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La incidencia del ser humano sobre su entorno no es un
proceso nuevo. Consideraciones termodinámicas explican que no hay otra
forma de construir nuestro orden físico que no sea desordenando
nuestro alrededor. Cultivos, ciudades, unidades productivas o vías de
comunicación han supuesto intervenciones en el medio de los que, en su
momento, se derivó un daño asociado. Y si bien desde la elaboración de
los primeros instrumentos y el uso del fuego se están produciendo
impactos en el medio, durante muchos siglos lo han sido a tan pequeña
escala que aquél pudo perfectamente dispersarlos e integrarlos en sus
propios ciclos. Eso no excluyó que cuando el ser humano acometió
actuaciones de mayor envergadura, los impactos se multiplicaran llegando
a causar daños, en algunos casos, irreversibles, como ocurrió con las
grandes trampas para cazar mamíferos, las Pirámides de Egipto o las
talas masivas de árboles para la construcción de armadas.
La llegada del Renacimiento y, más tarde, de la
Ilustración alumbraron un nuevo modelo de hombre y sociedad. Desde el
rescate del ser humano y sus potencialidades de los prejuicios
oscurantistas medievales hasta la apuesta decidida por la razón y el
progreso como motores de la historia, se fue abriendo paso la vía del
crecimiento permanente como forma de desarrollo. Nadie, ni en el Este ni
en el Oeste cuestionó el progreso así entendido, pues cuanto más se
creciera, mayor grado de desarrollo y bienestar se alcanzaría. Este
modelo de crecimiento sin límites fue puesto seriamente en cuestión por
el Club de Roma en 1972, aunque continuó como modelo hegemónico, con más
fuerza aún tras la caída del muro de Berlín.
Sus consecuencias comenzaron a hacerse patentes en las
últimas décadas del pasado siglo. La despiadada explotación del medio
que se había iniciado en los albores del capitalismo y en donde todo
valía para obtener un beneficio económico, fue pasando factura hasta
llegar a la situación de crisis ambiental por todos conocida. Nadie duda
ya de su existencia, pues la información sobre daños ambientales es
desgraciadamente habitual (así como las leyes y normas que intentan
prevenirlos), pero conviene que nos detengamos en los aspectos más
significativos de la crisis actual que la diferencian claramente de
situaciones anteriores.
El primero de ellos es la globalidad. A lo largo
de la historia se habían sucedido impactos locales, algunos de ellos
considerados como episodios graves, y que en los casos de mayor alcance
habían derivado hacia problemas regionales. Como ejemplo, los originados
por la lluvia ácida, consecuencia de las emisiones de óxidos de azufre y
de nitrógeno, que podían trasladarse desde unos países a otros como lo
reflejan los miles de lagos escandinavos afectados, receptores de la
contaminación transfronteriza de otras áreas europeas industrializadas.
Con todo, hoy el perfil es diferente pues, por primera vez en su
historia, la humanidad se enfrenta a problemas que afectan a toda la
Tierra: la reducción del ozono estratosférico o el cambio climático son
buena muestra de dos impactos de alcance planetario, aunque no todos los
países hayan tenido igual responsabilidad en su generación.
Un segundo rasgo es la rapidez a la que estos
impactos se están produciendo, lo que nos lleva a afirmar que el
problema no está tanto en el impacto en sí como en el periodo de tiempo
tan extremadamente corto en el que acontece. Si hablamos de cambio
climático, veremos que a lo largo de la historia se han sucedido con
frecuencia -los últimos, las glaciaciones cuaternarias y sus
correspondientes periodos interglaciares- pero nunca de forma tan
inmediata. Los cambios que se producen de este modo, basados en nuestro
caso en el crecimiento exponencial de los vertidos atmosféricos, impiden
a las especies adaptarse apropiadamente a las nuevas condiciones y
someten a los ecosistemas a un fuerte stress de resultados inciertos. El
tiempo de recuperación, en el supuesto de que el impacto cese, puede
abarcar largas épocas históricas.
En último lugar, la persistencia, esto es, el
resultado de impactos basados en la emisión de determinados productos de
difícil degradación y que permanecen muchos años en las cadenas vitales
y en el propio medio. Los clorofluorocarburos (CFC), los pesticidas
halogenados, los PCB, los metales pesados o algunos hidrocarburos
aromáticos pueden figurar entre las familias de productos o subproductos
que han venido utilizándose asiduamente y cuya destrucción natural es
lenta. Añádanse los residuos radiactivos y, en menor escala, otros
productos residuales, como plásticos o algunos gases de los que
participan en el efecto invernadero, como el óxido nitroso o el propio
dióxido de carbono. El resultado de nuestras actividades supone la
permanencia en el entorno de compuestos indeseables mucho más tiempo del
que cabría esperar, traspasando los problemas a las generaciones
venideras.
A la hora de preguntarnos sobre los orígenes de esta
crisis, no puede haber otra respuesta que no señale directamente a
nuestro modelo de desarrollo. En algún momento se nos quiso hacer creer
que éste era el precio del progreso, un pesado tributo que habría que
pagar a cambio de nuestros niveles de bienestar y calidad de vida. Pero
más bien era el resultado del crecimiento sin límites, un modelo basado
en el consumo que no admitía ningún cuestionamiento en la búsqueda
incesante del beneficio rápido y con pocos riesgos. Mas la situación
actual no es una realidad ineluctable, sino algo en lo que podemos
intervenir y, en lo posible orientar -si de verdad nos lo proponemos-
hacia presupuestos más racionales y sostenibles, que conduzcan a una
verdadera calidad de vida para todos y no sólo para las zonas más
privilegiadas del planeta.
Conviene insistir en este aspecto: el futuro no está
escrito (muchos acontecimientos actuales no dejan de recordárnoslo) y
puede ir en la dirección que decidamos. Es evidente que quien lleva el
rumbo de la historia no son los pueblos, que en un ejercicio insólito de
dejadez y abandono han delegado en los especialistas para que gestionen
y manejen su destino. Pero la forma del actual modelo económico, la
sociedad de consumo, que por medio de la publicidad pretende llegar a
cada ciudadano para crearle necesidades superfluas, puede volverse en su
contra si encuentra personas informadas y formadas, con responsabilidad
y voluntad para llevar su futuro en otra dirección.
Por tanto, intervenir es posible y cambiar el modelo
social también, aunque para ello deba de actuarse personal y
políticamente, pues las cosas no suelen arreglarse solas. Nótese la
doble dimensión ya que no basta -aun con toda su importancia- la actitud
personal; debe recuperarse también la dimensión política -en el sentido
aristotélico- el interés por lo público, la realidad histórica y la
organización de la sociedad, profundizando en la democracia y los
derechos humanos. Para conseguir este nuevo perfil y avanzar hacia un
modelo diferente la educación se revela como un instrumento fundamental.
Es aquí donde la educación ambiental puede contribuir a
preparar el camino hacia el desarrollo sostenible, tal como lo
recomienda la Cumbre de Río de 1992. El primer objetivo de la educación
ambiental es crear conciencia, ayudar a comprender los problemas y sus
causas, como paso previo para proponer vías de actuación. Y en ello
juega la ética un papel fundamental como respuesta olvidada a muchos de
los comportamientos actuales.
Decía A. Malraux que el siglo XXI sería ético o no
sería. La educación, que pretende emerger lo mejor del ser humano (llegar
a ser quien se es, en palabras de Fichte), toca con su esencia ética
para que desde ella se pueda construir un comportamiento y una relación
con el mundo. La ética ecológica amplía su percepción no sólo a
prácticas adecuadas entre seres humanos, sino también con su medio. Las
exigencias éticas colocan los valores por encima de las apetencias
inmediatas y guían las conductas, aun admitiendo sus riesgos.
Uno de los instrumentos que arman a la sociedad son,
precisamente, los valores y la educación ambiental los promueve. Van
desde el respeto a la austeridad, pasando por la conservación, la
responsabilidad o la equidad. Vivir con valores define un estilo de vida
consecuente, ético y revulsivo de los contravalores del modelo económico
vigente. Un estilo de vida de este modo no puede ser algo circunstancial
y pasajero sino permanente y crítico, pues no olvidemos que detrás del
modo de vida de cada uno se está apuntando un modelo social; además de
la satisfacción de vivir responsable y armoniosamente, debe haber en el
estilo de vida un carácter militante que aspire a construir un mundo
mejor en donde todos sean tenidos en cuenta, especialmente los más
desfavorecidos.
Tampoco debe olvidarse que las sociedades modernas están
organizadas a modo de pirámide, en cuya base estamos todos nosotros.
Según apoyemos determinadas opciones o rechacemos otras, podemos
indirectamente configurarla. Para reforzar la importancia del compromiso
individual como elemento clave hacia una sociedad sostenible, podemos
reflexionar sobre el dato de que el 50 % de los científicos del mundo
trabajen para la industria militar. Va llegando el momento de que nos
planteemos seriamente para qué y para quién ofrecemos lo mejor que hay
en nosotros mismos: nuestra vocación, nuestro trabajo. Y de que nos
quitemos la venda que nos lleva a aceptar no importa qué por un
puñado de dólares. Ya Spinoza supo dar ejemplo de consecuencia
personal y pública al rechazar una cátedra contraria a sus criterios (y
a cambio quedarse en la calle). Y no fue el primero ni ha sido el
último. Hacia qué oriento y en qué gasto mi vida es una cuestión capital
en el compromiso de cualquier persona con importantes consecuencias para
él y su medio.
La educación es parte sustantiva de este proceso y su
práctica no sólo nos hace más libres, en palabras de P. Freire, sino que
nos lleva a ser nosotros mismos. La educación, más allá del
academicismo, es crecimiento, comprensión, desarrollo. Y desde la
educación se genera cultura, que es todo lo anterior expresado a nivel
social. Lo ambiental es una dimensión más que rompe el antropocentrismo
acercándonos a un medio del que debemos ser conservadores y protectores.
Una sociedad sostenible no estará bajo la tiranía del hombre salvaje
(que no debe confundirse con el primitivo) explotando y esquilmando
recursos para su propio provecho, sino que avanzará armoniosamente
colocando al ser humano como cuidador del medio, en quien piensa y
considera, para realizar sus proyectos de futuro.
La educación ambiental introduce elementos razonables en
la estrecha lógica de las sociedades capitalistas. Sus argumentos van a
favor de la historia, la calidad de vida y la supervivencia de nuestra
especie. Aboga por el desarrollo para todos los seres humanos presentes
y futuros en armonía e integración con su entorno. Es sólida y
convincente, aunque no obtenga resultados inmediatos y visibles al
requerir la maduración que acompaña a todo proceso educativo. Como se he
dicho, no es ni debe ser la única vía de actuación, pero sin ella
cualquier propuesta carece de sentido.
Una sociedad educada y culta (en un sentido profundo y
transformador) debe ser una sociedad fuerte y vertebrada. Necesitamos
que sea así para recuperar el poder, hoy delegado, que nos lleve a tomar
el timón de nuestras vidas y de la sociedad. Sólo así puede entenderse
lo que se ha declarado repetidamente en las Conferencias Internacionales
de proponer la educación ambiental como instrumento y vía hacia una
sociedad nueva, sostenible.
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