Cuando hablamos de bioética desde América Latina, o
latinoamericana, no pretendemos la creación de una bioética para una región
geográfica determinada. Toda disciplina solo puede alcanzar su madurez
cuando logra entrar en diálogo con la comunidad internacional que trabaja en
ella, y la bioética no es una excepción. En realidad, nos estamos refiriendo
a una perspectiva latinoamericana, es decir, a la necesidad de orientar la
reflexión teórica y la práctica bioética a la realidad latinoamericana en la
que estamos inmersos. Se debe propiciar la comunicación y el diálogo con
todos los que están realizando la tarea bioética en los más diversos lugares
del mundo, pero teniendo siempre presente que no es pertinente, como
decíamos antes, importar acríticamente modelos de otras latitudes surgidos
en contextos históricos muy diferentes.
En ese sentido, creemos importante evitar un equívoco
fundamental en la concepción de la tarea que debe desarrollar la bioética en
nuestra sociedad.
Como todos sabemos, la bioética nació en Estados Unidos y se
desarrolló muy rápidamente en ese país y en Europa. Tal vez ningún área de
estudio refleje tanto la sociedad como la bioética. En esos países
desarrollados, que debían enfrentar enormes desafíos éticos generados por el
avance de la biotecnología, la bioética se abocó al estudio de los dilemas
éticos relacionados con la investigación y la práctica de la medicina
asociadas a la revolución tecnológica en marcha. Sus problemas estaban
relacionados con los nuevos dilemas que planteaban las nuevas tecnologías,
las máquinas de diálisis que, en ese momento, no podían ofrecerse a todos.
El proceso de tratamiento médico se trasladó al espacio público. Los
tratamientos realizados en hospitales públicos exigían respuestas éticas
públicamente defendibles.
En estos países, entonces, la asistencia sanitaria estaba
resuelta o, por lo menos, encausada, y era lógico que se abordaran los
problemas éticos que le presentaban las nuevas tecnologías. Pero muy
distinta es la situación en América Latina, donde los problemas cotidianos
son la pobreza extrema y la exclusión creciente. Frecuentemente, en estos
países donde no existe la ciudadanía y donde no se respetan los derechos
humanos, los planes de salud son deplorables. El desarrollo de la medicina
preventiva es mínimo, en comparación con la medicina curativa, que es donde
puede tener lugar el negocio de la salud.
Si la bioética es la ética que tiene que ver con las cosas
de nuestra propia vida, en nuestros países el acento deberá ponerse en la
justicia, la equidad, la solidaridad. La equidad en salud es un problema
urgente, dramático y ético en América Latina. Proporcionar condiciones
mínimas para que los ciudadanos disfruten de una vida digna, es un
imperativo ético que interpela a los gestores de políticas gubernamentales.
Sin accesibilidad a los planes de salud no podemos hablar de autonomía como
en los países anglosajones.
La autonomía del paciente, en el ámbito de la microbioética,
está enraizada en el reconocimiento del ejercicio de la ciudadanía en la
esfera de la macrobioética. Por ello, no desvalorizamos la autonomía sino
que insistimos en sus condiciones de posibilidad cuando advertimos el
peligro de hacer, en forma acrítica, transplantes de prácticas surgidas en
otros contextos. Lo mismo ocurre cuando, frente al principalismo anglosajón,
se insiste en priorizar la dignidad o la libertad de todos los hombres, la
vulnerabilidad, la solidaridad, la equidad, la responsabilidad en la
protección del indefenso o el desarrollo sustentable en la protección de la
naturaleza o el valor intrínseco de la vida en todas sus formas. No se puede
entender que la misma sociedad que, por un lado, diariamente le niega el
alimento a muchos seres humanos, por otro, se rasgue las vestiduras ante la
posibilidad del aborto en ciertos casos extremadamente críticos.
Por otra parte, en cuanto a los nuevos problemas que plantea
la biotecnología, a diferencia de lo que ocurre en los países desarrollados,
en América Latina la cuestión no es cómo usar la tecnología médica sino
quién tiene acceso a ella.
Cuando hablamos de una bioética desde América Latina, esto
significa dar prioridad a una bioética de los problemas cotidianos, sin
excluir el análisis de los nuevos problemas que plantea la biotecnología. En
última instancia, se trata de respetar la profunda correspondencia que debe
existir entre la micro y la macrobioética. En ese sentido, se recupera la
visión de Potter cuando habla de «bioética global», o cuando, en la
inauguración del Congreso Internacional de Bioética en Gijón, sostenía que
«para un futuro a largo plazo tendremos que inventar y desarrollar una
bioética política», a lo que añadía: «la bioética mundial debe evolucionar
hacia una bioética social a escala mundial políticamente activa».
Trabajar en una bioética que tenga que ver con las cosas de
nuestra vida significa, para América Latina, poner el acento en la salud
pública, la justicia, la equidad, los derechos humanos, la libertad, la
ciudadanía, la tolerancia, la solidaridad y la participación democrática.
Algunos documentos para una bioética desde América Latina
Existen ya no pocos documentos que pueden ayudar en la
reflexión de esta tarea bioética comprometida con la promoción de salud y el
respeto de los derechos humanos. Queremos señalar, al menos, algunos de los
más importantes, a modo de ejemplo, ya que no podemos detenernos en su
análisis en este trabajo.
La carta de Ottawa de 1986, Conferencia Internacional sobre
la Promoción de Salud, en su documento final expresa que «la paz, la
educación, la vivienda, la alimentación, la justicia social y la equidad son
requisitos fundamentales para la salud».
La Declaración de Santa Fe de Bogotá, Colombia, de 1992,
«Conferencia Internacional sobre la Promoción de Salud, señala la necesidad
de una cultura para la salud y la relación indisoluble entre salud y
desarrollo. Al mismo tiempo, el documento define como inaceptables las
enfermedades derivadas de la desigualdad, la marginación y la destrucción
del medio ambiente.
En 1991, la OPS/OMS definió la salud como el resultado de
una serie de factores concurrentes: las acciones de la población, los
servicios de salud, las autoridades de la salud y otros sectores sociales y
productivos.
Esta concepción amplia de la salud permite una
reorganización de sus servicios tradicionales con una mayor participación
democrática de los ciudadanos, íntimamente relacionada con la integración,
en el concepto de salud, de cuatro factores principales: el biológico, el
medio ambiente, el estilo de vida saludable (que implica condiciones de
trabajo, educación, recreación) y los servicios de salud. Por consiguiente,
cuando aquí hablamos de salud, entendemos la salud fundamentalmente como
bienestar, como derecho a una vida digna que valga la pena de ser vivida. La
promoción de salud se constituye en una tarea de todos que favorece la
salud, el logro de mejores condiciones para esta y para el desarrollo
sostenible de una sociedad. Es decir, la promoción social desde la salud
basa su accionar en la participación social como elemento central para su
desarrollo. Para lograr estos objetivos, han surgido iniciativas de
reorganización de los servicios de salud con la participación democrática de
la ciudadanía, las que impulsaron procesos de descentralización por un lado
y el fortalecimiento de los municipios por otro, que dieron lugar a lo que
hoy conocemos como Municipios Saludables, y que están vinculados a través de
una red que les permite constituirse en un movimiento interesado en
colaborar con las nuevas iniciativas y estrategias especificadas en los
documentos de la OMS.