|
Parte 1 / 3
Introducción
La idea y el sentido del desarrollo han transitado en
los últimos cincuenta años por innumerables debates en la arena
internacional, involucrando a la más variada gama de actores: filósofos,
economistas, sociólogos, científicos y tecnólogos, políticos, diplomáticos,
ecologistas, sindicalistas, etc. El desarrollo ha adoptado también una
también variada gama de apellidos que han intentado calificarlo al
calor de los valores que han alentado dichos debates: desarrollo con
rostro humano, desarrollo integral, desarrollo sostenible, desarrollo basado
en un enfoque de derechos, desarrollo con identidad, etc.
La definición de la oposición "desarrollo-subdesarrollo"
que hiciera el ex presidente estadounidense Harry Truman, apenas terminada
la segunda guerra mundial, apenas se distanciaba de aquella otra de
"civilización-barbarie" con la que nació la Liga de las Naciones al
finalizar la primera guerra. La idea del progreso y el bienestar
que caracterizaba a las sociedades de los países industrializados debía
ser el objetivo de aquellos otros sumidos en la pobreza y el
atraso consubstánciales al subdesarrollo. En ambos casos, se
aludía a una presunta trayectoria lineal y unívoca de la evolución humana
como un presupuesto indiscutido y, sobre dicho aserto, se establecía el
lugar de cada país en la escala resultante con los consiguientes atributos
que lo hacían pertenecer ya sea al club de los modernos y
aventajados, o bien, al de los condenados.
La guerra fría alimentó esta visión, planteándose la
competencia por la superioridad de un sistema social sobre el otro, aunque
inscritos ambos en la misma escala evolutiva y empujando a sus
sistemas científico-tecnológicos a proveer de los insumos necesarios para
justificar y validar tal superioridad. En 1987, cuando el Informe Bruntland
consagró el carácter finito de los recursos del planeta -a cuya costa se
había desatado la carrera entre ambos polos- surgió la idea de dotarle al
desarrollo un carácter sostenible, en términos de garantizar que
el mismo no comprometa los recursos que posibiliten su replicabilidad
futura.
El poderoso llamado de atención y la denuncia de la
inviabilidad de los patrones de producción y consumo implícitos en el
paradigma dominante de desarrollo –que demandaría 20 planetas Tierra para
tener los recursos necesarios y la capacidad de absorción de los desechos
generados si toda la humanidad viviera y consumiera como lo hacen los países
industrializados–, quedaron consagrados por la Cumbre de la Tierra (Río 92)
en la Agenda 21, la filosofía y los instrumentos aprobados por la comunidad
internacional en dicha oportunidad.
Sin embargo de ello, los 10 años transcurridos desde
entonces, demuestran que tales definiciones no han pasado de ser papel
mojado y están muy lejos de haber motivado los cambios dramáticos de la idea
evolutiva que fueron reclamados en Río. La pobreza, el hambre y la
desigualdad que afectan a las cuatro quintas partes de la humanidad en
beneficio de la quinta restante se han desbocado, los indicadores sobre la
salud ambiental no pueden ser más alarmantes y, lo peor de todo, las
tendencias de evolución de la situación amenazan con llevar esta lógica
hasta sus últimas consecuencias. El estrepitoso fracaso de la Cumbre Mundial
de Desarrollo Sostenible (CMDS) celebrada en Johannesburgo en 2002, sólo ha
servido para poner en evidencia la impotencia mundial frente a la insensatez
con que la única potencia económica y militar del planeta pretende persistir
impunemente en su modelo de desarrollo, imponiendo sus designios políticos,
su soberbia y su sinrazón al resto del mudo.
Los pueblos indígenas participaron en Johannesburgo con más
de 300 delegados, articulados por el Foro Indígena Internacional sobre
Biodiversidad y otras organizaciones quienes realizaron en los días previos
a la Cumbre Mundial su propia Cumbre, aprobando la Declaración de Kimberly
como su plataforma ante los asuntos del evento mundial.
La reunión de Kimberly y la presencia indígena en la CMDS
son el resultado de la madurez con la que el movimiento indígena ha venido
procesando el debate internacional sobre el desarrollo, pero también son un
hito en el proceso de articulación de este movimiento como un actor
relevante del mundo globalizado, dando continuidad a la acumulación orgánica
y programática con que los pueblos indígenas han venido abriendo espacios
propios en otros escenarios en los que han plasmado sus demandas y
reivindicaciones, tales como la Conferencia Mundial contra el Racismo,
celebrada en Durban en septiembre del 2001.
|