Las violencias de la omisión y el ocultamiento
Los procesos cognoscitivos se nutren de manera importante de
productos comunicativos. Se sabe bien que, para bien y para mal, la
revolución comunicacional dibuja, proyecta y difunde una realidad que no
suele ser la realidad, pero acerca de cuyos contenidos la inmensa mayoría de
las personas opone pocas dudas.
La "realidad" así construida pasa a ser uno más en los
elementos del consumo, violatorio en grado superlativo de los derechos de
las personas y de las comunidades, en tanto que la voluntad y el acto
personal de escoger intervienen en menor medida en esta selección que en los
casos de otros consumos.
Frei Betto acaba de reclamar para Brasil una campaña
nacional de despolución televisiva.13
Ese pensamiento, sin embargo, prejuzga a los perceptores
como una masa amorfa y acrítica, lo cual no siempre es cierto, si bien la
compactación cultural que los propios medios propician "vende" productos
comunicativos en los mismos porcentajes que cualquier otro bien comercial.
Me adscribo con toda devoción a las demandas que en Porto
Alegre hiciera Ignacio Ramonet reclamando una ecología de la información.
Es atentatoria a cualquier forma de derechos de las
personas la realidad de que no es posible determinar qué no se nos dice o
muestra de lo que debemos conocer o ver, más allá de lo que a veces
conseguimos precisar que se nos oculta ex profeso, por poderosos intereses
actuantes en los espacios comunicacionales.
Me muevo hacia la visión de algo que puede parecer más
sutil.
Es urgente comprender – en particular pensado desde el
binomio-comunicación desarrollo -- que la omisión o el ocultamiento de lo
que ocurre, piensa o reclama la mitad de la población – y a veces más de la
mitad en nuestros países pobres– se constituye en un proceso de violencia.
Se trata de una violencia no tipificada explícitamente ni
por la Convención contra toda Forma de Discriminación contra la Mujer, ni
por las leyes de prensa, ni por otros instrumentos normativos. Aun en el
punto J de la Plataforma de Acción aprobado en Beijing en 1995, este
fenómeno se enmarca en palabras que no enfatizan la cuádruple dimensión del
problema como expresión de violencia:
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la que conspira contra una construcción de la equidad de géneros, |
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la que adjudica
tratamientos y enfoques de las noticias y otros productos comunicativos
que violentan el equilibrio intergenérico al
minimizar (y a veces maltratar) al femenino, |
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la que deposita y populariza en el seno de la sociedad informaciones,
estereotipos y aseveraciones que desdibujan a las personas de verdad, a
los hombres y mujeres que tejemos la historia de lo cotidiano, |
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y la que desnaturaliza el concepto de prensa libre, democrática y
apegada a la justicia, cuando resta voz a una parte de los actores
sociales, o niega poder y calidad noticiosa a sus acciones. |
No podremos –a mi modo de ver– sentir que nuestros esfuerzos
por erradicar la violencia contra la mujer desde lo social alcanzan plenitud
en sus objetivos, mientras no consideremos también a la omisión y al
ocultamiento como acciones de violencia que reducen nuestras posibilidades,
disminuyen nuestros saberes, enmascaran nuestras tristezas y aun nuestras
alegrías y triunfos, y quitan impulso a nuestros empeños.
La masa crítica
Redes con diferentes características han emergido sobre todo
en la última década: desde lo electrónico con Mujeres en Red a partir de
España; desde lo regional enfilado a buena parte de América Latina con CIMAC:
Comunicación e Información de la Mujer, empeño pionero conducido por Sara
Lovera y sus colaboradoras desde México, una agencia de noticias y un sitio
web; con Tertulia desde Guatemala, ALAI Mujeres de Ecuador, Isis
Internacional desde su sede en Chile, con En la Mira y un portal web para
difundir temas promotores de la equidad de géneros; Radio FIRE
Internacional, que desde Costa Rica alcanza al mundo. Más numerosas redes
locales y nacionales.
Una estrategia que apunta a tener presencia activa en la
Cumbre Mundial sobre la Sociedad de la Información se concretó ya por el
Gender Caucus, grupo de trabajo integrado por mujeres comunicadoras de
varios países del mundo, con el objetivo de asegurar que el derecho a la
información y la igualdad de géneros, sean tomados en cuenta en la agenda de
esta Cumbre que se reunirá este año en Ginebra, y en Túnez en el 2005.14
Más recientemente se abre paso A Primera Plana, desde
República Dominicana, revista electrónica (www.aprimeraplana.org)
de la ya mencionada Red de Periodistas con Perspectiva de Género, integrada
por mujeres y hombres profesionales de la comunicación, y apoyada por el
Global Fund for Women..
Este último medio – en el que yo misma estoy involucrada –
registra la singularidad de tener una réplica impresa para alcanzar a los y
las comunicadores que carecen de soporte electrónico. Otra característica es
la de que se trata de un producto cuyo propósito es proporcionar insumos
para su producción a colegas que trabajan en medios masivos. Así, aunque
A Primera Plana es un medio alternativo, su verdadero efecto se registra
en los medios masivos cuando cada vez más profesionales asumen una mirada
inclusiva de toda la sociedad, que se expresa en múltiples trabajos,
informaciones y reportajes con temas y enfoques poco frecuentes en un pasado
reciente.
Tales empeños denotan la existencia de una masa crítica
que, como toda masa crítica, posee multiplicadas capacidades (por lo mismo
que ella es portadora al mismo tiempo que vector de su propio desarrollo)
para configurar, ahora, el mundo del futuro.