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LA
GUERRA: EL SUMMUM DE LA ANTIÉTICA
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Resolución y prevención de conflictos |
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Parte 2/4
La guerra: la gran epidemia traumática de la humanidad
En el estudio realizado por William Eckhardt 4
sobre las guerras ocurridas desde el año 1500 en 142 países, solo 32 de
ellos no habían padecido conflagraciones en su territorio, debido,
fundamentalmente, a que estas eran naciones relativamente nuevas, muy
pequeñas o reducidas en población. El resto de ellos, desde 1500 hasta el
1990, sufrieron 589 guerras que les ocasionaron 141 901 000 muertes.
A partir del siglo XVII,
se incrementaron las guerras y las muertes causadas por ellas, debido al
aumento sistemático del perfeccionamiento y del poder destructivo del
armamento. En el siglo XX se llegó a la cima de
esta nefasta carrera, al producirse durante el mismo cuatro veces más
muertes por los conflictos bélicos que en los cuatrocientos años
precedentes.
Desde el punto de vista geográfico, Europa
ocupó el primer lugar en el número de guerras y de muertes durante la
primera mitad del siglo XX. Pero, a partir de la
Segunda Guerra Mundial, fue desplazada de dicho lugar por el Lejano Oriente,
donde se produjeron más de la mitad de las conflagraciones armadas ocurridas
en ese período. Ya en los últimos treinta años, las guerras se desplazaron
por completo a los territorios de los países del Tercer Mundo.
La distribución de las muertes provocadas por
la guerra entre militares y civiles fue cambiando también. En los siglos
precedentes, la mayoría de ellas estaba integrada por militares, pero ya en
el siglo XX eso se invirtió, y en la década del
ochenta las muertes civiles alcanzaron el 74% de su total, y llegaron diez
años más tarde a casi el 90%. 5
Otro dato interesante se refiere al
porcentaje de los países ganadores en una guerra de los que habían iniciado
las hostilidades, que fue del 50% en los siglos anteriores al
XX, pero en la década del ochenta de este último,
solo el 18% de las naciones que iniciaron una guerra salieron vencedoras de
ella. 6
Los hechos anteriores hacen relacionar no
solo el mayor poder destructivo y la precisión de los armamentos en la
actualidad, sino lo injusto e inmoral de la extensión del escenario de la
guerra a las grandes áreas urbanas, con el inevitable resultado de la
producción de un gran número de víctimas entre la población civil indefensa.
Y, a la vez, la significativa reducción del porcentaje de los países
vencedores de una guerra en la cual iniciaron las hostilidades puede dar
lugar a interesantes conjeturas acerca de la razón histórica o no de los
países agresores en un conflicto armado, así como de la respuesta defensiva
de los agredidos en el resultado de aquellas.
Cuando se analizan las conflagraciones
armadas de mayor envergadura ocurridas en el siglo XX,
como fueron la Primera Guerra Mundial, entre los años 1914 y 1918, y la
Segunda, de 1939 a 1945, se comprueban hechos evidentes que transgredieron
principios éticos elementales, como fueron los siguientes:
-
La primera de ellas se desencadena mediante
una causa falsa, por el famoso atentado en Sarajevo contra el archiduque
Francisco Ferdinando de Austria-Hungría, pretexto de las verdaderas causas
político-económicas entre la Triple Entente Franco-Ruso-Británica y la
Alianza Germano-Austro-Húngara; y la segunda, por las flagrantes
contradicciones económico-ideológicas entre el Eje
nazi-fascista-imperialista integrado por Alemania, Italia y Japón por un
lado, y el resto de Europa por el otro, a cuyas fuerzas se unen los
Estados Unidos después de la agresión japonesa a su base naval de Pearl
Harbor.
-
Durante la Primera Guerra Mundial se
producen los alevosos ataques con armas químicas por parte de Alemania
inicialmente y por los aliados después, con lo que se violan las
resoluciones del Tratado de La Haya de 1899 y 1907 que prohibían el uso de
dichas armas.
-
Durante la Segunda Guerra Mundial la
bestialidad nazi desarrolló un monstruoso programa de exterminio humano en
sus campos de concentración, donde fueron asesinados más de seis millones
de judíos y otros millones más de sus prisioneros de guerra, hechos sin
precedentes en la historia de la humanidad, que transgredieron cuanto
principio ético y humanitario se conoce sobre la tierra. Al final de esta
conflagración, ya rendidas Alemania e Italia y Japón extenuado y sin
posibilidades de continuar la guerra, los Estados Unidos perpetraron
contra esta última nación los injustificables genocidios de Hiroshima y
Nagasaki, realizados con fines de chantaje político contra la Unión
Soviética. Ese horrendo crimen, en solo cuestión de minutos, cobró la vida
de cerca de doscientos mil japoneses, y dejó un espantoso legado de
enfermedades neoplásicas y de deformaciones hereditarias a sus
sobrevivientes y descendientes que todavía las padecen.
Una muestra evidente de la absoluta carencia
de formación ética de la humanidad en relación con la guerra, ha sido el
irresponsable olvido y desconocimiento de sus trágicas consecuencias, ya que
la Primera Guerra Mundial costó cerca de 10 millones de vidas, y la Segunda
sobrepasó los 45 millones de muertos, 7
a lo que se le debe añadir el inconcebible monto de pérdidas materiales y
culturales concomitantes y la irreversible degradación que ocasionaron al
entorno de los diferentes escenarios donde se desarrollaron.
Las armas químicas
El lanzamiento táctico por Alemania contra
las tropas anglo-francesas de proyectiles que contenían clorosulfonato de
dianisidina, un fuerte irritante de las mucosas y del tracto respiratorio
superior, ha sido reconocido oficialmente como el primer ataque que se haya
realizado con armas químicas en las guerras contemporáneas, hecho que
aconteció en la región de Neuve Chapelle en octubre de 1914. 8
Sin embargo, la acción ofensiva más
significativa y trascendente con estas armas se produjo el 22 de abril de
1915, cuando los alemanes utilizaron en Yprès, en un frente de 6 kilómetros,
5 730 cilindros de cloro que ocasionaron 15 000 bajas, de ellas 5 000
muertos y unos 1 600 prisioneros. 9
Sin embargo, las crónicas de la guerra recopilan una acción con sustancias
lacrimógenas de parte de las tropas francesas contra las alemanas en 1914
que parece ser el primer incidente con este tipo de armas, pero que por no
ser letales no se les dio la misma significación que a los otros hechos
citados.
El desencadenamiento de los ataques con
sustancias químicas en la Primera Guerra Mundial, a partir de los hechos
antes mencionados, se sucedió por ambos bandos a través de toda esta
conflagración, con la utilización fundamentalmente de fosgeno, cloro y gas
mostaza, las que fueron empleadas por 19 000 efectivos pertenecientes a las
tropas químicas que ocasionaron 1 300 000 bajas, de ellas 91 000 muertos. 10
El desarrollo de las armas químicas continuó
durante el intervalo entre la Primera y la Segunda guerras mundiales, a
partir del descubrimiento accidental en Alemania de los llamados gases
neuroparalizantes por el doctor Gerhard Schrader, mientras se investigaban
nuevos insecticidas fosforados. Así, en 1936 se produce el primer éster
fosfororgánico manufacturado bajo el nombre de Tabún, agente setenta y cinco
veces más letal que el gas mostaza que había producido la mayoría de las
bajas durante la Primera Guerra Mundial. Bajo estrictas y secretas normas de
experimentación, se desarrolla en 1938 un segundo agente de este tipo, con
el nombre de Sarín, y un tercero en 1944, con el nombre de Somán, todos
capaces de producir la muerte en minutos con dosis mínimas, y cuyo único
antídoto es la atropina utilizada en dosis masivas en casos de intoxicación
con estos agentes, pues el mecanismo fisiopatológico de estos es el de
inhibir la acetilcolinesterasa, una enzima clave para el control de los
movimientos musculares, y es precisamente la atropina la única sustancia
capaz de desinhibir esa acción.
Los tres agentes antes mencionados poseen la
misma estructura y acciones químicas del insecticida fosfororgánico más
tóxico conocido, el parathion, que puede ocasionar un daño idéntico al de
aquellos mediante su ingestión por contaminación de los alimentos,
inhalación o contacto directo. 11
Aunque se supo durante el Juicio de Nuremberg,
por las declaraciones de Albert Speer, ministro de Industria de Hitler, que
este pensó utilizar los agentes neuroparalizantes en la Segunda Guerra
Mundial, afortunadamente no se llevó a cabo, aunque los aliados encontraron
en los últimos días de la guerra unas 250 000 toneladas de dichas sustancias
almacenadas en St. Georgian, Austria. 12
Pero ahí no terminó la maldad, la falta de
escrúpulos y del más mínimo concepto humanitario y ético del régimen nazi, e
incluso de muchos de sus médicos, pues otro agresivo químico descubierto y
producido por los científicos alemanes, el Zyklon B, fue utilizado para el
exterminio masivo de los judíos en sus monstruosos campos de concentración.
Lo más sorprendente e inconcebible para el
ser común de nuestro planeta, es comprender cómo después de tanta
experiencia demencial acumulada por la humanidad durante estas guerras,
puede el ser humano reincidir en la utilización de medios y de métodos tan
horrendos como los viejos y nuevos agresivos, letales e invalidantes, los
que son utilizados ahora por los agredidos de entonces junto a sus
agresores.
En todo el período de la pos Segunda Guerra
Mundial se continuó el «perfeccionamiento» de los agentes químicos, los que
se han utilizado en distintas conflagraciones, fundamentalmente en la guerra
de Vietnam. El ejército de los Estados Unidos continuó produciendo el Sarín,
al que se le denominó militarmente como GB, y a finales de la década del
cincuenta creó un nuevo y más poderoso agente neuroparalizante, el VX, de
acción persistente, el que puede ser absorbido por la vegetación y conservar
su letalidad. Ambas sustancias han sido diseñadas para utilizarse mediante
cilindros dispersores, en las minas terrestres, diferentes proyectiles de
artillería y bombas de varios calibres para ser lanzadas por la aviación, 13
por lo que permanecen como reservas en los almacenes de armas químicas de
las fuerzas armadas norteamericanas y de otras potencias armamentistas.
Las sustancias químicas neuroparalizantes
mantienen desafortunadamente su vigencia en los arsenales de muchos países
por sus «cualidades técnico-militares», las que se pueden sintetizar en las
siguientes: su elevada toxicidad y fácil diseminación; su rápido efecto por
inhalación, que las hace actuar como gases asfixiantes; su capacidad
lesionante por vía cutánea y para producir bajas con dosis subletales; la
facilidad de escogerlas por sus propiedades físicas, químicas y tóxicas. Los
agentes V tienen poderes tóxicos cinco y diez veces mayores que los agentes
G. En 1964, apareció en las listas de los laboratorios de defensa suecos una
sustancia denominada Gas F, con una capacidad tóxica cuarenta veces mayor
que el Tabún y veinte veces mayor que el Sarín.
El gobierno de los Estados Unidos desarrolló
en la década del sesenta otras sustancias agresivas químicas que fueron
ampliamente utilizadas durante la guerra de Vietnam: un agente vesicante
conocido como HD (mostaza destilada), de gran poder tóxico, ya que en una
concentración de una parte en 5 millones causa quemaduras en la piel; un
agente incapacitante conocido como BZ; tres gases antimotín: CS, CN y DM, y
los llamados agentes psicoquímicos, como la marihuana, la mescalina, el
peyote, el psilocín y los derivados del ácido lisérgico (LSD).
Paralelamente, continuó produciendo a gran escala los llamados artefactos
incendiarios y de humo, como el napalm y el fósforo blanco, y los
devastadores defoliantes, agentes todos de uso intensivo en Vietnam. 14
La sustancia incapacitante conocida por BZ no
es un agente letal propiamente dicho, pero crea una efectiva incapacidad
temporal a los afectados por ella, caracterizada por confusión mental,
anestesia, narcosis, parálisis y ceguera. En un momento de su producción
industrial, esta fue detenida por tres razones fundamentales: la
imposibilidad de predecir sus efectos; su elevado costo (44.00 dólares por
kilogramo) y la utilidad militar superior de los psicofármacos. Sin embargo,
las dificultades prácticas de la diseminación de las sustancias como el LSD
y otros psicofármacos con fines militares hizo continuar la producción de BZ
y su mantenimiento en los arsenales de armas químicas.
En 1943, el doctor Albert Hoffman, 15
integrante de la compañía farmacéutica Sandoz, de Suiza, hizo un importante
descubrimiento casual mientras trabajaba en la síntesis de una droga
derivada de la ergotamina, un hongo que ataca a los cereales. Al comenzar a
sentirse mareado, vacilante e inquieto, pensó que estos síntomas pasarían
pronto, pero no fue así. A estos les sucedieron visiones de colores e
imágenes: había aparecido el ácido lisérgico (LSD). Con gran rapidez, los
científicos en los Estados Unidos se entusiasmaron con esta droga, al ver en
ella un gran potencial para utilizarla como arma. Sin embargo, sus colegas
británicos comprobaron, mediante sus propios experimentos, que cada afectado
por una intoxicación aguda con LSD constituía un peligro potencial no solo
para él mismo, sino para todos los que le rodean por las impredecibles
reacciones que puede ocasionar, y que, además, sus efectos podían durar
varios días.
El LSD fue remplazado por las sustancias
conocidas como BZ, de propiedades muy similares al primero, pero con la
ventaja de poder ser distribuidas en la forma de una gran nube aérea y toma
una media hora en afectar a sus víctimas, a quienes les ocasiona resequedad
de la boca y garganta, piel caliente y congestionada, vómitos, trastornos de
la visión, habla tropelosa, pérdida de la memoria y alucinaciones. Estos
síntomas se mantienen por espacio de dos semanas. Sin embargo, a pesar de
que fueron producidas bajo estrictas condiciones secretas a una escala
considerable, e incluso se cargó con ellas una gran cantidad de bombas, se
le consideró ulteriormente un arma poco confiable.
Otro tipo de arma química de funesto
historial en acciones represivas contra la población civil en muchas partes
del mundo, y a lo que deben su nombre, son los agentes antimotín CN, DM y CS,
considerados también clásicos gases militares con idénticos propósitos.
El CN (cloroacetofenona) es un gas
lacrimógeno de acción rápida, así como un irritante del tracto respiratorio
superior. El DM o adamsita (difenilaminocloroarsina), creado y utilizado
inicialmente por los alemanes en la Primera Guerra Mundial, es el más tóxico
de los agentes antimotín conocidos. Y el CS (o-clorobenzalmalononitrilo)
produce efectos inmediatos, aun a baja concentración, e incapacita a los
afectados a los 20-60 segundos de ser utilizado por espacio de 5 a 10
minutos, si estos son expuestos al aire fresco. Durante este período, las
víctimas son incapaces de desarrollar la más mínima acción coordinada. El CS
remplazó al CN en la Primera Guerra Mundial y fue ampliamente utilizado en
Vietnam, cuando en 1965 el general Westmoreland, comandante en jefe de las
tropas norteamericanas durante esa guerra, decidió su uso con el fin de
sacar a los vietnamitas de sus refugios, por lo que fueron utilizadas miles
de toneladas de CS contra ese país por las tropas de los Estados Unidos.
Pero si las acciones con armas químicas en
contra de las fuerzas vivas no hubiesen sido más que extremas desde la
Primera Guerra Mundial, la maldad humana no escatimó en utilizar otros dos
tipos de aquellas, cuyo poder destructivo alcanzó niveles de genocidio en
Vietnam: las incendiarias y las sustancias defoliadoras, ambas utilizadas
para arrasar con los bosques, las cosechas y dejar estériles los terrenos
cultivables para someter por hambre a la población entera de ese país,
además de disminuir al máximo la biodiversidad de su entorno, con las
criminales consecuencias que ello entrañó para la vida y la salud de sus
pobladores.
Las armas incendiarias han estado
representadas fundamentalmente por el napalm y el fósforo blanco. La primera
fue creada en la Universidad de Harvard durante la Segunda Guerra Mundial.
Elaborada sobre la base de sales de aluminio, convertidas en gel en
presencia de gasolina, fue modificada durante la Guerra de Vietnam por el
napalm B, con la sustitución de las sales de aluminio por un plástico, el
poliestireno, que se adhiere a cualquier superficie mientras se encuentra en
combustión, que prolonga el tiempo de su acción con elevadísimas
temperaturas, lo que favorece en el ser humano la producción de quemaduras
de tercer grado en todas las áreas afectadas, con la subsiguiente
coagulación de los músculos y de la grasa. Las quemaduras de este tipo
producen gravísimas retracciones y deformidades cutáneas y una elevada
mortalidad de los lesionados por compromiso respiratorio, shock,
deshidratación y sepsis. Los niños afectados por esta terrible sustancia
presentan una desproporcionada mortalidad y morbilidad en relación con los
adultos, con complejos mecanismos fisiopatológicos que dificultan en extremo
su tratamiento y por ende la salvación de sus vidas.
La gran magnitud cuantitativa y cualitativa
de las víctimas del napalm en diferentes conflagraciones no ha podido ser
todavía reflejada en estadísticas confiables ni tampoco se ha podido
proyectar cabalmente la particularidad de su crueldad y de sus efectos
indiscriminados. Sin embargo, todas sus horribles consecuencias son bien
conocidas internacionalmente, y a pesar de ello y a manera de un ejemplo de
la desestimación de estas por el ser humano, bástenos recordar que durante
la Guerra de Corea (1950-1953), los Estados Unidos lanzaron 32 357 toneladas
de napalm contra ese país, y, una década después, entre 1963 y 1971,
emplearon junto con sus aliados en Vietnam 372 537 toneladas de esa misma
sustancia, más de diez veces la cantidad utilizada en Corea. 16
En cuanto al fósforo blanco, ha sido
utilizado desde la Primera Guerra Mundial. Su importancia táctica reside en
poseer una elevada capacidad lesionante y destructiva, tanto de las fuerzas
vivas como del inmueble y de las áreas físicas donde estas actúan. Pero,
además, por la gravedad de las lesiones que ocasiona y la dificultad para
curarlas, ya que una vez en contacto con el cuerpo humano no cesa su lenta
penetración hasta llegar a los huesos, con escasísimas posibilidades de una
efectiva descontaminación cutánea. Esto le confiere, por otra parte, un gran
valor psicológico sobreañadido sobre las tropas amenazadas por su uso.
En febrero de 1962, la ex Unión Soviética
acusó a los Estados Unidos de haber iniciado una guerra química contra
Vietnam del Sur, fundamentalmente mediante el uso de sustancias defoliadoras
«que tornan amarillos los campos de arroz, aniquilando cuanta cosecha crece
en los terrenos ocupados por la guerrilla rebelde.» 17
Seis fueron las sustancias escogidas por el Pentágono para esta guerra
especial: verde, rosado, púrpura, blanco, azul y naranja, que recibieron
estos nombres de acuerdo con el color de las franjas que traían pintadas en
los contenedores de 55 galones procedentes de los Estados Unidos. Estas
sustancias fueron utilizadas por etapas, aunque en 1967 se reportó que el
90% de los agentes utilizados fueron del tipo naranja (una mezcla del 245T
utilizado por los británicos en Malaya contra las guerrillas chinas en la
década del cuarenta y el cincuenta; con dioxina); del tipo púrpura y del
tipo blanco; mientras que el 10% fue del tipo azul, cuyo principio básico
activo es el ácido cacodílico.18
El agente defoliante que más problemas causó
fue el naranja, pues aunque su componente en dioxina (tan agresivo como los
gases neuroparalizantes) es mínimo, las exageradas cantidades de este
lanzadas por los C123 (1 000 galones en cinco minutos) lo hicieron muy
tóxico. Así, en el Hospital de Tay Minh, en el área de mayor diseminación de
esta sustancia, se duplicó el número de niños nacidos muertos. Durante el
período de lanzamientos más intensos del agente naranja, los médicos del
Hospital Infantil de Saigón hallaron que el número de recién nacidos con
espina bífida y con paladar hendido se había triplicado. 19
En resumen, se ha constatado que durante la
Guerra de Vietnam fueron lanzados contra ese país unos 20 000 000 de galones
de herbicidas (90 000 toneladas). En un estudio realizado por Yoichi
Fukushima en 1967, entonces jefe de la Sección Agronómica del Consejo
Científico de Japón, se declaró que los ataques anticosechas perpetrados por
los Estados Unidos contra el sur de Vietnam en dicha guerra arruinaron
irreversiblemente allí más de 3,8 millones de acres de tierras cultivables,
y causaron la muerte de cerca de mil campesinos y de más de trece mil
cabezas de ganado. Relató, además, entre otras acciones demenciales, que una
misma aldea fue atacada por los C123 más de treinta veces y diseminaron
sobre ella agentes más cáusticos que los utilizados hasta entonces cargados
de sustancias arsenicales y del ácido cacodílico. 20
Desde la utilización del arma química durante
la Primera Guerra Mundial, la gran conmoción que causó llevó a la
celebración de la Conferencia de Ginebra en 1925, la que prohibió todo uso
de sustancias asfixiantes, venenosas o de cualquier tipo de gases con estos
fines. Los Estados Unidos firmaron el tratado surgido de dicha conferencia;
sin embargo, el Comité de Relaciones Exteriores de su Senado rehusó
ratificarlo en 1926, después de un extraño debate a puertas cerradas. El
Protocolo de Ginebra, que fue ratificado entonces por treinta y dos
naciones, resultó abiertamente violado por Italia antes de la Segunda Guerra
Mundial, cuando sus tropas fascistas utilizaron el gas mostaza contra los
indefensos etíopes durante la campaña de Abisinia en 1936.
En años recientes, el mundo fue sorprendido
por el acto terrorista del metro de Tokio, donde se utilizó el Sarín, que
produjo innumerables víctimas, lo que constituyó un peligroso precedente, al
comprobarse la vulnerabilidad del acceso a una sustancia integrante de las
armas de exterminio en masa, agentes que se supone sean almacenados bajo un
estricto control de los países productores y poseedores, y que corrobora una
vez más que solo con la abolición total de dichas armas cesará su peligro
potencial para la humanidad.
Notas
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