo de
nuestros hermanos de la humanidad sufra privaciones y se encuentre
desamparado; algo que ya señaló el poeta persa Saadi en el siglo XIII. Para
eso necesitamos la civilización.