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 LECCIONES DE JOHANNESBURGO:
RETOS LOCALES Y GLOBALES PARA LA SOSTENIBILIDAD AMBIENTAL Y SOCIAL

Desarrollo Humano Sustentable

Por  Iñaki Barcena   
Departamento de Ciencia Política de la Universidad del País Vasco   

Tomado de Ecoportal.net   

Parte 2 / 4   

El Legado de Río de Janeiro

La importancia de la Conferencia de Río reside a nuestro entender en que, al margen del producto político final resultante, dejó como muestra del compromiso de los gobiernos del mundo, entre otros documentos, un programa llamado Agenda 21, un par de relevantes Convenios (biodiversidad y cambio climático) y la aceptación en la ONU a través del naciente Consejo para el Desarrollo Sostenible, de actores no gubernamentales. Eso, si dicho Consejo mundial no tendrá capacidad ejecutiva, ni poder regulador, incluso ha estado vacío de presupuesto pero ha sido el lugar donde los grupos "mayores" - empresas, sindicatos, agricultores, ecologistas e indígenas- han tenido la oportunidad de emitir sus opiniones año tras año en el seno de las Naciones Unidas sobre las cuestiones del desarrollo sostenible.

La Agenda 21, un documento "mamut" de 800 páginas y 40 capítulos adoptado por los gobiernos presentes en Río, diseñó un plan de acción para la sostenibilidad en el siglo XXI, marcando objetivos y prescribiendo acciones, directrices de trabajo y condiciones institucionales para su implementación en la siguiente década. (Ver P.McCully& M.McCoy, 1993: 290). "Era un buen plan, pero su aplicación ha sido débil" reconocía el propio Kofi Annan en las reuniones preparatorias de la cumbre de Johannesburgo. (www.un.org/spanish/conferences/wssd).

La Agenda o Programa 21 se basaba en el acuerdo libre y voluntario entre estados para sacar adelante sus compromisos ambientales y quedó desvalido ante los 26.000 folios de la Ronda de Uruguay en 1994 - cuando el GATT pasó a llamarse Organización Mundial de Comercio (OMC)-, que contradecía las propuestas de la Agenda 21. La OMC asegura y pone en práctica su capacidad sancionadora contra los gobiernos que incumplan sus normas. He ahí la diferencia. Quizá el pecado estuviera en la propia Agenda 21 que en su Capítulo 2 (Art. 3) recomienda "la promoción del desarrollo sostenible a través de la liberalización y de hacer comercio y medio ambiente mutuamente coadyuvantes" y más tarde espera que los gobiernos "tomen en cuenta los resultados de la Ronda de Uruguay y promuevan un abierto, no discriminatorio, equitativo y multilateral sistema de comercio (Art.9) (The Jo'burg Memo, 2002:58).

El "olvido" gubernamental e internacional sobre la Agenda 21 ha sido debido fundamentalmente a la falta de voluntad política y económica por parte de los países enriquecidos para transferir al Global Environmental Facility, organismo dependiente del Banco Mundial, los 600.000 millones de dólares anuales necesarios entre 1993 y el año 2000 para llevar a cabo el programa convenido. ¿Dónde quedó la promesa firmada una vez más en Rió para emplear el 0,7 del PIB por la vía de la ayuda internacional a "los países en desarrollo"? Como ha documentado Hilary French del World Watch Institute norteamericano, la ayuda no sólo no aumentó sino que bajó de 58.300 millones de dólares (0,35% del PIB) en 1992 a 53.100 millones (0,22%) en el 2000 (ONU, 2002 y H.French, 2002). Como afirmaba esta autora tras la Cumbre de la Tierra, el Global Environmental Facility era la única institución encargada de financiar la Agenda 21, con una alta dependencia del denostado y criticado Banco Mundial y con una dotación de 5.000 millones de dólares, suma que aunque insuficiente no ha llegado a gastarse totalmente (H.French,1993:57).

Esto da muestra de la debilidad de las instituciones ambientales internacionales creadas por la ONU. El Consejo para el Desarrollo Sostenible, órgano creado para hacer el seguimiento del cumplimiento de la Agenda 21 ha sido un foro de debate y opinión entre gobiernos y otros actores institucionales y sociales, pero sin capacidad ejecutiva o decisional. Ante esta subinstitucionalización ecológica, no faltan quienes reivindican que se pongan en marcha, una Organización Mundial del Medio Ambiente, del estilo de la Organización Internacional del Trabajo y la Organización Mundial de la Salud, que puedan contrarrestar el poder de las instituciones de Bretton Woods (B.M., FMI y OMC) y sea rodeada por otras instituciones como la Agencia Internacional de Energía Renovable o la Corte Permanente de Arbitraje Internacional Ambiental que hagan respetar los más de 500 acuerdos internacionales ambientales ya existentes. Y además extender a todo el planeta el derecho a la información, participación y judicialización ambientales del Convención de Aarhus. (The Jo'burg Memo, 2002:65).

Del legado de Río de Janeiro en lo positivo, ya que todo lo pretendido no ha caído en saco roto, hemos de resaltar las Agendas 21 Locales. Si bien sólo 18 gobiernos entre los casi 200 del planeta han puesto en marcha Planes estatales para la Sostenibilidad, 6.416 iniciativas locales en 113 países han aceptado el reto de Río de Janeiro desarrollando el art.28 de la Agenda 21.

Las Agendas 21 locales, a pesar de su variedad y diferencias, son una interesante experiencia de participación democrática, integradora de asuntos sociales, económicos y ambientales. En su 2º informe para la ONU, el ICLEI resalta que en el 73% de los municipios con Agendas Local 21 existen consejos de participación social, en un 59% de casos la Agenda 21 local esta integrada en el sistema municipal. En cuanto a sus contenidos es de remarcar que el suministro y gestión del agua y la falta de medios financieros y de ayuda por parte de los gobiernos centrales son el común denominador de las problemáticas expresadas por estos nuevos entes locales, sea cual sea la región o situación económica. (ICLEI, 2002)

El Convenio sobre Diversidad ha sido firmado por más de 180 estados y está en vigor desde 1993, sin embargo es interesante destacar que no ha sido ratificado por los EEUU de Norteamérica. Este acuerdo que se dirige fundamentalmente a los gobiernos del hemisferio Sur, allá donde se encuentran las reservas naturales que sustentan la mayor parte de la biodiversidad conocida, garantiza la soberanía de los estados sobre tales territorios y especies.

Desde la Cumbre de Río se ha realizado 6 conferencias de las partes para dar contenido específico a los acuerdos tomados en Brasil. La última de ellas, la celebrada en La Haya en Abril del 2002 hizo hincapié en cuatro temas centrales como son la explotación sostenible de los bosques primarios donde reside el 80% de la biodiversidad, el prevenir y mitigar la introducción de especies exóticas en otros ecosistemas, abordó el reparto de los beneficios derivados del uso de los recursos genéticos así como las importaciones ilegales de maderas. No obstante, a pesar de los notables avances observados desde 1992 todavía quedan muchas asignaturas pendientes. Brasil, Canadá y Malasia, por ejemplo, bloquearon y vaciaron de contenido en La Haya el programa de acción para los bosques primarios. Otro ejemplo, el Estado Español que es el que presume de guardar casi el 50% de las especies terrestres europeas, no ha llegado a aprobar su "Estrategia Nacional de Biodiversidad" elaborada en 1998 y ninguno de sus 12 planes sectoriales han sido redactados por lo que en temas agrícolas, energéticos, forestales, de transporte o de planificación hidrológica el Gobierno español hace prevalecer sus anti-ecológicos planes como el Hidrológico, el Energético o el de Infraestructuras, al no haber una legislación ambiental a que poder recurrir para salvaguardar la tan cacareada riqueza en biodiversidad.

En lo que respecta al acuerdo para los países del Norte, es decir el Convenio sobre el Cambio Climático, también ha sido firmado por 170 países y su intención era estabilizar para el año 2000 las emisiones de gases de efecto invernadero ( los G.I. son el CO2 muy principalmente pero además CH4, N2O, HCF, CFC y SF6) a los niveles de 1990. Asumiendo los trabajos anteriores aportados por el International Pannel for Climate Change a partir de 1992, los gobiernos se han venido reuniendo anualmente (B. Aires, Berlín, Bonn, La Haya, Marrakech...) hasta alcanzar el famoso Protocolo de Kyoto en Diciembre de 1997, por el que las partes se comprometen a reducir sus emisiones de G.I. hasta un 5% por debajo de las emisiones globales de 1990, en un plazo abierto desde el 2008 al 2012. La Unión Europea, uno de sus principales valedores se compromete a reducir su cuota hasta un 8%, aunque algunos de sus miembros podrán seguir emitiendo por encima de los valores de 1990, hasta un 15% más en el caso del Estado Español. En el años 2001 España ha sobrepasado este límite, habiendo llegado al 33% respecto a 1990.

A pesar de que este acuerdo internacional es el que mayores descontentos públicos ha generado en el gobierno estadounidense y las multinacionales de la energía y el petróleo, desde las filas ecologistas se ha criticado duramente este acuerdo de Kyoto por llevar en su interior una lógica "perversa", como es la compraventa de emisiones sobre la base de los llamados "Mecanismos de Desarrollo Limpio", que significa que la atmósfera terrestre de alguna manera se privatiza y aquellos estados industriales que han generado mayores emisiones de G.I. se convierten en portadores de derechos de emisión (Larry Lohmann, 2001).

Así las cosas, la Cumbre de Johannesburgo celebrada diez años después de la cita brasileña, ha venido a llamarse Río+10 y ha sido a los ojos de muchos, como por ejemplo de la comisaria europea de Medio Ambiente Margot Wallström, el momento de pasar de las palabras a los hechos (WSSD, Challenges and Partnerships,2002:146)

El camino a Johannesburgo

La segunda Cumbre de la Tierra a celebrar en Johannesburgo se planteó en la prensa internacional como la cita donde los gobiernos de todo el mundo debían realizar sus balances post-Río y negociar sus nuevas propuestas "sobre el desarrollo sostenible".

El proceso de discusión preparativo de la conferencia de Johannesburgo se producía con una situación internacional caliente y conflictiva y hacia dentro con unos métodos de trabajo distintos a los de anteriores eventos y cumbres ambientales. La conferencia se celebraba en Africa, continente olvidado, con lo que la pobreza y el desarrollo eran los ejes centrales. No está mal que la equidad se sume a la sostenibilidad ambiental, pero debemos ser conscientes que si la pasada década fue mala para la ecología, lo fue aún peor para el desarrollo, sobretodo en Africa. No está mal hablar de la pobreza, pero nos sumamos a ese coro internacional que pregunta cuando hablaremos de la riqueza y de las desigualdades crecientes entre despilfarradores y marginados. En esta tesitura, las categorías Norte-Sur son engañosas, zombies como dice Ulrich Beck. Sudáfrica es la evidencia de que las elites del Sur son parte del problema y de que el crecimiento económico no trae consigo la redistribución de los beneficios y las rentas, ni en el Norte, ni en el Sur. Quizás mejor que de redistribución, empezáramos a hablar de restricción de apropiamiento de los recursos comunes en agua, tierra y aire, para poner freno al verdadero motor de la crisis socio-ambiental. Los pobres no son los responsables de la devastación de los ecosistemas, sino los paganos de la crisis ambientales sobre todo en las megaciudades del sur, aunque también en el Norte.

Tratar de traspasar al Sur el modelo industrial obsoleto occidental es uno de los riesgos de este proceso de conferencias ambientales. Y pensar que los múltiples "accionistas"- stakeholders en el original inglés- que debaten al lado de los gobiernos en foros como el Consejo de Desarrollo Sostenible, esto es, sindicatos, grupos indígenas, organizaciones ecologistas, agricultores y empresas transnacionales, lo hacen en pie de igualdad es una falacia. El poder negociador de unos y otros es muy distinto y sus recursos también.

El Global Deal o contrato entre Norte y Sur que volvía a proponer la ONU, incurría en los mismos errores de Río, donde las compañías transnacionales consiguieron hacer desaparecer toda mención a su responsabilidad en la crisis socio-ambiental. No puede asumirse que el Norte va bien y el Sur es un desastre, que la negociación es entre intereses estatales y no entre pueblos y que lo que se necesita es dinero para apoyar a los pobres en vez de cambios estructurales en la economía global. Los pobres lo son por no tener poder, no por la falta de dinero. Si el Norte es insostenible por su modelo de producción y consumo y el Sur por su miseria, el primero debe reducir su huella ambiental y el segundo asegurar el derecho a una vida digna de sus habitantes. Condonar la deuda externa, pagando la deuda ecológica y colonial sería un primer paso, pero este punto como otros anteriormente mencionados no aparecían en el orden del día de la Cumbre. (The Jo'burg Memo, 2002:65).


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