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La
Revista Futuros ha decidido dedicar este número especial al tema de los
vínculos entre educación y desarrollo sustentable. Futuros pudo cubrir el
evento que sobre este tema se realizara en Granada, España, en septiembre
del pasado año. Comenzamos por ello esta presentación editorial agradeciendo
a sus organizadores y participantes la cooperación prestada para esta
edición de nuestra Revista.
En líneas generales cuando hablamos de desarrollo
sustentable damos por sentado que hay cierto desarrollo que no lo es.
También queda implícita la aspiración a que nuestra especie –antes que
cualquier otra- pueda continuar su aventura planetaria sin desaparecer de
manera abrupta o extinguirse de forma paulatina. El surgimiento del concepto
está asociado al reconocimiento de la finitud de los recursos naturales a
nuestra disposición y de la mortalidad inevitable de nuestra especie de no
darse ciertas circunstancias que hicieron posible su surgimiento y
sostenimiento en el planeta.
Los ecologistas son más dados a recordarnos el complejo
tramado de ecosistemas que sostiene la vida humana y a alertarnos de cómo
muchos de ellos están llegando al límite debido al crecimiento de la
población humana y su cada vez mayor impacto ambiental como resultado de
nuevas y más productivas tecnologías. Una visión sociológica nos llamaría a
comprender mejor las relaciones entre pobreza y medio ambiente y nos
convocaría a una mejor distribución de la riqueza acumulada. Los politólogos
probablemente desearían hacer siempre mayor énfasis en las limitaciones que
ofrecen los actuales sistemas políticos para gestionar conflictos internos y
entre naciones destacando que las catastróficas consecuencias que ellos
tienen sobre el desarrollo y el medio ambiente, tanto de manera directa como
indirecta, al distraer recursos para alimentar carreras de armamentos. Todas
esas visiones son validas así como sus serias advertencias sobre el actual
curso de la humanidad; afortunadamente se nota cada día más comunicación
entre estas visiones. Sin embargo, la perspectiva de la arqueología y la
antropología quizás resulte particularmente relevante en este campo.
Las ruinas de culturas desaparecidas constituyen una suerte
de "caja negra" que nos permite conocer por que un día aquello que floreció
en el pasado pudo desaparecer no como resultado de los conflictos bélicos en
que se involucraron y de intervenciones militares externas –como le ha
ocurrido a algunas- sino a manos de sus propios presupuestos y lógica de
desarrollo. Los monumentos de la Isla de Pascua y las ruinas de Tiahuanaco
en Bolivia contienen un mensaje para civilizaciones venideras: los
presupuestos del paradigma de desarrollo que en un momento dado puede
proveer bienestar puede conducir a largo plazo a minar de manera
irreversible las bases que los sustentan.
La humanidad ha participado ya en varios procesos
civilizatorios jalonados por las tecnologías que imaginó y forjó para
poderse adaptar y sobrevivir a los retos climáticos y de otras especies que
le fueron impuestos en su trayectoria planetaria. El nomadismo, la
agricultura y ganadería, y el industrialismo fueron los cuatro principales
procesos civilizatorios – tecnológicos con que la especie humana busco su
adaptación y supervivencia por más de 35,000 años. De ellos el proceso
civilizatorio industrial –que ahora va cediendo terreno al nuevo proceso
civilizatorio de la información- fue el de más corta duración (poco mas de
dos siglos), el que más dramáticamente elevó las condiciones de vida de la
población (permitiendo su rápida multiplicación) y el que más impacto ha
tenido en el medio ambiente y ecosistemas que sostienen la vida de nuestra
especie. Este proceso civilizatorio alcanzó su máximo esplendor en el pasado
siglo XX organizándose en torno a dos culturas industriales principales- el
capitalismo y el socialismo de Estado- con diferentes instituciones y
esquemas organizativos políticos, sociales y económicos. En ese periodo de
existencia desarrolló la ciencia y la tecnología a niveles impresionantes al
gestar un volumen crítico de información y conocimientos que
otorgaron la capacidad humana de crear nuevas formas de vida o destruir
todas las existentes. Pero nunca llegó a alcanzar una nueva sabiduría
para re-enfocar las relaciones humanas y las de nuestra especie con el resto
del medio ambiente (ya que nosotros somos parte del mismo).
Desde la invención de la computadora, los satélites
espaciales y la revolución en las telecomunicaciones, transitamos a pasos
acelerados hacia un nuevo proceso civilizatorio: el de la información. Pero
nuestras sociedades, instituciones, valores, percepciones, continúan
anclados en los presupuestos del "progreso" según ellos quedaron definidos
por las sociedades industriales. El Informe Brundtland, cualesquiera que
sean las insuficiencias que pueda encontrársele, constituyó un rudo golpe a
las premisas en las que hasta entonces suponíamos anclado el progreso:
vivimos en un mundo de recursos finitos que hoy explotamos con tecnologías
tan productivas que pueden dejar poco de ellos para las futuras
generaciones.
A partir del Informe Brundtland se abrió el debate sobre la
necesidad de un cambio hacia un paradigma de desarrollo más sensible de los
límites del medio ambiente. Pero la nueva realidad tecnológica reclama mucho
más que ese debate. Si nuestras sociedades no son capaces de promover nuevas
perspectivas, instituciones y valores para administrar y resolver
pacíficamente sus contradicciones y conflictos se exponen al empleo de armas
de destrucción masiva –como sería el caso de una guerra nuclear-que pueden
generar un cataclismo irreversible a las condiciones de habitabilidad del
planeta para nuestra especie - o armas pequeñas y ligeras que hacen
cataclismos locales que se suman y amplian la pobreza y destrucción
medioambiental. Es por eso que el tránsito hacia un nuevo paradigma de
desarrollo sustentable no puede limitarse a la búsqueda de tecnologías de
producción menos contaminantes sino a la construcción integral de un nuevo
proyecto de vida planetaria. Una nueva mirada acerca del papel de la
tecnología tiene que ser acompañada por una nueva manera de concebir la
convivencia, la gestión política, la eficiencia y eficacia de los proyectos
económicos, la resolución pacifica de los conflictos violentos, y reconocer
y respetar –de manera integral- los derechos humanos.
Un tránsito civilizatorio y cultural, una revolución
tecnológica y social de tal magnitud, no es posible sin una revolución de
nuestras ideas y concepciones tradicionales, enraizadas en los últimos
siglos de modernidad e industrialismo. Tenemos que revisar y aprender de
nuevo todo lo que dábamos por sentado. Como decía Mafalda en una de sus
tiras cómicas "Ahora que finalmente me había aprendido todas las respuestas,
resulta que me cambiaron las preguntas". Tenemos que educarnos de nuevo.
Re-educarnos de nuevo.
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