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 LA GUERRA: EL SUMMUM DE LA ANTIÉTICA

Resolución y prevención de conflictos

  Por Carlos Pazos Beceiro  

Parte 4/4

El arma nuclear

A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de 1945, fue lanzada sobre la inerme ciudad japonesa de Hiroshima la primera bomba atómica utilizada contra seres humanos en la historia del mundo. En segundos resultaron muertos miles de inocentes pobladores y otra cantidad similar de gravísimos heridos y quemados fueron pereciendo también en los días subsiguientes, hasta llegar a 118 661, según el reporte oficial de la ciudad del 10 de agosto de 1946.32

El entorno que acompañó a esas muertes inmediatamente después de lanzada la bomba no ha podido ser realmente reproducido ni someramente imaginado hasta el momento. Solamente sus sobrevivientes, los hibakushas, tienen una vívida imagen de lo que fue ese infierno, la que ha quedado indeleblemente grabada en sus mentes, en una mezcla de centelleantes pasajes de terror, angustia y asombro.

Pero si esa monstruosa experiencia no fuera suficiente para sumir en un desesperante remordimiento a los autores intelectuales y materiales de ese primer genocidio, solamente tres días después repitieron el alevoso crimen, esta vez sobre la ciudad de Nagasaki, incluso con un artefacto de mayor calibre, pero que por las características geográficas de esta ciudad y por coyunturales condiciones atmosféricas locales, produjeron menos muertes que en Hiroshima, aunque de todas formas llegaron, según los récords del Comité de Preservación de Nagasaki en 1949, a 78 884 fallecidos.33

La responsabilidad moral histórica del gobierno de los Estados Unidos por estos actos genocidas será un estigma eterno para esta nación, no solo por la magnitud catastrófica de los crímenes, sino por lo absolutamente injustificable de estos, ya que en el momento de producirse, el Eje nazi-fascista-imperial estaba desintegrado, con la rendición incondicional de Alemania e Italia, y un Japón completamente extenuado y en una absoluta quiebra militar y económica.

Para los japoneses estos hechos representaron, como sobriamente calificó el Comité de Publicaciones Hiroshima-Nagasaki, «lo más avanzado en destrucción premeditada a lo largo de la historia de la humanidad. Su naturaleza espantosa está en que fue una decisión pensada por los hombres, y realizada por manos humanas, como consecuencia de una conducta humana anormal en tiempos de guerra».34

La carrera armamentista nuclear

Después de los genocidios de Hiroshima y Nagasaki, perpetrados por los Estados Unidos con el objetivo fundamental de chantajear políticamente a la entonces Unión Soviética, se produjo una desenfrenada carrera armamentista por el predominio del poderío nuclear, así como una escalada sin precedentes en el desarrollo del poderío bélico internacional. Se crearon dos bloques militares antagónicos: la OTAN y el Pacto de Varsovia y durante ese período estuvo la humanidad varias veces al borde de un holocausto nuclear de consecuencias irreversibles para su supervivencia: había nacido la guerra fría.

Muchas fueron las teorías que sustentó la propaganda de las potencias nucleares y del Complejo Militar Industrial con el fin de lograr los descomunales presupuestos requeridos para el desarrollo en sus respectivos países del arma nuclear, así como para convencer a la opinión pública nacional e internacional de la «inevitable» necesidad de dicho desarrollo. Entre las más simples y manidas se contó la teoría de la «represalia masiva» con armas nucleares, que sucedería al uso inicial de armas convencionales en una conflagración; o la aberrante aseveración de las supuestas ventajas que tendría quien asestara «el primer golpe nuclear» en el resultado final de una guerra con estas armas; o la absurda concepción de la posibilidad de llevarse a cabo una «guerra nuclear limitada», ya fuese por la circunscripción de esta a un área geográfica o por la limitación del calibre de las armas utilizadas en ella; o la retrógrada teoría de «la inevitabilidad de la destrucción definitiva de la humanidad» debido al carácter agresivo y autodestructivo del ser humano, o la de la ridícula supuesta «infalibilidad de la protección de los refugios antiatómicos».

Pero la teoría más utilizada en esa época y aún esgrimida por muchos en la actualidad, es la de «la disuasión nuclear». Esta teoría plantea, esencialmente, que la posesión del arma nuclear ayuda a disuadir al enemigo de su utilización. Sin embargo no se puede sostener con argumentos creíbles. Así, Robert McNamara, secretario de Defensa de los Estados Unidos durante la Administración Kennedy-Johnson, afirmó: «No se puede construir una disuasión verosímil sobre una acción inverosímil», y en plena guerra fría, el entonces primer secretario del Comité Central de la URSS, Mijail Gorbachov, expuso, en 1987, los siguientes argumentos en su contra. Primero: en cuanto a ser utilizada como «salvoconducto nuclear» resulta absurdo, ya que este no es ni infalible ni eterno, y podría convertirse en cualquier momento en una sentencia de muerte para la humanidad. Segundo: al tratarse esta teoría de una política de amenazas, cuando estas son usadas como un medio político, y sobre todo para que a este se le tome en serio, se hace necesario reforzar periódicamente las amenazas con acciones, las que en este caso serían siempre de índole militar, lo que aumentaría las posibilidades en el surgimiento de conflictos armados. Tercero: la aceptación del criterio retrógrado y determinista de la supuesta naturaleza violenta del ser humano haría de la guerra un hecho de inevitabilidad histórica. Cuarto: en materia política resulta imposible obviar el problema de lo racional y lo irracional, influidos por múltiples y complejos factores incidentes, lo que demuestra la vigencia del axioma: «A mayor cantidad de armas nucleares, más posibilidades de que se produzca una falla fatal.»35

Una de las premisas más falaces utilizadas en la propaganda de todas las teorías que han sustentado el desarrollo de las armas nucleares ha sido la aseveración de que en una conflagración nuclear global habría siempre sobrevivientes. Nada más alejado de la realidad. La existencia en la actualidad de miles de ojivas nucleares con una carga cada una de una megatonelada, en comparación con las utilizadas en Hiroshima y Nagasaki de solo 12,5 y 21 kilotoneladas, respectivamente, reproduciría en el caso de una conflagración nuclear global, un millón de veces la destrucción de Hiroshima e íntegramente la que se produjo durante la Segunda Guerra Mundial, esta vez cada minuto durante 165 días.36

Además, se produciría la destrucción irreparable del equilibrio ecológico global provocada por el invierno nuclear, con el derretimiento de las nieves polares, del Tibet y de los Andes y provocaría un nuevo diluvio universal; la reducción unas ciento cincuenta veces de la intensidad de los rayos solares debido a la polución atmosférica; el cese de la fotosíntesis de las plantas, que ocasionaría una absoluta oscuridad; la destrucción total de la capa de ozono, lo que incrementaría hasta niveles incontrolables las quemaduras de la piel y el cáncer cutáneo; los contaminadores comunes aumentarían sus concentraciones máximas admisibles más de cinco veces; la polución radiactiva de la biosfera tendría un efecto patógeno directo, y los incendios, desplazamientos de tierra y la contaminación de los suelos, los océanos y la biosfera por el petróleo completarían el cuadro que haría imposible la supervivencia sobre la Tierra.

Uno de los aspectos más deprimentes que se comprobaron en distintos períodos de la guerra fría fue el relativo a la supina falta de ética y de responsabilidad de las potencias nucleares con el personal asignado a las unidades militares que poseían y manejaban estas armas, lo que representó un gran peligro potencial en la posible producción de una conflagración nuclear en relación con los factores de falibilidad humana y técnica.

Según el Departamento de Defensa de los Estados Unidos, entre los años 1975 y 1977, fueron eximidos de sus responsabilidades al frente de diferentes armas nucleares, y prohibido su acceso a estas, unos cinco mil miembros de sus Fuerzas Nucleares cada año durante el proceso de remoción efectuado dentro del Programa de Confiabilidad del Personal. Las causas de esas remociones fueron las siguientes: alcoholismo, 3 al 5%; abuso de drogas, 25 al 40%, y, por otras razones, que incluían «cualquier indicio físico, mental o caracterológico de una conducta aberrante, ratificado por una autoridad médica competente, que resulte perjudicial en el desempeño de sus funciones», que representaron aproximadamente el 25%».37

Aparte de las causas de remoción antes señaladas fueron indicadas las inherentes al sistema de trabajo, fundamentalmente en los silos de lanzamiento de las armas nucleares y en los submarinos, donde el entorno físico, psicológico y sociológico puede afectar el estado mental del personal que allí labora, como resultan la soledad, la monotonía y el silencio mientras permanecen por horas frente a pantallas y tableros lumínicos, a paneles repletos de interruptores y de señaladores visuales y auditivos. Todo lo anterior nos demuestra la fragilidad e inestabilidad del supuestamente «más efectivo, sofisticado y científico» de los sistemas de armamento moderno, el que por diversas causas relacionadas con el error humano y tecnológico ha puesto en peligro innumerables veces la supervivencia de la humanidad.

Para sostener y desarrollar la carrera de las armas nucleares se han sucedido innumerables hechos que han violado groseramente los más elementales principios humanitarios y éticos, con una continuada reincidencia a pesar de lo evidente de sus criminales consecuencias; hechos que se han producido en todas las esferas del proceso generador de estas armas: en su producción, en las pruebas y experimentos realizados para validarlas y en contra de los ingentes esfuerzos de la humanidad para controlarlas y abolirlas.

La producción de las armas nucleares está indisolublemente acompañada de trascendentes hechos en contra de la vida, la salud individual y colectiva del ser humano y de su entorno en todos los países que las fabrican. Por ejemplo, en los Estados Unidos la tasa de cáncer del pulmón es cinco veces más elevada en los mineros del uranio que en su población general, y esto hace pensar que Rusia posee una situación similar, ya que los métodos de exploración y de extracción de este mineral son prácticamente idénticos en ambos países.

Un estudio realizado en 1986 en la planta nuclear de Sellafield, en el Reino Unido, mostró una relación directa entre las dosis de radiación recibidas por sus obreros y la tasa de mortalidad de estos por cáncer de vejiga, mieloma múltiple, leucemia, tumores linfáticos y cáncer óseo. Tres años más tarde se pudo constatar, en otras investigaciones científicas realizadas en el mismo centro, que los hijos de sus obreros eran siete u ocho veces más susceptibles a contraer leucemia si sus padres habían recibido una dosis total de 10 rem en un período anterior a su concepción.38

En Kyshtym, cerca de la planta de producción de plutonio de Chelyabinsk, en la antigua Unión Soviética, se produjo en 1957 un grave accidente debido a la explosión de un tanque de desperdicios nucleares de alto nivel radiactivo, la que liberó 20 000 000 de curies de radiación, entre ellos 1 000 000 de estroncio-90, identificado íntimamente con la producción de leucemia y de cáncer óseo. Unas sesenta mil personas fueron evacuadas del área y 625 millas cuadradas de terrenos aledaños quedaron severamente contaminadas, e incluso completamente inhabitables hasta nuestros días. Sin embargo, este accidente no fue dado a conocer públicamente por las autoridades soviéticas hasta treinta y dos años después, cuando también se supo que se había producido por la manera irresponsable en la que se efectuaba la conducción del agua contaminada, vertida directamente al río Techa, así como al almacenamiento de desperdicios nucleares en lagunas abiertas en vez de hacerlo en tanques sellados.

Otro hecho nefasto relacionado con la producción nuclear fue el ocurrido en la reserva nuclear de Hanford en los Estados Unidos, considerado como uno de los sitios más radiactivamente contaminados del mundo. En este lugar se liberaron, entre 1944 y 1957, más de 475 000 curies de yodo-131 radiactivo, equivalente a lo liberado durante el accidente de Chernobyl, que incrementó los riesgos de hipotiroidismo y de neoplasias de la glándula tiroides. Pero lo más avieso de este incidente fue que los residentes de esta área no fueron notificados sobre esas emisiones por «conceptos de seguridad nacional», por lo cual no pudieron tomar ninguna precaución al respecto.

Estudios ulteriores realizados en residentes del área de Hanford durante el período del accidente, demostraron que más de 20 000 niños pudieron estar expuestos al yodo-131, sobre todo mediante la leche contaminada. Otras 14 000 personas pudieron recibir más de 33 rads durante un período de tres años, muy por encima de los 5 rads anuales aceptados como límite; y muchos bebés pudieron tener también una alta exposición para sus tiroides.39

Entre 1945 y 1993 se realizaron 2 020 pruebas nucleares, sobre las que existen infinidad de investigaciones científicas que ponen de manifiesto la responsabilidad criminal de sus gestores, entre las que se destaca el estudio realizado en 1991 por la Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW-Premio Nobel de la Paz), en el que se estimó que la radiación y los materiales radiactivos resultantes de las pruebas atmosféricas producirían hasta el año 2 000 unas 430 000 muertes por cáncer, lo que se ha cumplido.

En el área de Kazakistán, un gran número de personas han recibido dosis dañinas de radiación ionizante, unas mil seiscientas veces las consideradas en los Estados Unidos como estándares de la exposición pública a las radiaciones. También en las áreas de prueba de Semipalatinsk y Novaya Zemblya, territorios de la ex Unión Soviética, las pruebas nucleares subterráneas han contaminado extensos territorios dispersos en más de cincuenta distintos lugares, con cantidades inmensas de plutonio-239 que posee una vida media de 24 400 años. Las autoridades locales de Novaya Zemblya admiten un incremento del cáncer entre la población autóctona de Chukchi, particularmente del cáncer de hígado, diez veces la tasa nacional, y la tasa de mortalidad por cáncer esofágico es allí la más elevada del mundo. También se reporta el haberse duplicado en el área los casos de leucemia y de cáncer de estómago.40

Solamente entre 1946 y 1958, los Estados Unidos detonaron 66 bombas termonucleares en los atolones de Bikini y de Enewetak, en el Pacífico. Entre ellas resultó nefasta la Prueba «Bravo», de 15 megatoneladas, realizada en el atolón de Bikini en 1954, la que ocasionó la precipitación radiactiva más severa hasta el día de hoy reconocida, que afectó a 289 personas, incluidos habitantes locales, soldados norteamericanos de servicio en la zona y pescadores japoneses. Las dosis mayores fueron recibidas por 64 personas y 3 in utero en el atolón de Rongelap, con 1,9 unidades Gray (1 Gray = 100 rads) en dos días previos a la evacuación, las que produjeron en las gládulas tiroides de los afectados el 34,3% de nódulos cancerígenos, 5,4% de carcinomas, y 10,4% de hipofunción tiroidea.41

Entre los pobladores de las Islas Marshall, los efectos tardíos más significativos, como consecuencia de la precipitación radiactiva, estuvieron relacionados con lesiones de la glándula tiroides; sin embargo, no fueron atribuidos a dicha precipitación hasta 1963, y antes de 1953, la importancia que tenía la precipitación de yodo radiactivo no fue apreciada sustancialmente.

Por su parte, el Reino Unido extendió su mano nuclear hacia Australia, al realizar su mayor prueba con estas armas en 1952 en Maralinga, palabra aborígen que significa «campo de trueno». La segunda la llevó a cabo en 1956, complicada con una ráfaga de viento que provocó una amplia precipitación sobre el lugar del ensayo. Posteriormente, una comisión del gobierno australiano realizó una encuesta entre los aborígenes de esta área que arrojó la presencia en ellos de treinta casos de cáncer, que incluía dos de tiroides y dos leucemias, y se señalaba también en la encuesta el distress y las muertes que ocasionó el cruento traslado de los aborígenes desde sus tierras tradicionales hasta la misión de Yalata, donde fueron reubicados. En la actualidad, el mayor problema residual en el área lo constituye el plutonio, con más de 25 000 fragmentos ampliamente esparcidos por ella.

El gobierno de Francia comenzó su programa de pruebas nucleares en el Pacífico en 1963. Realizó cuarenta y un ensayos atmosféricos entre 1966 y 1974, de ellos treinta y nueve en el atolón de Moruroa, y un año después comenzó con las pruebas subterráneas.42

Aunque oficialmente se ha declarado que los niveles de radiactividad en Moruroa y en las aguas de la Polinesia francesa son bajos, y que la incidencia de cáncer allí es inferior a la de otros países, dichas declaraciones han sido seriamente cuestionadas y, por el contrario, se asegura que en el atolón existe una gran polución radiológica que incluye la de plutonio. También se asevera que el número de casos de cáncer reportados no está completo, porque las estadísticas no contemplan más que los datos suministrados por dos hospitales: uno gubernamental y otro privado.

Otra seria consecuencia para la salud en el Pacífico es la enfermedad conocida por «ciguatera» (ictiosarcotoxismo o envenenamiento de los alimentos marinos), y se establece un vínculo entre esta, relacionada con la radiación no ionizante y con las explosiones nucleares. Pero su importancia no estriba solamente en el elevado nivel de morbilidad que alcanzó en un año en la isla Gambier, donde se produjeron 20 700 casos en una población de 100 000 habitantes, ni tampoco en su mortalidad ocasional, sino por su repercusión en la alimentación de la población del área, cuya proteína esencial la ingieren del pescado, así como sus graves consecuencias en el desarrollo de la industria pesquera local.43

Desafortunadamente, las potencias nucleares hacen caso omiso a las criminales consecuencias de su actividad con estas armas y a las formas de mitigarlas aunque sea en proporciones mínimas. Baste un ejemplo: los gastos totales de los Estados Unidos en armamentos nucleares y en todas las actividades inherentes a ellas durante el año 1995 fueron de 33 157 millones de dólares, de los cuales solo 13 millones (el 0,03%), fueron dirigidos al pago por compensación de las víctimas que ocasionó la exposición de estas a la radiación ionizante.44

Si para documentar la cadena histórica de iniquidades y de una suprema falta de principios éticos relacionados con el desarrollo de la carrera armamentista nuclear no bastase con los ejemplos anteriores, resulta increíble conocer hasta dónde ha llegado la distorsión de la mente humana al convertir directamente al hombre en un objeto de experimentación con dichas armas.

Muchas son las evidencias al respecto. Entre los años 1945 y 1957, se utilizaron enfermos sin beneficios médicos a quienes se les inyectó con fines experimentales plutonio, uranio y polonio en las universidades de Rochester, California y Chicago, en el Hospital General de Massachusetts y en el Laboratorio Nacional de Oak Ridge. En la década del cuarenta y el cincuenta se practicaron investigaciones con hierro y calcio radiactivos en niños hospitalizados en la Escuela Fernald y estudios con hierro radiactivo en mujeres embarazadas en la Universidad de Vanderbilt. En la década del sesenta y el setenta se practicaron experimentos en poblaciones vulnerables, como la irradiación testicular a 131 presidiarios en Oregón y Washington y la diseminación de gases radiactivos en Hanford, en el año 1949, con el fin de probar equipos de detección.45

El costo de la carrera armamentista nuclear

Resulta tragicómico saber que el mayor peligro potencial que tiene la humanidad para su total aniquilamiento, las armas nucleares, sea el centro de gastos tan demenciales como los que publicó The Bulletin of Atomic Scientists en su número de noviembre-diciembre de 1995, correspondientes exclusivamente a los Estados Unidos.46

En ese artículo aparecen los costos de las armas nucleares de ese país en el período de 1940 a 1995, con un gran total de 3,9 billones de dólares, desglosados en las actividades siguientes:

construcción de las armas nucleares, 378 000 millones;

lanzamiento y transportación de las armas nucleares, 2 billones;

mando, control y defensa contra las armas nucleares, 1,1 billones;

retirada y desmantelamiento de las armas nucleares, 15 000 millones;

remediar las consecuencias de las armas nucleares, 385 000 millones, y

manejo administrativo de las armas nucleares, 25 000 millones.

Frente a esta impactante realidad, el profesor Bernard Lown, eminente cardiólogo y fundador de la Internacional de Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW-Premio Nobel de la Paz), se refería en una ocasión al «síndrome de una sola superpotencia» que padecía por desgracia su propio país, el que una vez desaparecido el campo socialista europeo había quedado «como la más poderosa fuerza militar, la que está aumentando al asumir el papel de gendarme global». Por otra parte, añadía que, bochornosamente, esa misma poderosa nación, «dedica solamente 0,1% de su PIB a la ayuda externa, mucho menos que cualquier otro país industrializado, y muy por debajo del 0,7% del PIB que recomiendan las Naciones Unidas».47

Bibliografía

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