Tomado del Instituto de Gobernabilidad de
Cataluña
Parte 2 / 3
II. Las apuestas de los conflictos socio-ambientales
Los conflictos socio-ambientales cristalizan una multitud de fenómenos, que
abarcan tanto la globalización de la ecología y la etnicidad, cuanto la
necesidad para el Estado de enfrentar la nueva dependencia frente al
petróleo, pasando por la integración de las políticas de los países
amazónicos. Por esta razón su estudio no puede llevar a un modelo de
resolución de conflictos mas tiene que ser reubicado en la perspectiva de la
gobernabilidad global. Se trata en particular de determinar las condiciones
para un tratamiento democrático y duradero, que implica in fine la
elaboración de un nuevo modelo de desarrollo sustentable a partir de
mecanismos de consulta y participación.
A. Lógicas racionales, alianzas y oposiciones
1. El nuevo papel de la sociedad civil
Tanto en Colombia como en Ecuador, la actividad petrolera está controlada
por lo que, siguiendo a Paul Little (1992), se puede llamar un “complejo
petro-militar”, conformado por las empresas (multinacionales y nacionales) y
las fuerzas armadas. En efecto, las multinacionales fueron desde temprano
asociadas con la actividad petrolera en América Latina, incluso tras la ola
de nacionalizaciones de las décadas 1960-1970. Incluso en el Ecuador, fue un
gobierno militar que nacionalizó la industria petrolera en 1972. Por lo
demás, la necesidad de protección física de las infraestructuras y el hecho
que la presencia de reservas de hidrocarburos coincida a menudo con zonas
estratégicas o de seguridad nacional para el Estado legitimaron, desde el
origen, la presencia de los militares en los sitios petrolíferos.
Frente a este complejo, los actores sociales se caracterizan por una fuerte
heterogeneidad y una gran diversidad de estrategias de acción. Ello se
explica principalmente por la heterogeneidad de la población amazónica desde
la colonización dirigida por el Estado en los años 1960. En aquella época,
las organizaciones campesinas fueron asociadas con los proyectos de
desarrollo impulsados por el Banco Mundial y la CEPAL, a través del Programa
de las Naciones Unidas por el Desarrollo (PNUD). A pesar de ello, no gozan
del mismo grado de reconocimiento que las organizaciones indígenas ante el
Estado, los organismos multilaterales y las ONGs transnacionales, en
particular desde que el tema de la reforma agraria pasó al segundo plano en
la agenda de los organismos internacionales, en beneficio de la defensa del
medio ambiente.
Quizá por esta razón, la influencia de la sociedad civil en la protección
del medio ambiente sigue siendo limitada. Cierto es que consiguió la
ampliación del debate sobre la Amazonía hacia los sectores diversos de la
sociedad política, así como cierta reorientación de las políticas públicas
ambiental y petrolera. No obstante, la respuesta del Estado ha sido en gran
parte reforzar la burocracia, sin que las entidades administrativas creadas
para la Amazonía dispusiesen del poder político ni tampoco de los recursos
técnicos y humanos necesarios. Así mismo, la presión de la sociedad civil
incitó a que el Estado resolviera ciertos problemas, como la delimitación de
territorios indígenas o la reparación de la contaminación en ciertas áreas
de actividad petrolera. Sin embargo, al parecer, la legalización de
territorios indígenas a favor de algunos grupos étnicos obedece más a una
estrategia política que a una acción coherente para resolver los problemas
relacionados con la colonización agraria e industrial o a la precariedad de
las condiciones de vida en la región.
Otro factor limitativo ha sido el carácter fragmentado del debate. Pues
bien, mientras tanto la información sobre la Amazonía seguirá siendo
subjetiva e imprecisa, seguirá siendo parte de un discurso teórico que
moviliza referentes globales pero no ayuda a la comprensión real de los
problemas. Por lo tanto, el tema seguirá siendo reservado a algunas elites y
no generará un interés suficiente como para entender lo que está pasando y
desembocar en propuestas por parte de los sectores interesados.
Pese a esos límites, se puede vislumbrar en la acción de organizaciones como
el FDA, el CDES, la OISE o Aso U´wa el esfuerzo más prometedor para ampliar
el debate irrupcionar al campo del poder, a través de la sociedad política.
Por un lado, el fortalecimiento de las organizaciones sociales de base,
permiten a las comunidades indígenas y campesinas pasar de la resistencia a
la participación, evolucionando así hacia la formación de un verdadero
movimiento social amazónico. Por el otro, esas organizaciones obligan a que
la sociedad política incluya el ecologismo y los derechos colectivos en la
agenda electoral. En fin, un tercer tipo de actores asume un papel
protagónico en este nuevo escenario, y es la “sociedad red” identificada por
Castells (2000). Se trata no sólo de las ONGs transnacionales, sino también
de los organismos internacionales que dan el “la” en el concierto regional,
a través de las normas de derecho internacional y de las ayudas publicas al
desarrollo. Pues bien, para institucionalizarse, estos cambios tienen que
ser asumidos por el Estado también.
2. El nuevo papel del Estado
La gobernabilidad hace referencia a las necesidades para cualquier sistema
de hacer frente a los cambios externos, impedir que los conflictos entre sus
miembros o partes provoquen rupturas, proveer los recursos necesarios a su
preservación y su bienestar y fijar los objetivos y diseñar las políticas
para lograrlos (Rosenau, 1993 : 3). Traducido en términos neoliberales, la
gobernabilidad evoca la capacidad de ver los eventos realizarse sin tener la
capacidad legal de decidir que se realicen, en un sistema donde los
gobiernos pueden distribuir los valores de manera autoritaria mientras que
la gobernabilidad puede distribuirlos de manera no autoritaria pero
equitativa. En este sentido, la gobernabilidad habría dejado de pertenecer
al estricto dominio del Estado para dividirse entre los dominios de las
colectividades locales y del sistema internacional. Es así como, a partir de
la distinción entre el funcionamiento del Estado, que consiste en fijar las
reglas, y aquel de la gobernabilidad, que consiste en usar el poder,
Czempiel (1993 : 250) pretende demostrar que cualquier conflicto en el «
sistema internacional » es un « sistema de gobernabilidad », en el cual cada
parte trata de inducir u obligar al otro a hacer algo que no hubiera hecho
de otra manera. De igual manera, según Rosenau, la gobernabilidad escapa al
dominio del Estado bajo el efecto conjunto de dinámicas centralizadoras y
descentralizadoras como la globalización de la economía, la multiplicación
de las demandas étnicas, el « estrechamiento » de las distancias políticas
por el uso de las nuevas tecnologías de información, etc.
No obstante, la idea que defendemos es precisamente que la gobernabilidad no
puede funcionar sino con la participación del Estado, según un modelo
político impulsado y administrado por los gobiernos de turno. En este
sentido, coincidimos con Dabène (1997 : 311) al entender la gobernabilidad
como un modo de gobierno, una manera de resolver problemas, susceptible de
ser aprehendida a varios niveles de análisis : el marco institucional en el
que se ejerce el poder político, el marco estatal en el que se elaboran las
políticas públicas, los actores del juego político, su manera de jugar y los
problemas a los que tienen que responder. Esta perspectiva coincide, por lo
que atañe al desarrollo sustentable, con aquella del Grupo de Lisboa (1993 :
107), según la cual la competitividad no puede ser el único principio que
orienta la acción del Estado y hace referencia a una « gobernabilidad global
» que descansa en mecanismos de cooperación para enfrentar los problemas de
la pobreza, el dualismo entre países ricos y pobres y la degradación del
medio ambiente. Eso nos lleva a considerar el papel del Estado desde una
perspectiva mucho más intervencionista que la que suelen adoptar los
teóricos del régimen internacional.
Desde la década de los 1990, las actividades hidrocarburíferas son
encuadradas por una legislación más estricta, en particular a través de la
obligación para las empresas de presentar estudios de impactos y planes de
manejo ambientales para obtener las licencias idóneas. Sin embargo, esos
cambios se topan todavía con una contradicción fundamental entre los
diferentes marcos legales, en la medida que el Estado considera las
actividades petroleras como actividades estratégicas, relegando en el
segundo plano los derechos colectivos que aseguran la protección de las
poblaciones indígenas y del medio ambiente. Además, las entidades estatales
en cargo de la protección del medio ambiente y de las poblaciones indígenas
siguen siendo sometidas a la poderosa influencia de los Ministerios de
Energía y Minas y carecen cruelmente de recursos, experiencia y estabilidad
institucional como para llevar a cabo una verdadera política de desarrollo
sustentable.
Sea lo que fuere, esos cambios muestran que el tema petrolero es de tal
complejidad que no puede ser disociado de las políticas públicas ambiental e
indigenista – en particular del problema territorial que ésta plantea. Es
allí todo el problema de definir un modelo de gobernabilidad al cual podrían
suscribirse los ciudadanos de Colombia y Ecuador. Más allá de las
divergencias políticas que separan el Estado y las empresas por un lado, las
ONGs y las organizaciones indígenas y campesinas por el otro, la explicación
remite a la vez a la crisis de legitimidad del Estado y a la incapacidad de
éste último en definir un tema central, alrededor del cual podrían
eventualmente desarrollarse las discusiones. Por otra parte, los actores
sociales y económicos son incapaces sustituirse al Estado en esta gestión.
En el estado actual de las relaciones de fuerza, las “disonancias” entre los
discursos (Rothman, 1997) los impiden escucharse, fuera de algunas
excepciones.
B. Cambio de modelo para un desarrollo sustentable
Hasta inicios de los años 1990, la ideología del desarrollo basado en la
industria petrolera obviaba los impactos socio-ambientales negativos
ocasionados por esta última. Sin embargo, el grado de conciencia de aquellos
impactos se incrementó a medida que se multiplicaban las organizaciones
ecologistas y los informes alarmistas en el ámbito internacional. En este
contexto, la multiplicación de los conflictos socio-ambientales puede
entenderse como cargadora de la voluntad de participación a la elaboración
de un nuevo modelo de desarrollo.
1. El contexto: globalización y dependencia
Al volverse productores medianos de petróleo, Ecuador y Colombia entraron a
una nueva forma de dependencia tecnológica y económica hacia los mercados
internacionales. Ello llevó a una aceleración de la liberalización y de la
desregulación del sector petrolero para atraer las inversiones directas
internacionales. Sin embargo, cabe subrayar que la desregulación de la
industria petrolera fue en realidad posterior al despegue observado en las
décadas de los 1970-1980, lo que significa que el Estado es tanto
responsable como las empresas multinacionales de los impactos
socio-ambientales observados en el área Téxaco, en Arauca o a lo largo del
oleoducto de los oleoductos Caño Limón - Coveñas y Lago Agrio – Esmeraldas.
Cierto es que el descubrimiento de importantes hallazgos petrolíferos
permitió a ambos países reducir su dependencia energética, pero fue para
liberarse de Caribdis y caer en Escila, en la medida que el uno y el otro
perdieron poco a poco el control de su política energética, para atraer a
nuevos inversionistas, e hicieron el gasto del “ajuste petrolero” (Campodónico,
1996).
En Ecuador, la crisis de gobernabilidad y la herencia del sistema político
nacional populista dieron lugar a un extraordinario desbarajuste de las
ganancias procedentes de la bonanza petrolera, cuyos efectos se hicieron
sentir con la baja de los precios del petróleo en los años 1980. Los
fantásticos ingresos del petróleo sirvieron ante todo a financiar a crédito
la modernización del país, hasta tal punto de traer la deuda externa a un
nivel inalcanzado durante la transición democrática. Colombia tan sólo
escapó círculo vicioso bonanza petrolera / endeudamiento endémico por que
los grandes descubrimientos hidrocarburíferos fueron posteriores a esta
caída de precios. No obstante, la apertura del oleoducto Caño Limón –
Coveñas fue una oportunidad para que las guerrillas (en particular el ELN)
encontraran nuevas fuentes de financiamiento.
Simultáneamente y al igual que otros países de la región, Ecuador y Colombia
fueron el teatro de la emergencia de poderosos movimientos indígenas, lo que
llevó a las reformas constitucionales de 1991 y 1998 y el reconocimiento del
carácter multicultural y pluri-étnico de ambas naciones. Más allá de su
dimensión identitaria, las organizaciones indígenas que irrupcionaron así en
el campo del poder traían consigo un “deseo de movimiento social”, (Le Bot,
1994), que encontró naturalmente un relevo en las alianzas estratégicas con
otros sectores de la sociedad civil, en particular las organizaciones
campesinas y ecologistas. A finales de los años 1980, convergieron hacia la
lógica del Estado, este último en búsqueda de interlocutores para restaurar
su dominio en las regiones periféricas de territorio nacional (Gros, 1996 y
2000). En fin, a medidas que se institucionalizaron, se liberaron de la
mediación de actores políticos y sociales exógenos, para hacer escuchar un
discurso indianista renovado, fundamentalmente ético (Fontaine, 08/2002 b).
Cierto es que el proceso social de reconocimiento de la identidad étnica fue
impulsado por un movimiento fragmentado, que agrupaba elementos disparatados
abarcando tanto la ideología revolucionaria y la teología de la liberación
cuanto el fundamentalismo indianista. No obstante, el aprendizaje de lo
político fue el hecho de un movimiento estructurado en la base, por
comunidades concientes de la necesidad de relacionar las problemáticas del
territorio, de la identidad y de la cultura con aquella de la participación.
De tal suerte que, ya al inicio de la década de los 1990, los movimientos
indígenas ecuatoriano y colombiano habían adquirido una madurez suficiente
como para obligar al Estado (enfrentado con la necesidad de reforzar su
legitimidad en las regiones periféricas) a reconocerlos como interlocutores
legítimos.
2. Las modalidades: convergencias sociales
En tercer lugar, observamos una convergencia de los movimientos indígenas
amazónicos con los movimientos ecologistas transnacionales, impulsados por
organizaciones e instituciones de países del Norte. En particular, la
protección del medio ambiente coincide cada vez más con la delimitación
legal de territorios indígenas, deseada por las organizaciones indígenas y
ecologistas. Es así como, en la década de los 1980, la etnicidad y la
ecología se impusieron como los nuevos paradigmas de la globalización, la
cual, desde luego, no suele más limitarse a un fenómeno económico. En
efecto, frente a decisiones de políticas públicas cada vez más sometidas a
los efectos de la globalización de la economía, esas organizaciones
aprovechan de la globalización de los intercambios culturales y políticos,
como para ocupar un espacio creciente en el campo del poder. Su acción
atestigua que los nuevos movimientos sociales se negan a subir pasivamente
la presión externa y pretenden devolver al Estado un papel activo en el
dominio del cambio político y económico, lo que no excluye una
instrumentalización por parte del mismo Estado.
Una de las grandes figuras de esta convergencia es encarnada por la COICA,
creada en 1984 y apoyada, desde su creación, por las redes ecologistas, para
interpelar los organismos multilaterales respecto de la política de
desarrollo sustentable en la región amazónica. Esta precoz
institucionalización, junto con la globalización de la Amazonía, tuvo su
calderón en la Cumbre de Río, en junio 1992, que entabló un cambio radical
en el tratamiento de la cuestión ambiental y del desarrollo sustentable. Así
mismo, dio una nueva resonancia a las reivindicaciones de las organizaciones
indígenas amazónicas, cuya forma más acabado se encuentra en el Diálogo
Tripartito asociando la OLADE, ARPEL y la COICA en torno a los problemas
relacionados con la explotación petrolera en territorios indígenas. Cierto
es que este programa auspiciado por el Banco Mundial es, sin lugar a duda,
parte de la estrategia de harmonización de las políticas públicas, que se
puede asimilar a una dimensión política de la globalización. Pero es también
la señal de una apertura de dicha estrategia hacia la toma en cuenta de los
intereses de las poblaciones indígenas afectadas por la actividad petrolera.
Queda que es más un ejercicio de acción comunicativa que una negociación
directa sobre las condiciones de la actividad petrolera en esos territorios.
En efecto, la COICA no pretende sustituirse a las organizaciones indígenas
locales, sino más bien hacer escuchar su voz por los organismos
multilaterales y los gobiernos a fin de obligar las empresas petroleras a
doblegarse a un acervo de reglas impuestas por el derecho internacional, al
primer rango de las cuales encontramos el derecho a la consulta previa,
inscrito en el Convenio 169 de la OIT.
En cuarto lugar, más allá del consenso pregonado en los foros
internacionales como la Cumbre de Río o el Diálogo Tripartito, el estudio de
las situaciones locales hace muestra de una gran disparidad en el
tratamiento reservado a los conflictos socio-ambientales en los años 1990.
Las modalidades de esos conflictos se reparten en un abanico de relaciones
que van desde la confrontación radical (caso U´wa versus Oxy) a la
colaboración entre las partes (caso Secoya versus OEPC), pasando por la
negociación de las condiciones de la actividad petrolera a largo plazo.
Semejante diversidad depende tanto de la situación particular de cada
comunidad cuanto del papel del Estado. Cuando este último se ubica al lado
de las empresas multinacionales, hasta oponerse (como en el caso FDA versus
Téxaco) a las demandas de las poblaciones afectadas, se olvida de su papel
de garante de la democracia y su deber de protección hacia los ciudadanos,
inscrito en la Constitución.
En este contexto, las ONGs ecologistas asumen crecientes responsabilidades
hacia las comunidades afectadas, aunque no gozan de la legitimidad necesaria
al tratamiento democrático de los conflictos socio-ambientales. Algunas se
dedican a un trabajo de información y asistencia, mientras que otras siguen
buscando transformar los conflictos en crisis, aprovechándose de la
confusión normativa, de la dificultad de acceso a la información y hasta de
la crisis de gobernabilidad, para incrementar su influencia respecto de las
organizaciones indígenas. Nosotros pensamos que las primeras víctimas de esa
“pedagogía de las catástrofes” son las poblaciones amazónicas, las cuales
necesitan más que se aclaren las reglas del juego que se polaricen las
respectivas posturas.
Las empresas petroleras no fueron las últimas en innovar en el ámbito de las
relaciones comunitarias, para paliar los vacíos jurídicos y limitar en la
medida de lo posible las fuentes de fricción que traban la marcha de los
negocios. Aquellas que solían tradicionalmente utilizar tácticas de
división, acentuando los mecanismos clientelares de redistribución de la
riqueza con afán de limitar los costos de gestión de esos conflictos, se
vieron obligadas a negociar acuerdos cada vez más precisos con las
organizaciones del segundo o tercer grado (que representan las comunidades
en el ámbito provincial o regional). No obstante, esa tendencia a la
privatización del indigenismo estatal y de la protección ambiental trae
consigo un riesgo de degradación de las condiciones de la gobernabilidad de
los conflictos socio-ambientales, sobre todo por que las relaciones
clientelares siguen siendo particularmente frecuentes en la región
amazónica.
La multiplicación de los conflictos socio-ambientales ha sido un factor
determinante en el cambio de las políticas públicas relacionadas con el
petróleo, los derechos colectivos y el manejo del medio ambiente. Ello fue
posible gracias al esfuerzo de los movimientos sociales amazónicos para
interpelar el Estado, recordándole que la democracia no se reduce a un
funcionamiento mecánico del sistema institucional, y que el desarrollo
tampoco se reduce a un funcionamiento instrumental de la economía. Ahora,
más allá de los conflictos socio-ambientales, lo que está en juego para
aquellos movimientos es llegar a convocar la sociedad civil alrededor de un
proyecto de desarrollo sustentable y crear las condiciones de un diálogo con
la sociedad política, lo que no suele confundirse con una voluntad de
generar consenso.
Conclusión: el criterio de racionalidad como herramienta de análisis
Para superar los límites que separan la resolución de conflictos y la
gobernabilidad, cabe definir un criterio que sea lo suficiente general como
para poder aplicarse a cualquier situación y lo suficiente preciso como para
constituir una eficiente herramienta de análisis. El mejor criterio es aquel
de la racionalidad, que permite identificar las lógicas de acción y
ubicarlas en los campos político, social, económico y ético. A diferencia de
los criterios de necesidades, intereses, apuestas, motivaciones o relaciones
de fuerzas, el criterio de racionalidad permite articular los elementos
estructurales estructurantes (valores, cultura, discursos, prácticas y
organización) con los procesos sociales como la articulación entre
solidaridad mecánica y orgánica, o la formación y defensa de las
identidades. Así es posible identificar objetivos simples que corresponden
al cambio de lógica racional de cada uno. Este cambio marca el paso de la
movilización y la oposición a la participación para los movimientos
sociales; de la intervención o de la invasión a la consulta previa para las
empresas; de la legislación por decretos a la gobernabilidad democrática
para el Estado; de la lógica de lobbying o de presión a la lógica de control
y de asesoría para las ONGs; y, finalmente, de la integración a la
harmonización y la facilitación para los organismos multilaterales.
El Estado sigue una lógica de institucionalización, en la cual la
administración requiere la valorización de los recursos naturales y la
ocupación del espacio físico, tanto al nivel local o regional como al nivel
nacional o transnacional. Las empresas petroleras siguen una lógica de
negociación a corto o mediano plazo, que tiende a generalizarse al nivel
transnacional, en particular en el marco de la integración regional y la
liberalización de los intercambios, y puede entonces ser asimilada al tipo
ideal de la globalización. Las comunidades afectadas siguen una lógica de
resistencia y negociación a corto plazo, mientras que las organizaciones de
apoyo y las que salen del proceso organizativo siguen una lógica de
movilización y de negociación a mediano y largo plazo.
Pues bien, el proceso de conflicto pone a esos actores en relación según dos
tipos de modalidad : alianzas estratégicas y oposiciones. El Estado y las
empresas siempre están asociados en la explotación petrolera en la región
amazónica. Ello se debe principalmente a dos tipos de obligaciones, que se
desprenden de la racionalidad de estos actores : por un lado el Estado debe
valorizar el territorio nacional y sacar provecho de sus recursos, por otro
lado las empresas deben realizar ganancias y, por eso, ampliar su área de
influencia. Un segundo tipo de alianzas estratégicas une las organizaciones
indígenas y ambientalistas, a las que se suman cada vez más las
organizaciones campesinas. Ello se desprende de dos obligaciones
relacionadas con la racionalidad de estos actores : por un lado las
organizaciones ambientales deben movilizar la sociedad civil para defender
el medio ambiente y justificar sus recursos, por otro lado las comunidades
indígenas y campesinas deben interpelar la sociedad civil y el Estado para
ser reconocidas y ampliar su espacio de participación en el campo del poder.
Para superar la polarización de esos dos tipos de alianzas estratégicas es
entonces necesario, por un lado, armonizar la política petrolera y las
políticas indigenista y ambiental, por el otro, institucionalizar los
conflictos socio-ambientales.