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ISSN 1913-6196

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 Educación ambiental y desarrollo humano

Desarrollo Humano Sustentable

Antonio Pou  

Parte 2 /2

¿Qué tipo de desarrollo?

El otro gran grupo de necesidades a las que el desarrollo debe atender son las del individuo. En un principio la meta inmediata es dar satisfacción a los requerimientos biológicos referentes a la comida y a los otros parámetros imprescindibles para la vida. Sin embargo, una vez afianzada, en los países desarrollados se ha optado porque la siguiente meta sea la de imitar los caprichos y ostentaciones que eran privativos de algunos reyes de antaño, a las que han seguido otras nuevas, que ninguno de aquellos pudo siquiera llegar a imaginar.

Así, nos rodeamos de objetos y de modos de vida de los cuales muchos son innecesarios, otros son incómodos e, incluso a veces, dañinos, tratando de dar satisfacción a unas necesidades emocionales cuyo origen frecuentemente ignoramos. A pesar de poseer todos los objetos imaginables y de poder llenarnos de alimentos y placeres hasta reventar, cada vez son más los individuos que se sienten frustrados e insatisfechos, sin saber por qué. El consumo de drogas (algunas tan incorporadas en el grupo social que ni siquiera se consideran como tales) en amplios estratos de la sociedad, incluyendo a los jóvenes y extendiéndose peligrosamente a los niños, indica a las claras que algo no está funcionando como debiera.

La oferta de metas cada vez más caprichosas, como fines de semana en una estación espacial o vacaciones en la Luna, no parece que venga a resolver los problemas. Si la sensación de frustración profunda afecta seriamente al menos a la tercera parte, o quizá más, de la población de los países más desarrollados, habría que plantearse a quién va dirigido, o qué finalidad tiene, el presente desarrollo y qué tipo de desarrollo es el que deberíamos hacer sostenible.

Esta sociedad no nos enseña a conocer y manejar nuestras emociones; la mayor parte de nosotros ni siquiera sabemos para qué están ahí. Tan sólo las sentimos como torbellinos que a veces nos arrastran hacia lugares a los que muchos no quisiéramos ir. Paradójicamente, esos mismos lugares son habitualmente ensalzados y elevados hasta la adoración, tanto por la cultura intelectual como por la popular. Sin embargo, ahora se conoce bien su funcionamiento: están presentes en todos los animales y responden a productos que nuestras células producen ante estímulos externos y que nos permiten alimentarnos, huir, defendernos, amar y manejarnos en el complejo mundo de la superficie terrestre.

Una nueva escuela de psicología que recientemente ha aparecido en el Reino Unido y que se autodenomina "Human Givens" (que podría traducirse por algo así como "Bienes Humanos"), entiende las emociones a la luz de los últimos descubrimientos de la neurobiología y huye de las preconcepciones filosóficas e ideológicas que impregnaban muchas de las escuelas de los siglos XIX y XX. Según esta escuela todos los seres humanos nacemos con un paquete específico de necesidades y con una serie de capacidades o recursos para poderlos abordar de forma satisfactoria. Cuando, por alguna causa, algunas de las necesidades no son satisfechas, se produce un desequilibrio que conduce hacia la ansiedad, la frustración, o hacia cualquiera de las muchas manifestaciones a que puede dar lugar.

El tema, en ésta época, se ha complicado porque siguen actuando sobre nuestro organismo los mismos mecanismos que se ponían en marcha ante el peligro de un inminente ataque por parte de un león, cuando vivíamos de la caza. Descargadas sobre nuestro organismo las sustancias correspondientes, que iban a permitirnos realizar proezas y esfuerzos físicos extremos para huir o enfrentarnos al peligro, nos intoxican ahora cuando la única acción real que vamos a realizar es dar un pisotón al freno, para salvarnos del vehículo que se nos viene encima, o pulsar el botón del videojuego. Es decir, una fuerte desproporción entre la percepción y la reacción.

Esas sustancias quedan ahí, sin destino adecuado, una vez que nuestras ansias de enfrentamiento a muerte, contra el enemigo que atenta a la seguridad de la cabaña y la de nuestra familia, quedan reducidas a un mero recital de improperios mascullados contra la familia del jefe que nos acaba de despedir, por ejemplo. Afortunadamente, la naturaleza ha previsto un salida, durante una de las etapas del sueno nocturno revivimos los acontecimientos en forma de metáforas y gastamos las sustancias y energías que se habían vertido al cuerpo como resultado de las emociones que habían tenido lugar durante el día. Una violenta pelea contra un gigante soluciona el problema del jefe, mientras que brazos y piernas permanecen desconectados para evitar dar una paliza a los que puedan hallarse cerca.

El tipo de vida en el que nos hemos sumergido proporciona muchas más ocasiones de alarma, de forma cotidiana, que las que se daban en la vida de nuestros antepasados, aunque ellos pudiesen sufrir esporádicamente amenazas mayores y mucho más reales. La conducción entre un tráfico endiablado, la angustia casi permanente de las deudas y de las hipotecas, la duda sobre el puesto de empleo, difícilmente pueden ser amortiguadas del todo durante el sueño. El déficit se va acumulando, nuestro descanso cada vez es peor y al final nos sentimos desequilibrados de forma indefinida, sin saber por qué, y buscamos afanosamente productos o circunstancias que nos hagan olvidar, aunque sea durante un momento, nuestro malestar.

Entre las necesidades más destacadas por esa escuela se encuentra la de sentirse uno mismo con el control de la situación, para dirigir los acontecimientos en la dirección que nos conviene. La aparente apatía y frustración de la juventud actual en muchos países desarrollados, y en las capas más pudientes de los demás países, es a veces reflejo de que los padres estamos intentando protegerles tanto que se sienten carentes del control de la situación, abandonándose al descuido y al capricho, desentendiéndose de su propia responsabilidad.

Otra necesidad evidente es la de sentirse apreciado. Esa necesidad es cada vez más acuciante en los países desarrollados, en los que se ha establecido un sistema de vida en que cada individuo tiende a vivir en un entorno propio, aislado de los demás. Cada vez hay más personas, sobre todo mayores, que reducen su diálogo cotidiano a comentar consigo mismos, mientras comen o cenan solos ante una pantalla de televisión, donde se muestran escenas de gente que aparentemente se aman, dialogan y viven una vida digna.

Uno de los aspectos menos considerados por esta sociedad es la necesidad, que todos tenemos de intercambiar atención. Es como un alimento y cuando carecemos de él la actividad vital se extingue, así como cuando tenemos en exceso nos intoxica y nos induce a comportamientos extravagantes.

Necesitamos constantemente el reconocimiento de los demás y no sentirnos un simple número de un documento de identidad. Necesitamos retos para que, al enfrentarnos a ellos, crezcamos y desarrollemos nuevas capacidades. Tal como se decía en la antigüedad, un problema resuelto es tan útil como una espada rota en el campo de batalla. La idea actual de construir lo que se suele llamar "un mundo perfecto" tiene el inconveniente de que es estática y va contra la propia naturaleza humana.

Otra de las grandes carencias colectivas de los países desarrollados suele ser la ausencia de un significado de la vida que nos vemos obligados a llevar. Con la desactivación social de las religiones y de muchos de los valores éticos tradicionales, se ha originado un hueco que hasta ahora no hemos sabido rellenar satisfactoriamente.

De esa forma, se puede construir un listado de necesidades y constatar que apenas son tenidas en consideración por el modelo de civilización occidental. Se trata, además, de necesidades universales en todos los seres humanos y no necesariamente están conectadas con creencias ni con ideas, tanto sean filosóficas, como religiosas, políticas o de cualquier otra índole. Son necesidades básicas que tienen que ser satisfechas en cualquier caso y en cualquier lugar, aunque puedan adquirir expresiones muy diversas.

Cambio en el sentido de la vida para un nuevo modelo de desarrollo

Se dice que quizá estemos viviendo ahora, en este planeta, un número similar de personas al de la suma de todas las generaciones que nos han precedido. Quizá sea exagerado pero sí da una idea de que, por simple estadística, ahora tienen que encontrarse entre nosotros personas de la misma talla que los mayores sabios, artistas, santos y profetas que tanto admiramos de las pasadas culturas. Quiere decirse que contamos con un material humano de excepción para diseñar una salida adecuada a la situación actual. Teniendo eso en cuenta y teniendo en cuenta también que en muchos sentidos no existe un precedente histórico a esta situación, no es de esperar que la solución a nuestros problemas provenga de una nueva idea salvadora por parte de un individuo o de un grupo excepcional, por mucho que así lo deseemos. Tampoco es de esperar que el alienígena venga a echarnos una mano; si así lo hiciera demostraría tener poco conocimiento y sentido común, además de valorar en muy poco su existencia.

Probablemente las grandes ideas motoras de la humanidad se han acabado. Las ideas de antaño, por muy geniales e inspiradoras que fueran, fueron diseñadas por sus creadores para unas sociedades muy diferentes a las hoy, con otras características mucho más simples, porque no estaban inmersas en un mundo globalizado que amenaza la estabilidad de la biosfera.

Las herramientas básicas que el género humano necesitó en tiempos pasados ya nos las proporcionaron esos seres extraordinarios del ayer y hoy contamos con su legado, mejor o peor conservado. De lo que se trata ahora es de ponerlo en práctica, entre todos. Mi convencimiento es que el diseño de un nuevo modelo de civilización, que realmente sea sustentable, y que merezca la pena ser puesta en práctica, surgirá de forma difusa, poco evidente y no será aparatosa, ni vendrá acompañada de un show estilo Las Vegas. Mi deseo más ferviente es que eso ocurra de forma suave y no como consecuencia de traumatismos de gran escala.

Estoy convencido también de que la única manera de llegar a una situación mejor es mediante la mejora de los individuos; algo que siempre se ha afirmado de una forma u otra. De nada sirve que a alguien se le ocurra la idea genial de una sociedad perfecta si cuenta, para llevarla a cabo, de un material humano tremendamente imperfecto, o incluso, como es muy frecuente, el primer imperfecto sea él o ella. Lo único que podemos hacer, lo que sí parece estar en nuestras manos, es mejorar a un número suficiente de individuos para que de ellos pueda surgir un diseño mejor, susceptible de ser puesto en práctica. Se objeta que tal camino es difícil y lento. Seguro que tienen razón, pero, ¿existe algún otro? Por los resultados de la historia parece evidente que no.

La idea de un camino trae siempre a la memoria algo estrecho y difícil, pero no tiene por qué ser así, porque el margen que dejan los dos grupos citados de necesidades es muy amplio y caben muchas opciones dentro. A cada uno de nosotros se le ocurrirán cosas diferentes en función de su experiencia e intereses. Los míos, más enfocados hacia nuestra relación con el resto de la naturaleza, me dicen que difícilmente podremos dirigirnos hacia una educación ambiental que realmente contribuya al desarrollo humano si no mejoramos en cada uno de nosotros nuestra relación con el propio cuerpo, tanto desde el punto de vista físico como emocional.

Cada persona es un mundo en sí mismo, es como un holograma, que representa un fragmento de naturaleza incluyendo una gran parte de su complejidad. Si no conocemos y sabemos controlar nuestra propia entidad mal podremos siquiera imaginar en qué consiste y cómo funciona aquello en lo que estamos inmersos. Hasta ahora el conocimiento de lo ambiental se aborda como algo externo a nosotros y, además, como si fuese un ingrediente básico, le añadimos unas enormes dosis de emocionalidad. Frases como "la belleza y perfección de la naturaleza", o "el maravilloso equilibrio del mundo natural", o "la armonía de la naturaleza", nos conducen fácilmente a un estado perceptivo aislado de la realidad.

Ese "amor" por la naturaleza es, en una gran mayoría de ocasiones, tan sólo un refugio emocional para una admiración bobalicona que justifica nuestra pereza e inactividad. Habitualmente los documentales de naturaleza se presentan rebozados en una música melosa que nos proyecta a un estado semi-hipnótico de ensoñación y que nos dispensa de la responsabilidad de la acción. Sin embargo, un documental sobre temas económicos en el que se amenace con una subida de impuestos casi nunca es acompañado de melodías semejantes: procuramos estar bien despiertos, porque eso sí que nos interesa. Hay que llevar la educación ambiental a un ámbito similar de interés, hay que llevarlo al ámbito de lo que nos resulta real.

Para eso necesitamos llegar a la experiencia de que "nosotros" somos algo más que el cuerpo que nos da cobijo y que ese cuerpo es parte integral de la naturaleza y que está sometido a sus mismas leyes y requisitos. Necesitamos convencernos de que su duración es limitada y que hay que aprender a gestionarlo para que dure lo más posible. Los individuos debemos aprender a responsabilizarnos de su correcto funcionamiento y los médicos deben estar ahí sólo para cuando el equilibrio se nos ha ido fuera de control. Sin embargo cada vez es práctica más extendida en los países desarrollados el desentenderse del cuerpo, someterlo a todo tipo de extravagancias, dejar que estúpidamente se enferme o deteriore, en la seguridad que nuestro dinero va a poder remediar siempre los daños. Tal procedimiento no puede ser extendido a la población mundial y en el fondo es denigrante para el propio individuo.

No es sorprendente que esa misma mentalidad descuidada e irresponsable se extienda insensiblemente al resto de la biosfera. De esa forma se maltratan los paisajes y los seres vivos que en ellos habitan, creyendo que se puede cementar la faz del planeta impunemente (salvo los parques naturales, eso sí) y que el daño siempre tiene remedio, con tal que los ladrillos se pinten de verde, o veamos a unos cervatillos pastando en el cercado de un parque zoológico. Un comportamiento análogo es inimaginable en el campo de las tecnologías que manejamos. A nadie se le ocurre quitar tres ruedas a su coche y pretender que le siga transportando, ni echarle agua en vez de gasolina, ni tratar de arreglar un virus del ordenador a base de sumergirlo en una mezcla de alcohol con antibióticos, ni sacudirle un martillazo al teléfono móvil para incitarle a que haga antes la conexión.

El gran avance del conocimiento tecnológico de los países más desarrollados se ha realizado a costa del conocimiento tradicional que existía en el medio rural sobre la vida, en el que había un contacto mucho más directo con la naturaleza. Es evidente que, en el mundo de hoy, todos tenemos que realizar un notable esfuerzo para aprender las nuevas tecnologías que constantemente están apareciendo. Pero ese esfuerzo no puede ser hecho en vez del esfuerzo al que estamos obligados como seres vivos, para manejarnos en el mundo de la biosfera. Si deseamos vivir en un mundo tecnológico y al mismo tiempo sobrevivir en el biológico, necesitamos realizar un gran esfuerzo de aprendizaje para que cada uno integremos en nosotros mismos el conocimiento correspondiente a ambos campos. La forma más eficaz y quizá única de hacerlo es comenzando por conocer y manejar nuestro cuerpo y nuestra mente, detectando las limitaciones y desarrollando las potencialidades.

Muy especialmente, necesitamos aprender a comprender y manejar nuestras emociones, esos altos y bajos a los que nos somete la bioquímica de nuestro organismo, variable según la época de la vida y las circunstancias. Necesitamos aprender a comprender las emociones de los demás para alcanzar un compromiso que permita la mayor satisfacción posible de todos, porque si un individuo o un grupo están desequilibrados, se desequilibran también grandes partes del sistema. También necesitamos de ese mismo aprendizaje para poder comunicarnos de forma efectiva, para evitar que nos lancemos a la yugular porque nuestras emociones embotaron nuestros sentidos y entendimos erróneamente las intenciones del otro. Necesitamos aprender a poner en marcha nuestros propios recursos para satisfacer las necesidades emocionales que vayan surgiendo. Necesitamos aprender a darle un significado real a nuestras vidas y no cifrar nuestras ilusiones en caprichos absurdos que pueden, si se extienden colectivamente, llevar a situaciones que deterioran y ponen en peligro la biosfera y por ende, a nosotros mismos.

En estos momentos existe el conocimiento y las herramientas suficientes para aprender a manejarnos con todas esas necesidades y con muchas otras. La duda es si se dan ya las condiciones adecuadas para su puesta en marcha. Como cualquier cultivo, necesita esperar a que la tierra esté aireada y en condiciones de siembra, luego vendrán las labores y, si viene la esperada lluvia, habrá cosecha. Las semillas ya hace tiempo que se pusieron, ahora parece que es momento de labores. Una de ellas es la que llamamos educación ambiental, que podríamos llamar simplemente educación; una educación para un desarrollo realmente humano que no consiste en una meta concreta sino en el esfuerzo del camino. Nuestro futuro es el hoy.

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