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 JUSTICIA DISTRIBUTIVA Y DESARROLLO HUMANO: UNA MIRADA DESDE LOS POBRES

Desarrollo Humano Sustentable

Por Carlos P. Lecaros Zavala      

Tomado del Instituto de Gobernabilidad de Cataluña

Parte 4 / 4    

5. Reflexiones finales

Entre las críticas más serias, e imposible pasar por alto, a las propuestas de justicia distributiva y de desarrollo humano, está, precisamente, aquella ya referida de la ausencia de cuestionamiento alguno a la dependencia absoluta de la economía de mercado; principalmente cuando se tienen que confrontar sus mecanismos con las consecuencias que su aplicación han tenido y tienen en el mundo real. Es decir, permitir que, sin objeción alguna, la «mano visible» del capital transnacional continúe actuando libremente en el mercado globalizado, asumiendo esa función de «asignar» ya no sólo recursos económicos, sino, también, aquellos otros «recursos» de carácter político y social. Para ser más precisos, aún, aceptar que el mundo no es otra cosa que un mercado ampliado, un lugar exclusivamente «competitivo» y adecuado para la aplicación del laissez faire et laissez passer, en el que el modelo de mercado, respondiendo a los intereses de quienes lo controlan, se mantenga como el único capaz de atender a la demanda del mundo pobre de ver ampliadas sus oportunidades y capacidades económicas, sociales y políticas.

Desde la perspectiva de que no se puede considerar que el mundo se reduce exclusivamente a un espacio de competencia, es que surge el imperativo de asumir una posición de rechazo a esa pretensión de querer imponer, de manera explícita o implícita, según el caso, el modelo de economía de mercado como eje de un supuesto sistema mundial «único», inducido por esta forma de globalización. En este contexto surgen, además, interrogantes con respecto a la libertad reclamada y proclamada en las propuestas de Sen y de los Informes del PNUD, en cuanto a saber si ella responde, sin más, a la del viejo y nuevo liberalismo, que pone al individuo aislado como el centro del sistema74 .Esto último es de particular interés porque en la medida que dichas propuestas le confieren a esa libertad el valor de ser medio -condición necesaria- para alcanzar el desarrollo (bienestar), al hacerlo están aceptando una forma de globalización que en la práctica busca imponer el «pensamiento único»; quedando excluido, por tanto, el principio de corresponderle a cada pueblo el derecho a tener su propia cultura75 y, en función de ello, decidir cómo orientar su futuro.

De lo anterior puede deducirse que, al menos, desde la perspectiva del mundo pobre dependiente de las reglas de la globalización dominante –o si se quiere, de las «arquitecturas financieras» impuestas- la relación entre oportunidades y capacidades, de un lado, y las libertades, de otro, no es biunívoca, en el sentido de que no están vinculadas por una correspondencia directa –la una por la otra-; en razón de que no dependen de la voluntad de los países que aspiran a ellas. Definitivamente, la posibilidad de que la vinculación entre unas y otras funcione en la realidad como se esperaría que sea, según los trabajos de Sen y en los Informes, pasa, o debe pasar, necesariamente, por romper el círculo vicioso de la pobreza; partiendo, eso sí, del principio, señalado más arriba, de que subdesarrollo y desarrollo son los dos aspectos de una misma realidad, en la que la primera se genera como producto –o, mejor, como sub producto- de la segunda. Y romper este círculo vicioso sólo puede entenderse como el cambio radical del modelo que rige las relaciones internacionales, básicamente en lo que corresponde al aspecto económico.

Si la democracia se ha de entender como el espacio de expresión de la libertad humana, o mejor, de procesos que permiten la expresión de esa libertad -o libertades, como se exponen en el IDH 2000-, dicho espacio presupone condiciones mínimas en la calidad de vida de las personas. En concreto, la libertad, que es inherente a la persona humana, no puede desarrollarse en un medio de necesidades materiales, que, hoy, se ven ampliadas hasta el nivel de sobrevivencia; y, más aún, cuando las oportunidades de revertirlas, si es que existen, están determinadas o condicionadas por “voluntades” ajenas. Esto significa que en el contexto de las relaciones actuales entre el mundo rico y mundo pobre, la expansión de las libertades en este último, como esperarían que se realice en ambas propuestas, no encuentra condiciones favorables dentro del modelo de economía vigente, a escala planetaria.

En ese contexto de miseria y exclusión en el que están sumidos los países pobres, habrá que preguntarse, primero, cuánta pobreza y exclusión serían capaces de soportar sus «democracias», si es que es ellas realmente existen, o, por lo menos, si es que pudieran constituirse. Luego, recién, habría que preguntarse por la ausencia o expansión de libertades. Porque es cierto que las libertades sólo podrán expandirse en la medida que no haya impedimentos para la ampliación de las oportunidades y capacidades; pero es, cierto, también, que esos impedimentos no son autogenerados, sino que surgen de un conjunto de relaciones inducidas perversamente a través de la globalización, por quienes modelan y controlan los mercados y diseñan y arman las «arquitecturas financieras».

En este mundo del choque de las civilizaciones, de los muros que caen, de las olas que pasan, de los finales de la historia, de los capitales misteriosos, de las doctrinas de la seguridad mundial contra el terrorismo –presentada hoy en día como la lucha del bien contra el mal-, habría que preguntarse fundamentalmente por las intenciones de quienes se arrogan el derecho de juzgar y decidir por las oportunidades y las capacidades del resto de la gente. Precisamente, en el sentido inverso del camino que quiere tomar –o invita a tomar- Amartya Sen, la realidad muestra que los pobres de la tierra no son quienes deciden sobre sus oportunidades, si es que las tienen; y menos aún, de ser libres de hacer uso de sus capacidades, pues les ha sido arrebatada. En un mundo marcado por la desigualdad, las posibilidades de alcanzar la libertad depende menos de las oportunidades y las capacidades otorgadas, y más de la justicia, en toda su radicalidad. Hay que tener cuidado, pues, con no deshistorizar la realidad o pretender una lectura distinta de la historia de los pueblos.

El problema de la desigualdad no puede ni debe reducirse a un problema de asignar o re-asignar, o mejor aún, de distribuir oportunidades y capacidades, como quien distribuye bienes, servicios o factores de producción. Como tampoco, la libertad puede reducirse a la mayor o menor capacidad de decisión y elección de la gente, como consecuencia, sin más, de las oportunidades que se le presente, o le presenten. La libertad es más que eso. Es la posibilidad que se le abre a toda persona, por el hecho mismo de ser persona, de orientar su voluntad hacia la realización de sí misma, sin que medie impedimento alguno que determine o desvíe ese derecho fundamental.

La raíz del problema está en la justicia. De lo que se trata es de hacer justicia; esto es, de devolverle al mundo pobre lo que le pertenece históricamente; de resarcirlo de los daños causados por ese «desarrollo» alcanzado por unos pocos países, basado en la inequidad; de detener, hoy, viejas y remozadas prácticas de arrebato y usurpación de sus recursos humanos y naturales; de su cultura; de su manera de ver y transformar la realidad; de la posibilidad de participar en un "diálogo de civilizaciones"76. En fin, de detener cuantas violaciones se siguen cometiendo a los derechos de la humanidad –individuos y pueblos- con ese modelo económico-político que, incluso en las propuestas distributivas, se mantiene inalterable en las actuales relaciones internacionales. Aquel modelo que, postulándose a sí mismo como el pensamiento único77, continúa afirmándose, hoy, hay que insistir en ello, no sólo como dominante, sino que además quiere hacerse, hasta por la fuerza de las armas, exclusivo. Lo que demandan los pobres de la tierra es, simplemente, justicia. Justicia sin más, sin adjetivos, sin discursos. En esto hay que ser radicalmente claros: la justicia no es un «bien», un «servicio» o un «factor» que se distribuye o asigna mediante mecanismos de mercado.

Por esta razón, aunque le cueste reconocerlo a los exegetas del sistema dominante, la díada desarrollo y subdesarrollo resulta siendo, a final de cuentas, un conflicto ético, que Enrique Dussel expresa en los siguientes términos:

“El conflicto ético comienza cuando víctimas de un sistema formal vigente no pueden vivir, o han sido excluidas violenta y discursivamente de dicho sistema; cuando sujetos socio-históricos, movimientos sociales (p.e. ecológico), clases (obreros), marginales, un género (el femenino), razas (las no-blancas), países empobrecidos periféricos, etc. cobran conciencia, se organizan, formulan diagnósticos de su negatividad y elaboran programas alternativos para transformar dichos sistemas vigentes que se han tornado dominantes, opresores, causa de muerte y exclusión. (...)”78

Es un conflicto ético que, de suyo, se orienta a deslegitimar las reglas impuestas por el sistema, porque dichos “sujetos socio-históricos”, continúa Dussel:

“(...) en primer lugar, (...) cobran conciencia de que no habían participado en el acuerdo originario del sistema (...); y, en segundo lugar, porque en dicho sistema dichas víctimas no pueden vivir (...)”79

Este conflicto ético es lo que conduce, o debe conducir, a la convicción de que si para superar la desigualdad actualmente reinante a escala planetaria se sostiene la tesis de que hay que recurrir a esas siete libertades en las que se funda la propuesta del desarrollo humano; entonces, ese proceso debe empezar por donde corresponde: liberando esas libertades cautivas, para utilizar las expresiones de Leonardo Boff. Y precisamente, porque se trata de libertades que están ahora cautivas, urge responder a esa invitación revalorando el carácter y el sentido de esa palabra que unos se han esforzado por eliminar del vocabulario de las auténticas utopías; y otros, por abandono de principios, cobardía o inconsecuencia, no la quieren mencionar: liberación. Sí, hay que revalorar esta expresión por la que el mundo pobre es capaz, hoy, de tener mayor conciencia de sus derechos; porque, como señala el mismo Boff:

“Liberación significa la acción que libera la libertad cautiva. Sólo a través de la liberación los oprimidos rescatan la autoestima. Recuperan la identidad negada. Reconquistan la patria dominada. Y pueden construir una historia autónoma, asociada a la historia de otros pueblos libres.” 80

De ahí que liberar se trasforma, pues, en el imperativo que hace realizable la superación del conflicto ético aludido, y que en la reflexión de Dussel significa:

“Liberar no es sólo romper las cadenas (...), sino «desarrollar» (liberar en el sentido de dar posibilidad positiva) la vida humana al exigir a las instituciones, al sistema, abrir nuevos horizontes trascendentales a la mera reproducción como repetición de «lo Mismo» -y simultáneamente, opresión y exclusión de víctimas-. O es, directamente, construir efectivamente la utopía posible, las estructuras o instituciones del sistema donde la víctima pueda vivir, y «vivir bien» (que es la nueva «vida buena»); (...) Es un «liberar para» el novum, el éxito logrado, la utopía realizada.(...)” 81

La justicia es, debe ser, para cualquier persona –y más aún, para los responsables de la desigualdad reinante-, una forma de ser (justo) y de actuar (con justicia). Es un acto con sentido, un acto cuyo único sentido es el de reconocer y de reconocernos en el derecho de cada uno y de todos, a aspirar a un mismo ideal de sociedad de personas unidas por lazos de solidaridad. Sólo en la justicia se puede fundamentar esa necesidad de crear una clara conciencia para la formación de una comunidad mundial solidaria, en donde el adjetivo solidario sea la expresión que establezca la diferencia

Más que una globalización de formas de mercado, esto es de flujos de bienes o de capitales, se requiere de una mundialización de vínculos humanos. Sólo una mundialización que se reconozca en los vínculos humanos basados en la solidaridad de compartir un solo mundo, hará posible que las oportunidades y las capacidades de la gente sean, antes que asignadas, devueltas, en razón de un imperativo ético: la justicia.


Referencias bibliográficas

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Dworkin, Ronald. Ëtica Privada e Igualitarismo Político. Barcelona, Paidós, 1993

Lecaros, Carlos / Ribas, Judit. La «Nueva arquitectura» financiera y las búsquedas del Banco Mundial. En: “Realidad”. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades. Universidad Centroamericana José Simeón Cañas (UCA); San Salvador; Nº 75; mayo-junio 2000; pp. 345-362.

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Rawls, John. Justicia como Equidad. Madrid; Tecnos, 1999

Sen, Amartya; Nussbaum, Martha C. La Calidad de Vida. México, D.F., Fondo de Cultura Económica; 1996

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Walzer, Michael. Las Esferas de la Justicia. Una Defensa del Pluralismo y la Igualdad. México, D.F., FCE, 1993

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http://www.worldbank.org/html/extdr/am98/jdw-sp/am98-es.htm


Notas

74  Es necesario no perder de perspectiva los alcances y contenidos de la expresión libertad que se deriva de la Filosofía Política de origen anglosajón, en la que parecen estar inspiradas la justicia distributiva de Sen y los Informes del PNUD.

75 Debiendo agregar, para completar la idea, de que es a partir de ahí desde donde se ha de avanzar hacia un proyecto humano común.

76 Discurso éste que si bien pertenece a la herencia de los sesenta, inspirado en posiciones de la Iglesia católica (Vaticano II; Encíclica Populorum Progressio, Nº 73) y defendido por intelectuales de la talla de Roger Garaudy, viene tomando fuerza como una corriente contrapuesta al modelo de globalización basado en las fuerzas del mercado. .

77 Precisamente, en esa pretensión de hacerse exclusivo subyace, por definición, su carácter excluyente.

78 Dussel, Enrique. Etica de la Liberación en la edad de la globalización y de la exclusión. Madrid, Trotta; 2da. edición, 1998; pp. 540-541

79 Dussel, Enrique. Etica de la Liberación en la edad de la globalización y de la exclusión. Op. cit., p. 541.

80 Boff, Leonardo; El águila y la gallina. Una metáfora de la condición humana; Op. cit. p. 18.

81 Dussel, Enrique. Etica de la Liberación en la edad de la globalización y de la exclusión. Op. cit., pp. 560-561.


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