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 BIOÉTICA Y BIOPÓLITICA EN AMÉRICA LATINA

  Por Francisco R. Parenti    

Parte 3 /4   

Necesidad de una bioética desde América Latina

Cuando hablamos de bioética desde América Latina, o latinoamericana, no pretendemos la creación de una bioética para una región geográfica determinada. Toda disciplina solo puede alcanzar su madurez cuando logra entrar en diálogo con la comunidad internacional que trabaja en ella, y la bioética no es una excepción. En realidad, nos estamos refiriendo a una perspectiva latinoamericana, es decir, a la necesidad de orientar la reflexión teórica y la práctica bioética a la realidad latinoamericana en la que estamos inmersos. Se debe propiciar la comunicación y el diálogo con todos los que están realizando la tarea bioética en los más diversos lugares del mundo, pero teniendo siempre presente que no es pertinente, como decíamos antes, importar acríticamente modelos de otras latitudes surgidos en contextos históricos muy diferentes.

En ese sentido, creemos importante evitar un equívoco fundamental en la concepción de la tarea que debe desarrollar la bioética en nuestra sociedad.

Como todos sabemos, la bioética nació en Estados Unidos y se desarrolló muy rápidamente en ese país y en Europa. Tal vez ningún área de estudio refleje tanto la sociedad como la bioética. En esos países desarrollados, que debían enfrentar enormes desafíos éticos generados por el avance de la biotecnología, la bioética se abocó al estudio de los dilemas éticos relacionados con la investigación y la práctica de la medicina asociadas a la revolución tecnológica en marcha. Sus problemas estaban relacionados con los nuevos dilemas que planteaban las nuevas tecnologías, las máquinas de diálisis que, en ese momento, no podían ofrecerse a todos. El proceso de tratamiento médico se trasladó al espacio público. Los tratamientos realizados en hospitales públicos exigían respuestas éticas públicamente defendibles.

En estos países, entonces, la asistencia sanitaria estaba resuelta o, por lo menos, encausada, y era lógico que se abordaran los problemas éticos que le presentaban las nuevas tecnologías. Pero muy distinta es la situación en América Latina, donde los problemas cotidianos son la pobreza extrema y la exclusión creciente. Frecuentemente, en estos países donde no existe la ciudadanía y donde no se respetan los derechos humanos, los planes de salud son deplorables. El desarrollo de la medicina preventiva es mínimo, en comparación con la medicina curativa, que es donde puede tener lugar el negocio de la salud.

Si la bioética es la ética que tiene que ver con las cosas de nuestra propia vida, en nuestros países el acento deberá ponerse en la justicia, la equidad, la solidaridad. La equidad en salud es un problema urgente, dramático y ético en América Latina. Proporcionar condiciones mínimas para que los ciudadanos disfruten de una vida digna, es un imperativo ético que interpela a los gestores de políticas gubernamentales. Sin accesibilidad a los planes de salud no podemos hablar de autonomía como en los países anglosajones.

La autonomía del paciente, en el ámbito de la microbioética, está enraizada en el reconocimiento del ejercicio de la ciudadanía en la esfera de la macrobioética. Por ello, no desvalorizamos la autonomía sino que insistimos en sus condiciones de posibilidad cuando advertimos el peligro de hacer, en forma acrítica, transplantes de prácticas surgidas en otros contextos. Lo mismo ocurre cuando, frente al principalismo anglosajón, se insiste en priorizar la dignidad o la libertad de todos los hombres, la vulnerabilidad, la solidaridad, la equidad, la responsabilidad en la protección del indefenso o el desarrollo sustentable en la protección de la naturaleza o el valor intrínseco de la vida en todas sus formas. No se puede entender que la misma sociedad que, por un lado, diariamente le niega el alimento a muchos seres humanos, por otro, se rasgue las vestiduras ante la posibilidad del aborto en ciertos casos extremadamente críticos.

Por otra parte, en cuanto a los nuevos problemas que plantea la biotecnología, a diferencia de lo que ocurre en los países desarrollados, en América Latina la cuestión no es cómo usar la tecnología médica sino quién tiene acceso a ella.

Cuando hablamos de una bioética desde América Latina, esto significa dar prioridad a una bioética de los problemas cotidianos, sin excluir el análisis de los nuevos problemas que plantea la biotecnología. En última instancia, se trata de respetar la profunda correspondencia que debe existir entre la micro y la macrobioética. En ese sentido, se recupera la visión de Potter cuando habla de «bioética global», o cuando, en la inauguración del Congreso Internacional de Bioética en Gijón, sostenía que «para un futuro a largo plazo tendremos que inventar y desarrollar una bioética política», a lo que añadía: «la bioética mundial debe evolucionar hacia una bioética social a escala mundial políticamente activa».

Trabajar en una bioética que tenga que ver con las cosas de nuestra vida significa, para América Latina, poner el acento en la salud pública, la justicia, la equidad, los derechos humanos, la libertad, la ciudadanía, la tolerancia, la solidaridad y la participación democrática.

Algunos documentos para una bioética desde América Latina

Existen ya no pocos documentos que pueden ayudar en la reflexión de esta tarea bioética comprometida con la promoción de salud y el respeto de los derechos humanos. Queremos señalar, al menos, algunos de los más importantes, a modo de ejemplo, ya que no podemos detenernos en su análisis en este trabajo.

La carta de Ottawa de 1986, Conferencia Internacional sobre la Promoción de Salud, en su documento final expresa que «la paz, la educación, la vivienda, la alimentación, la justicia social y la equidad son requisitos fundamentales para la salud».

La Declaración de Santa Fe de Bogotá, Colombia, de 1992, «Conferencia Internacional sobre la Promoción de Salud, señala la necesidad de una cultura para la salud y la relación indisoluble entre salud y desarrollo. Al mismo tiempo, el documento define como inaceptables las enfermedades derivadas de la desigualdad, la marginación y la destrucción del medio ambiente.

En 1991, la OPS/OMS definió la salud como el resultado de una serie de factores concurrentes: las acciones de la población, los servicios de salud, las autoridades de la salud y otros sectores sociales y productivos.

Esta concepción amplia de la salud permite una reorganización de sus servicios tradicionales con una mayor participación democrática de los ciudadanos, íntimamente relacionada con la integración, en el concepto de salud, de cuatro factores principales: el biológico, el medio ambiente, el estilo de vida saludable (que implica condiciones de trabajo, educación, recreación) y los servicios de salud. Por consiguiente, cuando aquí hablamos de salud, entendemos la salud fundamentalmente como bienestar, como derecho a una vida digna que valga la pena de ser vivida. La promoción de salud se constituye en una tarea de todos que favorece la salud, el logro de mejores condiciones para esta y para el desarrollo sostenible de una sociedad. Es decir, la promoción social desde la salud basa su accionar en la participación social como elemento central para su desarrollo. Para lograr estos objetivos, han surgido iniciativas de reorganización de los servicios de salud con la participación democrática de la ciudadanía, las que impulsaron procesos de descentralización por un lado y el fortalecimiento de los municipios por otro, que dieron lugar a lo que hoy conocemos como Municipios Saludables, y que están vinculados a través de una red que les permite constituirse en un movimiento interesado en colaborar con las nuevas iniciativas y estrategias especificadas en los documentos de la OMS.


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