Introducción
Más de 30 conflictos armados ocurren anualmente en todo el
mundo, con serias y devastadoras consecuencias económicas, políticas,
sociales e internacionales. Su naturaleza varía, en dependencia del contexto
geográfico (nacional, regional o internacional), del tipo de disputa
(política, social o de identidad) y de los mecanismos presentes para
resolver las tensiones. Centroamérica fue un punto clave de política
exterior y de interés internacional en la década de los años 80, como
resultado de la presencia de guerras y de la violencia en la región. La
atención disminuyó significativamente, después del período de negociaciones
que produjo fórmulas políticas de pacificación en cada uno de los países,
orientadas no a reducir la conflictividad sino a eliminarla. Hoy en día la
presencia de la guerra pertenece al pasado; sin embargo, existen
posibilidades subyacentes de conflicto que no pueden ser ignoradas.
La posibilidad de éxito político en la región ha dependido
de al menos cuatro factores. Primero, del realismo del acuerdo político
convenido por las partes en disputa; segundo, por el cumplimiento de lo
acordado en la negociación y la transición política; tercero, por el manejo
de problemas emergentes durante el proceso de reconstrucción y; cuarto, por
el cambio de la identidad política de los grupos dirigentes y de la
sociedad.
La combinación de estos elementos ilumina la posibilidad de
futuros conflictos o experiencias positivas. Parece ser que en Centro
América, el surgimiento de nuevas áreas problemáticas, como el aumento de la
delincuencia, profundización de la pobreza y la competencia global, así como
de la continuación de antiguos problemas, que incluyen la falta de
integración regional, desigualdad social y la corrupción, representan serios
desafíos para los 35 millones de centroamericanos. En gran parte, esto
refleja el hecho de que en Centroamérica las élites políticas aún se
resisten a adoptar una identidad política democrática. De ahí que la región
se encuentre en un momento clave de su historia, en el cual la atención y el
apoyo, así como la carencia de éste, sean factores importantes para
determinar su futuro.
Antecedentes
El Plan de Paz de Arias, firmado en 1987, fue la solución a
las guerras centroamericanas de finales de los años 70 y 80. Este plan abrió
puertas a negociaciones entre gobiernos y fuerzas rebeldes para terminar
décadas de largos conflictos. Nicaragua firmó un tratado de paz en 1990, El
Salvador en 1991 y finalmente Guatemala en 1996.
Estos tratados de paz, cada uno con una fórmula política
nacional, abrieron una nueva era de democratización y estabilidad en la
región. La reconstrucción por las guerras, en términos económicos, sociales
y políticos, fue clave para Centroamérica. Desde entonces, las elecciones
han sido organizadas regularmente sin el miedo al fraude o a la restricción
de las libertades, los derechos civiles han sido protegidos y la libertad de
expresión ha aumentado. Sin embargo, esta transición ha traído nuevos retos
que en algunos casos han generado puntos de conflicto y tensión social.
Primero, las nuevas y frágiles instituciones democráticas
han topado con dos retos. Por una parte, están las presiones de grupos
tradicionalmente antidemocráticos que quieren retener el antiguo status quo
anterior al proceso de democratización. Por otro lado, hay una necesidad de
fortalecer las instituciones políticas mediante un proceso de modernización
--como es el caso de los partidos políticos y las leyes electorales--,
supervisión --inspeccionando la corrupción gubernamental--y finalmente,
mediante la educación y el desarrollo. Segundo, el desarrollo económico y
las políticas sociales no han solucionado los problemas que afectan a las
sociedades de la región y que encauzaron las rebeliones de los años 80. El
desarrollo continúa siendo bajo y las políticas sociales no han servido de
apoyo a los pobres. Los gobiernos y las sociedades que los componen
necesitan dirigirse hacia un cambio social de manera más innovadora y nueva.
Tercero, para enfrentar los cambios en la economía global, los gobiernos
centroamericanos se encuentran obligados a integrar sus economías y
sociedades de forma regional para enfrentar a la demanda globalizadota y a
las oportunidades de libre comercio. Sin embargo, la continuidad de
tensiones fronterizas y disputas de soberanía amenazan el éxito de la
regionalización. Cuarto, en la medida en que el proceso de globalización se
intensifica y se forman nuevos bloques comerciales, la relación entre
Centroamérica y Estados Unidos necesita volver a ser estudiada.
Democracia y estabilidad política
Sin dudas, el aspecto más problemático en Centroamérica ha
sido su dinámica política. Las luchas por la democracia caracterizaron los
años 70 y 80. A partir de las negociaciones de paz, los países de la región
han celebrado elecciones libres y justas y en todos los países el poder ha
sido transferido democráticamente de un gobierno a otro. Sin embargo, cada
país se enfrenta a obstáculos importantes que ponen de manifiesto que la
democratización es más que elecciones. Uno de los obstáculos, es la
incapacidad de los actores políticos clave de adherirse a principios
democráticos. Otro, es el fortalecimiento de las instituciones.
En Guatemala la esperanza democratizadora aumentó después de
los tratados de paz en 1997 y el origen de un nuevo gobierno en 1999. Pero
el nuevo gobierno de Alfonso Portilllo, el cual trató de integrar fuerzas
reformistas y líderes indígenas en su gabinete, se enfrentó a la oposición
del ejército y al líder del Congreso. El general Efraín Ríos-Montt, antiguo
dictador de Guatemala bajo el cual ocurrieron las peores violaciones en
derechos humanos, fue elegido para el Congreso. Bajo este cargo, no tuvo en
cuenta las políticas de desarrollo social y desmilitarización del Presidente
Portillo, pero sí logró destacarse y aumentar el control nacional. Además,
las fuerzas armadas continúan influyendo en el gobierno, tratan de
restringir el poder civil por medio de intimidaciones a autoridades, y
amenazan con desobedecer las órdenes gubernamentales. Al mismo tiempo, el
país pasa por un conflicto con el sector empresarial y con la sociedad
civil, debido a continuos problemas de corrupción que involucran a los
sectores más altos del gobierno de Portillo.
Las acusaciones de corrupción gubernamental se han
incrementado, particularmente de funcionarios gubernamentales que utilizan
fondos públicos para propósitos personales. Todavía más perjudicial ha sido
el ataque oficial a la prensa sobre informes de corrupción. Por ejemplo,
Luis Rabbe, ex ministro de comunicación y vivienda, fue el centro de
atención debido a temas relacionados con corrupción e intimidación; Alfonso
Portillo --de quien se alega transfirió fondos a cuentas personales en
Panamá-- y oficiales del ejército fueron también implicados en asuntos de
corrupción, a lo cual el gobierno respondió con un mayor ataque contra los
medios y la sociedad civil.
El problema de la delincuencia es otra amenaza ante la
institucionalidad del país. Los secuestros continúan en aumento, los
linchamientos no han disminuido y el sistema jurídico está en crisis. Los
jueces son amedrentados frente a las amenazas de grupos criminales, o de las
mismas turbas populares, que buscan lograr justicia con sus propias manos.
En este sentido, la falta seguridad ciudadana en Guatemala es una de las más
graves de la región. A esto se suman amenazas de muerte que han acontecido
en los últimos meses, vinculadas con sectores del ejército.
El vínculo entre delincuencia, corrupción y política se ha
hecho más evidente en el caso del reavivamiento de las patrullas de
autodefensa civil (instituciones paramilitares involucradas en violaciones
de derechos humanos), las cuales demandaban compensación por su trabajo
durante el período del conflicto. A cambio de ello, las patrullas han
ofrecido apoyo electoral a grupo de Ríos Montt.
El Salvador, a diferencia de Guatemala, ha experimentado un
proceso gradual de democratización con dos partidos políticos que tratan de
ganar más poder mediante el electorado. Pero el alto índice de criminalidad,
y la incapacidad de reacción de las instituciones nacionales ante este
problema, suponen un agravio importante para el país. El Salvador está
considerado uno de los países más peligrosos de la región y la inhabilidad
gubernamental para detener la criminalidad ha creado descontento en la
Alianza Republicana Nacional (ARENA), partido conservador en el gobierno que
ha estado en el poder por tres períodos consecutivos. Por otra parte, el
descontento también se hace evidente en el aumento de guardias de seguridad
privados que protegen a las clases altas del país, generalmente
identificadas con ARENA. Los ciudadanos han llegado a asociar la falta de
protección gubernamental con el aumento en guardias privados.
Como resultado, el partido del Frente Farabundo Martí (FMLN)
recibió apoyo popular en sectores pobres y áreas afectadas por actividades
criminales. Sin embargo, este partido se ha divido en dos grupos, los
ortodoxos y los renovadores, quienes se encuentran sumidos en debates acerca
del liderazgo de esta organización política. Las tensiones políticas dentro
del FMLN amenizan la posibilidad de un conflicto potencial interno del
partido que promete desarticular su futuro político. Mientras tanto, ARENA,
que también enfrentó divisiones internas, eligió a Roberto Murray como
presidente del partido. Esta elección coadyuvó a fomentar la unidad del
partido. Posteriormente, Murray renunció y abrió paso a una lucha interna
por el poder. Esta situación aumenta la posibilidad de una cuarta victoria
ante la posible ausencia de una oposición viable en el país por la
fragmentación del FMLN.
Sin embargo, además del problema de la alta criminalidad,
los dos terremotos que asolaron a El Salvador han incrementado los problemas
de seguridad pública. El problema de la delincuencia no es la prioridad, la
continuidad de la pobreza, a pesar de la existencia de recursos que entran
al país, no se ha podido resolver. El terremoto pasado evidenció aun más la
urgencia de frenar el aumento de la desigualdad social en El Salvador y,
específicamente la incapacidad del gobierno de ARENA para atender más a este
sector de la población. Con el problema de la sequía, durante la cual se
perdió más del 50 por ciento de la cosecha del año, se pudo apreciar con
mayor nitidez la magnitud de la pobreza en el país.
Los problemas políticos en Nicaragua están relacionados con
el intento por parte de las élites políticas tradicionales de controlar el
poder nacional a largo plazo. Después de una transición democrática, bajo el
gobierno de Violeta Chamorro, los dos partidos políticos, el Frente
Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) de Daniel Ortega, y el Partido
Liberal Constitucional (PLC) del ex presidente Arnoldo Alemán, en 1999
negociaron un pacto para reformar la Constitución. El objetivo era
distribuirse las instituciones más importantes del país y así crear un
sistema de doble partido, que a la larga eliminó a importantes grupos
políticos y neutralizó la posible oposición política. Esta estrategia se
implementó para afectar los futuros resultados electorales de noviembre de
2001. Además de este movimiento político, acusaciones de corrupción
redujeron la popularidad de Alemán y su partido. La corrupción se extendió
hasta crearse una profunda desigualdad entre los oficiales públicos, debido
a su enriquecimiento generalizado, y la población. En un país donde el
salario promedio al mes es de menos de 100 dólares, y el de directores
ejecutivos del sector privado no asciende a más de 8,000, los ministros y
consejeros de Alemán ganaban entre 5,000 y 15,000 dólares al mes.
Con la victoria de Enrique Bolaños, ya implementadas las
iniciativas contra la corrupción, Nicaragua se enfrentó entonces al reto
histórico de eliminar los abusos de autoridad. Arnoldo Alemán fue
encarcelado bajo un juicio pendiente lo cual provocó una división profunda
dentro del Partido Liberal, y un alto nivel de tensión política entre el
partido y el gobierno de Bolaños. En la actualidad, la agenda nacional para
el futuro del país es inexistente. Los líderes y la sociedad nicaragüenses
han entablado una batalla acerca de la legitimidad de los participantes en
esta agenda y han negado la visión de una Nicaragua democrática.
Mientras tanto, en Honduras se sufría la etapa inicial de lo
que pudo haber sido lo contrario a un gobierno democrático. Líderes y
oficiales de la clase liberal dirigente intentaron eliminar de la campaña
electoral a Ricardo Maduro, el líder de la agrupación de oposición más
importante del país, el Partido Nacional. La comisión electoral cuestionó el
origen panameño del señor Maduro y alegó su falta de derecho a presentarse
como candidato nacional. Pero después de intensas presiones, tanto sociales
como de líderes políticos, la decisión fue revocada y Maduro resultó
victorioso en las elecciones nacionales.
Honduras también ha sufrido un gran revés en sus
instituciones democráticas con la reducción de las libertades de prensa y
expresión. Mientras Carlos Flores ostentó la presidencia de la nación fue
dueño del periódico de más tiraje en el país, de ahí que ejerciera su
autoridad para recurrir a la censura. A pesar de que en la actualidad la
inestabilidad en Honduras es poco probable, el problema de la restricción de
libertades ha pasado a ser la mayor preocupación de varios sectores de la
sociedad civil y de los medios de comunicación en ese país. Periodistas
clave han sido destituidos de sus puestos de trabajo debido a presiones
gubernamentales sobre directores y jefes de medios de comunicación. Sin
embargo, el problema de la delincuencia, especialmente en San Pedro Sula,
continúa siendo la prioridad nacional y la problemática más grave. Los
ciudadanos están acechados por bandas de criminales y pandillas juveniles, y
el gobierno actual de Maduro no ha logrado resolver las oleadas de violencia
callejera y robos.
En resumen, los países centroamericanos están pasando por
serios problemas políticos relacionados con sistemas de partidos
antidemocráticos, sociedades civiles débiles e instituciones políticas
frágiles. El sistema judicial centroamericano, en particular, carece de la
capacidad para hacer cumplir las leyes. Las cortes son cada día más
vulnerables a sobornos, la policía no está bien pagada, ni adiestrada y la
sociedad no tiene, o tiene poca confianza en el gobierno. Debido a la
creciente corrupción, la desconfianza se refleja en una continua disminución
de votos.