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Tomado del
Instituto Internacional de Gobernabilidad de Cataluña
Parte 4 / 5
2. Visiones "Optimistas" y "Pesimistas"
En la actualidad, estamos siendo testigos de un fenómeno basado en la
abundancia de cambios en las sociedades de todo el mundo en un período de
tiempo muy corto. Fruto de estos cambios, hoy día, se ha formado una opinión
común que, dentro del estricto sistema de gobierno representativo, defiende
que los líderes políticos raramente consultan o dialogan con la población si
no es durante las campañas electorales. El diálogo entre ciudadanos se ha
visto disuadido por lo que parece ser una amplia división entre la gente y
su gobierno. Los fallos de la política actual podrían ser descritos como una
ruptura en el proceso de comunicación (Conrad, 1999)5
La cuestión que debe ser explorada es si la solución al problema reposa en
el uso de Internet y las nuevas tecnologías como fuente para que la mayoría
de estas opiniones y consideraciones sociales cambien.
La población mundial está reclamando oportunidades de diálogo a través del
uso de Internet para lograr cambiar y mejorar las estructuras de gobernanza
democrática. Es obvio que ahora podemos entrar en contacto, por ejemplo, con
los miembros de los respectivos Congresos con la voluntad de expresar
nuestras preocupaciones en referencia a diversos asuntos. Así, los
ciudadanos, a través de medios como el correo electrónico, pueden comentar
cualquier aspecto y recibir una respuesta oportuna. En este sentido, existen
numerosas ventajas que se derivan del uso de las nuevas tecnologías para
tratar de mejorar la comunicación con nuestros gobiernos. La tecnología
existente en la actualidad podría, pues, hacer posible una democracia más
auténtica. En consecuencia, podríamos argumentar que es sólo cuestión de
tiempo que esta idea se consolide y empiece a remodelar tanto nuestro
gobierno como su sistema de gobernanza. Pero, ¿es una situación para la que
estamos preparados? Mientras unos sectores advierten los beneficios
resultantes de mejorar la comunicación de los ciudadanos con los gobiernos,
otros son conscientes de los límites de estas posibilidades y no apuestan
por ningún tipo de transformaciones radicales en la estructura de gobierno.
Así, podemos acabar preguntándonos: ¿Realmente un gobierno en línea mejorará
el estado de nuestra gobernanza? ¿La oportunidad para incorporar mayores
inputs de carácter público supone un gobierno más responsable? Ante la
incerteza que parecen generar estas cuestiones, lo que sí es claro es que
debemos tratar de hallar las respuestas.
En este contexto, con la progresiva diseminación de Internet y las restantes
redes computerizadas se ha encendido un debate sobre la democracia
electrónica. Los expertos de la ciencia política se preguntan si es posible
fomentar el desarrollo democrático y la mejora de la gobernanza con la ayuda
de la tecnología de la información y la comunicación (por ejemplo, podemos
citar aquí a autores tan relevantes como Bertelsen – 1992 -, Friedland –
1996 – o Ogden – 1994). La investigación acerca de la relación entre las
redes computerizadas y la democracia electrónica ha provisto considerables
evidencias que indican que los conceptos de democracia electrónica
contribuyen con la teoría de la gobernanza democrática y, al mismo tiempo,
con nuestra comprensión sobre el trabajo a desarrollar en un sistema
político democrático en la era de la información.
Nuestra hipótesis radica en el hecho de que hay diferentes conceptos y
perspectivas (fundamentalmente una positiva y una negativa) alrededor de la
democracia electrónica, especialmente en relación al papel que debería jugar
la información y la comunicación política en el proceso gobernanza
democrática.
Desde posturas más negativas, algunos teóricos han considerado que las
nuevas tecnologías pueden constituir un serio problema para los sistemas
democráticos. Básicamente, señalan que el crecimiento de la inequidad en la
información amenaza la participación política considerando a ésta en sentido
amplio. En segundo lugar, el poder del estado y las corporaciones para
retener, mediante una vigilancia electrónica a la sociedad civil, no sólo
amenaza los derechos de los grupos a la hora de organizarse y dialogar sino
que también supone un peligro para la privacidad de los derechos
individuales. En tercer lugar, las nuevas formas de ciudadanía y vida
pública se encuentran simultáneamente permitidas por las nuevas tecnologías
pero, al mismo tiempo, restringidas por el poder del mercado y los ya
citados mecanismos de vigilancia.
Desde estas posturas también se considera que el crecimiento de una
infraestructura de información privada conducirá al crecimiento de la
disparidad entre aquellos que puedan formar parte de ella y aquellos que no.
Como James Madison escribía "...un gobierno popular sin información popular,
o los medios para adquirirla, es un preludio de una farsa o una tragedia, o
quizá de ambos. El conocimiento gobernará siempre a la ignorancia y la gente
que desee convertirse así misma en su propio gobernante debe armarse con el
poder que confiere el conocimiento..."
Al mismo tiempo, dentro de esta perspectiva se indica, cómo antes
anticipábamos, que el crecimiento de una infraestructura privada de
información puede conducir al incremento de mayores sistemas de vigilancia y
control. Así, el desarrollo de la tecnología de la información podría
suponer un incremento en la pérdida de autonomía en los campos de la
política, la economía, la cultura y la vida social (Gandy, 1994). Gandy,
basándose en la construcción realizada en los trabajos de Jeremy Bentham y
Michael Foucault, describe la sociedad como una clase panóptica; en otras
palabras, una concepción de sociedad desarrollada desde una amplia visión de
la clásica prisión panóptica de Bentham en la que todos los que se
encuentran en su interior se hallan bajo la aparente vigilancia de los
guardias. Esta noción puede interpretarse bajo una simple premisa: si una
persona se encuentra bajo la percepción de ser constantemente observada,
esta persona comenzará a censorar su propio comportamiento. Como argumenta
Foucault (1977), una sociedad diseñada bajo estos parámetros acaba generando
una atmósfera escalofriante en la que el comportamiento de las masas es
controlado de una manera mucho más efectiva que en una sociedad basada en el
castigo a las transgresiones. El resultado de esta visión panóptica es la
creación de una única corriente principal en cuanto a pensamiento y actitud.
Irónicamente, la homogeneización de preferencias desarrolladas acabaría
venciendo al propósito de una democracia online.
Por otra parte, los teóricos ubicados en estas tendencias creen que ofrecer
posibilidades de voto a la gente, por ejemplo, desde sus casas, no sería la
mejor manera de conducir un país. Así, ellos se acaban preguntando: ¿aunque
la tecnología pueda hacer posible la democracia para la gente, esto sería
una buena idea? Su respuesta es clara: probablemente no a juzgar, por
ejemplo, el riesgo que supone la posibilidad de emergencia de un
comportamiento antidemocrático de millones de personas a partir del momento
en que éstos se hallen vinculados en un debate en línea. En consecuencia, no
existe una garantía que permita eliminar la democracia representativa por
voto popular como estrategia a emplear para solucionar los problemas (Braun,
1997). Contra la posible aparición de nuevas formas de democracia directa
basadas en el uso de las nuevas tecnologías, el conjunto de autores
vinculados a estas posturas toman un argumento planteado por el filósofo
político Edmund Burke: "...los grandes grupos necesitan dos o más capas de
representación más que no una representación directa para poder trabajar en
políticas públicas basadas en el consenso. La historia ha probado que los
grandes grupos son incapaces de encontrar el acuerdo a través de medios como
los tipos de diálogo posibles en un encuentro ciudadano..." Esta misma
objeción queda reflejada en las palabras del columnista George Will: "...no
se supone que la gente debe gobernar; no se supone que ellos deban decidir
asuntos. Se supone que ellos deben decidir quién decide..."
Con lo visto hasta el momento, parece innegable que el problema básico que
todos los conceptos de democracia electrónica señalan es la crisis que se
percibe en la participación política y el papel disfuncional de los medios
de comunicación en los procesos políticos. El argumento central que sostiene
sus reflexiones se inicia con la asunción de que el funcionamiento del
sistema político democrático se encuentra interrumpido por la presencia de
tres variables: una falta de información y de comunicación entre la
población en general y los decisores en el interior del sistema político;
una ausencia de participación política, causada por el déficit estructural o
funcional del sistema político y un efecto negativo de los medios de
comunicación de masa tanto sobre el sistema político en general como en la
participación política en particular. Ante estos problemas, las posturas de
carácter marcadamente negativista no han sabido encontrar una solución o
establecer vías alternativas de trabajo, ubicando sus reacciones, cómo
veíamos, en contra de los planteamientos e impulsos lanzados por las
diversas vertientes de democracia electrónica, fundamentalmente contra las
que apuestan por vías directas de participación.
No obstante, algunas posturas (lo que podría llegar a calificarse como una
visión o vertiente positiva) cercanas a la Democratización electrónica de
Hagen, abogan por los modernos diseños a los que hemos hecho referencia.
Estas posiciones confían en que la introducción de las redes computerizadas
ayudarán a aliviar el déficit estructural y funcional que sufre, hoy día, el
sistema político. En primer lugar, existe la convicción de que nuevos
canales informativos y comunicacionales, entre la población y los decisores,
serán creados. Así, estos canales actuarán como alternativa a los media y
colaborarán a realizar los ajustes necesarios al sistema representativo o
para establecer más elementos acordes con el desarrollo de la democracia. En
segundo lugar, estas tendencias consideran que las redes computerizadas
serán capaces de fortalecer y empoderar la comunidad política fomentando la
creación de nuevas comunidades políticas que podrán ser organizadas
localmente o en base a aspectos o asuntos específicos. Como consecuencia, y
en tercer lugar, al uso de las nuevas tecnologías en los procesos políticos
se le atribuye el poder de incrementar la participación política y de
reforzar el sistema político democrático.
Así, desde estas posturas, parece algo obvio que el creciente acceso a las
herramientas de la red está empezando a crear espacios públicos en los que
pueden circular las nuevas formas de información y de creación de vínculos.
Esto permite el refuerzo práctico de las bases de la organización
democrática así como su crecimiento y extensión a los nuevos grupos
ciudadanos. Además, aunque los medios de comunicación de masas permanecen en
las instituciones dominantes en el momento de hacer circular noticias y
fuentes culturales que pueden ayudar a crear identidades formativas a través
de "comunidades imaginarias", las redes electrónicas están empezando a
proveer nodos interconectados que ofrecen alternativas accesibles.
En consecuencia, las redes electrónicas contribuyen a la formación de nuevas
redes sociales que conducen a nuevas formas de capital social que pueden ser
desplegadas en diferentes grupos. En este sentido, nos encontramos ante el
desafío de comprender estas redes emergentes de capital social en un
contexto de reconstrucción de la sociedad civil. Estas premisas pueden ser
también halladas en las palabras de algunos expertos como las de Steven
Clift. Él considera que la tecnología es esencialmente neutral6,
pero que el uso estratégico y organizado de la información por parte de los
esfuerzos desarrollados por ciudadanos supondrá una importante contribución
para una democracia mejorada en muchos niveles. Como inicio, las redes
informativas proporcionan el potencial para aumentar el conocimiento sobre
las elecciones y las posturas de los candidatos aunque el beneficio último
consistirá en una sociedad más democrática. Una sociedad en la que más gente
sea capaz de escuchar y ser escuchada por los otros, gozando de la
oportunidad de situar a la voz de la población en la configuración de la
agenda e incrementando en su habilidad para contribuir en la resolución de
los problemas públicos.
Notas
5
Así, algunos teóricos han reforzado esta percepción describiendo las
disfunciones de las moderna política diaria como rupturas en los procesos
comunicativos. Por ejemplo, el historiador social Michael Schudson se
pregunta si el problema de nuestros asuntos políticos , en esencia, radica
en falencias comunicativas. Duane Elgin, que exploró los encuentros
ciudadanos electrónicos durante una década, sitúa el conflicto en un
problema de elección: nos indica que nuestra elección es simple –
comunicación o catástrofe.
En esencia, la política se convierte en una empresa comunicativa; esto queda
demostrado si tenemos en cuenta que desarrollar y promover políticas
públicas supone comunicación en cada uno de sus aspectos: encuentro de
población, clarificar aspectos, desarrollar y redefinir ideas, persuadir a
los demás, alistar su apoyo o negociar trade-offs, según Scott London en "Electronic
Democracy: a literature survey" ( 1994 ).
6
Otros autores como Ellen Kole defienden que Internet no es una herramienta de
carácter neutral que pueda ser aplicada en los procesos de carácter
político; para ella, Internet, en sí, es política. Al margen de esperar el
desarrollo de la ciberdemocracia a través del uso de Internet, tiene que
convertir a la Internet en democrática. Algunas sugerencias para materializar
este propósito podrían pasar por situar las necesidades de los sectores más
marginados en un posiciones prioritarias, anticipar los aspectos sociales en
los proyectos de Internet, la creación de condiciones necesarias o
establecer una concentración explícita en aquellos usuarios no tan
aventajados.
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