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Carlos Taibo es un
renombrado autor y analista político español. Es autor de una quincena de libros, en su
mayoría relativos a las transiciones en la Europa central y oriental
contemporánea.
"No nos engañemos: el protagonismo efectivo de los
movimientos antiglobalización no corresponde a esas gentes que se
manifiestan en Barcelona, Florencia o París. Corresponden a redes que
se van desarrollando en Argentina, Brasil, Perú, Bolivia, México,
Tailandia o la India. Son movimientos sociales poderosos, activos,
críticos y afortunadamente distanciados de las dos cosmovisiones que
han marcado el derrotero de la izquierda en el mundo desarrollado del
siglo XX: la socialdemocracia claudicante y el leninismo iluminado" |
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Sección de debate
realizada en el
III Congreso Internacional de Educación Ambiental
el 29 de septiembre de 2005, en Granada |
En el proceso de camuflaje del capitalismo moderno creo que
el concepto de desarrollo sostenible no puede ser visto como un sustituto
del concepto de globalización. Pero ¿qué pasa en el terreno de lo ambiental
y de las políticas ambientales?
Esa es una crítica que ha recibido ese concepto
prácticamente desde que nació. Nadie diría que está en contra de la
sostenibilidad, con lo cual hay un impulso casi biológico encaminado a
colocar el adjetivo correspondiente detrás de algún sustantivo. Si el
sustantivo correspondiente es, además, desarrollo, estamos creando lazos muy
cuestionables. Me parece servida la conclusión de que el término en sí
presenta una utilidad dudosa o, en su defecto, de que uno está obligado a
definir lo que entiende por sostenibilidad, para de esta manera recuperar la
prestancia inicial del concepto, porque de lo contrario corre algún riesgo
de utilización desde la lógica del sistema.
Son muchos los informes del Fondo Monetario y el Banco
Mundial que hablan de desarrollo sostenible. Eso quiere decir que, como en
tantos otros casos, algo que nació con una vocación contestataria legítima
se ha ido escapando de las manos de quienes, con otras perspectivas,
decidieron acuñar el término correspondiente. Y ojo que no creo que esto sea
una virtud. Pienso ahora en lo que se dice de algunos de los aparentes
éxitos de los movimientos antiglobalización, como el de haber conseguido que
significativos portavoces del Banco Mundial hayan realizado una crítica, más
o menos radical, de los programas de ajuste. Aunque en una primera lectura
es un avance, claro, los movimientos tienen que insistir en que se de un
paso más, de tal forma que esos programas de ajuste sean sustituidos por
procedimientos muy distintos. Pero, como por desgracia, esto no está
ocurriendo, uno está obligado llegar a la conclusión, que se puede apreciar
en tu pregunta, de que debemos prestarle mucha atención a esa usurpación de
determinadas terminologías teóricamente alternativas por parte de las
instituciones sociales.
Volviendo a los movimientos sociales, conozco a uno que está
muy activo en Huelva, el movimiento de la ría de Huelva, que se opone a que
todo el polo industrial siga. Ahí están desde el colegio de arquitectos y
las asociaciones de vecinos hasta los movimientos ecologistas; lo que
quieren es que se desmantele poco a poco el polo químico y esa área se vaya
ganando como espacio urbano. En un momento dado ese movimiento social
convocó a 30.000 personas, Huelva tiene cerca de 150.000
habitantes, por lo cual 30.000 adultos suponen ocho o
nueve concejales en el ayuntamiento. ¿Cómo ves de que un movimiento social
se meta en política?
Antes de pasar a contestar, quiero llamar la atención sobre
algunos de los principales retos de los movimientos. Lo que planteas como
pregunta tiene que ver con dos de ellos. He señalado en primer lugar que los
movimientos tienen que dejar atrás el estadio propio de las contracumbres y
de los foros. Me explico: las contracumbres y los foros son muy interesantes
siempre y cuando antes existan movimientos sociales activos, pero
existe un gravísimo riesgo de que acaben por sustituir a éstos. El futuro de
los movimientos no se dirime en Porto Alegre, en Mumbai, en Florencia o en
París: se dirime en el día a día en la ría de Huelva, y en tanto y en cuanto
no tengamos conciencia de ello me parece que nos estaremos equivocando. El
Foro Social Mundial de Porto Alegre es una instancia prescindible: no lo es,
en cambio, la actividad de esa organización en la ría de Huelva.
Recuerdo que hace un par de años escuché en labios de un
activista catalán algo que me parece que tenía mucho que ver con esto.
Alguien elogió el éxito de la manifestación convocada en marzo de 2002 en el
centro de Barcelona, que como recordarán convocó a más de 400.000 personas.
Y este activista dijo: "A mí lo que me gustaría saber es dónde están estas
400.000 personas los 364 días restantes del año". Ése es el reto principal
de los movimientos. Pongo otro ejemplo de lo mismo: mi universidad, la
Autónoma de Madrid, tiene 28.000 alumnos matriculados. En noviembre de 2003
viajaron a París, para asistir a las sesiones del Foro Social Europeo, más
de quinientos alumnos. Esto es un cambio notable: más de quinientos alumnos
sobre 28.000 implica que hemos asistido a un saludable y drástico cambio.
Pero, claro, la pregunta que debemos hacernos es: ¿qué huella ha dejado ese
viaje en la universidad en la que esos alumnos estudian cotidianamente? Y la
respuesta honesta es: ninguna.
La segunda de las cuestiones es la que propones: la del
referente político. Me voy a limitar a responderte que en los movimientos
hay tres grandes percepciones al respecto: hay gentes que consideran que las
fuerzas políticas de la izquierda tradicional -cada cual que ponga el nombre
que le parezca- configuran un canal suficiente y adecuado para sacar
adelante las demandas. Hay otros que estiman que hay que crear fuerzas
políticas de corte nuevo, más adaptadas a la filosofía, a las querencias y a
las maneras de actuar de los movimientos. Y hay un tercer y último sector
que creo que es -agregaré ahora un juicio de valor- afortunadamente
mayoritario, que tiene una condición libertaria y que en estos momentos
dice: nuestra tarea prioritaria consiste en engordar los movimientos, en
acrecentar su dimensión de democracia de base antijerárquica y
antiautoritaria; después ya discutiremos sobre el referente político.
Permítanme que subraye que he etiquetado esta tercera posición como
libertaria, y que he rehuido el adjetivo anarquista. ¿Por qué? Porque creo
que las gentes que se emplazan en esa posición no lo hacen desde una
percepción ideológica cercana a Bakunin o a Kropotkin: lo hacen en virtud de
una percepción vivencial de lo que las jerarquías suponen en organizaciones
teóricamente entregadas a la tarea de la emancipación.
El problema es, sin embargo, que esta cuestión del referente
político empieza a exhibir cierta dimensión acuciante. ¿Por qué? Porque, al
menos en lo que respecta a los foros sociales mundiales, a los cónclaves más
vistosos, se está registrando en los últimos años el desembarco espectacular
de los segmentos más lúcidos de la socialdemocracia. Estoy pensando en la
figura del ex presidente portugués, y hoy nuevo candidato a la presidencia,
Mário Soares en las calles de Porto Alegre. Este desembarco puede ser
juzgado desde dos perspectivas diferentes, las dos legítimas. La primera
vendría a decir: bienvenidos sean, toda vez que esta arribada significa que
fuerzas políticas importantes que han venido de ejercer el gobierno en
países relevantes se sienten atraídas por los mensajes de los movimientos.
La otra lectura se mueve en un sentido muy diferente y sugiere que esas
gentes se acercan a los movimientos porque intuyen que hay en éstos cierto
potencial encaminado a acrecentar sus nichos electorales. Bueno, a mi
entender, lo único que uno puede hacer hoy por hoy es poner los hechos sobre
la mesa.
Creo que todos y todas saben lo que es la tasa Tobin. La
tasa Tobin es una propuesta que reivindica el establecimiento de un pequeño
impuesto que debe grabar las transacciones de carácter
especulativo-financiero. La tasa en cuestión es cualquier cosa menos una
propuesta revolucionaria: podría ser aceptada incluso por un gobierno
conservador en la medida en que nadie dirá que está a favor de la
especulación. ¡Qué llamativo es que ni una sola de esas fuerzas políticas
socialdemócratas que ejercen el gobierno en los Estados miembros de la Unión
Europea, o en unidades político-administrativas de rango inferior dentro de
esta última, se haya atrevido a aplicar algo tan liviano como una tasa Tobin!
En estas condiciones me temo que debemos ser más exigentes
con las fuerzas políticas tradicionales, algo que probablemente induce a
profundizar en este debate sobre los referentes políticos, sin que yo me
atreva a abandonar la tercera versión, la libertaria, y a romper ese cerco
apostando con claridad por una activa intervención en política.
Soy estudiante y quisiera decirle algo acerca de lo que ha
comentado antes sobre los foros sociales. Discrepo en cuanto a que no nos
llevamos nada a casa. Hay un movimiento en la universidad, y a mí ya eso me
parece una consecución. Lo que creo es que los foros sociales a escala
mundial no son más que marcos globales que nos sirven como modelos para
actuar localmente, por lo que no creo que un foro no sirve para nada. Por
supuesto es imposible que haya un debate en un foro mundial, pero éste sí
sirve de fórmula de intercambio para luego actuar a nivel local. En resumen,
creo que un foro sí tiene repercusiones positivas.
No estoy diciendo que deban desaparecer los foros sociales
mundiales, o los europeos. Mi idea es -como he dicho antes- que existe el
peligro de que sustituyan a los movimientos. Si sólo tenemos foros sociales
mundiales y no hay movimientos en la base, nos estamos equivocando, y nos
estamos equivocando porque estamos repitiendo muchos de los procedimientos
nefastos avalados por la izquierda tradicional. Dije antes que lo que es
vital es que existan movimientos de base, para que desde ellos construyamos
agrego ahora- los foros sociales mundiales, pero no al revés.
Tienes razón, por lo demás, en lo que respecta a lo que
ocurre en la universidad. Siempre que hablo de estas cosas echo mano de dos
ideas. La primera se traduce en un porcentaje imaginario que he inventado yo
mismo: hace media docena de años sólo el 1% de mis alumnos eran gentes
inquietas preocupadas por los problemas del planeta y decididas a cambiar
las cosas. Hoy ese porcentaje es de un 4%. Uno puede acogerse legítimamente
a la afirmación de que un 96% de desentendidos es una mayoría abrumadora.
Pero no olvidemos de que hay una diferencia abismal entre un 1 y un 4%:
multiplicar por cuatro las iniciativas de resistencia es modificar
objetivamente el escenario previo e interrumpir una línea de descenso
continuo que se prolongaba durante años. Antes he dicho que los jóvenes han
recuperado, afortunadamente, el pulso de la contestación. Esto a menudo, en
el discurso de mi generación, se expresa de manera equívoca: pareciera como
si estuviéramos diciendo que, por fortuna, los jóvenes están empezando a
aparecer en nuestras manifestaciones. No es así: los jóvenes están empezando
a organizar sus manifestaciones y venturosamente somos nosotros los que
hemos decidido acudir a ellas.
Recuerdo que, hace tal vez dos años, me invitaron a dar una
charla en Cuéllar, en Segovia. Cuéllar es un pueblo de unos pocos miles de
habitantes y la charla se desarrolló en un centro social autogestionado. No
era en un local de CC.OO., de la UGT o de IU: era un local pagado por gentes
jóvenes y no tan jóvenes que me contaron, por cierto, que en uno de los
pueblecitos de los alrededores, de cerca de 400 habitantes, había un grupo
antiglobalización llamado Carlo Giuliani, por el nombre del joven asesinado
en Génova. Lo que quiero decir es que, ojo, no vaya a ser que lacerándonos
como hacemos siempre, fustigándonos, no veamos que las cosas están empezando
a modificarse. Por eso he dicho al principio que quien piense que soy
pesimista se está equivocando. Soy pesimista en lo que respecta a la
voluntad objetiva de modificar las relaciones que muestran el gobierno
español, la Organización de Naciones Unidas o la Unión Europea, pero me
parece que algo afortunadamente está cambiando en la base de nuestras
sociedades y que el cambio, por cierto, es aún más radical en el Tercer
Mundo.
No nos engañemos: el protagonismo efectivo de los
movimientos antiglobalización no corresponde a esas gentes que se
manifiestan en Barcelona, Florencia o París. Corresponden a redes que se van
desarrollando en Argentina, Brasil, Perú, Bolivia, México, Tailandia o la
India. Son movimientos sociales poderosos, activos, críticos y
afortunadamente distanciados de las dos cosmovisiones que han marcado el
derrotero de la izquierda en el mundo desarrollado del siglo XX: la
socialdemocracia claudicante y el leninismo iluminado. Me parece que como
balance de los últimos años es al menos un incentivo, si no para el
entusiasmo, porque sería ingenuo, si al menos para la esperanza.
También digo que no hay que olvidar que los foros sociales
están construidos en sus bases por foros locales, o sea, que todas las
iniciativas a escala global están construidas por pequeñas iniciativas
fabricadas a escala local.
No estoy seguro de que eso sea siempre así. Si uno examina
el Foro Social Mundial de Porto Alegre descubre que la presencia de algunas
cúpulas organizativas y de santones intelectuales empieza a copar los
debates, con lo cual la iniciativa desde la base me temo que está empezando
a verse sometida a cortapisas. Todo esto podría conducir a determinadas
formas de ruptura con la base y a la aparición de nuevos estratos
jerarquizados que funcionarían con arreglo a criterios individualizados y
que tendrían poco que ver con los movimientos. Así que mantengamos los ojos
bien abiertos.
¿Cometo un error si me alegro de que Bush no gane las
elecciones? ¿Todos los políticos son iguales o realmente hay matices entre
ellos?
Si lo ponemos en términos de matices no tendré mayor
problema en aceptar que los hay. Pero, claro, el meollo de la cuestión es
que se revelan preocupantes comunidades de proyectos. Lo diré de otra
manera. El 30 de septiembre del año pasado, hace exactamente un año, se
celebró un debate en televisión entre los entonces candidatos de los
partidos Demócrata y Republicano a la presidencia de los Estados Unidos,
George Bush hijo y John Kerry. El debate se dedicó en su integridad -se
prolongo durante una hora y media- a discutir la política exterior del país.
¡Qué llamativo es que a lo largo de noventa minutos ninguno de los dos
candidatos mencionase ninguno de los problemas del Tercer Mundo! El que
cualquier persona sensata conviene reconocer como principal problema del
planeta contemporáneo, la pobreza y el hambre, no apareció en los labios ni
de Bush ni de Kerry.
Me temo que en esas condiciones cualquier idealización que
apunte a eventuales cambios radicales vinculados con un eventual triunfo
electoral de Kerry era simplemente ignorar la realidad, darle la espalda.
Esto lo digo en el mismo plano que tengo que recordar que no ha sido George
Bush el que ha impregnado de rasgos negativos la política exterior de los
Estados Unidos. La mayoría de esos rasgos estaban presentes de antes. Fue
Clinton el que optó por acrecentar espectacularmente el gasto militar en la
segunda mitad de su segundo mandato presidencial; fue Clinton el que situó a
los Estados Unidos en la posición de no suscribir el protocolo de Kyoto y no
acatar la Justicia Penal Internacional; fue Clinton el que en 1992, -y esta
declaración ha sido ha menudo olvidada- señaló que uno de sus mayores
compromisos era anular el vigor de aquellas resoluciones del Consejo de
Seguridad que hablaban de Gaza y de Cisjordania como territorios
palestinos... Fue Clinton, en fin, quien, merced a un embargo macabro, se
convirtió en el responsable de la muerte de más civiles iraquíes -sin que
mediase conflicto bélico alguno- que los generados por la operación militar
liderada por su sucesor.
En esas condiciones, y como quiera que el discurso bien
pensante sugiere que hay diferencias sustanciales entre unos y otros, creo
que es más fructífero seguir un camino distinto y aceptar, eso sí, que hay
diferentes matices, pero que en el fondo se revelan semejanzas que invitan a
la sospecha. Cuando alguien llega a presidente de los Estados Unidos es que
tiene ya el beneplácito de esas gigantescas empresas transnacionales a las
que antes me he referido.
Yo comparto esa esperanza que el profesor Carlos Taibo
manifestaba sobre el protagonismo de los movimientos juveniles. Es en esa
juventud en la que ponemos esa mirada esperanzada. Pero me está alarmando el
papel de las multinacionales para justamente controlar los procesos
educativos de esa juventud. Ayer aquí se citaban varias empresas, por
ejemplo, Monsanto o Mc Donald. Pero lo están haciendo también otras
multinacionales que nos invaden permanentemente, y yo me pregunto: ¿por qué
ese intento por parte de las multinacionales de hacer ese esfuerzo, del que
supongo esperan una ganancia? ¿Por qué están haciendo un esfuerzo por crear
proyectos educativos y desbancar a las escuelas públicas de esa tarea? Lo
cual no me hace ignorar el carácter mixtificador de la escuela pública: hay
que tener también sospechas sobre la función de la escuela pública en el
sistema educativo. ¿No estará reproduciendo un orden social desigual?. Pero
lo me inquieta aún más es lo de antes: ¿por qué ahora las empresas, las
grandes multinacionales, se están ocupando de ese renacer en la juventud?
Lo primero es el hecho de que hay cierta preocupación en las
instancias oficiales en lo que respecta a la aparición de fórmulas de
contestación que son más imaginativas y más vigorosas que las del pasado. He
dicho antes que una de las razones que explica el nacimiento de los
movimientos es el endurecimiento planetario en las condiciones del trabajo
asalariado. Agregaré ahora, que como quiera que, por desgracia, buena parte
de llos sindicatos que históricamente se ocupaban de estas cuestiones han
renunciado a sus obligaciones, han sido los movimientos los que han tomado,
en muchos lugares, la tarea de la contestación de ese endurecimiento. Lo
digo porque una de las críticas que comúnmente se formula contra los
movimientos en el Norte desarrollado es la que viene a decir que los
protagonizan jóvenes que tienen todas sus necesidades plenamente
satisfechas, de tal manera que se limitan a mostrar una mala conciencia
pasajera y luego abandonan cualquier tipo de compromiso. Sin descartar que
algo de esto esté ocurriendo en muchos lugares, creo que de aceptar el
argumento tal cual estaríamos olvidando que muchos de esos jóvenes padecen
ese endurecimiento planetario de las condiciones de trabajo asalariado que
se manifiesta en salarios cada vez más bajos, jornadas laborales cada vez
más prolongadas, derechos sociales en retroceso y precariedad por todas
partes. Es a todo esto, precisamente, a lo que los movimientos intentan dar
réplica.
En segundo lugar, me parece evidente que desde los sistemas
que padecemos hay un intento encaminado a poner en vereda los sistemas
educativos, como tú dices, con la vista puesta en arrinconar la emergencia
de proyectos alternativos. Esta dimensión, no sé si calificarla subterránea,
se manifiesta, por cierto, a través del proceso europeo de conversión, que
en efecto tiene su principal bastión -y no hay ninguna sorpresa en esto- en
una masiva privatización, orientada a sacar cada vez más dinero a la gente y
a obligar a pasar por tamices de control cada vez más severos. No sé si esto
guarda alguna relación con esa plataforma cívica por Europa que promovió el
tratado constitucional durante los primeros meses de este año, y que estaba
financiado por empresas filantrópicas como La Caixa, Telefónica, Unión
FENOSA y otras del mismo cariz...
Tercera y última dimensión: otro de los datos que hacen
pensar que los movimientos producen algún daño es la represión que se ejerce
sobre ellos. Si fuesen totalmente inanes, el sistema no necesitaría recurrir
a fórmulas de represión que cada vez son más eficientes.
Ojo, aun así: la tesis general que estamos manejando no
invita tampoco a lanzar las campanas al vuelo. Mi conclusión no es "tenemos
movimientos tan creativos y tan poderosos que el sistema está obligado
permanentemente a cargar contra ellos con todos los instrumentos a su
alcance". ¡Ojalá fuera así! Pero, en cualquier caso, creo que hay
indicadores que invitan a arribar a la conclusión que si, en efecto, el
sistema se mueve con tanta urgencia y tanta energía para dar réplica a estas
demandas es que algo lo estamos haciendo bien. En algún momento he señalado
que la globalización capitalista en curso sólo ha tenido un efecto saludable
y ha sido precisamente el de contribuir a forjar movimientos cada vez más
firmemente decididos a darle réplica en todas sus dimensiones.
Con respecto a tu pregunta, mi respuesta depende de cuáles
sean los ejemplos que elijamos como materia de reflexión. Creo que se
emplaza más en la clave de la pregunta inicial sobre lo que es el desarrollo
sostenible: el sistema, que no es tonto, mueve sus hilos de tal manera que
asume determinados principios que emergen de la contestación y pretende
generar la impresión de que está resolviendo sus elementos negativos. Claro,
cuando hay un espacio ecológico en la televisión pública que está financiado
por Repsol, uno tiene que preguntarse qué habrá hecho mal Repsol para
necesitar un lavado de imagen de la mano de alguna proyección sobre una u
otra tarea saludable. Lo mimso ocurre con la desaparición de las
subvenciones a los productos agrícolas de la Unión Europea: está bien que
desaparezcan y que no se trampee con estas cosas, como está mal que al mismo
tiempo que se dice que se está con el libre comercio se mantengan sistemas
de protección muy poderosos. Pero me temo que éste no es el problema
principal del momento: aunque desapareciesen los obstáculos al libre
comercio, las desigualdades pervivirían.
Vaya otro ejemplo: el de esa noticia recurrente que subraya
que los mandamases del planeta están constantemente cancelando la deuda
externa. La primera pregunta que hay que formular es: ¿por qué se repite la
fórmula, si han cancelado ya la deuda? ¿Por qué cada seis meses anuncian de
nuevo que la están cancelando? Claro, lo que no se nos dice es que lo que
cancelan son determinados tramos de deudas contraídas con instituciones
financieras internacionales y con Estados, que configuran una parte ínfima
de la deuda externa, y que ello se hace a cambio de medidas que de nuevo se
asientan en la liberalización comercial, en la desaparición de las trabas,
en proyectos encaminados a sanear las economías para que entren los
capitales foráneos, algo que implica siempre la desaparición de servicios
públicos y el deterioro de la sanidad y la educación, con lo cual, una vez
que nos han contado que algo aparentemente modifica las reglas del juego del
sistema, el efecto final es la ratificación de las mismas reglas de juego de
ese sistema.
Por eso sospecho que demandar medidas más radicales es poner
bien a las claras hasta dónde están dispuestas a llegar determinadas gentes
que dicen estar claramente comprometidas con la justicia en el planeta. Más
allá de eso me temo que este tipo de propuestas puede que resuelvan algunos
problemas y permitan encarar situaciones de pobreza extrema, pero al final
ya sabemos en que ha quedado todo esto. La cuestión tiene mucho que ver con
uno de los motivos que argumenté a la hora de explicar por qué surgen
movimientos nuevos. Hablé del designio de hacer frente a la imagen negativa
que tantas organizaciones no gubernamentales han dejado. Lo diré de otra
manera: las organizaciones no gubernamentales no son algo nuevo. Existen, si
así se quiere, desde que en 1863 fue fundada la Cruz Roja. Lo que ocurre es
que su entronización mediática, su conversión en un objeto de reflexión
pública, data de quince años atrás: se verificó a caballo de los decenios de
1980-1990, probablemente en cierta relación con el hundimiento de los
sistemas de tipo soviético. Frente al estatalismo abrasivo de esos sistemas,
pasamos a defender, con un criterio muy respetable, la autoorganización de
la sociedad civil al margen de los Estados y de sus redes. Pero el balance
de los quince últimos años me van a permitir que lo califique de desolador.
Ya sé que hay excepciones y que lo que digo es una generalización abusiva,
pero no deja de ser llamativo que la abrumadora mayoría de las
organizaciones que se autotitulan no gubernamentales dependan de los
presupuestos públicos y que en muchos casos, en sus cúpulas, se hayan
generado auténticas castas funcionariales más preocupadas por mantener sus
puestos de trabajo que por atender a las poblaciones que son los teóricos
beneficiarios de los servicios que dispensan. Debo agregar, eso sí, que los
movimientos no están libres de incurrir en estos pecados.
Quisiera que explicara este análisis, no tanto en lo que se
refiere a la sociedad civil organizada, como a la sociedad a secas: mi
suegra o mi vecino, porque yo percibo miedo cuando se habla de necesidades
generales o del tema de la huella ecológica. Percibo miedo a perder el
trabajo o miedo a que no entre dinero. Entonces la pregunta es: cómo hacer
llegar ese análisis a la gente común, que al fin y al cabo es la gran
mayoría, porque en la sociedad civil organizada somos muy pocos. ¿Cómo
enviar un mensaje más positivo? o ¿cómo hacer que ese discurso aterrice sin
generar miedo?
Honestamente no lo sé, si bien es cierto lo que he dicho
antes -hoy somos el 4% y antes éramos el 1%-- implica que, pese al problema
que mencionas, los mensajes van calando. Esto es al menos lo que reflejan
las encuestas en el terreno de la solución teórica de los problemas del
planeta contemporáneo: reflejan que la mayoría de los ciudadanos es
consciente, o al menos se declara tal, de esos problemas. Pero llevas razón
en que aquí hay un paso más que dar: el de modificar los hábitos conforme al
diagnóstico previo.
No sé si depositar una esperanza excesiva en los ciudadanos.
Esto me recuerda un debate que tuve en el mes de junio con un portavoz del
Ministerio de Asuntos Exteriores. En un momento determinado el debate se
deslizó en una discusión sobre por qué en Francia la mayoría de los
ciudadanos había rechazado el tratado constitucional de la Unión Europea, y
el portavoz en cuestión, que no era tonto, vino a afirmar que los franceses
que habían votado "no", lo que reflejaban era el miedo, la zozobra y cierta
incomprensión de la historia reciente de lo que suponía la Unión Europea. Mi
réplica señaló que esa manera de ver las cosas parte de la existencia de un
canon de normalidad y considera que todo aquello que no está en el canon es
un comportamiento patológico. Y, sin embargo, tengo la certeza de que muchos
ciudadanos franceses, lejos de reflejar miedo, lo que tuvieron fue la
valentía de rechazar un tratado constitucional que generaba muchas dudas, ya
no sobre transformaciones revolucionarias; sino sobre el propio horizonte de
un Estado que interviene activamente en la economía. Empezaron a preguntarse
si detrás de la Unión Europea no había otro tipo de procesos que invitaban a
recelar de que la historia de ésta fuese un progreso permanente camino de la
prosperidad y del derecho. Se empezaron a preguntar, también, si tiene
sentido seguir hablando de un modelo de capitalismo social europeo,
ignorando que veinte años de políticas neoliberales han dado al traste con
muchas de sus señales de identidad en provecho de una homologación con el
patrón norteamericano de la competición más feroz.
Por eso digo que, tal vez, concluir que la mayoría de los
ciudadanos tienen miedo en lo que respecta a lo que podría ocurrir de
abrirse camino proyectos alternativos, es suponer que tenemos delante un
dato negativo que a lo mejor los hechos desmienten. Cuando esos proyectos
alternativos empiecen a cobrar cuerpo puede cambiar esa percepción negativa.
Pero, claro, hay que poner en marcha esos proyectos y para ello precisamos
de la participación de nuestros conciudadanos. Intuyo, sin embargo, que
también la percepción colectiva de estos problemas, pese a la consolidación
salvaje del consumo, está cambiando y se está asentando la idea de que el
crecimiento económico a costa del planeta es por definición una locura.
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