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 DEMOCRACIA Y CIUDADANÍA:
REFLEXIONES SOBRE LA DEMOCRACIA Y LOS PROCESOS DE DEMOCRATIZACIÓN EN AMÉRICA LATINA

Democracia y derechos humanos

  Por Alicia Iriarte, Mariana Vazquez y Claudia A. Bernazza    

 Parte 3 / 5

2- Evolución del debate en América latina. El problema de la calidad de la democracia

2.1. La democracia mínima

En torno al debate acerca de la calidad de los regímenes democráticos, no podemos dejar de presentar a los autores "minimalistas", aquellos que postularon un mínimo procedimental. como referencia para saber si estamos o no en presencia de un régimen democrático.

El concepto de democracia mínima, desarrollado por N. Bobbio, explicaría la situación que se presenta en las transiciones desde regímenes no democráticos hacia formas democráticas de gobiernos y sería aplicable al análisis de las transiciones democráticas en América Latina. Aparece la idea de "mínimo indispensable" a considerar a la hora de negociar con antecesores que no han hecho de la democracia su práctica de gobierno. Frente a regímenes autoritarios, la defensa del Estado de Derecho, de la "democracia mínima", surge con la misma fuerza que en tiempos de la Revolución Francesa: se trata de volver a conquistar los derechos civiles, recuperar la democracia política, aquella que históricamente ha defendido a los individuos de los abusos del Estado.

La democracia mínima es definida por Bobbio como un conjunto de reglas que: 1) expresan quién está a cargo y autorizado de tomar decisiones colectivas y 2) bajo qué procedimientos. Si hay reglas capaces de contestar estas cuestiones, existe la democracia. Esta definición de la democracia como método logra abarcar los diferentes perfiles que puede adquirir la democracia a lo largo del tiempo, siempre que este perfil no invalide su naturaleza y sus valores.

La democracia mínima se identifica con un conjunto de supuestos básicos:

  1. la participación política del mayor número de gente interesada en hacer actos de presencia en la vida política;

  2. la regla de la mayoría, es decir, tomar como el criterio central para las decisiones políticas, la opinión de las mayorías;

  3. derechos de comunicación usuales, con esto se logra la selección entre diferentes elites y programas políticos;

  4. la protección permanente de la esfera pública.

Bobbio es un firme defensor del marco legal que acompaña a un sistema democrático, dado que éste permite neutralizar la discrecionalidad de los caudillismos carismáticos, los autoritarismos, o cualquier forma que se presente como novedosa pero coarte libertades. La función principal de esta democracia es asegurar la libertad de los individuos frente a la prepotencia del Estado. Definida así, la democracia se distinguiría de la dictadura, y en particular del totalitarismo, por la existencia de un conjunto de instituciones y procedimientos que garantizarían la libertad de los individuos. La tradición de las propuestas de la democracia minimalista descansa en los principios del liberalismo y del capitalismo clásico.

El problema de esta concepción es que puede llevarnos a imaginar que una vez establecida la democracia, la sociedad resolverá todos sus problemas. En relación con las cuestiones que la democracia parecería no resolver, el mismo Bobbio ha expresado a lo largo de su obra su preocupación por el poder invisible del Estado, que gobierna más allá de la voluntad popular. La opacidad de la información que circula referida a las compras y contrataciones del Estado, las decisiones que se toman y no se publican, las prebendas, presiones y mecanismos clientelares, la fuerza de las corporaciones y los lobbistas, pueden debilitar un gobierno democrático hasta tornarlo poco representativo del interés general.

2.2. Las democracias "racionales" como aspiración

Un tema central en las transiciones en la región ha sido qué puede lograrse con la democracia. En el caso de la transición argentina, la democracia fue presentada como el régimen capaz de dar respuesta a las demandas sociales (recordar el lema de campaña de Alfonsín: con la democracia se come, se educa...), ocupando así el lugar del proyecto compartido.

Posteriormente, cuando se observó la subsistencia de conflictos de intereses y la hegemonía de unos sobre otros, se prefirió no explicar las tardanzas en la igualdad social desde las teorías dependentistas de décadas anteriores (G. Delgado, 1986). En nombre de no volver al pasado violento (fantasma no menor) se abogó por la modernización y el consenso aún cuando esto supusiera la resignación de la lucha y el ocultamiento de conflictos entre clases y sectores. La democracia se asoció, sobre todo a partir de 1985, con la modernización y la reforma del Estado en tanto problema técnico que resolvería una desidia o indolencia "cultural" responsable de producir el retraso del país, lo que incluía incapacidad para el diálogo y la presencia recurrente de corporaciones en el gobierno y el accionar político. Podíamos ser "civilizadamente democráticos" y dirimir nuestros conflictos y falencias en sus instituciones. Podría decirse que la opción fue la "racionalización del poder".

Este perfil de la democracia, con una burguesía "aburguesada" en sus luchas, que ya no "tira para arriba" las luchas de las clases populares, donde la participación de las grandes mayorías se ha reducido al sufragio –si no entran en la creciente categoría de indocumentados-, fue reforzado por el concepto de modernización que acompañó el advenimiento democrático de los ochenta. La modernización fue funcional a la sublimación de las luchas a formas civilizadas y diálogos gerenciados por una tecnocracia que dirime intereses encontrados en un aparato estatal y una estructura de poder que hay que tornar cada vez más eficiente: "... el enfoque oficial sobre la modernización tiende al fortalecimiento de un sistema que se basa en acuerdos de clase política, que recorta las demandas y promueve el distanciamiento de los ciudadanos de las arenas políticas. Apunta a consolidar un sistema poliárquico... acrecienta el dualismo estructural de la economía... genera mecanismos de defensa, escepticismo e individualismo que ... alejan el otro objetivo anunciado, el de la solidaridad social" (G. Delgado, 1986).

La ocupación de estas instituciones democráticas por minorías que conocen las reglas y hacen suyo el juego político y que comulgan, de hecho, con la idea de la estabilidad social e institucional como valor prioritario, fue consolidando un régimen que conocemos como de democracia formal. Los términos élites políticas, clase política, son propios de este fenómeno. El alejamiento ciudadano, el resultado más contundente. Si la lente se acerca, la democracia formal desnuda un régimen más complejo, en el que conviven la oligarquía, la burocracia, la tecnocracia, la partidocracia y el corporativismo (Strasser, 2000)5.

Paralelamente, y en respuesta a este "desvío", se alzaron las voces que abogaron por una democracia participativa, un concepto que recurre a una tautología a fin de marcar la debilidad del régimen (ver autores de esta postura citados el primer ítem). Este concepto aparentemente superador de la tensión tuvo serios problemas para convertirse en realidades, ya que la participación tal como la entiende Occidente en el marco de partidos políticos consolidados, no era una práctica habitual de la cultura política argentina, más próxima a los movimientos, la movilización de masas y la "política en la plaza" (Portantiero, 1985). Sin abrir juicios de valor sobre esta cultura política, lo cierto que este dato de la realidad jugó en contra de una convocatoria a la participación ciudadana en el sistema de partidos6.

Por otra parte, a partir de los noventa se produjo la irrupción masiva de actores con voluntad política por fuera del esquema de partidos, lo que complejizó aún más el escenario, tanto como los poderes fácticos representados en las organizaciones internacionales y bloques regionales, los que atraviesan a las comunidades nacionales con sus voluntades e intereses.

2.3. Tipos de democracia: democracias delegativas, democracias restringidas

En la actualidad, la discusión fundamental ya no son los procesos de democratización, la regresión a un nuevo régimen autoritario, una situación de guerra civil o un sistema autocrático con apariencia de democrático. El centro del debate parece orientarse hacia el tipo y la calidad de los regímenes democráticos.

En primer lugar haremos referencia a autores que han tratado de caracterizar a los regímenes democráticos latinoamericanos vigentes en los años ’90. O’Donnell utilizó el término de "democracias delegativas" para definir a los regímenes políticos de los países latinoamericanos, en un intento por repensar los procesos políticos en las democracias instauradas durante las últimas dos décadas, alejado de los parámetros que permiten definir a las democracias institucionalizadas, propias de los países capitalistas desarrollados.

Al usar el término "delegativa" O’Donnell se refiere a situaciones en las cuales existiría una tendencia del electorado a votar por líderes que asumen un rol de "salvadores de la patria" en escenarios de crisis. Estas democracias se caracterizan por elegir líderes providenciales que los releven de sus responsabilidades frente a situaciones críticas. Una de las diferencias con las democracias liberales es el incremento de los componentes caudillistas, plebiscitarios y no institucionales (O´Donnell, 1992). Este concepto ha sido utilizado preferentemente para la caracterización de la democracia en Argentina y en Perú en los años ’90, pero no se adecuaría a regímenes de otros países de la región.

O’ Donnell destaca como un rasgo particular de los estados de estas nuevas democracias, la combinación de elementos democráticos y autoritarios. La crisis del Estado, en tanto representación de legalidad y la consecuente incapacidad para hacerla cumplir en forma efectiva, lleva a la construcción de una democracia con una "ciudadanía de baja intensidad": se respetan los derechos participativos y democráticos de la poliarquía, pero se viola el componente liberal de la democracia. Una situación en la que se vota con libertad y hay transparencia en el recuento de votos, pero en la que no existe un trato correcto de la policía o la justicia, sería un caso en donde se pone en tela de juicio el componente liberal de esa democracia y se cercena severamente la ciudadanía (O’Donnell, 1993).

Giovanni Sartori, por su parte, afirma que vivimos en una época de "democracias confusas" (Sartori, 1990), término que podría adecuarse a la caracterización de algunos de los regímenes democráticos de los países latinoamericanos. Regímenes de distinto signo se autoproclamaron democráticos y las distintas ideologías y perspectivas teóricas otorgan al término connotaciones y definiciones diferentes. Este autor induce a pensar que ante determinado régimen habría que reflexionar en qué medida es democrático, o dicho de otro modo, la pregunta a hacerse es cuánta democracia logra.

En este sentido, Norbert Lechner utilizará la acepción de "democracias restringidas" para referirse a aquellos sistemas donde la autodeterminación colectiva se circunscribe a un mecanismo legitimatorio. Especialmente en los países latinoamericanos se tiende a restringir la democracia electoral y paralelamente a fortalecer el poder ejecutivo para que pueda imponer libre de presiones los "imperativos" de la modernización económica. Este autor agrega que una expresión típica de este tipo de democracias consiste en la coexistencia de tecnocracia y populismo. La formación democrática de la voluntad colectiva quedaría recortada a la elección de autoridades y privada del contenido material, mientras que queda en manos del Estado, políticamente neutralizado, el manejo tecnocrático de las políticas públicas. Este estilo tecnocrático permitiría impermeabilizar al gobierno de las reivindicaciones sociales para poder ejecutar las medidas poco populares que exige la reconversión económica, en tanto el componente populista permitiría actualizar la promesa democrática para movilizar la adhesión popular (Lechner, 1999). Siguiendo a Lechner, Argentina, México y Perú de los ’90 serían ejemplos de liderazgos democráticos cesaristas que han impulsado drásticos programas neoliberales de reconversión económica, donde el rumbo de las reformas encaradas depende del Poder Ejecutivo.

2.4 Los desafíos actuales de las democracias latinoamericanas

Un aspecto central en esta temática se refiere a los desafíos actuales a enfrentar por las democracias latinoamericanas. Al abordar esta problemática, Manuel Garretón distingue dos tipos de problemas. El primero está vinculado con los procesos de democratización política, los que dejaron democracias incompletas, en muchos casos con enclaves autoritarios –aspectos propios del régimen anterior que persisten en el régimen democrático-. Este tipo de problemas está relacionado con los resultados del proceso de democratización, y sólo puede superarse con profundización democrática. Los enclaves a los que se hace referencia pueden ser institucionales –como disposiciones constitucionales o leyes, que son límites de la expresión popular o al Estado de derecho-, ético-simbólicos –como violaciones a los derechos humanos, que obligan a resolver problemas de información, justicia y reconciliación-; actorales –grupos paramilitares o civiles, militares o extranjeros, actores que operan como agentes del régimen anterior y que no aceptan el juego democrático-, y enclaves culturales –que implican la existencia de percepciones y hábitos que impiden el desarrollo de mecanismos democráticos, característicos de los países de Centroamérica.-.

El segundo tipo de problemas estaría relacionado con un fenómeno mundial que afecta a América latina. La teoría democrática fue elaborada para un tipo de sociedad, la polis, espacio donde convergen un sistema económico, una organización política, un modelo de identidad y diversidad cultural y una estructura social. Este espacio define una comunidad política y un centro de decisiones que se denomina Estado nacional.

La sociedad-polis referencial de nuestros países fue la sociedad industrial de Estado nacional, sociedad que se definía en torno al trabajo, la economía y la política, con instituciones y actores que ubicados en torno a la producción y la política debaten y compiten por al orientación general de la sociedad. Los actuales procesos vinculados con la globalización hacen que esa polis esté en crisis en tanto disminuye el margen de maniobra de los Estados nacionales, a la vez que aparecen nuevos principios que anulan o compiten con los principios clásicos de identidad, de clase o nivel educacional, de ingresos o de opciones políticas o ideológicas.
El hecho es que en las decisiones importantes de una sociedad tienen influencia las fuerzas transnacionales de mercado o de la comunicación y, por otro lado, la identidad cultural pasa a determinarse no sólo por un ethos nacional sino por identidades particulares. Lo que quedaría es un Estado relativamente escindido de la sociedad con actores escindidos entre su pertenencia universal a una categoría sociocultural y su pertenencia a un espacio local, regional y nacional, del que siguen sintiéndose parte. Si bien no ha desaparecido la sociedad industrial de Estado nacional, ésta se combina con otro tipo societal, la sociedad postindustrial globalizada.

De esta forma, las sociedades latinoamericanas dejan de ser exclusivamente una vertiente particular de la sociedad industrial de Estado nacional para convertirse en una combinación de aquélla con la dimensión postindustrial globalizada. Por esta razón –dado que la teoría y los mecanismos de la democracia fueron concebidos para una sociedad que ya no existe- habría que redefinir la teoría de la democracia en función de una sociedad que combina estos componentes. Entre los conceptos que sufren profundas transformaciones en el actual tipo societal, se encuentra la ciudadanía, componente básico de la idea de democracia.

En tanto, el gran problema de las democracias en Latinoamérica ya no sería la amenaza del autoritarismo ni la consolidación del régimen postautoritario sino la superación de enclaves autoritarios y la calidad y relevancia del régimen democrático (Garretón, 1999). Según M. Garretón, el problema no sería, entonces, de pérdida de legitimidad sino de relevancia. Siguiendo a este autor, la democracia relevante sería aquella en la que los aspectos que tiene que resolver un régimen político los define el régimen político y no los poderes fácticos. Sin embargo, la percepción es que los regímenes políticos democráticos generan un desencanto en tanto su capacidad de incidir en la problemática de la sociedad es limitada, en la medida en que muchos de los poderes en la actualidad estarían fuera del campo democrático. Por eso, nuestras democracias correrían el riesgo de la irrelevancia.


Notas


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