I. La nueva coyuntura global y regional.
La dinámica estatal y los cambios geopolíticos en curso.
A consecuencia de S-11 y de la invasión a Irak, el diseño de
la arquitectura de poder global comienza a cambiar significativamente. En
este sentido, a los efectos de América Latina y el Caribe son de señalar los
siguientes impactos y tendencias.
En primer lugar, la priorización por parte de EEUU de la
guerra contra el terrorismo global luego de S-11 se ha articulado con una
estrategia previamente elaborada por el equipo de la Administración de
George W. Bush en función de promover un rediseño de la arquitectura de
poder global. La concepción de esta estrategia responde a las percepciones e
intereses de un grupo de funcionarios y asesores fuertemente influenciados
por las concepciones prevalecientes durante la Guerra Fría, orientadas a
reforzar una presencia hegemónica y una política unilateralista de EEUU, con
un significativo componente de alcances estratégico-militares, en el ámbito
global. En el marco de esta concepción, el eje del re-diseño global pasa por
una re-configuración geopolítica en Medio Oriente, identificado tanto como
un foco potencial de amenaza (de actores estatales y no-estatales) a los
intereses de los EEUU como el ámbito de significativos recursos petroleros.
Por otra parte, la re-configuración geopolítica de la región no involucra
significativamente, en la actual coyuntura, a actores más poderosos como
Rusia o China, como es el caso del Cáucaso o de Asia.
La concepción unilateralista vigente, se articula tanto con
la nueva priorización de los temas estratégicos y de seguridad de la agenda
global (que tienden a subordinar los temas económicos y comerciales), como
en las nuevas prioridades de carácter regional que, como en el caso de Medio
Oriente, desplazan, por lo menos a mediano plazo, otras regiones de la
atención prioritaria de los EEUU. En la perspectiva de esta concepción,
adicionalmente, en lo inmediato, el peso de las alianzas transatlánticas o
la reacción de la opinión pública, tanto de EEUU como de la UE, no ocupan un
lugar relevante y son meramente instrumentales a los objetivos prioritarios
de esta concepción.
Como consecuencia, se pueden prever tanto transformaciones
en la dinámica económica internacional, con la reversión de flujos de
inversión y de comercio, y un acotamiento mayor de los flujos de
transferencia tecnológica, como en la governanza global, en función del
eventual debilitamiento del rol de los organismos y regímenes
internacionales, y particularmente de la ONU.
En segundo lugar, en este marco, América Latina y el Caribe
pasan, coyunturalmente, a ocupar un lugar secundario o periférico en las
prioridades estadounidenses, al punto que, luego del énfasis en los temas
comerciales y en la consolidación de la democracia en la década del 90, se
produce un retorno parcial a los temas de seguridad estratégica en la
región, básicamente vinculados con la lucha contra el terrorismo y el
rediseño de la arquitectura de poder global. En este sentido, persiste la
iniciativa de promover el ALCA, como uno de los ejes de la política de EEUU
en la región, fuertemente condicionada, sin embargo, por las prioridades de
seguridad. Los avances en la creación de un área de libre comercio con
Centroamérica (CAFTA) de acuerdo al modelo de NAFTA, y el acuerdo con Chile,
se ubican en este marco. Sin embargo, el segundo eje de la política
norteamericana en la región – el plan Colombia, evidencia cada vez más la
priorización de los temas de seguridad y la lucha contra el terrorismo y
desplaza a un segundo plano la consolidación de la democracia y de los
derechos civiles, y la cooperación para el desarrollo, en una coyuntura
regional en dónde, por un lado, se profundizan los efectos sociales y
políticos perversos de la implementación de los programas de reforma y
ajuste estructural de la década del noventa y, por otro, se revaloriza, pese
a la marcada deslegitimación de los actores políticos tradicionales, la
importancia de la democracia, de la ciudadanía y del estado.
En relación al ALCA, la posición de los países sudamericanos
se orienta a fortalecer la capacidad negociadora, no sólo en el plano
técnico, a través de una convergencia de intereses sudamericanos. Evidencia
de ello se encuentra en el acuerdo de libre comercio firmado entre la
Comunidad Andina de Naciones (CAN) y MERCOSUR en diciembre del 2002, y en la
realización de las Cumbres Sudamericanas de Brasilia y Guayaquil en los dos
primeros años de este siglo, promovidos principalmente por la diplomacia
brasileña, como en los actuales intentos de reactivación del MERCOSUR, con
una reiterada referencia a la configuración de una Zona de Paz en América
del Sur.
En este contexto, se desarrollan crecientes presiones
(endógenas y exógenas) para que Brasil asuma un papel de liderazgo regional,
a lo cual, gradualmente, este país parece avenirse a pesar de su reticencia
histórica a asumir este rol y a ampliar los objetivos de su estrategia de
desarrollo industrial nacional a un espacio regional. Mas allá de la figura
de Lula da Silva, esta reorientación responde a una estrategia y a objetivos
de estado que no tienen visos de revertirse, una vez que Brasil desarrolle y
profundice la construcción de un consenso interno acerca de las ventajas
políticas y geopolíticas que pueda reportar esta estrategia y que asuma los
costos económicos que pueda implicar desempeñar este rol. Eventualmente,
este es un proceso en desarrollo sin un desenlace claro, forzado
crecientemente, sin embargo, por la preocupación por el efecto de derrame
regional del Plan Colombia y la presencia de las FARC en territorio
brasileño y de los países andinos, y por la necesidad de profundizar en los
acuerdos que puedan conducir a una posición común sudamericana en la
negociación del ALCA. En cuanto al primer elemento, baste ver el reciente
entredicho entre el canciller colombiano y las autoridades brasileñas, y la
invitación extendida por el presidente brasileño para una visita de Uribe a
Brasil. En cuanto al segundo, baste citar la posición brasileña de demorar
las fechas de implementación del ALCA (a la que coyunturalmente parece
adherirse el actual gobierno argentino), y los esfuerzos para promover una
posición sudamericana común en las negociaciones hemisféricas.
La preocupación sobre los efectos de derrame regional del
plan Colombia se extiende a todos los países andinos, con matices y énfasis
diversos, en particular en los casos de Ecuador y Venezuela, que atraviesan
asimismo por transiciones políticas complejas que pueden poner en cuestión
las democracias establecidas. Si bien esta última aseveración puede ser
extendida también a Perú y Bolivia, adquiere especial importancia en el caso
de Venezuela, cuya crisis política corre el riesgo potencial de contribuir
al desarrollo, en conjunto con los efectos del plan Colombia, de una crisis
regional.
Por otra parte, es de señalar que la invasión a Irak ha
contribuido, a nivel regional, a un parteaguas significativo entre los
países que han criticado abiertamente la decisión unilateral de EEUU
(Brasil, Venezuela, Cuba); los que han mantenido distancia de la posición
norteamericana, particularmente en el seno del Consejo de Seguridad de la
ONU (Chile y México), y los que han apoyado la posición estadounidense (El
Salvador, Honduras, Panamá, República Dominicana, Nicaragua; Costa Rica y
Colombia).