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 MIGRACIÓN LATINOAMERICANA Y SOSTENIBILIDAD: UNA REFLEXIÓN INCONCLUSA

Población

Por Mercedes Arce     

  Parte 1 / 2   

A manera de preámbulo

América Latina durante su historia ha sido escenario de grandes movimientos migratorios que de alguna manera contribuyeron a la conformación de sus sociedades y que hoy día continúan teniendo un impacto en la región.

Generalmente esta migración es reflejada con una visión negativa sobre los problemas que la acompañan, como son los costos no sólo en el plano económico y social, sino políticos sobre todo de los países receptores. Numerosos estudiosos invocan por ejemplo, el impacto de la emigración mexicana hacia los Estados Unidos y no pocas investigaciones indagan sobre la violación de sus derechos humanos y las nefastas consecuencias para las familias divididas. Sin embargo, la intención del presente artículo es aproximarnos a este fenómeno desde una visión diferente.

Al revisar la historia de la migración latinoamericana, resulta evidente el importante impacto en la identidad de la región y la conformación de una cultura a partir de la transformación demográfica que promovieron y la adopción de una serie de rasgos aún visibles en el continente, independientemente de las particularidades existentes.

El patrón migratorio de la región como es reconocido por CELADE1, pudiera dividirse en dos tendencias, una de carácter intrarregional, a través de las fronteras y otra que se dirige hacia los países desarrollados, principalmente hacia los Estados Unidos. Centraremos nuestro análisis en la primera de esas tendencias.

Si bien resulta difícil conocer en detalle la evolución de la emigración intrarregional, por falta de datos disponibles, es cierto que su dinámica es diferente, y su complejidad consiste en las nuevas formas de movilidad que no implican necesariamente la residencia en otro país2, reproduciéndose las formas de convivencia históricas en las fronteras, creándose así- a nuestro juicio- las condiciones para el desarrollo de comunidades sustentables de existir políticas públicas que apoyen las iniciativas de los asentamientos humanos en dichas fronteras.

Los movimientos migratorios intrarregionales, aún después de los procesos de guerra en Centroamérica que generaron gran cantidad de refugiados, puede decirse que a partir del año 2000 son movimientos voluntarios en busca de mejoras económicas, que pudieran fomentar un tipo de cooperación para el desarrollo, limitadas en la actualidad por las políticas de control de fronteras vigentes basadas en una visión ajena a los procesos de integración que naturalmente se están dando en las regiones fronterizas.

Resulta interesante al analizar los patrones migratorios intrarregionales, ver el tipo de relaciones establecidas entre aquellos países con un menor grado de desarrollo económico y los que de alguna manera tienen situaciones sociales menos desiguales y económicamente más prósperos como el caso de Costa Rica en Centroamérica, país receptor de una gran cantidad de ciudadanos nicaragüenses.

En numerosas entrevistas realizadas en la frontera sur mexicana, pudimos comprobar que muchos de los emigrantes guatemaltecos a México mantienen doble residencia, es decir pasan un tiempo en Guatemala y otro en México, lo que da un dinamismo particular a sus comunidades de origen y a la propia región a la que emigran, por lo que los estereotipos de esta migración como agentes desestabilizadores no tendría fundamentos - a nuestro juicio - y por el contrario permitiría en condiciones de una voluntad integradora de los gobiernos de ambos países, darle la dimensión propia de agentes del desarrollo a los migrantes y no mantener las políticas discriminatorias actuales.

Pareciera que en el caso particular de esta problemática, la globalización tomada en su dimensión positiva resultan proclive al desarrollo y las políticas nacionalistas o basadas en la soberanía fronteriza afectan la posibilidad de desarrollar de manera integrada estas regiones hoy todavía deprimidas. El libre movimiento entre países latinoamericanos, más bien debiera verse como un proceso para la apertura económica y cultural de la región, y no como un proceso dañino para los países "receptores", sin que ello perjudique la soberanía nacional, que en los nuevos tiempos deberá ser reconceptualizada en el marco de la cooperación para el desarrollo.

Por supuesto esta percepción requiere de una participación y voluntad de desarrollo de los gobiernos latinoamericanos involucrados. Políticas locales que favorezcan formas nuevas de cooperación entre los habitantes de los diferentes países, con claras estrategias para la búsqueda de oportunidades, alta calificación, mejores comunicaciones y formas nuevas de negocios, podrían significar el avance hacia un desarrollo sustentable de la región latinoamericana.

Todos los estudios sobre los emigrantes demuestran que las personas que se arriesgan a emprender este tipo de acción, por lo general son más emprendedoras y poseen atributos, que de ser apoyados por políticas públicas legítimamente dirigidas a mejorar las condiciones y capacidades de los mismos, se pueden convertir en agentes útiles para el desarrollo tanto de las sociedades de destino como las de emisión.

Cuando los emigrantes no rompen sus vínculos con sus países y mantienen su arraigo cultural con sus sociedades de origen, de hecho se convierten en actores vitales con la capacidad de incidir en el desarrollo local a partir de las nuevas habilidades adquiridas y de las experiencias vividas. Se convierten ellos mismos en canales de distribución de productos y las remesas familiares pudieran pasar de simples ayudas económicas a convertirse en incentivo para el influjo de capital a pequeñas familias devenidas en empresas productivas.


Notas


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