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Cuando la armada ateniense se preparaba para atacar a la diminuta isla de
Melos en el año 416 a.de J.C., los nativos aterrorizados enviaron emisarios
para tratar de razonar con los amos del océano. La reacción despectiva de
los atenienses ha tenido repercusiones a través de los siglos: "Ustedes
saben tan bien como nosotros que el derecho, tal como está el mundo,
únicamente se discute entre quienes ostentan el poder, mientras que los
fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben."
La historia nos brinda bastantes ejemplos que sustentan este brutal dictamen
desde la esclavitud y la masacre de los Meliones, hasta la época actual. Sin
embargo, siglos después, como consecuencia de atrocidades que los griegos ni
siquiera imaginaron, las naciones más poderosas de la tierra cedieron a las
exigencias de países más pequeños al adoptar un estándar común según el cual
los aciertos y las equivocaciones de todas las naciones pudieran medirse.
El terreno moral de las relaciones internacionales sufrió alteraciones, a
altas horas de la noche del 10 de diciembre de 1948, cuando por decisión
unánime y absoluta, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la
Declaración Universal de los Derechos Humanos.
A comienzos de 1947, con los horrores sufridos en dos guerras mundiales aún
frescos en la memoria, un grupo admirable de hombres y de mujeres, bajo la
dirección de Eleonor Roosevelt, por solicitud de la naciente Organización de
las Naciones Unidas, se reunió y redactó la "Declaración de Derechos."
En lo que a las grandes potencias concernía, el objetivo principal de las
Naciones Unidas sería establecer y mantener la seguridad colectiva en los
años de la post-guerra. El proyecto de los Derechos Humanos era algo
accesorio, puesto en marcha como una concesión a los países más pequeños y
en respuesta a las exigencias de asociaciones humanitarias y religiosas, que
pedían a los Aliados cumplir la promesa de garantizar que la comunidad de
naciones jamás volvería a aceptar las enormes violaciones a la dignidad
humana, vividas en la guerra.
En los años siguientes, para sorpresa de muchos, los derechos humanos se
convirtieron en un factor político que ni siquiera los realistas más
recalcitrantes pudieron ignorar. La Declaración Universal fue instrumento y
símbolo de cambio que amplificó las voces de los débiles en los corredores
del poder.
La Declaración cuestionó también la antigua idea de que el trato que un
Estado soberano diera a sus ciudadanos era asunto exclusivo de esa nación y
de nadie más. Abrió el campo para expresar y difundir anhelos profundamente
arraigados y dio alas a movimientos que pronto derrocarían a los imperios
coloniales. Sus treinta artículos inspiraron o influenciaron cientos de
constituciones y tratados de la post-guerra y de los años post-coloniales,
incluyendo las nuevas constituciones de Alemania, Japón e Italia. La
Declaración se convirtió en el norte de toda una pléyade de activistas
internacionales de los derechos humanos, quienes aún presionan sobre los
gobiernos para que honren sus principios, y publican abusos que en otras
épocas habrían pasado desapercibidos. Confirmando los peores temores de la
Unión Soviética y de Sudáfrica en 1948, la Declaración ha sido el punto de
encuentro de los movimientos libertarios que dieron inicio al colapso de
regímenes totalitarios en Europa Oriental y a la desaparición del apartheid.
Junto con los Principios de Nuremberg, sobre derecho penal internacional --
desarrollados por los Aliados en 1946 con ocasión de los juicios contra los
criminales de guerra Alemanes y Japoneses --, y la Convención de 1948 sobre
el Genocidio, la Declaración Universal de los Derechos Humanos se convirtió
en la piedra angular de un nuevo sistema internacional, bajo el cual el
tratamiento que una nación da a sus ciudadanos ya no es inmune al escrutinio
externo. Los Principios de Nuremberg, al perseguir y sancionar las
atrocidades internas cometidas durante la guerra, representaron la
determinación de castigar las más violentas violaciones a la dignidad
humana. La Convención sobre el Genocidio obligó a quienes la suscribieron a
evitar y a castigar este crimen, cometido tanto en tiempos de guerra como de
paz. La Declaración Universal buscó un fin más ambicioso al pretender
prevenir en lugar de castigar y proclamó, entonces, que "el irrespeto y el
desacato de los derechos humanos generan actos de barbarie que ultrajan la
conciencia de la humanidad".
Actualmente, la Declaración es el punto de referencia individual más
importante para la discusión entre las naciones sobre cómo ordenar juntos el
futuro en este planeta, cada día mas interdependiente y más agobiado por los
conflictos. Es el documento básico, la inspiración primordial, para la
mayoría de los instrumentos del derecho en el mundo de hoy.
Una de las suposiciones básicas de los fundadores de las Naciones Unidas y
de los redactores de la Declaración fue que las causas primordiales de los
actos atroces y de los conflictos armados a menudo se hallan en la pobreza y
discriminación. Por esto hoy, un reto urgente es el de volver a unir las dos
mitades de la Declaración: su compromiso con la libertad individual y su
reconocimiento de la existencia de un vínculo entre la libertad y la
oportunidad económica.
La fortaleza de la Declaración se ha visto vulnerada al interpretar sus
artículos integrados como una cadena de garantías esencialmente separadas.
Las naciones y los grupos de interés continúan utilizando ciertas
disposiciones a manera de escudo, sacándolas bruscamente de contexto e
ignorando el resto. El olvido, la negligencia y el oportunismo opacan el
mensaje de la Declaración que afirma que los derechos tienen sus
condiciones, que los derechos de todos los individuos dependen de manera
significativa del respeto hacia el derecho de los demás, del imperio de la
ley y de una sociedad civil sana.
Los principales forjadores de la Declaración, aunque no coincidían en todos
los aspectos, actuaron unidos en su convencimiento de que la cultura es
primordial. René Cassin, Premio Nobel de Paz y genio jurídico de los
Franceses Libres, quien transformó lo que pudo haber sido un simple listado
o "acta" de derechos en un domo geodésico de principios interdependientes,
escribió: "En opinión de los autores de la Declaración, el respeto efectivo
hacia los derechos humanos depende, básicamente y por encima de todo, de las
mentalidades de los individuos y de los grupos sociales." Charles Malik,
filósofo existencialista que se convirtió en diplomático por excelencia,
alumno de Alfred North Whitehead y de Martín Heidegger, quien orientó el
proceso de adopción de la Declaración por parte de la Asamblea General en
medio del tenso ambiente de la guerra fría en 1948, también estuvo de
acuerdo. Malik escribió: "Los hombres, las culturas y las naciones deben
madurar primero internamente, antes de que pueda existir la infraestructura
internacional adecuada para manejar las quejas sobre violaciones de los
derechos humanos." Pong-Chun Chang, filósofo, diplomático y dramaturgo, a
quien le encantaba traducir para acortar las diferencias culturales, citando
un proverbio Chino dijo: "Las leyes por si solas no bastan para lograr
resultados", y continuó, "las Naciones Unidas tendrán como objetivo
principal desarrollar mejores seres humanos y no solamente castigar a
quienes violen los Derechos."
Eleanor Roosevelt pensaba lo mismo. En 1940, con la guerra en el horizonte,
escribió un documento para reiterar que la democracia se sostenía sobre una
base moral. "Las decisiones de los tribunales, las leyes y los gobiernos,"
dijo en ese entonces, "son el resultado de la forma en que los pueblos
progresan internamente." Ella volvió a tocar este punto durante uno de sus
últimas alocuciones en las Naciones Unidas, resaltando la importancia de los
pequeños entornos, en donde las personas aprenden primero cuáles son sus
derechos y cuáles sus responsabilidades: "Después de todo, ¿en dónde
comienzan los derechos humanos? En los lugares pequeños, cerca de casa -tan
cerca y tan pequeños que no aparecen en ningún mapa del mundo-. Y sin
embargo, ellos son el mundo de cada persona: el vecindario en el cual vive,
el colegio o la universidad a la cual asiste, la fábrica, la finca o la
oficina en donde trabaja."
Esas convicciones de los forjadores enfatizan en una de las características
más sobresalientes de la Declaración: su atención a los "pequeños lugares"
en donde las personas aprenden por primera vez sobre sus derechos y cómo
ejercerlos responsablemente: la familia, la escuela, el trabajo, la Iglesia
y otros grupos de encuentro. Estas pequeñas escuelas del carácter y de la
integridad, junto con el imperio de la ley, las libertades políticas, la
seguridad social y la cooperación internacional, forman parte de la vigorosa
ecología de la libertad plasmada en la Declaración.
Las esperanzas y los temores de los hombres y de las mujeres que forjaron la
Declaración estaban en su comprensión de la naturaleza humana. Los hechos de
la época que les correspondió vivir les mostraron los aspectos más sublimes
y también los menos edificantes del hombre - con su potencial para el bien y
el mal, para reflexionar o actuar por sus impulsos, con confianza o
recurriendo a la traición, con creatividad o destruyendo, con egoísmo o con
sentido de cooperación. También fueron testigos de las actuaciones de los
gobiernos en su más elevada expresión y en su más ruin disposición - capaces
de cometer las peores atrocidades en sus propios países y más allá de sus
fronteras, pero también de devolverles a sus antiguos enemigos un lugar
digno en el concierto de naciones. Los forjadores se sintieron consolados
por el hecho de que las personas son capaces no solamente de violar los
derechos humanos, sino también de imaginar que existen derechos que violar,
de plasmar esos derechos en declaraciones y constituciones, de orientar su
conducta hacia las normas que han aceptado y de sentir la necesidad de idear
excusas cuando su conducta no ha sido la mejor.
Hay una escultura de Arnaldo Pomodoro, en la plazoleta, afuera del edificio
de las Naciones Unidas, en Nueva York, que capta el espíritu de Eleanor
Roosevelt y de los demás autores de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos. La escultura consiste en una enorme esfera de bronce bruñido, que
da la idea de un globo. La esfera es agradable a la vista, aunque su
imperfección es inquietante. Tiene grietas profundas e informes en su
superficie de matices dorados, grietas tan grandes que nunca se podrían
reparar. Probablemente está agrietada debido a que es defectuosa (al igual
que el mundo imperfecto), piensa uno. O tal vez (como el huevo) se debe
romper para que algo más pueda surgir. O tal vez, ambas cosas. Ciertamente,
cuando uno inspecciona las grietas sobre la superficie, cae en cuenta que en
el interior hay otra brillante esfera. ¡Pero también está agrietada! Sea lo
que fuere que sucede al interior de aquellas esferas, no parece fruto del
azar o algo accidental. Hay un sentido enorme de movimiento, de dinamismo,
de potencia, de nacientes posibilidades. Y lo mismo ha sucedido con el
proyecto de los derechos humanos. Es verdad, el camino no ha estado exento
de errores. Es verdad, aún ocurren espantosas violaciones a la dignidad
humana. Pero gracias en gran medida a quienes forjaron la Declaración
Universal, un número cada día mayor de hombres y mujeres se han inspirado
para hacer algo.
Hasta ahora, los progresos, y también los retrasos, en el camino de los
derechos humanos han sido impresionantes. La fuerza y la casualidad han
tenido su incidencia en este escabroso camino. Sin embargo, lo alentador es
que los hombres y las mujeres de buena voluntad pueden hacer la diferencia.
La imaginación, las acciones, las decisiones, los sacrificios y los ejemplos
personales de innumerables personas han contribuido a incrementar las
posibilidades a favor de la razón y la conciencia y en contra del poder y
los intereses.
Quienes defienden los derechos humanos se encuentran en el proceso de
construir sobre los cimientos que representan el legado de los forjadores de
la Declaración. En cincuenta años, otros opinarán acerca del manejo que le
dio a este tema la actual generación. Quienes aún no han nacido juzgarán si
mejoramos o desperdiciamos la herencia que nos dejaron Eleanor Roosevelt,
Charles Malik, John Humphrey, Pong-chun Chang, René Cassin y grandes hombres
y mujeres, quienes se esforzaron por rescatar el bien de los rescoldos y las
cenizas dejadas en la hoguera de terribles injusticias.
¿Qué tan a la altura de este reto nos encontremos? Dependerá en buena parte
de los líderes de hoy. Sin embargo, lo que será decisivo es que un número
suficiente de hombres y de mujeres, "en pequeños lugares, cerca al hogar",
puedan imaginar, y comenzar a vivir realmente la libertad, la solidaridad y
la paz.
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