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ISSN 1913-6196

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 PUEBLOS INDÍGENAS, COSMOVISIÓN Y DESARROLLO SOSTENIBLE

Diplomacia ciudadana

Por Alfonso Alem Rojo   

  Parte 1 / 3   

Introducción

La idea y el sentido del desarrollo han transitado en los últimos cincuenta años por innumerables debates en la arena internacional, involucrando a la más variada gama de actores: filósofos, economistas, sociólogos, científicos y tecnólogos, políticos, diplomáticos, ecologistas, sindicalistas, etc. El desarrollo ha adoptado también una también variada gama de apellidos que han intentado calificarlo al calor de los valores que han alentado dichos debates: desarrollo con rostro humano, desarrollo integral, desarrollo sostenible, desarrollo basado en un enfoque de derechos, desarrollo con identidad, etc.

La definición de la oposición "desarrollo-subdesarrollo" que hiciera el ex presidente estadounidense Harry Truman, apenas terminada la segunda guerra mundial, apenas se distanciaba de aquella otra de "civilización-barbarie" con la que nació la Liga de las Naciones al finalizar la primera guerra. La idea del progreso y el bienestar que caracterizaba a las sociedades de los países industrializados debía ser el objetivo de aquellos otros sumidos en la pobreza y el atraso consubstánciales al subdesarrollo. En ambos casos, se aludía a una presunta trayectoria lineal y unívoca de la evolución humana como un presupuesto indiscutido y, sobre dicho aserto, se establecía el lugar de cada país en la escala resultante con los consiguientes atributos que lo hacían pertenecer ya sea al club de los modernos y aventajados, o bien, al de los condenados.

La guerra fría alimentó esta visión, planteándose la competencia por la superioridad de un sistema social sobre el otro, aunque inscritos ambos en la misma escala evolutiva y empujando a sus sistemas científico-tecnológicos a proveer de los insumos necesarios para justificar y validar tal superioridad. En 1987, cuando el Informe Bruntland consagró el carácter finito de los recursos del planeta -a cuya costa se había desatado la carrera entre ambos polos- surgió la idea de dotarle al desarrollo un carácter sostenible, en términos de garantizar que el mismo no comprometa los recursos que posibiliten su replicabilidad futura.

El poderoso llamado de atención y la denuncia de la inviabilidad de los patrones de producción y consumo implícitos en el paradigma dominante de desarrollo –que demandaría 20 planetas Tierra para tener los recursos necesarios y la capacidad de absorción de los desechos generados si toda la humanidad viviera y consumiera como lo hacen los países industrializados–, quedaron consagrados por la Cumbre de la Tierra (Río 92) en la Agenda 21, la filosofía y los instrumentos aprobados por la comunidad internacional en dicha oportunidad.

Sin embargo de ello, los 10 años transcurridos desde entonces, demuestran que tales definiciones no han pasado de ser papel mojado y están muy lejos de haber motivado los cambios dramáticos de la idea evolutiva que fueron reclamados en Río. La pobreza, el hambre y la desigualdad que afectan a las cuatro quintas partes de la humanidad en beneficio de la quinta restante se han desbocado, los indicadores sobre la salud ambiental no pueden ser más alarmantes y, lo peor de todo, las tendencias de evolución de la situación amenazan con llevar esta lógica hasta sus últimas consecuencias. El estrepitoso fracaso de la Cumbre Mundial de Desarrollo Sostenible (CMDS) celebrada en Johannesburgo en 2002, sólo ha servido para poner en evidencia la impotencia mundial frente a la insensatez con que la única potencia económica y militar del planeta pretende persistir impunemente en su modelo de desarrollo, imponiendo sus designios políticos, su soberbia y su sinrazón al resto del mudo.

Los pueblos indígenas participaron en Johannesburgo con más de 300 delegados, articulados por el Foro Indígena Internacional sobre Biodiversidad y otras organizaciones quienes realizaron en los días previos a la Cumbre Mundial su propia Cumbre, aprobando la Declaración de Kimberly como su plataforma ante los asuntos del evento mundial.

La reunión de Kimberly y la presencia indígena en la CMDS son el resultado de la madurez con la que el movimiento indígena ha venido procesando el debate internacional sobre el desarrollo, pero también son un hito en el proceso de articulación de este movimiento como un actor relevante del mundo globalizado, dando continuidad a la acumulación orgánica y programática con que los pueblos indígenas han venido abriendo espacios propios en otros escenarios en los que han plasmado sus demandas y reivindicaciones, tales como la Conferencia Mundial contra el Racismo, celebrada en Durban en septiembre del 2001.


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