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ISSN 1913-6196

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 Globalización y movilización

Entrevista

Carlos Taibo 

   

Carlos Taibo es un renombrado autor y analista político español. Es autor de una quincena de libros, en su mayoría relativos a las transiciones en la Europa central y oriental contemporánea.


"No nos engañemos: el protagonismo efectivo de los movimientos antiglobalización no corresponde a esas gentes que se manifiestan en Barcelona, Florencia o París. Corresponden a redes que se van desarrollando en Argentina, Brasil, Perú, Bolivia, México, Tailandia o la India. Son movimientos sociales poderosos, activos, críticos y afortunadamente distanciados de las dos cosmovisiones que han marcado el derrotero de la izquierda en el mundo desarrollado del siglo XX: la socialdemocracia claudicante y el leninismo iluminado"

 

Sección de debate realizada en el
III Congreso Internacional de Educación Ambiental
el 29 de septiembre de 2005, en Granada

En el proceso de camuflaje del capitalismo moderno creo que el concepto de desarrollo sostenible no puede ser visto como un sustituto del concepto de globalización. Pero ¿qué pasa en el terreno de lo ambiental y de las políticas ambientales?

Esa es una crítica que ha recibido ese concepto prácticamente desde que nació. Nadie diría que está en contra de la sostenibilidad, con lo cual hay un impulso casi biológico encaminado a colocar el adjetivo correspondiente detrás de algún sustantivo. Si el sustantivo correspondiente es, además, desarrollo, estamos creando lazos muy cuestionables. Me parece servida la conclusión de que el término en sí presenta una utilidad dudosa o, en su defecto, de que uno está obligado a definir lo que entiende por sostenibilidad, para de esta manera recuperar la prestancia inicial del concepto, porque de lo contrario corre algún riesgo de utilización desde la lógica del sistema.

Son muchos los informes del Fondo Monetario y el Banco Mundial que hablan de desarrollo sostenible. Eso quiere decir que, como en tantos otros casos, algo que nació con una vocación contestataria legítima se ha ido escapando de las manos de quienes, con otras perspectivas, decidieron acuñar el término correspondiente. Y ojo que no creo que esto sea una virtud. Pienso ahora en lo que se dice de algunos de los aparentes éxitos de los movimientos antiglobalización, como el de haber conseguido que significativos portavoces del Banco Mundial hayan realizado una crítica, más o menos radical, de los programas de ajuste. Aunque en una primera lectura es un avance, claro, los movimientos tienen que insistir en que se de un paso más, de tal forma que esos programas de ajuste sean sustituidos por procedimientos muy distintos. Pero, como por desgracia, esto no está ocurriendo, uno está obligado llegar a la conclusión, que se puede apreciar en tu pregunta, de que debemos prestarle mucha atención a esa usurpación de determinadas terminologías teóricamente alternativas por parte de las instituciones sociales.

Volviendo a los movimientos sociales, conozco a uno que está muy activo en Huelva, el movimiento de la ría de Huelva, que se opone a que todo el polo industrial siga. Ahí están desde el colegio de arquitectos y las asociaciones de vecinos hasta los movimientos ecologistas; lo que quieren es que se desmantele poco a poco el polo químico y esa área se vaya ganando como espacio urbano. En un momento dado ese movimiento social convocó a 30.000 personas, Huelva tiene cerca de 150.000 habitantes, por lo cual 30.000 adultos suponen ocho o nueve concejales en el ayuntamiento. ¿Cómo ves de que un movimiento social se meta en política?

Antes de pasar a contestar, quiero llamar la atención sobre algunos de los principales retos de los movimientos. Lo que planteas como pregunta tiene que ver con dos de ellos. He señalado en primer lugar que los movimientos tienen que dejar atrás el estadio propio de las contracumbres y de los foros. Me explico: las contracumbres y los foros son muy interesantes siempre y cuando antes existan movimientos sociales activos, pero existe un gravísimo riesgo de que acaben por sustituir a éstos. El futuro de los movimientos no se dirime en Porto Alegre, en Mumbai, en Florencia o en París: se dirime en el día a día en la ría de Huelva, y en tanto y en cuanto no tengamos conciencia de ello me parece que nos estaremos equivocando. El Foro Social Mundial de Porto Alegre es una instancia prescindible: no lo es, en cambio, la actividad de esa organización en la ría de Huelva.

Recuerdo que hace un par de años escuché en labios de un activista catalán algo que me parece que tenía mucho que ver con esto. Alguien elogió el éxito de la manifestación convocada en marzo de 2002 en el centro de Barcelona, que como recordarán convocó a más de 400.000 personas. Y este activista dijo: "A mí lo que me gustaría saber es dónde están estas 400.000 personas los 364 días restantes del año". Ése es el reto principal de los movimientos. Pongo otro ejemplo de lo mismo: mi universidad, la Autónoma de Madrid, tiene 28.000 alumnos matriculados. En noviembre de 2003 viajaron a París, para asistir a las sesiones del Foro Social Europeo, más de quinientos alumnos. Esto es un cambio notable: más de quinientos alumnos sobre 28.000 implica que hemos asistido a un saludable y drástico cambio. Pero, claro, la pregunta que debemos hacernos es: ¿qué huella ha dejado ese viaje en la universidad en la que esos alumnos estudian cotidianamente? Y la respuesta honesta es: ninguna.

La segunda de las cuestiones es la que propones: la del referente político. Me voy a limitar a responderte que en los movimientos hay tres grandes percepciones al respecto: hay gentes que consideran que las fuerzas políticas de la izquierda tradicional -cada cual que ponga el nombre que le parezca- configuran un canal suficiente y adecuado para sacar adelante las demandas. Hay otros que estiman que hay que crear fuerzas políticas de corte nuevo, más adaptadas a la filosofía, a las querencias y a las maneras de actuar de los movimientos. Y hay un tercer y último sector que creo que es -agregaré ahora un juicio de valor- afortunadamente mayoritario, que tiene una condición libertaria y que en estos momentos dice: nuestra tarea prioritaria consiste en engordar los movimientos, en acrecentar su dimensión de democracia de base antijerárquica y antiautoritaria; después ya discutiremos sobre el referente político. Permítanme que subraye que he etiquetado esta tercera posición como libertaria, y que he rehuido el adjetivo anarquista. ¿Por qué? Porque creo que las gentes que se emplazan en esa posición no lo hacen desde una percepción ideológica cercana a Bakunin o a Kropotkin: lo hacen en virtud de una percepción vivencial de lo que las jerarquías suponen en organizaciones teóricamente entregadas a la tarea de la emancipación.

El problema es, sin embargo, que esta cuestión del referente político empieza a exhibir cierta dimensión acuciante. ¿Por qué? Porque, al menos en lo que respecta a los foros sociales mundiales, a los cónclaves más vistosos, se está registrando en los últimos años el desembarco espectacular de los segmentos más lúcidos de la socialdemocracia. Estoy pensando en la figura del ex presidente portugués, y hoy nuevo candidato a la presidencia, Mário Soares en las calles de Porto Alegre. Este desembarco puede ser juzgado desde dos perspectivas diferentes, las dos legítimas. La primera vendría a decir: bienvenidos sean, toda vez que esta arribada significa que fuerzas políticas importantes que han venido de ejercer el gobierno en países relevantes se sienten atraídas por los mensajes de los movimientos. La otra lectura se mueve en un sentido muy diferente y sugiere que esas gentes se acercan a los movimientos porque intuyen que hay en éstos cierto potencial encaminado a acrecentar sus nichos electorales. Bueno, a mi entender, lo único que uno puede hacer hoy por hoy es poner los hechos sobre la mesa.

Creo que todos y todas saben lo que es la tasa Tobin. La tasa Tobin es una propuesta que reivindica el establecimiento de un pequeño impuesto que debe grabar las transacciones de carácter especulativo-financiero. La tasa en cuestión es cualquier cosa menos una propuesta revolucionaria: podría ser aceptada incluso por un gobierno conservador en la medida en que nadie dirá que está a favor de la especulación. ¡Qué llamativo es que ni una sola de esas fuerzas políticas socialdemócratas que ejercen el gobierno en los Estados miembros de la Unión Europea, o en unidades político-administrativas de rango inferior dentro de esta última, se haya atrevido a aplicar algo tan liviano como una tasa Tobin!

En estas condiciones me temo que debemos ser más exigentes con las fuerzas políticas tradicionales, algo que probablemente induce a profundizar en este debate sobre los referentes políticos, sin que yo me atreva a abandonar la tercera versión, la libertaria, y a romper ese cerco apostando con claridad por una activa intervención en política.

Soy estudiante y quisiera decirle algo acerca de lo que ha comentado antes sobre los foros sociales. Discrepo en cuanto a que no nos llevamos nada a casa. Hay un movimiento en la universidad, y a mí ya eso me parece una consecución. Lo que creo es que los foros sociales a escala mundial no son más que marcos globales que nos sirven como modelos para actuar localmente, por lo que no creo que un foro no sirve para nada. Por supuesto es imposible que haya un debate en un foro mundial, pero éste sí sirve de fórmula de intercambio para luego actuar a nivel local. En resumen, creo que un foro sí tiene repercusiones positivas.

No estoy diciendo que deban desaparecer los foros sociales mundiales, o los europeos. Mi idea es -como he dicho antes- que existe el peligro de que sustituyan a los movimientos. Si sólo tenemos foros sociales mundiales y no hay movimientos en la base, nos estamos equivocando, y nos estamos equivocando porque estamos repitiendo muchos de los procedimientos nefastos avalados por la izquierda tradicional. Dije antes que lo que es vital es que existan movimientos de base, para que desde ellos construyamos agrego ahora- los foros sociales mundiales, pero no al revés.

Tienes razón, por lo demás, en lo que respecta a lo que ocurre en la universidad. Siempre que hablo de estas cosas echo mano de dos ideas. La primera se traduce en un porcentaje imaginario que he inventado yo mismo: hace media docena de años sólo el 1% de mis alumnos eran gentes inquietas preocupadas por los problemas del planeta y decididas a cambiar las cosas. Hoy ese porcentaje es de un 4%. Uno puede acogerse legítimamente a la afirmación de que un 96% de desentendidos es una mayoría abrumadora. Pero no olvidemos de que hay una diferencia abismal entre un 1 y un 4%: multiplicar por cuatro las iniciativas de resistencia es modificar objetivamente el escenario previo e interrumpir una línea de descenso continuo que se prolongaba durante años. Antes he dicho que los jóvenes han recuperado, afortunadamente, el pulso de la contestación. Esto a menudo, en el discurso de mi generación, se expresa de manera equívoca: pareciera como si estuviéramos diciendo que, por fortuna, los jóvenes están empezando a aparecer en nuestras manifestaciones. No es así: los jóvenes están empezando a organizar sus manifestaciones y venturosamente somos nosotros los que hemos decidido acudir a ellas.

Recuerdo que, hace tal vez dos años, me invitaron a dar una charla en Cuéllar, en Segovia. Cuéllar es un pueblo de unos pocos miles de habitantes y la charla se desarrolló en un centro social autogestionado. No era en un local de CC.OO., de la UGT o de IU: era un local pagado por gentes jóvenes y no tan jóvenes que me contaron, por cierto, que en uno de los pueblecitos de los alrededores, de cerca de 400 habitantes, había un grupo antiglobalización llamado Carlo Giuliani, por el nombre del joven asesinado en Génova. Lo que quiero decir es que, ojo, no vaya a ser que lacerándonos como hacemos siempre, fustigándonos, no veamos que las cosas están empezando a modificarse. Por eso he dicho al principio que quien piense que soy pesimista se está equivocando. Soy pesimista en lo que respecta a la voluntad objetiva de modificar las relaciones que muestran el gobierno español, la Organización de Naciones Unidas o la Unión Europea, pero me parece que algo afortunadamente está cambiando en la base de nuestras sociedades y que el cambio, por cierto, es aún más radical en el Tercer Mundo.

No nos engañemos: el protagonismo efectivo de los movimientos antiglobalización no corresponde a esas gentes que se manifiestan en Barcelona, Florencia o París. Corresponden a redes que se van desarrollando en Argentina, Brasil, Perú, Bolivia, México, Tailandia o la India. Son movimientos sociales poderosos, activos, críticos y afortunadamente distanciados de las dos cosmovisiones que han marcado el derrotero de la izquierda en el mundo desarrollado del siglo XX: la socialdemocracia claudicante y el leninismo iluminado. Me parece que como balance de los últimos años es al menos un incentivo, si no para el entusiasmo, porque sería ingenuo, si al menos para la esperanza.

También digo que no hay que olvidar que los foros sociales están construidos en sus bases por foros locales, o sea, que todas las iniciativas a escala global están construidas por pequeñas iniciativas fabricadas a escala local.

No estoy seguro de que eso sea siempre así. Si uno examina el Foro Social Mundial de Porto Alegre descubre que la presencia de algunas cúpulas organizativas y de santones intelectuales empieza a copar los debates, con lo cual la iniciativa desde la base me temo que está empezando a verse sometida a cortapisas. Todo esto podría conducir a determinadas formas de ruptura con la base y a la aparición de nuevos estratos jerarquizados que funcionarían con arreglo a criterios individualizados y que tendrían poco que ver con los movimientos. Así que mantengamos los ojos bien abiertos.

¿Cometo un error si me alegro de que Bush no gane las elecciones? ¿Todos los políticos son iguales o realmente hay matices entre ellos?

Si lo ponemos en términos de matices no tendré mayor problema en aceptar que los hay. Pero, claro, el meollo de la cuestión es que se revelan preocupantes comunidades de proyectos. Lo diré de otra manera. El 30 de septiembre del año pasado, hace exactamente un año, se celebró un debate en televisión entre los entonces candidatos de los partidos Demócrata y Republicano a la presidencia de los Estados Unidos, George Bush hijo y John Kerry. El debate se dedicó en su integridad -se prolongo durante una hora y media- a discutir la política exterior del país. ¡Qué llamativo es que a lo largo de noventa minutos ninguno de los dos candidatos mencionase ninguno de los problemas del Tercer Mundo! El que cualquier persona sensata conviene reconocer como principal problema del planeta contemporáneo, la pobreza y el hambre, no apareció en los labios ni de Bush ni de Kerry.

Me temo que en esas condiciones cualquier idealización que apunte a eventuales cambios radicales vinculados con un eventual triunfo electoral de Kerry era simplemente ignorar la realidad, darle la espalda. Esto lo digo en el mismo plano que tengo que recordar que no ha sido George Bush el que ha impregnado de rasgos negativos la política exterior de los Estados Unidos. La mayoría de esos rasgos estaban presentes de antes. Fue Clinton el que optó por acrecentar espectacularmente el gasto militar en la segunda mitad de su segundo mandato presidencial; fue Clinton el que situó a los Estados Unidos en la posición de no suscribir el protocolo de Kyoto y no acatar la Justicia Penal Internacional; fue Clinton el que en 1992, -y esta declaración ha sido ha menudo olvidada- señaló que uno de sus mayores compromisos era anular el vigor de aquellas resoluciones del Consejo de Seguridad que hablaban de Gaza y de Cisjordania como territorios palestinos... Fue Clinton, en fin, quien, merced a un embargo macabro, se convirtió en el responsable de la muerte de más civiles iraquíes -sin que mediase conflicto bélico alguno- que los generados por la operación militar liderada por su sucesor.

En esas condiciones, y como quiera que el discurso bien pensante sugiere que hay diferencias sustanciales entre unos y otros, creo que es más fructífero seguir un camino distinto y aceptar, eso sí, que hay diferentes matices, pero que en el fondo se revelan semejanzas que invitan a la sospecha. Cuando alguien llega a presidente de los Estados Unidos es que tiene ya el beneplácito de esas gigantescas empresas transnacionales a las que antes me he referido.

Yo comparto esa esperanza que el profesor Carlos Taibo manifestaba sobre el protagonismo de los movimientos juveniles. Es en esa juventud en la que ponemos esa mirada esperanzada. Pero me está alarmando el papel de las multinacionales para justamente controlar los procesos educativos de esa juventud. Ayer aquí se citaban varias empresas, por ejemplo, Monsanto o Mc Donald. Pero lo están haciendo también otras multinacionales que nos invaden permanentemente, y yo me pregunto: ¿por qué ese intento por parte de las multinacionales de hacer ese esfuerzo, del que supongo esperan una ganancia? ¿Por qué están haciendo un esfuerzo por crear proyectos educativos y desbancar a las escuelas públicas de esa tarea? Lo cual no me hace ignorar el carácter mixtificador de la escuela pública: hay que tener también sospechas sobre la función de la escuela pública en el sistema educativo. ¿No estará reproduciendo un orden social desigual?. Pero lo me inquieta aún más es lo de antes: ¿por qué ahora las empresas, las grandes multinacionales, se están ocupando de ese renacer en la juventud?

Lo primero es el hecho de que hay cierta preocupación en las instancias oficiales en lo que respecta a la aparición de fórmulas de contestación que son más imaginativas y más vigorosas que las del pasado. He dicho antes que una de las razones que explica el nacimiento de los movimientos es el endurecimiento planetario en las condiciones del trabajo asalariado. Agregaré ahora, que como quiera que, por desgracia, buena parte de llos sindicatos que históricamente se ocupaban de estas cuestiones han renunciado a sus obligaciones, han sido los movimientos los que han tomado, en muchos lugares, la tarea de la contestación de ese endurecimiento. Lo digo porque una de las críticas que comúnmente se formula contra los movimientos en el Norte desarrollado es la que viene a decir que los protagonizan jóvenes que tienen todas sus necesidades plenamente satisfechas, de tal manera que se limitan a mostrar una mala conciencia pasajera y luego abandonan cualquier tipo de compromiso. Sin descartar que algo de esto esté ocurriendo en muchos lugares, creo que de aceptar el argumento tal cual estaríamos olvidando que muchos de esos jóvenes padecen ese endurecimiento planetario de las condiciones de trabajo asalariado que se manifiesta en salarios cada vez más bajos, jornadas laborales cada vez más prolongadas, derechos sociales en retroceso y precariedad por todas partes. Es a todo esto, precisamente, a lo que los movimientos intentan dar réplica.

En segundo lugar, me parece evidente que desde los sistemas que padecemos hay un intento encaminado a poner en vereda los sistemas educativos, como tú dices, con la vista puesta en arrinconar la emergencia de proyectos alternativos. Esta dimensión, no sé si calificarla subterránea, se manifiesta, por cierto, a través del proceso europeo de conversión, que en efecto tiene su principal bastión -y no hay ninguna sorpresa en esto- en una masiva privatización, orientada a sacar cada vez más dinero a la gente y a obligar a pasar por tamices de control cada vez más severos. No sé si esto guarda alguna relación con esa plataforma cívica por Europa que promovió el tratado constitucional durante los primeros meses de este año, y que estaba financiado por empresas filantrópicas como La Caixa, Telefónica, Unión FENOSA y otras del mismo cariz...

Tercera y última dimensión: otro de los datos que hacen pensar que los movimientos producen algún daño es la represión que se ejerce sobre ellos. Si fuesen totalmente inanes, el sistema no necesitaría recurrir a fórmulas de represión que cada vez son más eficientes.

Ojo, aun así: la tesis general que estamos manejando no invita tampoco a lanzar las campanas al vuelo. Mi conclusión no es "tenemos movimientos tan creativos y tan poderosos que el sistema está obligado permanentemente a cargar contra ellos con todos los instrumentos a su alcance". ¡Ojalá fuera así! Pero, en cualquier caso, creo que hay indicadores que invitan a arribar a la conclusión que si, en efecto, el sistema se mueve con tanta urgencia y tanta energía para dar réplica a estas demandas es que algo lo estamos haciendo bien. En algún momento he señalado que la globalización capitalista en curso sólo ha tenido un efecto saludable y ha sido precisamente el de contribuir a forjar movimientos cada vez más firmemente decididos a darle réplica en todas sus dimensiones.

Con respecto a tu pregunta, mi respuesta depende de cuáles sean los ejemplos que elijamos como materia de reflexión. Creo que se emplaza más en la clave de la pregunta inicial sobre lo que es el desarrollo sostenible: el sistema, que no es tonto, mueve sus hilos de tal manera que asume determinados principios que emergen de la contestación y pretende generar la impresión de que está resolviendo sus elementos negativos. Claro, cuando hay un espacio ecológico en la televisión pública que está financiado por Repsol, uno tiene que preguntarse qué habrá hecho mal Repsol para necesitar un lavado de imagen de la mano de alguna proyección sobre una u otra tarea saludable. Lo mimso ocurre con la desaparición de las subvenciones a los productos agrícolas de la Unión Europea: está bien que desaparezcan y que no se trampee con estas cosas, como está mal que al mismo tiempo que se dice que se está con el libre comercio se mantengan sistemas de protección muy poderosos. Pero me temo que éste no es el problema principal del momento: aunque desapareciesen los obstáculos al libre comercio, las desigualdades pervivirían.

Vaya otro ejemplo: el de esa noticia recurrente que subraya que los mandamases del planeta están constantemente cancelando la deuda externa. La primera pregunta que hay que formular es: ¿por qué se repite la fórmula, si han cancelado ya la deuda? ¿Por qué cada seis meses anuncian de nuevo que la están cancelando? Claro, lo que no se nos dice es que lo que cancelan son determinados tramos de deudas contraídas con instituciones financieras internacionales y con Estados, que configuran una parte ínfima de la deuda externa, y que ello se hace a cambio de medidas que de nuevo se asientan en la liberalización comercial, en la desaparición de las trabas, en proyectos encaminados a sanear las economías para que entren los capitales foráneos, algo que implica siempre la desaparición de servicios públicos y el deterioro de la sanidad y la educación, con lo cual, una vez que nos han contado que algo aparentemente modifica las reglas del juego del sistema, el efecto final es la ratificación de las mismas reglas de juego de ese sistema.

Por eso sospecho que demandar medidas más radicales es poner bien a las claras hasta dónde están dispuestas a llegar determinadas gentes que dicen estar claramente comprometidas con la justicia en el planeta. Más allá de eso me temo que este tipo de propuestas puede que resuelvan algunos problemas y permitan encarar situaciones de pobreza extrema, pero al final ya sabemos en que ha quedado todo esto. La cuestión tiene mucho que ver con uno de los motivos que argumenté a la hora de explicar por qué surgen movimientos nuevos. Hablé del designio de hacer frente a la imagen negativa que tantas organizaciones no gubernamentales han dejado. Lo diré de otra manera: las organizaciones no gubernamentales no son algo nuevo. Existen, si así se quiere, desde que en 1863 fue fundada la Cruz Roja. Lo que ocurre es que su entronización mediática, su conversión en un objeto de reflexión pública, data de quince años atrás: se verificó a caballo de los decenios de 1980-1990, probablemente en cierta relación con el hundimiento de los sistemas de tipo soviético. Frente al estatalismo abrasivo de esos sistemas, pasamos a defender, con un criterio muy respetable, la autoorganización de la sociedad civil al margen de los Estados y de sus redes. Pero el balance de los quince últimos años me van a permitir que lo califique de desolador. Ya sé que hay excepciones y que lo que digo es una generalización abusiva, pero no deja de ser llamativo que la abrumadora mayoría de las organizaciones que se autotitulan no gubernamentales dependan de los presupuestos públicos y que en muchos casos, en sus cúpulas, se hayan generado auténticas castas funcionariales más preocupadas por mantener sus puestos de trabajo que por atender a las poblaciones que son los teóricos beneficiarios de los servicios que dispensan. Debo agregar, eso sí, que los movimientos no están libres de incurrir en estos pecados.

Quisiera que explicara este análisis, no tanto en lo que se refiere a la sociedad civil organizada, como a la sociedad a secas: mi suegra o mi vecino, porque yo percibo miedo cuando se habla de necesidades generales o del tema de la huella ecológica. Percibo miedo a perder el trabajo o miedo a que no entre dinero. Entonces la pregunta es: cómo hacer llegar ese análisis a la gente común, que al fin y al cabo es la gran mayoría, porque en la sociedad civil organizada somos muy pocos. ¿Cómo enviar un mensaje más positivo? o ¿cómo hacer que ese discurso aterrice sin generar miedo?

Honestamente no lo sé, si bien es cierto lo que he dicho antes -hoy somos el 4% y antes éramos el 1%-- implica que, pese al problema que mencionas, los mensajes van calando. Esto es al menos lo que reflejan las encuestas en el terreno de la solución teórica de los problemas del planeta contemporáneo: reflejan que la mayoría de los ciudadanos es consciente, o al menos se declara tal, de esos problemas. Pero llevas razón en que aquí hay un paso más que dar: el de modificar los hábitos conforme al diagnóstico previo.

No sé si depositar una esperanza excesiva en los ciudadanos. Esto me recuerda un debate que tuve en el mes de junio con un portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores. En un momento determinado el debate se deslizó en una discusión sobre por qué en Francia la mayoría de los ciudadanos había rechazado el tratado constitucional de la Unión Europea, y el portavoz en cuestión, que no era tonto, vino a afirmar que los franceses que habían votado "no", lo que reflejaban era el miedo, la zozobra y cierta incomprensión de la historia reciente de lo que suponía la Unión Europea. Mi réplica señaló que esa manera de ver las cosas parte de la existencia de un canon de normalidad y considera que todo aquello que no está en el canon es un comportamiento patológico. Y, sin embargo, tengo la certeza de que muchos ciudadanos franceses, lejos de reflejar miedo, lo que tuvieron fue la valentía de rechazar un tratado constitucional que generaba muchas dudas, ya no sobre transformaciones revolucionarias; sino sobre el propio horizonte de un Estado que interviene activamente en la economía. Empezaron a preguntarse si detrás de la Unión Europea no había otro tipo de procesos que invitaban a recelar de que la historia de ésta fuese un progreso permanente camino de la prosperidad y del derecho. Se empezaron a preguntar, también, si tiene sentido seguir hablando de un modelo de capitalismo social europeo, ignorando que veinte años de políticas neoliberales han dado al traste con muchas de sus señales de identidad en provecho de una homologación con el patrón norteamericano de la competición más feroz.

Por eso digo que, tal vez, concluir que la mayoría de los ciudadanos tienen miedo en lo que respecta a lo que podría ocurrir de abrirse camino proyectos alternativos, es suponer que tenemos delante un dato negativo que a lo mejor los hechos desmienten. Cuando esos proyectos alternativos empiecen a cobrar cuerpo puede cambiar esa percepción negativa. Pero, claro, hay que poner en marcha esos proyectos y para ello precisamos de la participación de nuestros conciudadanos. Intuyo, sin embargo, que también la percepción colectiva de estos problemas, pese a la consolidación salvaje del consumo, está cambiando y se está asentando la idea de que el crecimiento económico a costa del planeta es por definición una locura.

   

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