A manera de introducción
Luego de dejar atrás la Cumbre de Johannesburgo, en la
cual se evidenciaron la mayor parte de los conflictos existentes sobre las
diversas temáticas ambientales que aquejan hoy la planeta, algunas opiniones
críticas han señalado que si algo se ha ganado en estos años y resultó
evidente en Johannesburgo, ha sido el crecimiento de la sensibilidad mundial
sobre los problemas ecológicos y paradójicamente la reticencia de los
gobiernos del mundo desarrollado para adoptar compromisos estables y
creíbles respecto a la mejoría de la salud de la Tierra.
Al realizar un balance de la década transcurrida entre
1992 y el 2002, se evidencian una serie de cambios en la situación mundial
en relación con el medioambiente. Primeramente se agravó la imposición de la
globalización neoliberal que dio por resultado el incremento de las crisis
sociales y ambientales en todo el mundo a la vez que en ese contexto, los
acuerdos de Río sobre el clima (Kyoto) y biodiversidad (Cartagena), se
transformaban en un marco jurídico internacional para comercializar la
naturaleza. Con el Protocolo de Kyoto se presenta la oportunidad para los
países centrales negociar sus emisiones de CO2 y evitar así tener que
cambiar sus patrones de consumo; por su parte, la Convención sobre
Biodiversidad facilita más el acceso de las empresas trasnacionales a los
recursos genéticos que la garantía de protección de estos y los derechos de
los pueblos indígenas al mejor manejo de la biodiversidad, asegurando de
paso la negociación de la propiedad intelectual de estos bancos genéticos en
el marco de los acuerdos de la OMC.
También en el decenio surgió y se consolidó un sector
gerencial de los recursos naturales a nivel mundial, que de hecho aseguran
los flujos de recursos del Sur al Norte, es el surgimiento de un nuevo tipo
de política nueva derivado de las formas de negociación estrenadas en Río.
El surgimiento de una "sociedad civil internacional" implicada en el proceso
antiglobalizador tipo Seattle y Porto Alegre, representa una oposición
explosiva pero aún poco articulada al peligro expresado en Johannesburgo
cuando se trata de reconciliar los procesos de "globalización sustentable" y
los grandes procesos movilizadores a nivel mundial, que desconocen las
necesidades de las comunidades a nivel local. No es casual que Kofi Annan
haya enfatizado que "hacemos la globalización trabajar para el desarrollo
sustentable".
Cada vez resulta más evidente que la crisis ambiental es
consustancial a la crisis civilizatoria del sistema mundo y que ese iceberg
esta compuesto en gran medida por el modelo económico y tecnológico, de
patrones de consumo que esta civilización expande, depredando la naturaleza
y sojuzgando las culturas autóctonas allí donde se establecen sus patrones
de dominación. La construcción de hegemonías se realiza desde hace siglos
sobre la base de la dominación de al menos tres elementos: el dominio de la
naturaleza, los procesos de aculturación colonizadores y la discriminación
de sectores ahora dados en llamar vulnerables (étnicos, mujeres, pobres),
esta trilogía ha garantizado durante la historia del capitalismo y
especialmente en su fase industrial, los niveles de acumulación necesarios
para producir los efectos que hoy se verifican a nivel global.
A esta crisis del sistema mundo, compuesta por la crisis
ambiental, la social y la económica se le agrega cada vez con mayor fuerza
la crisis de la política, especialmente en lo que respecta a las relaciones
internacionales, la construcción de hegemonía en la arena internacional hoy
agudiza los conflictos existentes respecto a las tomas de decisiones mas
urgentes sobre diversos temas globales en los que el tema ambiental resulta
uno de los más relevantes; todas ellas forman parte de la crisis ética de la
civilización occidental entendida esta como crisis moral de las
instituciones políticas, de los aparatos jurídicos normadores de las
relaciones sociales y de la "racionalidad" impuesta a las lógicas de la
naturaleza, lo que incorpora un alto por ciento de actividad antrópica a esa
crisis de "lo natural".
El actual proceso de globalización impone ritmos
diferentes a los hasta ahora conocidos en las relaciones
economía-naturaleza-sociedad, cuyas realidades y conductas que afectan a
todas las naciones, presentan para Latinoamérica y el Caribe particulares
características en las que se reflejan las peculiaridades del proceso
global, como las fuertes dinámicas de los flujos financieros y tecnológicos,
pero también y muy agudamente las particularidades de la región, tales como
las cíclicas reestructuraciones económicas y sus repercusiones sociales y
políticas, donde los nuevos agentes económicos y los emergentes actores
sociales muestran siempre niveles de conflictividad crecientes, que
erosionan los espacios nacionales y generan contradicciones de diversa
índole entre ellos y entre su relación con el medioambiente donde se
desenvuelven. Una de estas relaciones conflictivas emana de la diferencia
sustancial existente entre los intereses empresariales y las
responsabilidades estatales, que cuando se subordinan a los primeros
vulneran con mucha frecuencia sus obligaciones para con el patrimonio
nacional, incluido en primer lugar los recursos y servicios ambientales.
Estos conflictos se reflejan primeramente en lo local y en el entorno que
afecta directamente a las poblaciones, lo que provoca frecuentes reacciones
de parte de esta e implica el surgimiento y desarrollo de nuevas posiciones
respecto a conceptos relacionados con la ética de la ciudadanía.
Sin embargo, en un acercamiento al tema en el actual
espacio latinoamericano no se puede obviar que esos patrones de consumo en
la región han sido construidos históricamente a través del proceso colonial
primero y durante la expansión y hegemonía norteamericana durante el siglo
XX posteriormente, lo que ha creado el inmenso proceso de transferencia de
las riquezas naturales que caracteriza al desarrollo capitalista en la
región. La deuda ecológica creada por la ocupación y apropiación del espacio
americano primero y por la transferencia de recursos posteriormente, ha sido
la antesala de la actual apropiación y exportación de los servicios
ambientales.
Por ello una ética de la sustentabilidad deberá
incorporar necesariamente la reconciliación entre la razón y la moral en
términos históricos, o lo que es lo mismo, reconocer primeramente por los
gobiernos latinoamericanos y otros actores políticos como los partidos y los
diferentes sujetos sociales, la existencia de una deuda ecológica causada
por ese proceso histórico de apropiación de la naturaleza y de sus recursos
y servicios desde el "descubrimiento del Nuevo Mundo". Unido a esto la
existencia de los estilos de manejo ambiental y cultural derivados de las
culturas nacionales urbanas en Latinoamérica, expresan a nivel del estado
nación formas de relación y sojuzgamiento en los que no solo se involucran
las capas mas desposeídas de la población sino también al entorno natural y
a todas las especies que en el habitan.
También la pobreza y la injusticia social son elementos
de la vida sociopolítica de América Latina que expresan y se asocian al
deterioro ecológico, el ejemplo de Haití, el país mas pobre del continente y
quizás el más depredado, nos muestra dicha asociación de manera inequívoca.
Los altos índices de deforestación y degradación de los suelos, la perdida
de la biodiversidad y la exclusión política, social y cultural, coloca a ese
país en situación de clasificar dentro de los territorios que se encuentran
bordeando ya una crisis irreversible en lo ambiental y estructural.
También por ello la justicia social es uno de los
componentes ineludibles de la ética del medio ambiente en América Latina y
el Caribe, al igual que en otros lugares del planeta, sin equidad en la
distribución de los bienes y los servicios ambientales no será posible
construir sociedades ecológicamente sustentables y socialmente justas.