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ISSN 1913-6196

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 Educación ambiental y desarrollo humano

Desarrollo Humano Sustentable

Antonio Pou  

Parte 1 /2

Desde que los seres humanos andamos por la faz de este planeta cada generación ha asumido la ineludible tarea de enseñar a la siguiente los fundamentos básicos de la supervivencia, de la convivencia y de la simbiosis con el resto de los seres vivos, con los que formamos la biosfera.

Hace diez mil años, con el desarrollo de la cultura Neolítica, se crearon entornos urbanos fortificados destinados a proteger vidas y propiedades, en un momento en que el clima y las condiciones del medio eran especialmente difíciles. Con ello apareció una nueva cultura, la urbana, cada vez más despegada del medio natural, y que hoy muestra todo su poder y esplendor, produciendo la sensación de que al fin nos hemos independizado de la naturaleza y de sus drásticos requerimientos. Sólo cuando ocurren eventos extraordinarios, como el Katrina, recordamos que ni siquiera los países más poderosos están a salvo de la furia de los elementos, poniendo con ello de manifiesto la enorme fragilidad del sistema que con tanto ardor hemos creado entre todos.

La gran transformación tecnológica que comenzó en el siglo XIX ha extendido la intervención humana prácticamente a todos los rincones del planeta. Desde entonces muchas voces han venido llamando la atención insistentemente, preocupadas por la intensidad del cambio y por el progresivo olvido de la relación ancestral que hemos mantenido con la naturaleza, así como de la obligación de transmitir a nuestros hijos el conocimiento que hacía esa relación posible.

En 1972 los gobiernos se hicieron eco de esa preocupación convocando por medio de Naciones Unidas una conferencia sobre el medio ambiente humano, donde se recomendó que se desarrollara "un programa educativo internacional de enseñanza interdisciplinar escolar y extraescolar sobre el medio ambiente, que cubra todos los grados de enseñanza y que vaya dirigido a todos". Esa inquietud se reforzó cinco años más tarde en Tbilisi con una conferencia internacional sobre educación ambiental, a la que siguió otra más en Moscú, en 1987, sobre educación y formación ambiental. El reconocimiento internacional de la problemática ambiental vino en 1988, con la publicación del llamado Informe Brundtland, de la Comisión Mundial del Medio Ambiente y del Desarrollo de las Naciones Unidas, en el que se abordó la necesidad de la sostenibilidad del desarrollo humano, para que las generaciones futuras conozcan una prosperidad al menos parecida a la actual.

Así, en su traducción al castellano se acuñó el término "Desarrollo Sostenible", mientras que en América Latina se tradujo como "Desarrollo Sustentable". El lenguaje, en su sutileza, refleja muchos aspectos no explicitados de la sociedad que los usa. Ambos términos parecen sinónimos, pero no lo son exactamente. Desarrollo Sostenible, en una sociedad más opulenta, deja semiabierta la puerta para que algunos, mediante una ágil pirueta, lo reinterpreten de forma entusiasta como "Desarrollo Sostenido". Buscándole la punta y con un cierto tono de humor no exento de veracidad, cabría establecer también la diferencia entre el "Ambiente" latinoamericano y el "Medio Ambiente" del castellano español que, al usar dos palabras que significan prácticamente lo mismo, degrada involuntariamente su importancia a la mitad.

Sin duda, en los diecisiete años que han transcurrido desde el Informe Brundtland, se ha realizado un gran esfuerzo colectivo internacional en educación ambiental, que ha cristalizado en sistemas estructurados y en grados universitarios. Aparentemente, ya hemos encontrado la fórmula para abordar el desarrollo sostenido, o sustentable, y ahora tan sólo resta extender su aplicación e incrementar la intensidad de la misma.

Pero quizá no tuviese la misma opinión del asunto un alienígena, medianamente avispado, que viniese contemplando nuestro devenir desde el espacio exterior, puesto que en ese mismo periodo de tiempo, esos diecisiete años, la población mundial ha crecido en un volumen equivalente al de la población actual de China. Al mismo tiempo, los parámetros de contaminación atmosférica a escala global se han deteriorado notablemente, adquiriendo algunos de ellos gran notoriedad como el CO2 y el llamado Efecto Invernadero. Las tierras fértiles han perdido capacidad, debido a malas prácticas que han dado lugar a un incremento de la erosión y también debido a su destrucción y desaparición bajo capas de cemento. Ríos intervenidos e inutilizados para la vida, ambientes marinos degradados, biodiversidad disminuyendo a pasos agigantados, bosques arrasados, colinas desaparecidas, montañas que acumulan lo que fueron riquezas y que ahora, ya usadas, pasan a ser basuras, mientras que una cantidad cada vez mayor de seres humanos viven en la miseria más intolerable… Y así podríamos continuar con un largo etcétera suficiente como para bajar el ánimo a cualquiera.

Difícilmente, por tanto, podemos congratularnos de haber hallado la fórmula magistral para resolver los problemas ambientales de la humanidad. Ello no quiere decir en absoluto que el esfuerzo que se ha realizado y que se realiza sea en vano, pero sí quiere decir que es a todas luces insuficiente y que se necesita disolver ese estado de cristalización incipiente en el que, según muchos indicios, parece haber entrado la educación ambiental, al menos en los países más desarrollados, para ponernos de nuevo en camino.

Lo primero que necesita revisión urgente es la idea de Desarrollo Sostenible, o Desarrollo Sustentable. El haberse originado en un foro internacional auspiciado por Naciones Unidas produce habitualmente la impresión que un superorganismo, que vela por el destino de la humanidad, ya ha marcado para todos el camino a seguir para solucionar nuestros problemas. En realidad, los organismos internacionales, de cuyo regazo surgió el concepto, son foros de encuentro entre culturas y grupos sociales muy diversos, habitualmente compitiendo, y muchas veces enfrentados, por motivos económicos, políticos o por valores éticos diferentes. Sentar intereses encontrados en una misma mesa es ya de por sí una tarea ingente, de la que no se pueden esperar grandes resultados, en principio.

Dado que la participación en esos foros es voluntaria, la manera más civilizada de llegar a un acuerdo es el consenso ¿Y cómo se alcanza habitualmente un consenso? Pues yendo a mínimos; comprometiéndose tan sólo en aquella medida que permita que cada uno de los firmantes pueda escurrirse de compromisos que sean difíciles de aceptar por las sociedades a las que representan.

El lenguaje que se suele emplear es voluntariamente vago e impreciso, de manera que, bajo las mismas palabras, puedan alojarse el mayor número de conceptos y circunstancias favorables a cada uno de los países que firman la declaración, o el acuerdo correspondiente. Habitualmente se usan nominalizaciones, es decir, sustantivos abstractos, procedentes de verbos y adjetivos convertidos en nombres y que son casi siempre ambiguos, dando pie al que los oye a que trate de buscarles un significado concreto, rebuscando en su memoria y en sus emociones aquellos conceptos y circunstancias que mejor se acoplen. Evidentemente la misma palabra evocará en cada uno significados diferentes. El resultado es como si empleásemos una etiqueta que dice arroz, para un bote que unas veces puede contener tomate y otras aspirinas.

Mediante tal procedimiento se consigue satisfacer a todos, o al menos a una mayoría con la fuerza moral suficiente como para hacer que los demás lo acepten. Contentos con una declaración que mostrar a sus pueblos respectivos, los representantes dan por concluida la sesión sin dejar lugar a que alguien pregunte qué se quería decir exactamente con tal frase o tal otra y si todos entienden lo mismo con esas palabras. Por otra parte, si no fuese así, probablemente las discusiones serían interminables y se acabaría perdiendo la ya escasa paciencia con la que habitualmente acuden los países a foros ambientales, en los que, potencialmente, muchos se arriesgan a perder algún privilegio.

Examinemos desde esa perspectiva el famoso párrafo del Informe Brundland: "El desarrollo sostenible es el desarrollo que satisface las necesidades de la generación presente sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades". Parece claro que la persona desposeída entenderá al leerlo que trata de su comida y la de sus hijos, de un cobijo y de unas ropas que les protejan de las inclemencias y les proporcionen un mínimo de confort que asegure la supervivencia del grupo a medio plazo. Sin embargo, para el ciudadano medio del país desarrollado, que ya tiene satisfechas esas necesidades, pero anhela enfermizamente la satisfacción de otras, bien porque sean productos de su imaginación o porque el mundo del consumo se las haya inculcado, o porque sean reales, las mismas palabras evocan cosas muy diferentes. Ambas son necesidades, ambas pueden ser percibidas como igualmente acuciantes por las personas que las perciben, puede que, incluso, lleguen a anegar a dichas personas en angustia, hasta el punto de conducir a una desesperación que acabe con sus vidas. Pero un alienígena que mirase desde fuera del sistema y no estuviese a su vez condicionado en una forma similar, probablemente vería éstos casos como categorías completamente diferentes.

Las necesidades individuales y las necesidades sociales

Dependiendo de las circunstancias, es evidente que las necesidades de cada ser humano pueden variar en una enorme medida de unos a otros. Existen sin embargo dos grupos de necesidades fundamentales a las que cualquier civilización debe atender: las del individuo, incluyendo las de índole emocional, que determinan su viabilidad como seres individuales y sociales, y las que tienen que ver con la supervivencia general de la sociedad.

Ninguna de esas necesidades fundamentales son negociables y un modelo de cultura que no los satisfaga no es digno de ser considerado una civilización. Esos dos grupos son los que marcan los bordes del camino del que no debemos salirnos, pero entre ambos existe un gran espacio de maniobra para modelos de vida diferentes, para ideologías y filosofías, siempre que no amenacen la estabilidad de las orillas. Veamos con un poco más de detalle ambos grupos, empezando por el que se refiere a la supervivencia del grupo social.

Nuestro tiempo de vida es muy breve respecto al ritmo de los eventos naturales. En general, durante la vida de una persona, los paisajes apenas cambian, a no ser que sean intervenidos por el hombre. Dependiendo de dónde se viva, seguramente nos tocará sufrir algunas tormentas importantes, algún terremoto, maremoto o la erupción de un volcán, pero, si nuestra esperanza de vida fuese de mil años o más, esos eventos serían para nosotros algo absolutamente cotidiano y nuestros padres nos relatarían historias de diez mil años atrás, como la cosa más normal del mundo.

Vivimos sobre un planeta mucho menos tranquilo y estable que lo que nos gustaría imaginar. Las fuerzas que surgen desde su interior se unen en su destrucción a las que proceden del espacio exterior: meteoritos, radiaciones y demás. Por otra parte, el sol es una estrella viva, que tiene sus caprichos y no se ve obligada a responder a nuestros patrones. Pero todo eso es difícil de entender cuando se tienen pocos años, aunque sean cien. Por entender me refiero a algo más que la simple comprensión intelectual, porque esa apenas cambia las conductas, ni las individuales ni las del colectivo.

Desde nuestras condiciones humanas, al enfrentar esos eventos "normales" de la naturaleza es frecuente interpretar que algo anormal ocurre, y lo habitual es echar la culpa al vecino. Si el sol se eclipsa se sacrifica a algo o a alguien, para calmar la ira de los dioses. Ahora, que la temperatura de la Tierra está en ascenso, focalizamos la atención preferentemente sobre la idea de que nosotros somos los únicos responsables de la situación. Algunos ven ahora reflejado en el incremento del contenido del CO2 atmosférico la prueba palpable de nuestra maldad y, morbosamente, anticipan el horroroso castigo que ello llevará aparejado. Sin embargo otros, ante la duda razonable de que otras causas, de índole natural, puedan ser las que están ocasionando el cambio, se desentienden de cualquier posible responsabilidad sobre las porquerías malsanas que emiten a la atmósfera.

La humanidad ha convivido desde siempre con catástrofes y con cambios importantes del clima. Hace 18.000 años los glaciares campaban a sus anchas por una buena parte del norte de Europa y del norte del continente americano. Hace 15.000 años comenzaron a retirarse, transformando los paisajes a gran velocidad, con brazos de mar ocupando durante algunos milenios tierras que ahora están a gran distancia del mar. Por todo el mundo el nivel del mar subió durante los siguientes milenios más de cien metros, superando incluso el nivel actual. Obviamente los habitantes de las costas vieron desaparecer sus hogares bajo las aguas, mientras que el clima reflejaba en su inestabilidad los trascendentales cambios. Las memorias de aquellos eventos o de otros similares han llegado hasta nosotros desde todas las culturas, en forma de relatos deformados por la fantasía y la ensoñación producida por su lejanía. Cabe también la posibilidad que no sean tan fantásticos; simplemente se nos antojan imposibles debido a que hemos vivimos una época de calma climática y carecemos de la experiencia necesaria para entender a qué se refieren los relatos realmente.

En pleno deshielo, al clima le dio por arrepentirse y durante unos cuantos siglos los fríos volvieron a ser la norma habitual, refrescando incluso los trópicos. Luego, inesperadamente, las temperaturas de lo que ahora llamamos continente europeo subieron drásticamente en unos tres años, estabilizándose cincuenta años más tarde en el rango de temperaturas que han sido la tónica más general de estos últimos diez mil años. Las consecuencias fueron tremendas y muchos bosques no pudieron soportar el cambio. Un gran número de especies se vieron forzadas a emigrar, muchos bosques sucumbieron, lo cual tuvo un efecto sin precedentes sobre el género humano, que se vio obligado a abandonar los territorios habituales y el tipo de vida tradicional de cazador-recolector. Ante la acuciante necesidad tuvo que aprender a domesticar plantas y animales y se refugió en ciudades fortificadas. Así empezó la cultura que ahora llamamos Neolítico y que en su sustancia más básica sigue todavía vigente.

Hace seis mil años el clima cálido y húmedo propició el avance de los bosques y ellos crearon los suelos fértiles que nosotros hemos usurpado y destinado a plantar las especies de las que ahora nos alimentamos. El final de la Edad Media en Europa coincidió con un periodo fresco-frío, el primero importante que ha ocurrido desde que comenzó el Neolítico. Después, la actividad solar, que con toda probabilidad fue responsable de ese enfriamiento, invirtió el proceso y surgió el Renacimiento, continuando en aumento tanto el progreso humano como el proceso solar hasta el día de hoy.

Esa dependencia de la actividad solar resulta especialmente difícil de percibir, porque disponemos de un registro histórico muy completo de todo ese período que parece describir y justificar los eventos que han conducido a nuestro desarrollo socio-económico. Pero si fuésemos capaces de vernos a nosotros mismos de forma global, de la misma manera que nosotros estudiamos a otras especies y a los ecosistemas a los que pertenecen, la relación sería mucho más evidente. Una parte de nuestra incapacidad de auto-observación se debe a que los miembros de la cultura occidental pretendemos ser, en cada instante, los amos de nuestras decisiones y aceptamos mal que podamos estar siendo influidos por entidades externas a nuestras capacidades de acción o de comprensión.

Quizá lo que más trabajo nos cuesta es comprender que nuestra habitual simplificación en un esquema de causa-efecto, base del pensamiento tecnológico, pese a su gran utilidad en el manejo diario, se adapta mal a procesos complejos, en los que intervienen, de forma simultánea, muchos mecanismos diferentes, reforzándose unas causas con otras, a distintos niveles, en mutua interdependencia. Teniendo en cuenta esa limitación, es lógico esperar que lo que está ocurriendo ahora con el clima sea una mezcla entre causas humanas y caprichos solares.

Ante la magnitud del proceso y dados los precedentes de cambios climáticos del pasado, es dudoso que podamos modificar de forma significativa el proceso que está en marcha y al que estamos contribuyendo de forma entusiasta con nuestro despilfarro energético y nuestros contaminantes. Desde esa perspectiva, lo más razonable ahora es prepararnos para adaptarnos a lo que venga, algo muy difícil bajo un sistema económico que cierra los ojos a todo aquello que no se refiera a lo que los humanos producimos o consumimos.

El sistema socio-económico actual es completamente ignorante de los requerimientos de la biosfera para mantener la calidad de las aguas y del aire y hacer de la superficie del planeta un lugar adecuado para la proliferación de la vida. Olvidamos casi siempre que nuestras proteínas y los mecanismos celulares son los mismos para todos los mamíferos, que nuestro cuerpo es, en realidad, una colmena de organismos, microscópicos o no, que entran y salen de ella. Que somos, en suma, biosfera.

Nos hemos olvidado de todo eso y creemos, aunque no en teoría pero sí a todos los efectos prácticos, que la naturaleza es un decorado que adorna el mundo que nosotros hemos creado. Probablemente esa sea la razón por la que la civilización occidental actual ha desarrollado la falsa y extendida concepción de que los humanos debemos cuidar a la naturaleza, como si de algo externo a nosotros se tratase. Coherentemente con esa percepción ha aparecido la educación ambiental y el desarrollo sostenible, encargados de promocionar esos cuidados.

Hemos desarrollado una tecnología que ha irrumpido en el sistema natural, sin preocuparnos lo más mínimo de las posibles distorsiones que pueda ocasionar y sin que diseñemos al mismo tiempo los procedimientos para amortiguarlas. Eso es simplemente un hecho y no una acusación. Lo que ha ocurrido es que los medios sociales, económicos y tecnológicos que hemos diseñado son de tal complejidad, que han absorbido todas nuestras capacidades y no han quedado fuerzas para abordar un universo natural muchísimas veces más complejo que el nuestro.

Sin embargo, ahora no podemos, si no es a costa de arriesgar nuestra cultura y quizá la supervivencia de amplios sectores de la humanidad, seguir desarrollando tecnologías avanzadísimas, modificar en grado sumo los ecosistemas, sin adquirir al mismo tiempo las capacidades necesarias para comprender lo que hacemos y saber hasta dónde podemos hacer qué. Si estamos desactivando mecanismos que venían funcionando desde siempre y que estaban destinados al manteniendo y la optimización de la viabilidad vital del conjunto, debemos también aprender a hacernos responsables de garantizar ese funcionamiento. Tenemos que cambiar la dirección de los esfuerzos y tenemos que cambiarlos ya.

El caballo al que nos hemos subido en el último medio siglo supera nuestras actuales habilidades como jinetes. No se trata ahora de renunciar a cabalgar y volver a marchar a pie, sino de no distraernos en superficialidades y veleidades, en la autocomplacencia y auto-admiración mientras montamos a su grupa, de poner toda la atención en tratar de aprender el oficio a la mayor velocidad que seamos capaces, en una carrera contra reloj por ver si nos hacemos con la montura o si somos violentamente lanzados contra las rocas del camino. Tampoco sirve que unos pocos sepan montar, es necesario que todos aprendamos porque si no los numerosos cuerpos caídos de los torpes serán obstáculos insuperables en los que tropezarán y caerán los jinetes más brillantes irremediablemente.

Una de las causas principales que están detrás de la situación actual es un diseño inadecuado –para las presentes circunstancias- del sistema económico. A diferencia de otros sistemas del pasado, el nuestro está diseñado y optimizado para la aceleración permanente, para el crecimiento sostenido, pero no tiene dentro de sí funciones que le permitan circular a una velocidad de crucero estable. Se ha incrustado como un dogma de fe en nuestro pensamiento que el dinero siempre tiene que producir un interés, prefiriendo ignorar cómo se consigue eso.

Es cierto que los avances tecnológicos y de organización social están optimizando el esfuerzo del colectivo social, representado por el dinero, pero ello difícilmente explica el tremendo despegue en bienestar y en lujos de ese veinticinco por ciento de humanos que habita en mundos urbanos de ensueño. Curiosamente, ese bienestar coincide en el tiempo con una explosión de la población, con un empobrecimiento de grandes sectores, fuera y dentro de los países más desarrollados, con una peligrosa degradación de los ecosistemas, con una contaminación galopante de las aguas y con una contaminación atmosférica que está incrementando, de forma apreciable en los últimos quince años, el calentamiento global que venimos experimentando desde hace más de un siglo. El que nos neguemos ciegamente a considerar que esos factores están íntimamente relacionados entre sí, y tratemos de camuflarlos bajo explicaciones rocambolescas de macroeconomía y política, no quiere decir que esa interdependencia no esté ocurriendo; seguro que al alienígena que nos contempla no le resulta tan complicado entenderlo.

Difícilmente podemos hablar de desarrollo sustentable sin una modificación sustancial de los parámetros que ahora constituyen la base del sistema. El que haya que plantearse un esquema diferente no implica en modo alguno que, como algunos pretenden, todo este desarrollo ha sido un espantoso error, que seamos una plaga para el planeta y que lo mejor que podríamos hacer es extinguirnos. Si lo enfocamos desde el punto de vista del desarrollo evolutivo de esta especie, el buscar otras vías, abandonando nuestra etapa de cazadores-recolectores, ha permitido que ahora, diez mil años más tarde, un gran número de humanos podamos estar presentes sobre la faz de la Tierra.

Por otra parte, hoy todos sabemos que vivimos sobre un planeta, en una gigantesca nave espacial que es limitada y que viaja por el universo. Hemos comenzado su exploración, aunque los fondos oceánicos sigan tan desconocidos como lo era su faz hace unos pocos siglos. Pero lo más importante de todo, con diferencia, y que justificaría el alto precio que estamos pagando, es que ahora sabemos que los humanos constituimos una única especie y que si se cría un niño de aborigen australiano en Nueva York, sale un Neoyorkino y viceversa. Esas ideas no estaban tan claras hace tan sólo unos pocos decenios y la esclavitud se justificaba por la existencia de razas de segunda categoría.

Cualquiera de nosotros, leyendo, viendo la televisión, escuchando una radio, puede tener un nivel de conocimientos sobre algunos aspectos esenciales que antaño eran sólo ocupación de uno pocos sabios. A través de los medios sabemos en cada instante de nuestros hermanos, los que viven en otros países y continentes, sabemos de sus alegrías (poco, porque eso no vende en los medios de comunicación) y de sus desgracias (mucho, porque excita nuestro morbo más primitivo). A pesar de sus evidentes aspectos negativos, el avance que ha ocurrido es en general muy valioso, pero ello no quiere decir que seguir por ese camino va a mejorar las cosas, de la misma manera que una aspirina alivia un dolor de cabeza y el tragar un frasco entero nos manda al hospital o al mundo de los justos.

Pasar de la situación actual a otra que realmente sea sostenible implica tener que ponernos a inventar entre todos, a dialogar, tratando de explicitar qué futuro es el que deseamos y sobre todo, cuál es el que realmente necesitamos. Es un esfuerzo que corresponde hacer a todos los humanos, porque jamás nos sentiremos felices mientras uno solo de nuestros hermanos de la humanidad sufra privaciones y se encuentre desamparado; algo que ya señaló el poeta persa Saadi en el siglo XIII. Para eso necesitamos la civilización.

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