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Tomado del Instituto de Gobernabilidad de
Cataluña
Parte 4 / 4
5. Reflexiones finales
Entre las críticas más serias, e
imposible pasar por alto, a las propuestas de justicia distributiva y de
desarrollo humano, está, precisamente, aquella ya referida de la ausencia de
cuestionamiento alguno a la dependencia absoluta de la economía de mercado;
principalmente cuando se tienen que confrontar sus mecanismos con las
consecuencias que su aplicación han tenido y tienen en el mundo real. Es
decir, permitir que, sin objeción alguna, la «mano visible» del capital
transnacional continúe actuando libremente en el mercado globalizado,
asumiendo esa función de «asignar» ya no sólo recursos económicos, sino,
también, aquellos otros «recursos» de carácter político y social. Para ser
más precisos, aún, aceptar que el mundo no es otra cosa que un mercado
ampliado, un lugar exclusivamente «competitivo» y adecuado para la
aplicación del laissez faire et laissez passer, en el que el modelo de
mercado, respondiendo a los intereses de quienes lo controlan, se mantenga
como el único capaz de atender a la demanda del mundo pobre de ver ampliadas
sus oportunidades y capacidades económicas, sociales y políticas.
Desde la perspectiva de que no se puede considerar que el mundo se reduce
exclusivamente a un espacio de competencia, es que surge el imperativo de
asumir una posición de rechazo a esa pretensión de querer imponer, de manera
explícita o implícita, según el caso, el modelo de economía de mercado como
eje de un supuesto sistema mundial «único», inducido por esta forma de
globalización. En este contexto surgen, además, interrogantes con respecto a
la libertad reclamada y proclamada en las propuestas de Sen y de los
Informes del PNUD, en cuanto a saber si ella responde, sin más, a la del
viejo y nuevo liberalismo, que pone al individuo aislado como el centro del
sistema74 .Esto
último es de particular interés porque en la medida que dichas propuestas le
confieren a esa libertad el valor de ser medio -condición necesaria- para
alcanzar el desarrollo (bienestar), al hacerlo están aceptando una forma de
globalización que en la práctica busca imponer el «pensamiento único»;
quedando excluido, por tanto, el principio de corresponderle a cada pueblo
el derecho a tener su propia cultura75 y, en
función de ello, decidir cómo orientar su futuro.
De lo anterior puede deducirse que, al menos, desde la perspectiva del mundo
pobre dependiente de las reglas de la globalización dominante –o si se
quiere, de las «arquitecturas financieras» impuestas- la relación entre
oportunidades y capacidades, de un lado, y las libertades, de otro, no es
biunívoca, en el sentido de que no están vinculadas por una correspondencia
directa –la una por la otra-; en razón de que no dependen de la voluntad de
los países que aspiran a ellas. Definitivamente, la posibilidad de que la
vinculación entre unas y otras funcione en la realidad como se esperaría que
sea, según los trabajos de Sen y en los Informes, pasa, o debe pasar,
necesariamente, por romper el círculo vicioso de la pobreza; partiendo, eso
sí, del principio, señalado más arriba, de que subdesarrollo y desarrollo
son los dos aspectos de una misma realidad, en la que la primera se genera
como producto –o, mejor, como sub producto- de la segunda. Y romper este
círculo vicioso sólo puede entenderse como el cambio radical del modelo que
rige las relaciones internacionales, básicamente en lo que corresponde al
aspecto económico.
Si la democracia se ha de entender como el espacio de expresión de la
libertad humana, o mejor, de procesos que permiten la expresión de esa
libertad -o libertades, como se exponen en el IDH 2000-, dicho espacio
presupone condiciones mínimas en la calidad de vida de las personas. En
concreto, la libertad, que es inherente a la persona humana, no puede
desarrollarse en un medio de necesidades materiales, que, hoy, se ven
ampliadas hasta el nivel de sobrevivencia; y, más aún, cuando las
oportunidades de revertirlas, si es que existen, están determinadas o
condicionadas por “voluntades” ajenas. Esto significa que en el contexto de
las relaciones actuales entre el mundo rico y mundo pobre, la expansión de
las libertades en este último, como esperarían que se realice en ambas
propuestas, no encuentra condiciones favorables dentro del modelo de
economía vigente, a escala planetaria.
En ese contexto de miseria y exclusión en el que están sumidos los países
pobres, habrá que preguntarse, primero, cuánta pobreza y exclusión serían
capaces de soportar sus «democracias», si es que es ellas realmente existen,
o, por lo menos, si es que pudieran constituirse. Luego, recién, habría que
preguntarse por la ausencia o expansión de libertades. Porque es cierto que
las libertades sólo podrán expandirse en la medida que no haya impedimentos
para la ampliación de las oportunidades y capacidades; pero es, cierto,
también, que esos impedimentos no son autogenerados, sino que surgen de un
conjunto de relaciones inducidas perversamente a través de la globalización,
por quienes modelan y controlan los mercados y diseñan y arman las
«arquitecturas financieras».
En este mundo del choque de las civilizaciones, de los muros que caen, de
las olas que pasan, de los finales de la historia, de los capitales
misteriosos, de las doctrinas de la seguridad mundial contra el terrorismo
–presentada hoy en día como la lucha del bien contra el mal-, habría que
preguntarse fundamentalmente por las intenciones de quienes se arrogan el
derecho de juzgar y decidir por las oportunidades y las capacidades del
resto de la gente. Precisamente, en el sentido inverso del camino que quiere
tomar –o invita a tomar- Amartya Sen, la realidad muestra que los pobres de
la tierra no son quienes deciden sobre sus oportunidades, si es que las
tienen; y menos aún, de ser libres de hacer uso de sus capacidades, pues les
ha sido arrebatada. En un mundo marcado por la desigualdad, las
posibilidades de alcanzar la libertad depende menos de las oportunidades y
las capacidades otorgadas, y más de la justicia, en toda su radicalidad. Hay
que tener cuidado, pues, con no deshistorizar la realidad o pretender una
lectura distinta de la historia de los pueblos.
El problema de la desigualdad no puede ni debe reducirse a un problema de
asignar o re-asignar, o mejor aún, de distribuir oportunidades y
capacidades, como quien distribuye bienes, servicios o factores de
producción. Como tampoco, la libertad puede reducirse a la mayor o menor
capacidad de decisión y elección de la gente, como consecuencia, sin más, de
las oportunidades que se le presente, o le presenten. La libertad es más que
eso. Es la posibilidad que se le abre a toda persona, por el hecho mismo de
ser persona, de orientar su voluntad hacia la realización de sí misma, sin
que medie impedimento alguno que determine o desvíe ese derecho fundamental.
La raíz del problema está en la justicia. De lo que se trata es de hacer
justicia; esto es, de devolverle al mundo pobre lo que le pertenece
históricamente; de resarcirlo de los daños causados por ese «desarrollo»
alcanzado por unos pocos países, basado en la inequidad; de detener, hoy,
viejas y remozadas prácticas de arrebato y usurpación de sus recursos
humanos y naturales; de su cultura; de su manera de ver y transformar la
realidad; de la posibilidad de participar en un "diálogo de civilizaciones"76.
En fin, de detener cuantas violaciones se siguen cometiendo a los derechos
de la humanidad –individuos y pueblos- con ese modelo económico-político
que, incluso en las propuestas distributivas, se mantiene inalterable en las
actuales relaciones internacionales. Aquel modelo que, postulándose a sí
mismo como el pensamiento único77, continúa
afirmándose, hoy, hay que insistir en ello, no sólo como dominante, sino que
además quiere hacerse, hasta por la fuerza de las armas, exclusivo. Lo que
demandan los pobres de la tierra es, simplemente, justicia. Justicia sin
más, sin adjetivos, sin discursos. En esto hay que ser radicalmente claros:
la justicia no es un «bien», un «servicio» o un «factor» que se distribuye o
asigna mediante mecanismos de mercado.
Por esta razón, aunque le cueste reconocerlo a los exegetas del sistema
dominante, la díada desarrollo y subdesarrollo resulta siendo, a final de
cuentas, un conflicto ético, que Enrique Dussel expresa en los siguientes
términos:
“El conflicto ético
comienza cuando víctimas de un sistema formal vigente no pueden vivir, o
han sido excluidas violenta y discursivamente de dicho sistema; cuando
sujetos socio-históricos, movimientos sociales (p.e. ecológico), clases
(obreros), marginales, un género (el femenino), razas (las no-blancas),
países empobrecidos periféricos, etc. cobran conciencia, se organizan,
formulan diagnósticos de su negatividad y elaboran programas alternativos
para transformar dichos sistemas vigentes que se han tornado dominantes,
opresores, causa de muerte y exclusión. (...)”78
Es un conflicto ético que, de
suyo, se orienta a deslegitimar las reglas impuestas por el sistema, porque
dichos “sujetos socio-históricos”, continúa Dussel:
“(...) en primer lugar,
(...) cobran conciencia de que no habían participado en el acuerdo
originario del sistema (...); y, en segundo lugar, porque en dicho sistema
dichas víctimas no pueden vivir (...)”79
Este conflicto ético es lo que
conduce, o debe conducir, a la convicción de que si para superar la
desigualdad actualmente reinante a escala planetaria se sostiene la tesis de
que hay que recurrir a esas siete libertades en las que se funda la
propuesta del desarrollo humano; entonces, ese proceso debe empezar por
donde corresponde: liberando esas libertades cautivas, para utilizar las
expresiones de Leonardo Boff. Y precisamente, porque se trata de libertades
que están ahora cautivas, urge responder a esa invitación revalorando el
carácter y el sentido de esa palabra que unos se han esforzado por eliminar
del vocabulario de las auténticas utopías; y otros, por abandono de
principios, cobardía o inconsecuencia, no la quieren mencionar: liberación.
Sí, hay que revalorar esta expresión por la que el mundo pobre es capaz,
hoy, de tener mayor conciencia de sus derechos; porque, como señala el mismo
Boff:
“Liberación significa la
acción que libera la libertad cautiva. Sólo a través de la liberación los
oprimidos rescatan la autoestima. Recuperan la identidad negada.
Reconquistan la patria dominada. Y pueden construir una historia autónoma,
asociada a la historia de otros pueblos libres.” 80
De ahí que liberar se trasforma,
pues, en el imperativo que hace realizable la superación del conflicto ético
aludido, y que en la reflexión de Dussel significa:
“Liberar no es sólo romper
las cadenas (...), sino «desarrollar» (liberar en el sentido de dar
posibilidad positiva) la vida humana al exigir a las instituciones, al
sistema, abrir nuevos horizontes trascendentales a la mera reproducción
como repetición de «lo Mismo» -y simultáneamente, opresión y exclusión de
víctimas-. O es, directamente, construir efectivamente la utopía posible,
las estructuras o instituciones del sistema donde la víctima pueda vivir,
y «vivir bien» (que es la nueva «vida buena»); (...) Es un «liberar para»
el novum, el éxito logrado, la utopía realizada.(...)”
81
La justicia es, debe ser, para
cualquier persona –y más aún, para los responsables de la desigualdad
reinante-, una forma de ser (justo) y de actuar (con justicia). Es un acto
con sentido, un acto cuyo único sentido es el de reconocer y de reconocernos
en el derecho de cada uno y de todos, a aspirar a un mismo ideal de sociedad
de personas unidas por lazos de solidaridad. Sólo en la justicia se puede
fundamentar esa necesidad de crear una clara conciencia para la formación de
una comunidad mundial solidaria, en donde el adjetivo solidario sea la
expresión que establezca la diferencia
Más que una globalización de formas de mercado, esto es de flujos de bienes
o de capitales, se requiere de una mundialización de vínculos humanos. Sólo
una mundialización que se reconozca en los vínculos humanos basados en la
solidaridad de compartir un solo mundo, hará posible que las oportunidades y
las capacidades de la gente sean, antes que asignadas, devueltas, en razón
de un imperativo ético: la justicia.
Referencias bibliográficas
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Nozick, Robert. Anarquía, Estado y Utopía. México, D.F., FCE, 1988
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Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Informe sobre
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Rawls, John. Justicia como Equidad. Madrid; Tecnos, 1999
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Editorial (Serie «Ensayos») , 1999
Sen, Amartya. Desarrollo y Libertad. Barcelona, Planeta, 2000
Walzer, Michael. Las Esferas de la Justicia. Una Defensa del Pluralismo y la
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Wolfensohn, James D. La Otra Crisis. Discurso ante la Junta de
Gobernadores.Tomado de:
http://www.worldbank.org/html/extdr/am98/jdw-sp/am98-es.htm
Notas
74 Es
necesario no perder de perspectiva los alcances y contenidos de la expresión
libertad que se deriva de la Filosofía Política de origen anglosajón, en la
que parecen estar inspiradas la justicia distributiva de Sen y los Informes
del PNUD.
75 Debiendo agregar, para completar la idea, de que es a partir de ahí desde
donde se ha de avanzar hacia un proyecto humano común.
76 Discurso éste que si bien pertenece a la herencia de los sesenta, inspirado
en posiciones de la Iglesia católica (Vaticano II; Encíclica Populorum
Progressio, Nº 73) y defendido por intelectuales de la talla de Roger
Garaudy, viene tomando fuerza como una corriente contrapuesta al modelo de
globalización basado en las fuerzas del mercado. .
77 Precisamente, en esa pretensión de hacerse exclusivo subyace, por
definición, su carácter excluyente.
78 Dussel, Enrique. Etica de la Liberación en la edad de la globalización y de
la exclusión. Madrid, Trotta; 2da. edición, 1998; pp. 540-541
79 Dussel, Enrique. Etica de la Liberación en la edad de la globalización y de
la exclusión. Op. cit., p. 541.
80 Boff, Leonardo; El águila y la gallina. Una metáfora de la condición humana;
Op. cit. p. 18.
81 Dussel, Enrique. Etica de la Liberación en la edad de la globalización y de
la exclusión. Op. cit., pp. 560-561.
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