Un poquito de reflexión
El género es una categoría de análisis que "enfocada" hacia
cualquier realidad, cotidiana o recreada, nos mostrará la brecha que nos
coloca a unos y a otras con posibilidades, disponibilidades y expectativas
diferentes.
Lo más simple para visualizar estas diferencias es
imaginarse, en un país en desarrollo, la mesa de una casa donde sus
habitantes coincidan a la hora de comer. Basta preguntarse quién sirve a
quién, a cuál sexo pertenecen quienes comen o reciben más, y otras
"minucias" de este tenor. Esas, para no hacer la pregunta que sigue: ¿quién
limpia los trastes?
Pero en un diapasón más abierto (y es una buena técnica para
hacer diagnósticos sobre equidad o inequidad de géneros) será suficiente
explorar las nóminas que se firman al cobrar salarios, y constatar cuánto de
los dineros devengados van a parar a manos femeninas o masculinas.
Es útil recordar aquí las categorías de condición y
posición establecidas por Kate Young4.
Sí, es cierto que ya figuramos en los registros de cobros en muchos países.
En numerosos escenarios laborales las mujeres estamos presentes, pero
haciendo qué, en cuál posición. La condición de trabajadoras
no nos salva de la desigualdad. Esto para no mencionar lo que ya ha hecho
profusamente el movimiento de mujeres y feminista en ciertos sitios, que es
reclamar la inclusión en el Producto Interno Bruto de las naciones los
valores del trabajo impagado de las mujeres, no tan sólo en el hogar sino
también en los activismos comunitarios. Claro que estas son acciones que
tanto las mujeres, que casi siempre son las más, como los hombres, hacen
porque quieren, voluntariamente; pero la generación de riquezas y de bienes
que de esto resulta suele ofrecer evidencias adicionales de inequidades de
género5.
Las mayores, sin embargo, se ubican en los espacios donde la
cultura patriarcal martiriza y victimiza a las mujeres, hechos que se
relacionan de una manera muy estrecha con enfoques de la comunicación social
muy alejados de lo justo y deseable por lo mismo que no son ni reflejos ni
interpretación certera de la realidad. ¿Cómo transitan – o no transitan --
hacia la conciencia pública el cúmulo de injusticias que relega a las
mujeres o los acontecimientos en los que ellas eclosionan como actoras?
Conozco de sobra cómo las reiteradas denuncias de las
décadas de los 80 y los 90, sobre cuál imagen peyorativa y discriminatoria
de la mujer ofrecían los medios de comunicación, llegó a convertirse en una
cantinela que, a fuerza de repetirse, disminuyó su "carga" movilizativa y
rectificadora., como lo señaló en su momento María Helena Hermosillo al
convertir en un estereotipo el rechazo a los estereotipos.
No voy a evocar, por obvio y conocido, el empleo de cuerpos
desnudos o semidesnudos de jóvenes (siempre jóvenes, bellas y casi todas
blancas) cosificadas por la publicidad; o lo que parecería ser una ausencia
de mujeres inteligentes que tengan ideas audaces y declaren cosas sensatas.
Es una verdad que no necesita demostración que ellas han
irrumpido en casi todos los territorios del presente, no sólo para seguir
pariendo y reproduciendo la fuerza de trabajo, sino también para aportar las
soluciones más audaces a la pobreza en el ámbito familiar, emerger como
lideresas en política, y constituirse en bastiones de movimientos populares
que resurgen o se fortalecen.
He ahí una de las contradicciones mayores de la ausencia
notoria de perspectiva de género en la comunicación, particularmente en el
mundo en desarrollo: ¿por qué si ellas están y hacen y proponen y piquetean
y son reprimidas, figuran tan poco en un periodismo que - por lo
novedoso-noticioso del hecho mismo – debería exaltar sus protagonismos.
Hay, en un semejante diapasón, circunstancias en que la
prensa – en su acepción más abarcadora – debería jugar más consistentemente
un papel generador de dinámicas de cambio. La violencia de género6
que asesina, golpea e inutiliza para el trabajo y para la vida sana a miles
de mujeres, es una realidad que necesita apoyarse en la comunicación para
enfrentarla y hacerla recular. No verla, no reportarla, conspira contra el
capital de que se nutre el desarrollo.
La explotación sexual, el abuso infantil, el incesto, las
muertes maternas evitables, la expansión del Sida a costa de ellas, y la
negación en muchos países del derecho femenino a decidir sobre la propia
capacidad reproductiva, son hechos que tienen expresión cotidiana en el seno
de los hogares y de las sociedades. No enfocarlos, revelarlos y atacar sus
causales, implica no sólo una complicidad con lo más malsano de lo presente
sino también una negación de futuros.
Cuando algunos de estos asuntos saltan a la gran prensa lo
hacen la mayoría de las veces acompañados de interpretaciones y frases
sexistas que agregan escarnio a la humillación de las mujeres: "asesina a su
concubina por pasión", "se puso de necia en una discoteca y la mató de un
botellazo", o "yo la maté porque no me quería" son titulares aparecidos en
la prensa dominicana que se repiten con muy pocas variantes en otros muchos
países. Todos implican una justificación del crimen que acusa a las víctimas
y arroja compasión sobre el agresor. Revelan por demás el ejercicio por
ciertos hombres de una noción de propiedad que los lleva hasta el crimen7
, considerado desde su imaginario como un derecho: "porque no me quería..."
Lo otro es la culpabilización de las mujeres en nombre de
una mística sectaria, de púlpitos y arzobispados, que las etiquetea como
asesinas por el libérrimo ejercicio de sus derechos sobre sus cuerpos. No
hace falta mencionar el poder de la reacción y de los fundamentalismos en
los medios de comunicación. ¿Pueden mujeres que paren todos los años, o las
que sufren el cercenamiento de sus genitales, aportar sus mayores y mejores
potencialidades al desarrollo? ¿Puede concebirse un desarrollo sustentable
sin esas potencialidades? ¿Puede haber desarrollo sin una comunicación
social que lo arrope y lo exalte también con las mujeres?
Los ejemplos mencionados tienen que ver con las vidas de las
mujeres, son específicos para ellas. Por eso cuando se aboga por una
comunicación con perspectiva de género - al margen de que el concepto sea
bisexual – hay que visualizarlas a ellas.