Parte 1/2
Este informe constituye una
contribución de primer orden a nuestro conocimiento de la violencia y de su
repercusión en las sociedades. Arroja luz sobre los diversos rostros de la
violencia, desde el sufrimiento "invisible" de los individuos más
vulnerables de la sociedad a la tragedia tan notoria de las sociedades en
conflicto. Hace progresar nuestro análisis de los factores que conducen a la
violencia y las posibles respuestas de los distintos sectores de la
sociedad, y con ello nos recuerda que la seguridad y las garantías no surgen
de manera espontánea, sino como fruto del consenso colectivo y la inversión
pública.
Extraído del prólogo, firmado por
Nelson Mandela
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Cada año, más de 1,6 millones de personas en todo el mundo
pierden la vida violentamente. La violencia es una de las principales causas
de muerte en la población de edad comprendida entre los 15 y los 44 años y
la responsable del 14% de las defunciones en la población masculina y del 7%
en la femenina. Por cada persona que muere por causas violentas, muchas más
resultan heridas y sufren una diversidad de problemas físicos, sexuales,
reproductivos y mentales. Por otra parte, la violencia impone a las
economías nacionales cada año una ingente carga financiera, de miles de
millones de dólares de los Estados Unidos, en concepto de atención
sanitaria, gastos judiciales y policiales y pérdida de productividad.
El Informe mundial sobre la violencia y la salud es
el primer estudio exhaustivo del problema de la violencia a escala mundial;
en él se analiza en qué consiste, a quién afecta y qué se puede hacer al
respecto. El informe, que tardó tres años en elaborarse, contó con la
participación de más de 160 expertos del mundo entero. Además, fue objeto de
revisión científica externa y dio pie a contribuciones y observaciones de
representantes de todas las regiones del planeta.
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Razón de ser del informe
Existe la idea generalizada de que la violencia es un
componente ineludible de la condición humana, un problema cuya prevención
incumbe al sistema de justicia penal, y de que el principal papel del sector
de la salud es el tratamiento y la rehabilitación de las víctimas. Pero
estos supuestos están cambiando, al demostrarse, gracias al éxito de medidas
de prevención aplicadas a otros problemas sanitarios de origen
medioambiental o relacionados con el comportamiento, como las cardiopatías,
el consumo de tabaco y el VIH/SIDA, que la salud pública puede contribuir a
atajar de raíz las causas de afecciones complejas.
La finalidad del Informe mundial sobre la violencia y la
salud es contribuir a que se comprenda la importancia que reviste ese
potencial y hacer un llamamiento para que la salud pública desempeñe un
papel mucho más amplio y aglutinador en la lucha contra la violencia,
siguiendo las cuatro etapas tradicionalmente aplicadas en materia de salud
pública, que consisten en:
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definir y observar la magnitud del problema; |
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identificar sus causas; |
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formular y poner a prueba modos de afrontarlo; |
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aplicar ampliamente las medidas de eficacia probada. |
Según se indica en el informe, la salud pública debe
fundamentar la lucha contra la violencia en investigaciones fidedignas y en
datos respaldados por las pruebas más sólidas. Un requisito fundamental es
que esté basada en la colaboración y que abarque una amplia gama de
competencias profesionales, desde la medicina, la epidemiología y la
psicología a la sociología, la criminología, la pedagogía y la economía. La
estrategia planteada desde la salud pública no reemplaza a las respuestas
que la justicia penal y los derechos humanos dan a la violencia, sino que
complementa sus actividades y les ofrece más instrumentos y fuentes de
colaboración.
Definición de la violencia
Una de las razones por las que apenas se ha considerado la
violencia como una cuestión de salud pública es la falta de una definición
clara del problema. La amplia variedad de códigos morales imperantes en los
distintos países hace de la violencia una de las cuestiones más difíciles de
abordar en un foro mundial. Todo esto viene complicado por el hecho de que
la noción de lo que son comportamientos aceptables, o de lo que constituye
un daño, está influida por la cultura y sometida a una continua revisión a
medida que van evolucionando los valores y las normas sociales. La violencia
puede definirse, pues, de muchas maneras, según quién lo haga y con qué
propósito. La OMS define la violencia como:
El uso deliberado de la fuerza física o el poder, ya
sea en grado de amenaza o efectivo, contra uno mismo, otra persona o
un grupo o comunidad, que cause o tenga muchas probabilidades de
causar lesiones, muerte, daños psicológicos, trastornos del desarrollo
o privaciones.
La definición comprende tanto la violencia interpersonal
como el comportamiento suicida y los conflictos armados. Cubre también una
amplia gama de actos que van más allá del acto físico para incluir las
amenazas e intimidaciones. Además de la muerte y las lesiones, la definición
abarca igualmente innumerables consecuencias del comportamiento violento, a
menudo menos notorias, como los daños psíquicos, privaciones y deficiencias
del desarrollo que comprometen el bienestar de los individuos, las familias
y las comunidades.
Las raíces de la violencia
No existe un factor que explique por sí solo por qué una
persona se comporta de manera violenta y otra no lo hace. En el análisis
realizado en el marco del Informe mundial sobre la violencia y la salud
se ha recurrido a un modelo ecológico que tiene en cuenta numerosos
factores biológicos, sociales, culturales, económicos y políticos que
influyen en la violencia. El modelo consta de cuatro niveles: el individual,
el relacional, el comunitario y el social.
En el nivel individual se examinan los factores
biológicos y de la historia personal que aumentan la probabilidad de que una
persona se convierta en víctima o perpetradora de actos violentos. Entre los
factores que es posible medir se encuentran las características demográficas
(edad, educación, ingresos), los trastornos psíquicos o de personalidad, las
toxicomanías y los antecedentes de comportamientos agresivos o de haber
sufrido maltrato.
En el nivel relacional se investiga el modo en que
las relaciones con la familia, los amigos, la pareja y los compañeros
influyen en el comportamiento violento, teniendo en cuenta a tal efecto
factores como el hecho de haber sufrido castigos físicos severos durante la
infancia, la falta de afecto y de vínculos emocionales, la pertenencia a una
familia disfuncional, el tener amigos delincuentes o los conflictos
conyugales o parentales.
En el tercer nivel se exploran los contextos comunitarios
en los que se desarrollan las relaciones sociales, como las escuelas,
los lugares de trabajo y el vecindario, y se intenta identificar las
características de estos ámbitos que aumentan el riesgo de actos violentos
(por ejemplo, la pobreza, la densidad de población, altos niveles de
movilidad de residencia, la carencia de capital social o la existencia de
tráfico de drogas en la zona).
El cuarto nivel se centra en los factores de carácter
general relativos a la estructura de la sociedad, como las normas
sociales que contribuyen a crear un clima en el que se alienta o se inhibe
la violencia, aunque también tiene en cuenta las políticas sanitarias,
económicas, educativas y sociales que contribuyen a mantener las
desigualdades económicas o sociales entre los grupos de la sociedad.
Además de esclarecer las causas de la violencia y sus
complejas interacciones, el modelo ecológico indica asimismo qué es
necesario hacer en los distintos niveles estatales y sociales para prevenir
la violencia.
Las formas y los contextos de la
violencia
En el informe se emplea una tipología de la violencia que
divide los comportamientos violentos en categorías, dependiendo de quién ha
cometido el acto, quién es la víctima y a qué tipo de violencia ha sido
sometida.
Violencia interpersonal
La violencia interpersonal –es decir, los actos violentos
cometidos por un individuo o un pequeño grupo de individuos– comprende la
violencia juvenil, la violencia contra la pareja, otras formas de violencia
familiar como los maltratos de niños o ancianos, las violaciones y las
agresiones sexuales por parte de extraños y la violencia en entornos
institucionales como las escuelas, los lugares de trabajo, los hogares de
ancianos o los centros penitenciarios. La violencia interpersonal cubre un
amplio abanico de actos y comportamientos que van desde la violencia física,
sexual y psíquica hasta las privaciones y el abandono.
Se calcula que en el año 2000 murieron en el mundo 520 000
personas a consecuencia de la violencia interpersonal, lo que representa una
tasa de 8,8 por cada 100 000 habitantes. Mucho más numerosas aún son las
víctimas de agresiones físicas o sexuales no mortales y sufridas de forma
reiterada.
Mientras que la violencia comunitaria, y en particular la
juvenil, es muy visible y suele considerarse un delito, la intrafamiliar
(por ejemplo, el maltrato de menores y ancianos o el comportamiento violento
en la pareja) queda más oculta a la mirada pública. Además, en muchos
lugares la policía y los tribunales están menos dispuestos o preparados para
afrontar esta violencia o para reconocer la violencia sexual o actuar contra
ella.
Las diferentes formas de violencia interpersonal comparten
numerosos factores de riesgo subyacentes comunes. Algunos consisten en
características psíquicas y del comportamiento, como un escaso control de
éste, una baja autoestima y trastornos de la personalidad y la conducta.
Otros están ligados a experiencias, como la falta de lazos emocionales y de
apoyo, el contacto temprano con la violencia en el hogar (ya sea como
víctima directa o como testigo) y las historias familiares o personales
marcadas por divorcios o separaciones. El abuso de drogas y alcohol se
asocia con frecuencia a la violencia interpersonal, y entre los factores
comunitarios y sociales más importantes destacan, además de la pobreza, las
disparidades en los ingresos y las desigualdades entre los sexos.
Suicidio y violencia autoinfligida
Se calcula que en el año 2000 se suicidaron en el mundo 815
000 personas, lo que convierte
el suicidio en la decimotercera causa de muerte. Las tasas
más elevadas se registran en los países de Europa Oriental y, las más bajas,
principalmente en América Latina y unos pocos países de Asia.
En general, las tasas de suicidio aumentan con la edad: las
correspondientes a las personas de 75 años o mayores son aproximadamente
tres veces superiores a las de la población de 15 a 24 años. Con todo, en la
población de edad comprendida entre los 15 y los 44 años, las lesiones
autoinfligidas constituyen la cuarta causa de muerte y la sexta causa de
mala salud y discapacidad.
En gran parte del mundo el suicidio está estigmatizado, es
decir, condenado por razones religiosas o culturales, y en algunos países el
comportamiento suicida constituye un delito castigado por la ley. Se trata
pues de un acto subrepticio y rodeado de tabúes, y es probable que no se
reconozca, se clasifique erróneamente o se oculte de forma deliberada en las
actas oficiales de defunción.
Existen diversos acontecimientos o circunstancias
estresantes que pueden aumentar el riesgo de que las personas atenten contra
sí mismas. Entre tales factores figuran la pobreza, la pérdida de un ser
querido, las discusiones familiares o con amigos, la ruptura de una relación
y los problemas legales o laborales. Aunque estas experiencias son
frecuentes, sólo una minoría se ve impulsada a suicidarse. Para que estos
factores precipiten o desencadenen el suicidio, deben afectar a personas
predispuestas o particularmente propensas, por otros motivos, a atentar
contra sí mismas.
Entre los factores de riesgo predisponentes figuran el abuso
del alcohol y de drogas, los antecedentes de abusos físicos o sexuales en la
infancia y el aislamiento social. Influyen también problemas psiquiátricos,
como la depresión y otros trastornos anímicos, la esquizofrenia o un
sentimiento general de desesperanza.
Entre otros factores destacados cabe citar:
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las enfermedades somáticas, sobre todo las dolorosas o
discapacitantes; |
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el acceso a los medios para quitarse la vida (generalmente
armas, medicamentos y venenos agrícolas); |
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el hecho de que haya habido un intento previo de suicidio,
sobre todo en los seis meses siguientes al primer intento. |
Las tasas de suicidio se han asociado asimismo con
recesiones económicas y periodos de elevados niveles de desempleo,
desintegración social, inestabilidad política y colapso social.
Violencia colectiva
La violencia colectiva es el uso instrumental de la
violencia por personas que se identifican a sí mismas como miembros de un
grupo frente a otro grupo o conjunto de individuos, con el fin de lograr
objetivos políticos, económicos o sociales. Adopta diversas formas:
conflictos armados dentro de los Estados o entre ellos; actos de violencia
perpetrados por los Estados (por ejemplo, genocidio, represión y otras
violaciones de los derechos humanos); terrorismo; y crimen organizado.
El siglo XX ha sido uno de los periodos más violentos de la
historia de la Humanidad. Se calcula que perdieron la vida como consecuencia
directa o indirecta de los conflictos armados 191 millones de personas, de
las cuales bastante más de la mitad eran civiles. En 2000 murieron alrededor
de 310 000 personas como consecuencia directa de traumatismos relacionados
con conflictos de este tipo, la mayoría en las regiones más pobres del
mundo.
Además de los muchos miles de personas que mueren cada año
en conflictos violentos, es enorme la cifra de personas que resultan
heridas, y algunas quedan discapacitadas o mutiladas de por vida. Otras son
objeto de violaciones o torturas, actos violentos éstos que a menudo se
utilizan como armas de guerra para desmoralizar a las comunidades y destruir
sus estructuras sociales.
Al igual que ocurre con otros tipos de violencia, los
conflictos han venido asociándose también a diversos problemas de salud,
como depresión y ansiedad, conductas suicidas, abuso del alcohol y
trastornos por estrés postraumático. Además, los conflictos violentos
destruyen las infraestructuras, desbaratan servicios vitales, como la
asistencia médica, y repercuten seriamente en el comercio y en la producción
y distribución de alimentos.
Los lactantes y los refugiados se cuentan entre los grupos
más vulnerables a las enfermedades y a la muerte en tiempos de conflicto. En
ambos grupos, puede darse un aumento espectacular de las tasas de morbilidad
y mortalidad.
Entre los factores que entrañan un riesgo de que estallen
conflictos violentos figuran:
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la ausencia de procesos democráticos y la desigualdad en
el acceso al poder; |
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las desigualdades sociales, caracterizadas por grandes
diferencias en la distribución y el acceso a los recursos;
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el control de los recursos naturales valiosos por parte de
un solo grupo; |
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los rápidos cambios demográficos que desbordan la
capacidad del Estado para ofrecer servicios esenciales y oportunidades de
trabajo. |
Algunos aspectos de la globalización también parecen
contribuir a que surjan conflictos. Aunque quizás ninguno de estos factores
baste por sí solo para desencadenar un conflicto, la combinación de varios
de ellos puede crear las condiciones para que brote la violencia.