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DEMOCRACIA
Y CIUDADANÍA:
REFLEXIONES SOBRE LA DEMOCRACIA Y LOS PROCESOS DE DEMOCRATIZACIÓN
EN AMÉRICA LATINA
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Democracia y derechos humanos |
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Parte 3 / 5
2- Evolución del debate en América latina. El problema de
la calidad de la democracia
2.1. La democracia mínima
En torno al debate acerca de la calidad de los regímenes
democráticos, no podemos dejar de presentar a los autores "minimalistas",
aquellos que postularon un mínimo procedimental. como referencia para saber
si estamos o no en presencia de un régimen democrático.
El concepto de democracia mínima, desarrollado por N. Bobbio, explicaría la
situación que se presenta en las transiciones desde regímenes no
democráticos hacia formas democráticas de gobiernos y sería aplicable al
análisis de las transiciones democráticas en América Latina. Aparece la idea
de "mínimo indispensable" a considerar a la hora de negociar con antecesores
que no han hecho de la democracia su práctica de gobierno. Frente a
regímenes autoritarios, la defensa del Estado de Derecho, de la "democracia
mínima", surge con la misma fuerza que en tiempos de la Revolución Francesa:
se trata de volver a conquistar los derechos civiles, recuperar la
democracia política, aquella que históricamente ha defendido a los
individuos de los abusos del Estado.
La democracia mínima es definida por Bobbio como un conjunto de reglas que:
1) expresan quién está a cargo y autorizado de tomar decisiones
colectivas y 2) bajo qué procedimientos. Si hay reglas capaces de contestar
estas cuestiones, existe la democracia. Esta definición de la democracia
como método logra abarcar los diferentes perfiles que puede adquirir la
democracia a lo largo del tiempo, siempre que este perfil no invalide su
naturaleza y sus valores.
La democracia mínima se identifica con un conjunto de supuestos básicos:
-
la participación política del mayor número de gente
interesada en hacer actos de presencia en la vida política;
-
la regla de la mayoría, es decir, tomar como el criterio
central para las decisiones políticas, la opinión de las mayorías;
-
derechos de comunicación usuales, con esto se logra la
selección entre diferentes elites y programas políticos;
-
la protección permanente de la esfera pública.
Bobbio es un firme defensor del marco legal que acompaña a
un sistema democrático, dado que éste permite neutralizar la
discrecionalidad de los caudillismos carismáticos, los autoritarismos, o
cualquier forma que se presente como novedosa pero coarte libertades. La
función principal de esta democracia es asegurar la libertad de los
individuos frente a la prepotencia del Estado. Definida así, la democracia
se distinguiría de la dictadura, y en particular del totalitarismo, por la
existencia de un conjunto de instituciones y procedimientos que
garantizarían la libertad de los individuos. La tradición de las propuestas
de la democracia minimalista descansa en los principios del liberalismo y
del capitalismo clásico.
El problema de esta concepción es que puede llevarnos a imaginar que una vez
establecida la democracia, la sociedad resolverá todos sus problemas. En
relación con las cuestiones que la democracia parecería no resolver, el
mismo Bobbio ha expresado a lo largo de su obra su preocupación por el poder
invisible del Estado, que gobierna más allá de la voluntad popular. La
opacidad de la información que circula referida a las compras y
contrataciones del Estado, las decisiones que se toman y no se publican, las
prebendas, presiones y mecanismos clientelares, la fuerza de las
corporaciones y los lobbistas, pueden debilitar un gobierno democrático
hasta tornarlo poco representativo del interés general.
2.2. Las democracias "racionales" como aspiración
Un tema central en las transiciones en la región ha sido qué
puede lograrse con la democracia. En el caso de la transición argentina, la
democracia fue presentada como el régimen capaz de dar respuesta a las
demandas sociales (recordar el lema de campaña de Alfonsín: con la
democracia se come, se educa...), ocupando así el lugar del proyecto
compartido.
Posteriormente, cuando se observó la subsistencia de conflictos de intereses
y la hegemonía de unos sobre otros, se prefirió no explicar las tardanzas en
la igualdad social desde las teorías dependentistas de décadas anteriores
(G. Delgado, 1986). En nombre de no volver al pasado violento (fantasma no
menor) se abogó por la modernización y el consenso aún cuando esto supusiera
la resignación de la lucha y el ocultamiento de conflictos entre clases y
sectores. La democracia se asoció, sobre todo a partir de 1985, con la
modernización y la reforma del Estado en tanto problema técnico que
resolvería una desidia o indolencia "cultural" responsable de producir el
retraso del país, lo que incluía incapacidad para el diálogo y la presencia
recurrente de corporaciones en el gobierno y el accionar político. Podíamos
ser "civilizadamente democráticos" y dirimir nuestros conflictos y falencias
en sus instituciones. Podría decirse que la opción fue la "racionalización
del poder".
Este perfil de la democracia, con una burguesía "aburguesada" en sus luchas,
que ya no "tira para arriba" las luchas de las clases populares, donde la
participación de las grandes mayorías se ha reducido al sufragio –si no
entran en la creciente categoría de indocumentados-, fue reforzado por el
concepto de modernización que acompañó el advenimiento democrático de los
ochenta. La modernización fue funcional a la sublimación de las luchas a
formas civilizadas y diálogos gerenciados por una tecnocracia que dirime
intereses encontrados en un aparato estatal y una estructura de poder que
hay que tornar cada vez más eficiente: "... el enfoque oficial sobre la
modernización tiende al fortalecimiento de un sistema que se basa en
acuerdos de clase política, que recorta las demandas y promueve el
distanciamiento de los ciudadanos de las arenas políticas. Apunta a
consolidar un sistema poliárquico... acrecienta el dualismo estructural de
la economía... genera mecanismos de defensa, escepticismo e individualismo
que ... alejan el otro objetivo anunciado, el de la solidaridad social" (G.
Delgado, 1986).
La ocupación de estas instituciones democráticas por minorías que conocen
las reglas y hacen suyo el juego político y que comulgan, de hecho, con la
idea de la estabilidad social e institucional como valor prioritario, fue
consolidando un régimen que conocemos como de democracia formal. Los
términos élites políticas, clase política, son propios de este fenómeno. El
alejamiento ciudadano, el resultado más contundente. Si la lente se acerca,
la democracia formal desnuda un régimen más complejo, en el que conviven la
oligarquía, la burocracia, la tecnocracia, la partidocracia y el
corporativismo (Strasser, 2000)5.
Paralelamente, y en respuesta a este "desvío", se alzaron las voces que
abogaron por una democracia participativa, un concepto que recurre a una
tautología a fin de marcar la debilidad del régimen (ver autores de esta
postura citados el primer ítem). Este concepto aparentemente superador de la
tensión tuvo serios problemas para convertirse en realidades, ya que la
participación tal como la entiende Occidente en el marco de partidos
políticos consolidados, no era una práctica habitual de la cultura política
argentina, más próxima a los movimientos, la movilización de masas y la
"política en la plaza" (Portantiero, 1985). Sin abrir juicios de valor sobre
esta cultura política, lo cierto que este dato de la realidad jugó en contra
de una convocatoria a la participación ciudadana en el sistema de partidos6.
Por otra parte, a partir de los noventa se produjo la irrupción masiva de
actores con voluntad política por fuera del esquema de partidos, lo que
complejizó aún más el escenario, tanto como los poderes fácticos
representados en las organizaciones internacionales y bloques regionales,
los que atraviesan a las comunidades nacionales con sus voluntades e
intereses.
2.3. Tipos de democracia: democracias delegativas, democracias
restringidas
En la actualidad, la discusión fundamental ya no son los procesos de
democratización, la regresión a un nuevo régimen autoritario, una situación
de guerra civil o un sistema autocrático con apariencia de democrático. El
centro del debate parece orientarse hacia el tipo y la calidad de los
regímenes democráticos.
En primer lugar haremos referencia a autores que han tratado de caracterizar
a los regímenes democráticos latinoamericanos vigentes en los años ’90.
O’Donnell utilizó el término de "democracias delegativas" para definir a los
regímenes políticos de los países latinoamericanos, en un intento por
repensar los procesos políticos en las democracias instauradas durante las
últimas dos décadas, alejado de los parámetros que permiten definir a las
democracias institucionalizadas, propias de los países capitalistas
desarrollados.
Al usar el término "delegativa" O’Donnell se refiere a situaciones en las
cuales existiría una tendencia del electorado a votar por líderes que asumen
un rol de "salvadores de la patria" en escenarios de crisis. Estas
democracias se caracterizan por elegir líderes providenciales que los
releven de sus responsabilidades frente a situaciones críticas. Una de las
diferencias con las democracias liberales es el incremento de los
componentes caudillistas, plebiscitarios y no institucionales (O´Donnell,
1992). Este concepto ha sido utilizado preferentemente para la
caracterización de la democracia en Argentina y en Perú en los años ’90,
pero no se adecuaría a regímenes de otros países de la región.
O’ Donnell destaca como un rasgo particular de los estados de estas nuevas
democracias, la combinación de elementos democráticos y autoritarios. La
crisis del Estado, en tanto representación de legalidad y la consecuente
incapacidad para hacerla cumplir en forma efectiva, lleva a la construcción
de una democracia con una "ciudadanía de baja intensidad": se respetan los
derechos participativos y democráticos de la poliarquía, pero se viola el
componente liberal de la democracia. Una situación en la que se vota con
libertad y hay transparencia en el recuento de votos, pero en la que no
existe un trato correcto de la policía o la justicia, sería un caso en donde
se pone en tela de juicio el componente liberal de esa democracia y se
cercena severamente la ciudadanía (O’Donnell, 1993).
Giovanni Sartori, por su parte, afirma que vivimos en una época de
"democracias confusas" (Sartori, 1990), término que podría adecuarse a la
caracterización de algunos de los regímenes democráticos de los países
latinoamericanos. Regímenes de distinto signo se autoproclamaron
democráticos y las distintas ideologías y perspectivas teóricas otorgan al
término connotaciones y definiciones diferentes. Este autor induce a pensar
que ante determinado régimen habría que reflexionar en qué medida es
democrático, o dicho de otro modo, la pregunta a hacerse es cuánta
democracia logra.
En este sentido, Norbert Lechner utilizará la acepción de "democracias
restringidas" para referirse a aquellos sistemas donde la autodeterminación
colectiva se circunscribe a un mecanismo legitimatorio. Especialmente en los
países latinoamericanos se tiende a restringir la democracia electoral y
paralelamente a fortalecer el poder ejecutivo para que pueda imponer libre
de presiones los "imperativos" de la modernización económica. Este autor
agrega que una expresión típica de este tipo de democracias consiste en la
coexistencia de tecnocracia y populismo. La formación democrática de la
voluntad colectiva quedaría recortada a la elección de autoridades y privada
del contenido material, mientras que queda en manos del Estado,
políticamente neutralizado, el manejo tecnocrático de las políticas
públicas. Este estilo tecnocrático permitiría impermeabilizar al gobierno de
las reivindicaciones sociales para poder ejecutar las medidas poco populares
que exige la reconversión económica, en tanto el componente populista
permitiría actualizar la promesa democrática para movilizar la adhesión
popular (Lechner, 1999). Siguiendo a Lechner, Argentina, México y Perú de
los ’90 serían ejemplos de liderazgos democráticos cesaristas que han
impulsado drásticos programas neoliberales de reconversión económica, donde
el rumbo de las reformas encaradas depende del Poder Ejecutivo.
2.4 Los desafíos actuales de las democracias latinoamericanas
Un aspecto central en esta temática se refiere a los desafíos actuales a
enfrentar por las democracias latinoamericanas. Al abordar esta
problemática, Manuel Garretón distingue dos tipos de problemas. El primero
está vinculado con los procesos de democratización política, los que dejaron
democracias incompletas, en muchos casos con enclaves autoritarios –aspectos
propios del régimen anterior que persisten en el régimen democrático-. Este
tipo de problemas está relacionado con los resultados del proceso de
democratización, y sólo puede superarse con profundización democrática. Los
enclaves a los que se hace referencia pueden ser institucionales –como
disposiciones constitucionales o leyes, que son límites de la expresión
popular o al Estado de derecho-, ético-simbólicos –como violaciones a los
derechos humanos, que obligan a resolver problemas de información, justicia
y reconciliación-; actorales –grupos paramilitares o civiles, militares o
extranjeros, actores que operan como agentes del régimen anterior y que no
aceptan el juego democrático-, y enclaves culturales –que implican la
existencia de percepciones y hábitos que impiden el desarrollo de mecanismos
democráticos, característicos de los países de Centroamérica.-.
El segundo tipo de problemas estaría relacionado con un fenómeno mundial que
afecta a América latina. La teoría democrática fue elaborada para un tipo de
sociedad, la polis, espacio donde convergen un sistema económico, una
organización política, un modelo de identidad y diversidad cultural y una
estructura social. Este espacio define una comunidad política y un centro de
decisiones que se denomina Estado nacional.
La sociedad-polis referencial de nuestros países fue la sociedad industrial
de Estado nacional, sociedad que se definía en torno al trabajo, la economía
y la política, con instituciones y actores que ubicados en torno a la
producción y la política debaten y compiten por al orientación general de la
sociedad. Los actuales procesos vinculados con la globalización hacen que
esa polis esté en crisis en tanto disminuye el margen de maniobra de los
Estados nacionales, a la vez que aparecen nuevos principios que anulan o
compiten con los principios clásicos de identidad, de clase o nivel
educacional, de ingresos o de opciones políticas o ideológicas.
El hecho es que en las decisiones importantes de una sociedad tienen
influencia las fuerzas transnacionales de mercado o de la comunicación y,
por otro lado, la identidad cultural pasa a determinarse no sólo por un
ethos nacional sino por identidades particulares. Lo que quedaría es un
Estado relativamente escindido de la sociedad con actores escindidos entre
su pertenencia universal a una categoría sociocultural y su pertenencia a un
espacio local, regional y nacional, del que siguen sintiéndose parte. Si
bien no ha desaparecido la sociedad industrial de Estado nacional, ésta se
combina con otro tipo societal, la sociedad postindustrial globalizada.
De esta forma, las sociedades latinoamericanas dejan de ser exclusivamente
una vertiente particular de la sociedad industrial de Estado nacional para
convertirse en una combinación de aquélla con la dimensión postindustrial
globalizada. Por esta razón –dado que la teoría y los mecanismos de la
democracia fueron concebidos para una sociedad que ya no existe- habría que
redefinir la teoría de la democracia en función de una sociedad que combina
estos componentes. Entre los conceptos que sufren profundas transformaciones
en el actual tipo societal, se encuentra la ciudadanía, componente básico de
la idea de democracia.
En tanto, el gran problema de las democracias en Latinoamérica ya no sería
la amenaza del autoritarismo ni la consolidación del régimen postautoritario
sino la superación de enclaves autoritarios y la calidad y relevancia del
régimen democrático (Garretón, 1999). Según M. Garretón, el problema no
sería, entonces, de pérdida de legitimidad sino de relevancia. Siguiendo a
este autor, la democracia relevante sería aquella en la que los aspectos que
tiene que resolver un régimen político los define el régimen político y no
los poderes fácticos. Sin embargo, la percepción es que los regímenes
políticos democráticos generan un desencanto en tanto su capacidad de
incidir en la problemática de la sociedad es limitada, en la medida en que
muchos de los poderes en la actualidad estarían fuera del campo democrático.
Por eso, nuestras democracias correrían el riesgo de la irrelevancia.
Notas
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