Al considerarse dueño y señor del entorno, el hombre ha
constituido la fuente principal de la degradación ambiental y su primera
víctima a la vez. La catástrofe de los conflictos bélicos es parte de esta
irresponsable actitud, con sus nefastas consecuencias para el propio hombre
y el medio ambiente. Se calcula que entre los siglos XVI y
XX, alrededor de
ciento millones de personas han muerto como víctimas de estos
enfrentamientos.
¿De qué índole es la responsabilidad general del ser humano
en esta tragedia? No existe duda: de índole ética. El término bioética,
utilizado por vez primera por Van Rensselaer Potter, se refería al análisis
que el conjunto de las ciencias biológicas y las humanidades debían hacer en
aras de la supervivencia del hombre. Sin embargo, aun etimológicamente, el
concepto es más amplio: se refiere a la ética de todo lo que tenga que ver
con la vida.
El estatus imprescindible para el desarrollo integral de la
vida humana es la paz. Benito Juárez la definió magistralmente como «el
respeto al derecho ajeno», condición inalienable para las garantías
intelectuales, conductuales y jurídicas del ser humano, por lo que la guerra
representa la violación más grosera de ese derecho y la carencia supina de
los principios éticos que deben presidir la actividad cotidiana del hombre y
sustentar su desarrollo, su supervivencia y la conservación del brillante
patrimonio cultural acumulado a través de toda la historia de la
civilización.
Las conflagraciones bélicas fueron incrementando su magnitud
destructiva al mismo ritmo y nivel que el desarrollo científico de la
humanidad, y por ello alcanzaron su máximo umbral en el pasado siglo
XX, con
el empleo de la descomunal fuerza de la energía nuclear, la que
inconcebiblemente fue utilizada en Hiroshima y Nagasaki, genocidios que
iniciaron la llamada «era nuclear» y con ella la nefasta guerra fría, que
mantuvo durante años al mundo al borde de un holocausto por la posible
utilización de estas armas. Pero, además, la perfidia humana concibió otros
medios, como el biológico y el químico, que unidos al nuclear, integraron
las llamadas «armas de exterminio en masa», que continúan representando un
constante peligro para la supervivencia global.
La tragedia del bombardeo atómico a las desdichadas ciudades
japonesas mencionadas, no solo no han representado un escarmiento por el
criminal sufrimiento de sus víctimas, ya por espacio de más de medio siglo,
sino que hoy en día se desarrolla una oculta carrera armamentista nuclear
con los medios más sofisticados, a contrapelo de los tratados, convenciones,
programas y actividades encaminadas a su prevención y abolición que se burla
de todos los preceptos éticos que se le han opuesto por décadas.
Las armas tradicionalmente utilizadas en las distintas
conflagraciones a través de la historia, excluidas las tres llamadas de
exterminio en masa, fueron denominadas «convencionales»; las que se fueron
perfeccionando en precisión y aumentando su calibre, hasta constituir hoy en
día armamentos de una enorme capacidad destructiva, como las utilizadas en
la Guerra del Golfo, en la guerra del antiguo territorio de Yugoslavia y
recientemente en los bombardeos a Afganistán.
Durante la guerra fría, las potencias nucleares difundieron
las más aviesas teorías para la justificación del desarrollo de la carrera
armamentista nuclear y transgredieron los más elementales principios éticos
que sustentan el derecho a la conservación de la vida y del patrimonio
cultural de la humanidad. Incluso, inconcebiblemente, a duras penas la Corte
Mundial pudo lograr, en una cerrada votación de sus jueces internacionales,
que se declarara «ilegal» el uso del arma nuclear.
La consecuencia directa de las guerras no es otra que la
pérdida mayoritaria de vidas inocentes, fundamentalmente de niños, mujeres y
ancianos civiles, así como la destrucción material y cultural de ciudades y
naciones enteras y el subsiguiente sometimiento de la población
sobreviviente a la pobreza, enfermedades transmisibles y crónicas, el
desplazamiento de grandes masas poblacionales, la degradación del ambiente
con la correspondiente pérdida de la biodiversidad, la tierra cultivable y
las fuentes de agua potable y a un subdesarrollo económico irreversible.
Otro aspecto conceptual importante en relación con las
conflagraciones bélicas es su forma de desarrollarse. Así, durante el pasado
siglo se produjeron variantes «atípicas» de ellas, conocidas como
«conflictos de baja intensidad», verdaderas guerras no declaradas que por
medios políticos y económicos desestabilizan a un régimen enemigo con el fin
de remplazar su sistema político-ideológico-económico por otro afín o
conveniente para el agresor, lo que lo hace coincidir con la definición de
Von Clausewitz, de que «la guerra es la continuación de la política por
otros medios». Ejemplos fehacientes de estos conflictos han sido los
desarrollados por el gobierno de los Estados Unidos contra Nicaragua durante
el gobierno sandinista y el bloqueo contra Cuba desde principios de la
década del sesenta.
Albert Einstein sintetizó sus sentimientos de temor,
frustración y tristeza por la carrera armamentista nuclear que se había
desencadenado a partir de la fabricación de la primera bomba atómica, a la
que él había contribuido inconscientemente con sus teorías científicas,
cuando sentenció: «El poder incontrolable del átomo lo ha cambiado todo, con
la excepción de nuestra forma de pensar, y esto nos conducirá a una
catástrofe sin paralelo […].»1
Y en cuanto a la ambivalencia hipócrita de muchos científicos sobre la
justificación de su responsabilidad en la producción de armas, expresó:
«Debemos darnos cuenta de que no podemos trabajar simultáneamente para la
guerra y para la paz. Cuando tengamos puro el corazón y el espíritu, solo
entonces tendremos valor para superar el miedo que se ha adueñado del mundo
[…].2
Esa nueva forma de pensar significa no solo una concepción
intelectual de todos los seres racionales amantes de la paz y del desarrollo
de la humanidad, sino también una actitud militante en la prevención de la
guerra, conflictos y actos de violencia que pongan en peligro su estabilidad
y su futuro. Implica, además, el estar imbuidos de una conducta ética
permanente y de una capacidad educadora para incidir favorablemente en la
sociedad y particularmente en sus miembros más jóvenes. Pero esa conducta
ética no se puede alcanzar como un simple conjunto de prohibiciones o de
restricciones normadas, sino como una verdadera ciencia del quehacer, del
obrar, capaz de promover un desarrollo sostenible integral del ser humano y
de identificarlo y hacerlo amar la belleza que emana de las acciones
humanitarias, retomando el viejo concepto griego «panta kalogatos»
(«todo es bello; todo es bueno»), lo que hizo afirmar una vez a Albert
Schweitzer: «La ética no es otra cosa que la reverencia por la vida.»
En el año 2001, el mundo fue conmocionado por los criminales
actos terroristas del 11 de septiembre en la ciudad de Nueva York, los que
han determinado una nueva fase nebulosa, peligrosa e inestable para toda la
humanidad, donde se han tergiversado, distorsionado y confundido conceptos
tan trascendentes como los del derecho de defensa de las naciones, la
justicia básica, la seguridad nacional, la prevención y castigo de las
acciones terroristas y muchos otros con meras acciones de revancha y de
espurios mecanismos políticos, económicos, étnicos y religiosos que pueden
conducir a futuras acciones bélicas totalmente desproporcionadas e
injustificables, en relación con los ataques terroristas que supuestamente
las originaron. Se cumplirían entonces nefastos slogans, como
combatir la violencia con la violencia, el terrorismo con el terrorismo, con
un inevitable saldo futuro de miles y millones de víctimas inocentes, como
ya ha ocurrido en Afganistán. Pero, además, con la injusta y sectaria
apreciación de falsas premisas históricas en cuanto a las causas reales del
terrorismo y de la violencia.
Esta nueva situación que afronta el mundo reduce las
opciones del género humano a solamente dos conductas inmediatas: o adopta
los principios de la ética humana para lograr su salvación, o continúa
esgrimiendo, como hasta ahora, la ética irracional que lo llevará
irremisiblemente a un suicidio colectivo.
Notas