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Parte 2 / 5
1.2. La democracia como foco temático de las ciencias
sociales en América Latina: la transición a la democracia, procesos de
democratización política
El gobierno del pueblo que supone la tradicional
definición de democracia queda relegado por una polisemia que se redefine en
cada espacio y tiempo particular, sobre todo si ese espacio es la periferia
de Occidente. La democracia liberal acuñada en la modernidad tampoco supone
de por sí una definición tajante y universal: "La teoría y la práctica de la
democracia liberal es tan manifiesta como fundamentalmente creación y
experiencia originaria de algunos países de Europa Occidental y la América
del Norte. Fuera de allí hay que considerar más detenidamente los procesos
locales de recepción y/o autoproducción de sus esquemas y hay que entenderla
como en parte un transporte y en parte una recreación de esa historia
relativamente ajena." (Strasser, 2000).
El tema de quiénes son libres, quién es el pueblo, qué es lo que la
democracia garantiza o debiera garantizar como régimen político, son las
cuestiones que se dirimen en la vida de cada pueblo, y que llevan a
resultados diferentes en cada período de su historia.
En la década del ’80 los países del Cono Sur transitaron los tramos
iniciales de una corriente redemocratizadora que, luego del derrumbamiento
de las dictaduras militares, implicaría el paso de un régimen autoritario a
uno democrático. Es en esta década -llegando casi hasta los ’90- cuando en
América Latina se completó un ciclo significativo de transición hacia la
democracia, que terminó con la transición chilena -plebiscito en 1988,
elecciones en 1989 y régimen democrático en 1990-. Es en este período que se
instala la preocupación temática de la democracia, orientando gran parte del
debate en las ciencias sociales latinoamericanas.
La democracia surgida con posterioridad a los períodos autoritarios tuvo
características que no pueden asociarse a la matriz nacional popular de los
períodos democráticos anteriores, los que, aún con sus intervalos y desvíos,
afrontaron la lucha por la distribución de dicho poder, del ingreso y las
riquezas según sus cosmovisiones. La democracia, si existía en dichos
períodos previos, no estaba "tematizada": era el régimen político para la
puesta en acción de un proyecto de país, lo que supuso, en muchos casos,
conflicto con intereses minoritarios y hegemónicos (oligarquía ganadera,
monopolios extranjeros en el caso argentino). El proyecto nacional, la lucha
por la soberanía política y la independencia económica, lo mismo que la
aspiración a la justicia social o al desarrollo nacional, fueron los temas
del discurso y la acción política y gubernamental.
En el caso de la Argentina, la característica primordial del último
advenimiento democrático fue que este conflicto de intereses "se corrió" del
escenario: la democracia devino en el valor prioritario a cuidar, alcanzando
el primer lugar en la agenda pública. Un tema "pasado de moda" - la
constitución de un Estado de Derecho-, alcanzaría incluso una dimensión
movilizadora (Portantiero, 1985). Por las heridas imborrables que había
dejado en el cuerpo social su ausencia, se optó, según palabras de Lechner,
por una "definición mínima" pero al mismo tiempo impostergable de
democracia: autoridades elegidas mediante sufragio universal en una
competencia regular y regulada, derecho de asociación e información que
asegure la libre participación ciudadana, respeto a las minorías y lealtad a
la institucionalidad. Este fue el mínimo "no negociable", frontera a no
traspasar, límite que dejaba del otro lado lo que "nunca más" debía volver a
ocurrir.4
Desde los años ’50, signados por el tema de la modernización, "transición"
significaba el paso de una sociedad tradicional a una sociedad moderna. A
partir de la década del ’60, el tema recurrente es la "revolución" o el
"cambio estructural global", donde el concepto de transición está asociado
al paso del capitalismo al socialismo. En ambas problemáticas el tema del
régimen político aparece subordinado a, y como reflejo de, las
transformaciones globales de la sociedad (Garretón, 1987). Durante las
décadas del ’70 y el ’80 el tema central pasa a ser el de la democracia
política –y la transición hacia la democracia- privilegiándose el problema
del régimen político.
Se genera entonces todo un "corpus" teórico sobre la transición y muchos
analistas intentarán, a partir de la particular situación política de las
dictaduras, reflexionar acerca de cómo se produce el cambio de un régimen
autoritario a un régimen democrático. Es interesante el aporte que hace a
esta problemática Manuel Garretón quien prefiere utilizar el término "democratización
política" para referirse al grupo de estudios que analizan el proceso en el
cual se van generando y estableciendo instituciones democráticas, un régimen
político democrático, allí donde existían regímenes no democráticos o donde
prevalecían instituciones autoritarias por sobre las democráticas.
Posteriormente, las discusiones se centrarán no sólo en analizar cómo se
producen esos procesos de democratización política, sino también sobre qué
tipo de democracia se configuraba, generándose posturas en las que
diferentes autores resaltaban diversos aspectos del concepto mismo de
democracia.
Si bien transición se define como el pasaje de un régimen político a otro,
entendiéndose entonces el período comprendido entre el "principio del fin"
de un régimen político y el establecimiento de uno nuevo, en el particular
contexto político latinoamericano de fines de los ’80 –donde un conjunto de
actores significativos de la sociedad quieren un régimen político
alternativo a la dictadura al que llaman democracia- se hablaría de
transición hacia un régimen político específico: la democracia. La
democracia se convertirá en un punto referencial, particular e insustituible
de la sociedad ideal a la que se aspira. Se habla así de "régimen político"
como un conjunto de intermediaciones institucionales entre Estado y sociedad
que resuelven problemas de gobierno, de ciudadanía y el problema de la
regulación del conflicto y del marco institucional de la acción colectiva.
La democracia se convierte en el modelo político ideal sobre el cual vale la
pena pensar y por el cual vale la pena luchar (Garretón, 1999). En este
marco, los primeros trabajos sobre la transición abordan el pasaje de un
régimen político autoritario a un sistema democrático.
Guillermo O’Donnell –uno de los autores más significativos en el tratamiento
de esta temática- identifica dos momentos dentro del proceso de construcción
de regímenes democráticos. Por un lado, una primera transición será el
período que se extiende desde el inicio de la descomposición del régimen
autoritario hasta la instalación de un gobierno democrático –con celebración
de elecciones libres y transferencia de mando al gobierno electo-. Pero
existiría un segundo momento de consolidación –una segunda transición- que
correspondería al momento en que un gobierno elegido democráticamente se
convierte en un régimen democrático. La diferencia fundamental entre ambos
momentos es que la segunda transición se caracteriza por instituciones
sólidas, fuertes y consolidadas que se convierten en los espacios de
decisión y el centro del sistema político.
Al respecto, es necesario aclarar que las transiciones se desencadenan de
diversas maneras. Pueden originarse "desde arriba", es decir controladas por
el propio régimen autoritario –que decide cuándo retirarse, ya sea porque
considera su tarea terminada o por una crisis de descomposición interna-.
Las transiciones "desde arriba" son generalmente pactadas, en el sentido que
los autoritarismos salientes negocian con la oposición las condiciones de la
transición, descongelando paulatinamente la vida política y manejando
tiempos políticos.
Por el contrario las transiciones que se originan "desde abajo", son
aquellas no controladas por el régimen e implican una ruptura, ya que se
inician por la acción de oposiciones, por un colapso o derrota militar del
gobierno u otros factores externos que lo obligan a retirarse –tal sería el
caso de Argentina, donde la derrota militar de Malvinas es el elemento clave
que inicia y acelera la transición-.
Philippe Schmitter, otro de los autores que analizan los procesos de
transición, afirma que partiendo de la dictadura existirían tres causas que
pueden determinar la apertura hacia la transición. La primera sería el
fracaso político de los regímenes autoritarios o alguna derrota o desastre
militar. La segunda, el desencanto y desprestigio del régimen frente a
fracasos económicos y/o su incapacidad para producir desarrollo de fuerzas
productivas. La tercera, si logran el "desarrollo desde arriba", ya que es
probable que existan desacuerdos respecto a cómo reconvertir el resto de la
economía y cómo tratar la cuestión política. Llegado este momento, se
manifestaría la pérdida de prestigio, produciéndose enfrentamientos dentro
de la elite gobernante, con la consiguiente declinación de la capacidad para
controlar acciones gubernamentales. Paralelamente, se produciría en la
sociedad civil un proceso de creciente movilización de los diferentes grupos
sociales: la liberalización política. Así se generaría un contexto favorable
al cambio de régimen y si se inicia el camino hacia la transición, se
plantea el problema de la sucesión del régimen autoritario. Aquí se abre la
posibilidad de realización de acuerdos o pactos que regulen tanto la
retirada militar como las reglas del juego.
En el caso de las salidas pactadas, Schmitter señala que los pactos son un
acuerdo, no siempre explicitado o justificado, entre un conjunto de actores
que procuran definir las reglas que rigen el ejercicio del poder sobre la
base de garantías mutuas concernientes a los poderes vitales de quienes lo
acuerdan (O´Donnell; Schmitter, 1991). El tema fundamental es quiénes están
en condiciones de pactar y, en segundo lugar, sobre qué temas pueden girar
los pactos.
De todos modos, como generalmente pactan los actores relevantes y moderados
de la oposición con los autoritarismos en retirada, los pactos tienen un
fuerte contenido antidemocrático. En este sentido, para Schmitter los pactos
son "medios no democráticos para la construcción de democracias estables".
Luego de este proceso, empezaría a funcionar lo que el autor denomina una "dictablanda,"
donde se produce el despertar de la sociedad civil. Aumenta y crece la
oposición, y con ella, las manifestaciones en contra del régimen y a favor
de la apertura, el desarme y desmilitarización de la vida política. Tal
situación conduce a una elección que marca el cambio de régimen instaurando,
en un primer momento al que llamará la "democradura", para luego recién
pasar a la democracia. El esquema de Schmitter sería: dictadura –
dictablanda- democradura- democracia.
Por su parte, M. Garretón señala que la desarticulación de un gobierno
militar y la construcción de un régimen democrático en América Latina sería
producto de dos procesos: por un lado, la crisis interna o de descomposición
del régimen y, por otro, la reacción y movilización de la sociedad (Garretón,
1987). A estos dos procesos interdependientes se los puede desdoblar en
cuatro: 1) el proceso de crisis o descomposición interna de la dictadura;
aislamiento del grupo gobernante de sus apoyos internos e internos (sectores
civiles); 2) movilización popular contra el régimen cuya principal
característica es su carácter masivo, movilizaciones que tienen como núcleo
demandas políticas que reclaman la instauración de un régimen democrático;
3) negociación o concertación: en la medida en que no existan colapso o
derrota militar del régimen no habría proceso que no tenga u grado de
concertación (las cuestiones centrales serían aquí quiénes negocian y qué
negocian); y 4) mediaciones institucionales, en tanto el enfrentamiento
entre el régimen y la oposición debe contar con instituciones a través de
las cuales poder resolver el conflicto.
Por tanto, el inicio del proceso de transición hacia la democracia en los
países de América Latina se produciría al concretarse el traspaso del poder
a una autoridad elegida constitucionalmente. Si bien este hecho es un
elemento necesario para marcar tal proceso, no es suficiente para comenzar a
hablar de consolidación de un régimen democrático. Para hablar de un régimen
democrático consolidado son necesarios otros elementos, por ejemplo, el
arraigo de prácticas políticas participativas en la cultura política de la
ciudadanía, la construcción de una red institucional fuerte que regule la
vida política y que se constituya en el espacio por excelencia de la toma de
decisiones.
Según esta postura, es difícil determinar cuándo un régimen político se ha
consolidado. Podría considerarse el momento en que la primera autoridad
constitucional hace entrega del poder a un presidente elegido
constitucionalmente. Pero si bien este momento institucional es necesario,
no bastaría para que la democracia se arraigue en la cultura política de la
ciudadanía y regule la vida política.
A juicio de algunos autores, los países latinoamericanos han experimentado
en muchos casos únicamente el primero de estos momentos, no habiendo
terminado de transitar aún la etapa de consolidación. Según esta
perspectiva, los regímenes democráticos latinoamericanos se habrían
estancado en un estadio intermedio entre los autoritarismos y los sistemas
representativos institucionalizados. Algunos son caracterizados como
democracias incompletas, o bien, con rasgos plebiscitarios o personalistas.
Otros piensan que estos regímenes ya están consolidados (las características
más significativas de las democracias ya estarían alcanzadas), siendo un
dato ilustrativo de esta postura el hecho de que crisis políticas
importantes –como en el caso reciente de Argentina, y anteriormente en
Brasil o Perú- se resolvieron sin que se produzca la regresión a un régimen
militar. Por tanto, el gran tema de debate, una vez que se ha producido la
transición, sería qué tipo de democracia se configura; tema sobre el que
volveremos más adelante.
Si bien hasta ahora nos hemos referido a los análisis sobre la "transición",
podemos hacer referencia a los estudios sobre "democratización política",
término este que permitiría caracterizar más apropiadamente distintas
situaciones en América Latina, en la medida que desde esta perspectiva
podrían interpretarse procesos que son muy diferentes y que van más allá de
las transiciones. Según M. Garretón habría tres tipos de democratización
política en América Latina: 1) las fundaciones democráticas, 2) las
transiciones y 3) la extensión y las reformas democráticas (Garretón, 1999).
La primera de estas tipologías, las fundaciones democráticas, comprende
aquellos países que no habiendo tenido experiencia en regímenes democráticos
instalan por primera vez una democracia, y tienden a acercarse al modelo de
cambio global, como lo fueron las instauraciones democráticas originales en
países de Europa o en Estados Unidos. Este proceso de fundación democrática
es el que se habría producido durante las últimas décadas en Centroamérica,
e implica la construcción de un núcleo básico de instituciones democráticas
luego del derrumbe de oligarquías y dictaduras patrimoniales, situaciones de
guerra civil, guerrillas y revoluciones. Ligado a este último aspecto de
cambio global, ese tipo de democratización política presenta tres
características importantes: la conversión de los actores combatientes en
actores políticos -lo que implica cómo actores que buscaban eliminar a su
enemigos se convierten en actores que entran a negociar y a representar para
gobernar un país en un marco institucional compartido-; la construcción de
instituciones democráticas que se fundan con un proceso de pacificación
nacional -y de reconstrucción- y el hecho de que, en una situación de
confrontación extrema, es fundamental el peso de los actores externos.
El segundo tipo son las transiciones, referidas al paso de un régimen
autoritario o militar formal a un régimen básicamente democrático, aunque
sea incompleto o imperfecto. Este tipo coincidiría con las presentaciones
previas de autores que se refieren a las transiciones. Difieren de las
fundaciones en tanto no desencadenan cambios globales, y también, porque el
poder está en manos de los militares. Las transiciones no operan por
derrocamiento de los militares sino por movilizaciones, negociaciones
políticas y mediaciones institucionales, que pueden ser plebiscitos,
elecciones o mediación de una institución por encima de las partes en
conflicto. Por tanto, no hay derrota o empate militar. Este sería el caso de
España -de cuyo proceso de transición se tomaron las pautas de análisis en
los años ’80 para América Latina- y particularmente de los países del Cono
Sur.
El tercer tipo de democratización política es el que produce extensión o
reformas democráticas que buscan crear, extender y ampliar las instituciones
para convertirlas en democráticas. Comprende un proceso complejo de
instalación y creación progresiva, gradual, con avances y retrocesos, de
instituciones democráticas desde el régimen y, aún, desde los titulares del
poder anterior, sin que necesariamente se produzca su eliminación o
reemplazo. Esta movilización "por arriba" es activada por presiones y
movilizaciones desde abajo. Hay que señalar que esta clasificación no hace
referencia a cualquier tipo de reforma política o democrática, o extensión y
ampliación del régimen democrático en vigencia, sino que se refiere a un
proceso intencional y global de transformación de instituciones políticas
para hacerlas democráticas. Son procesos largos, donde hay espacios que se
van abriendo y no es posible precisar y celebrar el momento de "inauguración
democrática", como sí ocurre en las fundaciones y en las transiciones. En
este esquema de análisis se ubicarían los casos de México y Colombia, que si
bien comprenden situaciones muy distintas, son procesos en los que el
gobierno o los partidos de gobierno son actores protagónicos:
Considerando que las democratizaciones políticas ya fueron realizadas, el
accionar y debate posterior se orientan a la caracterización del tipo de
democracia que se logra, esto es, el carácter y la calidad del régimen
democrático que se instala, tema que presentamos a continuación.
Notas
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