Un periodismo que refleje al mundo
La perspectiva es, sin embargo, esperanzadora. Las y los
profesionales que se inmiscuyen en un quehacer periodístico "que refleje al
mundo", como lo diría la guatemalteca Laura Asturias8 han comenzado ya a
producir un periodismo incluyente y democrático que reconoce las diferencias
inherentes a las personas y sus realidades, y las representa en una justa
dimensión para que sus voces tradicionalmente excluidas "nos enriquezcan
pero, sobre todo, para que no sigan marginadas".
La comunicación y sus productos tienen capacidad para
provocar emociones, inducir ideas, potenciar conductas y – es lo que más me
interesa destacar – generar dinámicas de cambio por la vía de desencadenar
procesos. El uso consciente de esas posibilidades es lo que se busca cuando
se aboga por una comunicación o un periodismo con perspectiva de género.
Acciones comunicativas para desarrollos posibles favorecerán
su hechura cuando los mensajes y las ideas que deben acompañarles alcancen
los planos más profundos de la conciencia de la gente.
Y esa conciencia, esa gente y ese desarrollo sustentable
necesitan con urgencia de una comunicación inclusiva y democrática que, por
serlo, se enfoque desde la convicción de que es posible construir la equidad
intergenérica., y que la capacidad multiplicadora y el alcance de los
recursos comunicativos tienen un papel importante que desempeñar en esa
dirección.
Pensar – como se piensa desde hace un tiempo – en una
comunicación para el desarrollo, que lo sustente y se sustente, precisa
esclarecer y tener presente esto que hace más de 20 años – cuando se
fraguaba la Primera Conferencia Mundial de Naciones Unidas para la Mujer en
1985 – estableció la experta británica Margaret Ghallager : los productos
comunicativos no son diferentes porque lo sea el sexo del creador o la
creadora. Y eso es así – decía ella – porque ambos géneros compartimos los
mismos patrones culturales.
Para que esa situación cambie hay que trabajar la
sensibilización de los hombres y mujeres productores de comunicación en el
sentido de hacerles ver el otro lado de la noticia, la parte femenina de
todos los acontecimientos, ejercicio que les conducirá no sólo a un
periodismo más abarcador sino también más informativo por cuanto prestará
atención a los dos territorios presentes, no siempre trabajados en las
notas, y no solo al de los varones.
Si el desarrollo sustentable se basa en avanzar hacia un
mundo posible y vivible, hay que pensarlo imbricado con una comunicación
social que se sepa depositaria del axioma de Porto Alegre: otro mundo es
posible con otra comunicación, con otras imágenes, con la palabra no
discriminatoria, con el ejercicio crítico y democrático desde el periodismo,
con la eliminación del sexismo comunicativo.
Esa voluntad se complica porque la concentración de los
medios de comunicación tiende – como lo ha significado Ignacio Ramonet - no
a ofrecerle información a los ciudadanos sino a "venderle" los ciudadanos
consumidores de medios al capital.9 Esta es la filosofía que prima en la
profusión de periódicos de distribución gratuita que se produce en el
presente, novedad a la cual se agrega – aunque sea ingrata – que un
periodismo tal mirará hacia las personas mucho más como sujetos y sujetas
para el mercado que como humanos y humanas.
Lo que abunda no daña
La académica y periodista colombiana Patricia Anzola, ya
fallecida, planteaba hace más de una década que la noticia no tiene sexo
pero que su tratamiento sí tiene género. Corroboraciones abundan. Bastaría
observar un noticiero de televisión o cualquier página web o un periódico
común y corriente para comprobar la enorme brecha que se proyecta entre lo
que ven y leen nuestros ojos en esos productos comunicativos, y los que
nuestros ojos ven en la realidad.
La mayor parte de las veces ni siquiera tomamos conciencia
de estas brechas porque no estamos entrenados ni entrenadas para
descubrirlas y porque – hasta hace muy poco – no era cosa que importara a
mucha gente más allá de algunas feministas y otras tantas académicas.
La persistencia y el reforzamiento de esas brechas, sin
embargo, son lastre que entorpece y minimiza la participación de las mujeres
y también de otros sectores excluidos de la sociedad: los hombres pobres,
los y las discapacitados, los y las personas envejecientes, los negros y
negras, las lesbianas, los homosexuales, las y los indígenas, quienes no son
sujetos ni sujetas de las "noticias" que venden, más que cuando se les
presenta asociados al morbo.
La colega mexicana Sara Lovera lo ha subrayado10: "también así
se desvaloriza nuestro paso por la historia... No hemos sido capaces todavía
de contribuir con mayor fuerza a que en los medios cambien las cosas, en la
forma de jerarquizar las noticias, en el cómo se presentan o se encabezan.
Hombres y mujeres hemos sido enajenados por la ideología predominante, en
donde la cuestión femenina es considerada como sin valor, como "sin
noticia".
Estas situaciones de minimización de una parte, no se
producen solamente desde la comunicación social, pero es el carácter
multiplicador de ésta la que da o quita repercusiones al hecho por la
resignificación que hacen las personas de sus propias vidas y de las de los
demás cuando ellas son reflejadas en los medios masivos, lo cual es un
proceso intrínseco al ejercicio periodístico y a sus resultados.
Si en el tiempo en que nos movemos la denuncia de una
imagen femenina maltratada no ha tenido efectos suficientemente
rectificadores ni ha significado una solución raigal, ¿cuál lo es? A mi
juicio, cambiar las cosas desde adentro, contando con los y las periodistas,
con los y las jefas de redacción, los camarógrafos y fotógrafos, con las y
los creativos de publicidad, con las y los profesores que en universidades y
otros centros no prestan atención a la categoría género – que casi no
aparece en los pensums– para profundizar una toma de conciencia.
Un ejemplo de lo qué puede ocurrir cuando la comunicación no
favorece la igualdad ni articula el imaginario social en función de
favorecerla, se halla en Cuba. Realizaciones indiscutibles en el plano de
los derechos sexuales y reproductivos, del acceso a la educación y al
trabajo no se expresan todavía en la presencia de mujeres en bastantes
puestos de decisión, ni en las tribunas o despachos donde se cuecen las
políticas del país.
Ellas constituyen una cifra en el Parlamento pero no son
allí, ni en ninguna otra estructura, la presencia ni la voz de las
iguales. Cierto es que hubo en momentos tempranos del proceso político
revolucionario una declarada voluntad en esta dirección. Pero tal igualdad
se ha visto muy mediatizada. El androcentrismo presente en el poder es la
razón principal. La buena salud del machismo tiene que ver de muchas maneras
con que la comunicación social no asumió todavía ni una perspectiva de
género, ni enfoques promotores de la real igualdad en lo racial, ni se hizo
presente para otros empeños sustentadores de la nueva conciencia, más allá
del reclamo de adhesión revolucionaria.
En esos dos espacios citados al vuelo: la equidad
intergenérica y la equidad racial fuimos víctimas de una trampa, de una
engañifa, según la cual sería discriminatorio prestar especial atención a
los asuntos de las mujeres o de los negros y negras, puesto que ellas y
ellos ya estaban "instalados" en los distintos estamentos de la sociedad. O
sea, para no discriminarnos y discriminarles no se reconoció, se prefirió
ignorar, que estamos discriminadas y discriminados.
11 La complicidad -
orientada o espontánea - de los medios de comunicación y del discurso
político tienen su expresión más visibles en el hecho de que en Cuba todavía
se habla en masculino, se titula y enfatiza lo varón; y se subraya lo viril,
a pesar del gran heroísmo cotidiano de las mujeres. Las pantallas de
televisión, en un país donde este medio alcanza a la casi totalidad de la
población12, siguen siendo blancas, a lo sumo salpicadas de "mulatez", y muy
predominantemente significada por hombres
Lo anterior podría ser una referencia puramente anecdótica
si no fuera porque para que haya desarrollo real tiene que haber igualdad
real. Y esta equidad de género no llegará a las estructuras del poder, ni se
convertirá en presupuestos ni en políticas de Estado si una comunicación con
perspectiva de género no lo demanda, lo viabiliza y lo estimula.