Ha llegado el tiempo de democratizar el conocimiento científico para
enriquecer el acervo de la sociedad, como camino hacia el desarrollo
sostenible.
Hace once años, en la Cumbre de la Tierra de la ONU en Río, 178
gobiernos se comprometieron que todo individuo debería tener acceso a
información acerca del medio ambiente, debería poder participar en el
proceso legislativo medioambiental y debería poder emprender acciones
judiciales en temas ecológicos. Estos derechos, recogidos en el Principio
10 de la Declaración de Río, se consideraban como la clave para
transformar nuestras sociedades en democracias de desarrollo
ambientalmente sustentado.
El Convenio de Aarhus (ONU, 1998) fija las normas básicas para el
fomento de la participación de los ciudadanos en los asuntos
medioambientales y les da la posibilidad de expresar su opinión sobre
decisiones que afectan al planeta.
La innovación constituye un proceso complejo interrelacionado con
factores tales como la fuerza de la base de conocimientos, los acuerdos
institucionales, la calificación de la mano de obra, la apertura de la
economía y una habilidad global para incorporar mejoras logradas en el
país o sectores.
Necesidad de cambios estructurales para el desarrollo
sostenible
En este complicado inicio de siglo XXI, la brecha cada día
mayor entre los sectores más beneficiados y aquellos que no pueden
satisfacer sus necesidades básicas es signo inequívoco de un devastador
proceso regresivo. Callar en tiempo de injusticia social es convertirnos en
cómplices del sistema porque, encima, la carrera neoliberal impuesta por el
pensamiento único y los grupos de poder que la animan no tiene futuro.
En el marco de la globalización tecnológica y comercial
también se ha universalizado el estado de crisis, en especial para las
comunidades de los países en desarrollo, por su histórica fragilidad
estructural. Una de las paradojas del asunto es que los países
económicamente pobres son los más ricos en recursos naturales y en
diversidad cultural. La solución para tantos problemas debe basarse en la
aplicación de varias ideas: igualdad de oportunidades en el terreno
comercial, protección ambiental, equidad social y acceso al conocimiento
científico y tecnológico en condiciones justas. Hoy día todos hablan de
desarrollo sostenible, pero muy pocos comprenden el alcance del mismo, en
materia de cambios estructurales de fondo que habría que imponer para
hacerlo realidad.
Desde los comienzos de la humanidad ha existido una estrecha
relación entre los elementos naturales –sean vivos o no, sean considerados
« útiles » o no. Pero hoy esas interrelaciones han adquirido un grado de
complejidad tal que dificulta mucho la compresión de los problemas derivados
de ellas. Hay que tomar decisiones rápidas y valientes. También deben ser
ingeniosas e innovadoras. Pero, si hablamos de una meta donde las
comunidades se revelen contra la marginación y la falta de equidad, y
trabajan para el cambio, no podemos soslayar el uso de la principal
herramienta para lograrlo. Nos referimos al "CONOCIMIENTO", ese caudal de
información, experiencias e ideas capaz de hacernos comprender la trama de
la realidad.
La industria del conocimiento
En la actualidad, ya no es tan importante la producción de
bienes de consumo- representa cada vez una porción menor en el producto
bruto interno de los países desarrollados, un segmento nuevo ha surgido con
la revolución informática "LA INDUSTRIA DEL CONOCIMIENTO". Hoy hay software
para sistemas contables, para manejar planillas, para dar citas en un
hospital, para navegar por satélite en las ciudades etc. Es el reflejo de
esta nueva industria del conocimiento, que de por si no reemplazará a las
actividades primarias, pero que será –no cabe duda- cada vez mas importante
en la economía.
Un conocimiento que debe ser compartido por todos los
pueblos si se quiere hablar de equidad. La calidad de vida de las personas
depende cada vez más del conocimiento científico y tecnológico, el acceso al
mismo se ha transformado en uno de los pilares de esa sociedad idealizada.
La divulgación científica deberá promover la transformación de la sociedad,
en tiempos donde el desarrollo sostenible se presenta como la única opción
lógica y coherente. El éxito se alcanzará cuando se logre construir el
puente entre la investigación y la población; paso esencial para que la
ciencia se vuelva parte de la cultura.
Hasta hace poco la ciencia parecía algo incuestionable y el
estereotipo de un hombre de bata blanca, simbolizaba el conocimiento, la
inteligencia y la sabiduría. Se podía confiar en lo que dijese, hiciese y
produjese hasta la Bomba. Añádanse los pesticidas, el agente naranja, el
calentamiento global etc. El resultado hoy en día es la desconfianza en la
ciencia y en las nuevas tecnologías. Sin embargo, ahora que la mayoría del
mundo vive en la era tecnológica, o como muchos la denominan, la sociedad
del riesgo, la opinión pública y los políticos necesitan cada vez en mayor
medida volverse hacia la ciencia en busca de respuestas y consejos. Mientras
no tengamos conceptos claros, precisos, actualizados y ajustados a la época,
no será posible tener buena orientación y por ende no se logrará Norte ni
puerto seguro.
El hombre moderno ha roto todo vínculo con la naturaleza sin
respetar los principios del orden natural llegando así a un estado de cosas
tal donde el punto de retorno se toma cada vez más dificultoso. Para la
búsqueda de esa perfección de la que hablaban los antiguos, el hombre debe
restaurar los lazos que lo unen con la naturaleza física y con el contorno
institucional, enriquecido por la tradición espiritual y cultural.
Vivimos en una época de divorcio, de ruptura con Dios, de
desunión de las personas, todo se ha vuelto fungible, y que fungibilidad
universal es sin lugar a dudas los que se ha dado en llamar "el desierto del
hombre". El hombre entonces, no abraza a la naturaleza, más bien no la
fecunda, la esteriliza. La vuelta absoluta a la naturaleza sin más es una
quimera, pero igualmente nefasta es la separación excesiva de la misma. En
efecto, deberemos encontrar el equilibrio que nos proporcione el respecto
del orden natural físico y el ajuste al orden natural moral. Santo Tomás
enseña que el hombre es sociable por naturaleza, esto significa que siempre
necesitamos inexorablemente del prójimo. Del mismo modo el hombre moderno
deberá detenerse a observar su alrededor para comprender la magnitud del
daño irreversible que le está causando a su prójimo, la naturaleza.
El orden natural nos invita a adaptarnos a su realidad, a
respetarlo como condición de nuestra misma realización individual. Este
orden podemos aceptarlo o rechazarlo en todo o en parte: esto constituye
nuestra actitud ética fundamental; insertarnos o no en este orden, con la
consecuencia inevitable para nosotros, en cada caso, de realizarnos, ser más
nuestro ser, o definitivamente atomizarnos en la medida en que no respetamos
ese orden. Nosotros todavía poseemos la espada de la palabra, del grito, de
la denuncia y de la propuesta alternativa por otro mundo más justo y
solidario.
De manera invariable esto provoca dificultades y una de las
más importantes es que la opinión científica rara vez evoluciona con la
misma rapidez que las crisis políticas, cada nuevo problema suscita un nuevo
conjunto de interrogantes.
La ciencia avanza y la sociedad tiene que ser consciente de
que únicamente a través de la ciencia podemos progresar y sobrevivir, por
ejemplo, desde el punto de vista económico y medioambiental. El desastre de
Chernobil, las vacas locas y la alarma producida en Bélgica por las dioxinas
convirtieron el debate sobre ciencia y sociedad en algo muy diferente a lo
que era hace 25 o 30 años, y debilitan la aceptación de la nueva tecnología.
Necesitamos replantear la dinámica entre la ciencia y los
ciudadanos en una democracia.
Necesitamos averiguar si nos hacen falta elementos
reguladores a determinados niveles con respecto a temas controvertidos, por
ejemplo la fabricación de organismos modificados genéticamente o el cambio
climático.
Necesitamos pasar del debate filosófico a la acción que
pueda aplicarse cada día. El peor planteamiento consiste en quedarnos
quietos y no hacer nada. Los ciudadanos deberían estar en condiciones de
participar en los debates científicos que sean relevantes para su vida, la
ciencia debería responder mejor a las necesidades sociales y que esto puede
lograrse sin poner en peligro la calidad científica. Cada vez mas los
ciudadanos y los protagonistas deferían asociarse estrechamente con las
decisiones que les afectan, y exigir que las prioridades políticas reflejen
sus principales preocupaciones. Por consiguiente, las relaciones entre
ciencia y gobernación constituyen una cuestión clave que el Mundo debe
afrontar para aprovechar plenamente las inmensas oportunidades creadas por
la instauración de la economía y la sociedad del conocimiento, recuperar el
sentido de propiedad y el propósito común entre sus ciudadanos, y reducir –
tanto el ámbito interno como en el internacional el potencial de disputas y
conflictos.
No resulta tarea fácil motivar al público a interesarse por
los temas científicos. Quizás porque la alta tecnología que hoy nos rodea en
nuestro hogares, en el trabajo o en el esparcimiento, podemos disfrutarla
plenamente, sin necesidad de comprender más allá de lo mínimo para hacerla
operativa. Pero, eso debe cambiar. La importancia del conocimiento
científico aplicado ha alcanzado tal dimensión, que hace imprescindible un
involucramiento mayor de las personas en su devenir. Realizar correctamente
el trabajo de divulgar no es tarea fácil por las múltiplas dificultades que
hay que superar.
Nos adentramos en la civilización del conocimiento. Cada vez
tiene mayor incidencia en el desarrollo y la prosperidad de los pueblos es
evidente que el impacto macroeconómico de la generación de conocimiento
depende de que se difunda la información sobre la innovación, que se
extiende la utilización de las nuevas tecnologías y que los sectores
tradicionales los adopten. La investigación y el desarrollo deben encajar en
un marco de valores para producir beneficios, esto ayudara a fortalecer el
funcionamiento democrático de las naciones porque eleva el nivel educativo
de sus personas. El desarrollo científico aportará al desarrollo
socioeconómico. Lo que realmente necesita la ciencia es la compresión del
público en el sentido moderno, esto es, diálogo y asesoramiento científico,
que depende de la interacción con el público, como en la democracia, donde
la política debe comprenderse.
Democratizar la ciencia
La ciencia se debe acercar a los ciudadanos, salir a las
calles, ir a los hospitales y, en todos los sitios se debe preguntar. El
diálogo debe generarse en torno a los asuntos cotidianos y a los temores.
Cuando la población percibe que algo es importante para ellos, quieren
aprenderlo, como se demostró cuando poblaciones sufrieron inundaciones y
cambios climáticos el año pasado y este año, en todo el mundo. Si bien
existen excelentes divulgadores, muy respetados en el mundo científico,
también es cierto que el hermetismo académico sigue siendo un gran obstáculo
para la apertura cognitiva de lo científico hacia la sociedad.
Los científicos lentamente se están dando cuenta ahora de
que su costumbre de trabajar en una torre de marfil, y de prácticamente
ignorar lo que sucede alrededor de ellos, debería cambiar poco a poco. Lo
que continúa faltando en la mayoría de los casos son las aptitudes
necesarias para adaptar el enfoque mental de un periodista.
En una sociedad del conocimiento, la democracia exige que
los ciudadanos dispongan de cierta cultura científica y técnica básica. Su
adquisición y actualización se han vuelto tan imprescindibles como la
alfabetización o el aprendizaje de cálculo. Cada vez tiene mayor incidencia
en el desarrollo y la prosperidad de los pueblos. Ahora bien, aparte de
estos conocimientos generales, los países en vías de desarrollo deben
disponer de un colectivo de científicos que le permitan garantizar el
desarrollo socioeconómico. Pero para educar hay que invertir. Y mientras se
van cumpliendo las etapas planificadas de la educación, resulta
imprescindible generar en el ámbito de los países, las condiciones
necesarias de mercado laboral, investigación y capacitación permanente, para
retener a los mejores profesionales. Es obvio que ello no está ocurriendo en
los países en vía de desarrollo. Por el contrario, las inversiones en
educación se encuentran lejos de los niveles deseados. La situación resulta
mucho más grave si consideramos la inversión en investigación científica y
tecnológica que es, a la postre, la responsable en la generación del
conocimiento aplicado. Si no son capaces los países de generar productos en
el ámbito local, deben ser adquiridos en el mercado internacional, asumiendo
sus elevados costes. La ciencia sin la capacidad empresarial es como un
coche deportivo sin ruedas, atractivo pero que no va a ninguna parte. La
innovación solo beneficia realmente a la sociedad cuando la investigación va
a la búsqueda de mercados. El retraso que hay entre los rápidos cambios del
mundo de la ciencia y la tecnología y las reacciones relativamente lentas de
los responsables políticos en el análisis de la importancia de esos nuevos
desarrollos tiene consecuencias desastrosas.
Demasiado a menudo la comunidad empresarial no consigue
comprender la ciencia que hay en la nueva investigación, mientras que los
científicos tienen poca idea sobre cómo crear y hacer funcionar una empresa.
Cada vez es más evidente que el impacto macroeconómico de la
generación de conocimientos depende de que se difunda la información sobre
la innovación, que se extiende la utilización de las nuevas tecnologías y
que los sectores tradicionales las adopten. El desafío para la próxima
generación es como aumentar la velocidad en que la investigación se
convierte en la tecnología del futuro y contribuye a aumentar la
productividad y la competitividad en el Mundo. La riqueza de las naciones no
está más en la producción de bienes de consumo, sino en el conocimiento y
valor agregado de las actividades.
La verdadera pregunta que se nos plantea es la de ¿a dónde
llegaremos como resultado de este proceso? Aquí y ahora debemos levantar el
estandarte de la racionalidad material, en tormo al cual debemos agruparnos.
No solamente nos confortamos a un nuevo sistema social, sino también a
nuevas estructuras de conocimiento, en las que la sociedad y la ciencia no
podrán seguir divorciadas y retomaremos a la epistemología singular en pos
del conocimiento utilizada con anterioridad a la creación de la
economía-mundo capitalista. Si comenzamos a recorrer este camino, tanto en
lo que se refiere al sistema social en que vivimos como en cuanto a las
estructuras de conocimiento que usamos para interpretarlo, necesitamos ser
conscientes de que estamos ante un comienzo, no, de ninguna manera, ante un
final. Los comienzos son inciertos, audaces y difíciles, pero ofrecen una
promesa, que es lo máximo.