Una publicación de CDF     | Enlaces | Comentarios | Contacto | Búsqueda |

ISSN 1913-6196

Inicio Temas Autores Reseñas Libros Recursos digitales
Ediciones Documentos Multimedia Lectores opinan Entrevistas Nosotros
Año 2008 Vol. VI
Futuros 21
 Futuros 20
Año 2007 Vol. V
 Futuros 19
 Futuros 18
 Futuros 17
Año 2006 Vol . IV
 Futuros 16
 Futuros 15
 Futuros 14
 Futuros 13

Año 2005 Vol.  III

 Futuros 12
 Futuros 11
 Futuros 10
 Futuros 9
Año 2004 Vol. II
 Futuros 8
 Futuros 7
 Futuros 6
 Futuros 5
Año 2006 Vol.  I
 Futuros 4
 Futuros 3
 Futuros 2
 Futuros 1
 

Visítenos en el nuevo portal
Futuros 21

 

GLOBALIZACIÓN VERSUS DERECHOS HUMANOS

Democracia y derechos humanos

Por Silvina Verónica Ribotta     

Tomado del Instituto de Gobernabilidad de Cataluña     

Parte 1/ 3    

Resumen

Analizar la globalización versus los Derechos Humanos, nos enfrenta a la dinámica que actualmente existe entre el modelo macroeconómico de dominación y uno de sus más eficientes y funcionales discursos de legitimación. Pero, podemos preguntarnos si ésta es la única relación posible, si están los Derechos Humanos condenados a ser una justificación del modelo e, igualmente, si la globalización sólo puede tener un contenido antagónico a la calidad de vida de todos los seres humanos. Desde este artículo, intentaremos responder a estos interrogantes desde la crítica a la dinámica actual de la globalización y su relación con los Derechos Humanos, profundizando en la idea-deseo de que los Derechos Humanos pueden tener un rol emancipador que cumplir.

Conceptualizando-contextualizando la globalización actual

Para comenzar a conceptualizar la globalización es preciso contextualizarla, analizando la relación que actualmente existe entre la globalización y la trama política, cultural, económica y social en general de nuestro último siglo y de estos comienzos violentos del XXI. En el siglo XX, entre la consolidación del modelo económico capitalista neoliberal, las dos guerras mundiales, la polarización política del mundo, el crecimiento sin precedentes de las diferencias entre ricos y pobres -Norte y Sur, primer mundo y tercer mundo-, la inestable y hambrienta depresión de los países pobres, entre tantos otros conflictos, ven la luz las declaraciones de Derechos Humanos positivizados en el panorama internacional, pero qué es lo que realmente alumbran no tiene una sola respuesta. Así, con los paradigmas de la modernidad en crisis, con la postmodernidad golpeando a la puerta, con un orden económico asfixiantemente capitalista y un sistema político neoliberal, el globo se globaliza desde el occidente rico. Pero qué es aquello a lo cual nos referimos cuando hablamos de globalización, tampoco tiene una sola respuesta.

Globalización de todo, menos de la calidad de vida, que penetra en cualquier escenario y se irradia desde Europa y Estados Unidos a todos los puntos del planeta, y se respira aún en los rincones más inéditos del mundo, amalgamando escenarios, culturas y diferencias que nos identificaban, unificando formalmente a la humanidad y diferenciándonos en aquello que debería igualarnos: nuestro derecho a ser humanos y a vivir como tales.

Podemos decir, siguiendo a Fariñas, que la globalización es un término polisémico y pluridimensional -lo que lo hace susceptible de análisis interdisciplinarios y no sólo pluridisciplinarios- y que, al ser un proceso dinámico, nos conduce necesariamente a definiciones procedimentales, haciendo referencia a “una serie compleja de ‘procesos’ históricos de transformación económica, tecnológica, institucional y social”(2000, 6). Estos procesos de transformación, lejos de interpretaciones positivas de expectativa hacia sus efectos, implican que mientras más se globalizan las relaciones jurídico-económicas, “más se ‘localizan’ o se ‘fragmentan’ las manifestaciones sociales, laborales y culturales, en las cuales aquéllas han de desarrollarse, produciendo además una relación desigual entre aquéllas y éstas” (FARIÑAS, 2000, 7). De Lucas sostiene, analizando las concepciones ortodoxas del neoliberalismo económico, “que la lógica del capital, que sería la del mercado y la tecnología, impone necesariamente un orden global caracterizado por la libre circulación del capital (más que de cualquier mercancía) y el desarrollo de los elementos institucionales propios del libre mercado, que tiene como consecuencia una redefinición del Estado y sus funciones”(1998, 3). Señala, así, que los rasgos fundamentales de la globalización, además de la redefinición del Estado y sus funciones, serían la expansión del comercio multilateral, la internacionalización y la libre circulación de los mercados financieros y de la inversión extranjera, la sociedad de la información y de la comunicación, y el mercado de trabajo mundial. Explicita, de esta manera, una contradicción entre globalización y universalidad porque, aunque ambos son hijos de la modernidad, la globalización implica la imposición del modelo de modernización capitalista entrevisto por Weber -el progreso en sentido socioeconómico instrumental- mientras que el universalismo como progreso moral es el gran derrotado frente a la globalización.

En sentido similar, Beneyto expresa que la llamada globalización surge “como la manifestación de la filosofía positivista de la historia después del fin de la filosofía dialéctica de la historia” (1997, 66), entrelazada al capitalismo y a la crisis de la modernidad. El capitalismo se constituye, entonces, como la expresión más excelsa del racionalismo moderno porque es, a la vez, su mismo significante; ya que sustituye la racionalidad material por la racionalidad instrumental, pasando por la racionalidad formal. Implica, pues, una progresiva neutralización de los valores humanistas hasta arribar al imperio de la eficiencia, que es el criterio que define la razón instrumental y el objetivo último de la razón ilustrada, así como la eliminación de cualquier vestigio de valores materiales en la razón, es decir, la máxima secularización. La globalización se erige como la filosofía de la historia de la postmodernidad, como la “radicalización de la autocrítica de la razón propia de la última fase de la modernidad que acaba en el fenómeno de la llamada ‘deconstrucción’ … (convirtiéndose en) una metodología de permanente desplazamiento de la razón ... con el objetivo de conseguir su auténtica y definitiva neutralización” (BENEYTO, 1997, 69). Llama la atención Beneyto, sobre lo paradójico de entender que la globalización con su metodología de deconstrucción se identifica con el capitalismo y su metodología de “destrucción creadora”1 , desde que la deconstrucción de la globalización se asimila al argumento que da el capitalismo en su fase de expansión global. Entendemos que esto podría deberse a que lo que construye la globalización a partir de la deconstrucción, no es más que realidades destruidas y fragmentadas donde no hay un sentido unificador o universal, a la vez que la universalidad totalitaria se ubica en el nuevo trío sagrado del libre comercio- desregulación- eficiencia de los mercados financieros, que son los mecanismos a través de los cuales se construye o deconstruye esta nueva realidad destruida. Así, surge una nueva universalidad, sobre la que aspiraba la primera filosofía moderna pero, esta vez, basada en la eficiencia, la precisión y la globalidad de los mercados financieros internacionales, ya que “en la globalización del capitalismo se manifiesta la universalidad del principio de racionalidad instrumental” (BENEYTO, 1997, 70).

Podemos entender a la globalización, entonces, como un proceso de reconfiguración del mundo, donde se deconstruye-construye un nuevo orden mundial. Por ello, Arnaud y Fariñas diferencian el proceso de globalización de los procesos de mundialización y los de internacionalización. La mundialización sería el proceso de colonización en el cual se cierran las fronteras y se forman los Estado-Nación, mientras que la internacionalización permitiría simbólicamente la apertura de los Estados-Nación para relacionarse entre ellos y establecer cooperaciones internacionales. En cambio, la globalización o transnacionalización sería aquel proceso en el cual se pone en crisis al Estado-Nación, ya que no se habla de una relación interestatal sino transestatal donde no hay apertura de fronteras sino desaparición de éstas o, al menos, permeabilidad de las decisiones políticas y económicas y desterritorialización de las relaciones sociales en general que se extiende a todos los aspectos de la realidad social, económica, política y cultural (ARNAUD y FARIÑAS, 1996, 276; FARIÑAS DULCE, 2000,9). En este sentido, Sousa Santos ubica a la globalización como una de las tres tensiones medulares que la modernidad occidental enfrenta actualmente, junto a la tensión entre la regulación social y la emancipación social, y a la tensión dialéctica entre Estado y sociedad civil, y la ubica entre el Estado-Nación y la globalización; ya que el modelo político de la modernidad occidental eran los Estados-Nación soberanos que es precisamente lo que la globalización ha erosionado (1997, 4).

Igualmente, entendemos que la globalización no es un concepto ahistórico que genera un nuevo orden, sino que “desordena el capitalismo keynesiano”, ya que le quita límites, garantías, valores y controles, con lo que puede entenderse como una fase más del capitalismo que conlleva, finalmente, “al quiebre de la solidaridad orgánica y al establecimiento de la eficiencia financiera como el valor central”(FARIÑAS, 2000, 9). En este sentido, la globalización es una nueva etapa histórica del capitalismo moderno y del sistema geopolítico mundial que implica –como señala Fariñas- “una segunda revolución capitalista … el triunfo definitivo del capitalismo desarrollado globalmente y de su ideología política … el neoliberalismo político y económico”(2000, 10). Este proceso, conlleva un ajuste estructural que implica la privatización y la disminución del papel del Estado Social y la hegemonía de los conceptos neoliberales en materia de relaciones económicas, impulsando la tendencia generalizada en el mundo a la democratización, al Estado de Derecho con economías liberales y a la aparición de actores supranacionales y transnacionales promotores de la protección de los derechos del hombre como las organizaciones no gubernamentales. Así, los caracteres fundamentales de la globalización se refieren a “un cambio en los modelos de producción que contribuye al surgimiento de una nueva división internacional del trabajo, al desarrollo de los mercados de capitales establecidos más allá de las naciones y de sus fronteras, a una creciente expansión de las multinacionales con poder negocial” a escala planetaria, y a la importancia creciente de los acuerdos comerciales entre naciones que permiten la “formación de grandes bloques económicos regionales que terminan imponiéndose a los derechos nacionales basados en un derecho internacional del comercio” (ARNAUD y FARIÑAS, 1996, 272).

Dentro de este escenario nos encontramos con que en esta avalancha de globalización también los Derechos Humanos se han globalizado, pero he aquí una importante tensión -como le llama Sousa Santos-, ya que la política de Derechos Humanos es una política cultural y hablar de cultura nos remite a diferencia, a particularidad, a identidad, a hombre situado. Por ello, se pregunta este autor, “¿Cómo pueden los Derechos Humanos ser al mismo tiempo una política global y una política cultural?”, respondiendo desde una dimensión más social y cultural, refiriéndose a globalizaciones -en plural-, como el “proceso por medio del cual una condición o entidad local dada tiene éxito en extender su rango de acción sobre todo el globo y, haciéndolo, desarrolla la capacidad de designar a una condición o entidad rival como local”(SOUSA SANTOS, 1997, 5). Así, entenderá que en el sistema mundial capitalista de occidente la globalización no es, ni más ni menos, que la globalización exitosa de un localismo dado, donde resulta fácil encontrar una referencia cultural específica; a la vez que la globalización siempre conlleva la especial localización de algún localismo triunfador. De esta forma, Sousa Santos hablará de diferentes modos de producción de la globalización: una globalización desde arriba que incluye al localismo globalizado y al globalismo localizado, y una globalización desde abajo que implica el cosmopolitismo y la herencia común de la humanidad (1997, 6). El localismo globalizado responde a la conceptualización desde dimensiones sociales y culturales de la globalización propiamente dicha, donde un localismo se globaliza exitosamente frente a otros. El globalismo localizado, por su parte, es el impacto de la globalización sobre condiciones locales que traen como consecuencia su desestructuración y reestructuración -deconstrucción y destrucción creadora que señalaba Beneyto-. Así, el globalismo localizado es no sólo el impacto sino la huella, que muchas veces es herida, que las globalizaciones van dejando en los distintos localismos sobre los que se encuentra dominando. Por ello, entiende Sousa Santos que el “sistema mundial es una red de localismos globalizados y de globalismos localizados”(1997, 6) en la que los países centrales -primer mundo- se especializan en localismos globalizados, o sea en la globalización propiamente dicha y a los países periféricos -países en desarrollo, empobrecidos o tercer mundo- se les imponen los globalismos localizados, se les obliga a vivir en escenarios donde se desestructuran todos sus parámetros culturales, su idiosincrasia, sus formas de vida, y se le reconstruyen a la manera destructiva creativa que tiene el capitalismo, construyéndoseles una historia y una cultura que permita y no cuestione la dominación hegemónica, que es lo que denomina globalización desde arriba. A la globalización desde abajo, una globalización contrahegemónica, la define desde el proceso de cosmopolitismo como la reorganización de Estados-Nación, de organizaciones, de grupos sociales y culturales, de regiones, en fin, de cualquier escenario social dominado que se organiza transnacionalmente para defender sus intereses comunes, utilizando en su beneficio los instrumentos que la propia globalización trae consigo. El cosmopolitismo es una estrategia de enfrentamiento a la globalización con los mismos instrumentos que ésta utiliza, pero con objetivos emancipadores, es como un quedarse con el vuelto del proceso de dominación. Así, encontramos a organizaciones no gubernamentales, a grupos sociales y culturales organizados mundialmente, dialogando con centros de poder, con redes de grupos de desarrollo, con grupos económicos, con organizaciones internacionales. Por último, a la herencia común de la humanidad la relaciona con problemas de naturaleza global, como la sostenibilidad de la vida humana, los temas ambientales, la exploración del espacio, entre otros.


Notas

1 Expresión que utiliza siguiendo a Schumpeter, (BENEYTO, 1997, 70)


Ir a:

Primera Parte
Segunda Parte
Tercera Parte

Siguiente: Lo que se globaliza y lo que no...  

Imprimir este artículo   Imprimir


Este website esta bajo la licencia de Creative Commons Licence
Cualquier material de esta revista puede reproducirse libremente de forma impresa o electrónica sin previa autorización, siempre que se cite como  fuente a la Revista Futuros y su uso no sea con fines comerciales. Agradeceríamos ser informados y que se nos hiciera llegar una copia o referencia del material reproducido.
Se exceptúan de la libre reproducción los materiales tomados de otras fuentes; para reproducir estos artículos debe pedirse autorización a la fuente original.

Las opiniones expresadas en los artículos son de los y las autores y no de Rostros y Voces  o de Citizen Digital Facilitation
Los invitamos a enviarnos sus colaboraciones, las cuales serán  publicadas de ser seleccionadas por la dirección de la revista.
Si tiene problemas o preguntas relacionadas con esta Web, póngase en contacto con el Equipo Futuros.
Última actualización: