Sumario
El objetivo del artículo es presentar la experiencia del
Frente Democrático Campesino (FDC) e identificar, el aporte de las
diferentes formas de acción colectiva emprendidas para mejorar sus
condiciones de vida y establecer relaciones de equidad entre hombres y
mujeres, regiones y tipos de productores, para construir un aprendizaje
colectivo.
El presente artículo tiene como base y sustento un proceso de
sistematización que
ha realizando
Equipo Pueblo, sobre la experiencia del Frente Democrático Campesino de
Chihuahua, entre Laura Becerra, Federico Pöhls y Víctor Quintana
La organización
El Frente Democrático Campesino (FDC) es una organización
social plural, de campesinos y campesinas pobres, independiente de los
partidos políticos, del gobierno y de las iglesias, que nace en el Oeste del
estado de Chihuahua, México, en diciembre de 1985 bajo el nombre de
Movimiento Democrático Campesino. Actualmente cuenta con alrededor de dos
mil afiliados y afiliadas en quince de los sesenta y siete municipios del
Estado.
La misión del FDC ha sido fomentar la participación
conciente, organizada y responsable de los hombres y mujeres del campo para
que se conviertan en sujetos de sus procesos productivos, económicos,
sociales, políticos, culturales y ambientales, y puedan así vivir con
dignidad en el medio rural.
A lo largo de estos años, el FDC ha desplegado diversas
formas de acción colectiva. En primer lugar están las que forman parte de
los diversos movimientos sociales que ha promovido o en los que ha
participado: toma de bodegas, bloqueo de carreteras, ocupación de tierras,
marchas, plantones, campamentos, ayunos, toma de oficinas, bloqueo de
puentes internacionales, presencia masiva ante el Legislativo, entre otras.
Se trata de formas de acción y de presión directa, no institucionales, que
se desarrollan al calor del movimiento social.
En segundo lugar, están las formas de acción más
institucionalizadas, al menos dentro de la propia organización, que son
parte de las estructuras participativas más o menos permanentes: cursos,
talleres, asambleas, comisiones, gestiones, la cooperativa de ahorro, las
empresas comercializadoras, las granjas sustentables, producto de la
decisión de fortalecer la vía de la propuesta.
Estas formas de acción colectiva, tanto las no
institucionales y puntuales, como las más institucionalizadas y permanentes,
han contribuido a lograr tres efectos: la construcción política de capital
social; el mejoramiento de las condiciones de vida, y el mejoramiento de las
condiciones de equidad de las personas y de las familias que participan en
el Frente.
De cómo se construyó capital social
Desde mediados de los años treinta se construye y se
consolida en México un modelo de gobernabilidad autoritaria de matriz
estado–céntrica. Dicho modelo funda su legitimidad en el pacto social
posrevolucionario expresado en la Constitución de 1917; en la construcción
de un nuevo orden político presidencialista fundado en el partido de Estado
y un esquema de relaciones Estado – sociedad en el que aquel realiza
importantes reformas sociales para las clases populares, a la vez que las
controla corporativamente a través de las organizaciones sectoriales del
partido oficial.
El medio rural es donde se expresa con mayor nitidez este
modelo de gobernabilidad autoritaria. Las comunidades campesinas tienen
acceso a la tierra, a los medios de producción, a los créditos y a los
insumos sólo en cuanto participan de la estructura corporativa del sistema
político a través del brazo campesino del partido oficial: la Confederación
Nacional Campesina (CNC) Todo esfuerzo de organización, ya no digamos
contestatario de este modelo, sino independiente, está condenado a la
represión o a morir de inanición, por negársele el acceso a los recursos
monopolizados por el gobierno, el partido y su organización sectorial.
Así, la construcción del capital social en el México rural,
entendida como la construcción de estrategias, de redes y de relaciones para
que los grupos campesinos accedan a esos recursos, o al mercado, o a las
decisiones del Estado, siempre será un proceso de alto contenido político en
cuanto atenta contra las relaciones de poder dominantes, en cuanto
constituye un discurso tácito o explícito que desafía el monopolio de la
representación política y de la asignación de recursos para los hombres y
las mujeres del campo.
Construir políticamente capital social en sociedades como la
mexicana es contribuir al fortalecimiento o antes aún, a la construcción de
la sociedad civil. Con dos componentes básicos: "...un elemento
institucional definido básicamente por la estructura de derechos de los
Estados de bienestar contemporáneos, y un elemento activo, transformador,
constituido por los movimientos sociales".(1)
Así pues, la construcción política del capital social en el
contexto de regímenes autoritarios como el mexicano hasta el año 2000,
conduce a la construcción o fortalecimiento de la sociedad civil y a la
construcción de ciudadanía. Es decir, de ciudadanos concientes y exigentes
de sus derechos y participativos individual y colectivamente en los asuntos
públicos.