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LA
GUERRA: EL SUMMUM DE LA ANTIÉTICA
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Resolución y prevención de conflictos |
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Parte 4/4
El arma nuclear
A las 8:15 de la mañana del 6 de agosto de
1945, fue lanzada sobre la inerme ciudad japonesa de Hiroshima la primera
bomba atómica utilizada contra seres humanos en la historia del mundo. En
segundos resultaron muertos miles de inocentes pobladores y otra cantidad
similar de gravísimos heridos y quemados fueron pereciendo también en los
días subsiguientes, hasta llegar a 118 661, según el reporte oficial de la
ciudad del 10 de agosto de 1946. 32
El entorno que acompañó a esas muertes
inmediatamente después de lanzada la bomba no ha podido ser realmente
reproducido ni someramente imaginado hasta el momento. Solamente sus
sobrevivientes, los hibakushas, tienen una vívida imagen de lo que
fue ese infierno, la que ha quedado indeleblemente grabada en sus mentes, en
una mezcla de centelleantes pasajes de terror, angustia y asombro.
Pero si esa monstruosa experiencia no fuera
suficiente para sumir en un desesperante remordimiento a los autores
intelectuales y materiales de ese primer genocidio, solamente tres días
después repitieron el alevoso crimen, esta vez sobre la ciudad de Nagasaki,
incluso con un artefacto de mayor calibre, pero que por las características
geográficas de esta ciudad y por coyunturales condiciones atmosféricas
locales, produjeron menos muertes que en Hiroshima, aunque de todas formas
llegaron, según los récords del Comité de Preservación de Nagasaki en 1949,
a 78 884 fallecidos. 33
La responsabilidad moral histórica del
gobierno de los Estados Unidos por estos actos genocidas será un estigma
eterno para esta nación, no solo por la magnitud catastrófica de los
crímenes, sino por lo absolutamente injustificable de estos, ya que en el
momento de producirse, el Eje nazi-fascista-imperial estaba desintegrado,
con la rendición incondicional de Alemania e Italia, y un Japón
completamente extenuado y en una absoluta quiebra militar y económica.
Para los japoneses estos hechos
representaron, como sobriamente calificó el Comité de Publicaciones
Hiroshima-Nagasaki, «lo más avanzado en destrucción premeditada a lo largo
de la historia de la humanidad. Su naturaleza espantosa está en que fue una
decisión pensada por los hombres, y realizada por manos humanas, como
consecuencia de una conducta humana anormal en tiempos de guerra». 34
La carrera armamentista nuclear
Después de los genocidios de Hiroshima y
Nagasaki, perpetrados por los Estados Unidos con el objetivo fundamental de
chantajear políticamente a la entonces Unión Soviética, se produjo una
desenfrenada carrera armamentista por el predominio del poderío nuclear, así
como una escalada sin precedentes en el desarrollo del poderío bélico
internacional. Se crearon dos bloques militares antagónicos: la OTAN y el
Pacto de Varsovia y durante ese período estuvo la humanidad varias veces al
borde de un holocausto nuclear de consecuencias irreversibles para su
supervivencia: había nacido la guerra fría.
Muchas fueron las teorías que sustentó la
propaganda de las potencias nucleares y del Complejo Militar Industrial con
el fin de lograr los descomunales presupuestos requeridos para el desarrollo
en sus respectivos países del arma nuclear, así como para convencer a la
opinión pública nacional e internacional de la «inevitable» necesidad de
dicho desarrollo. Entre las más simples y manidas se contó la teoría de la
«represalia masiva» con armas nucleares, que sucedería al uso inicial de
armas convencionales en una conflagración; o la aberrante aseveración de las
supuestas ventajas que tendría quien asestara «el primer golpe nuclear» en
el resultado final de una guerra con estas armas; o la absurda concepción de
la posibilidad de llevarse a cabo una «guerra nuclear limitada», ya fuese
por la circunscripción de esta a un área geográfica o por la limitación del
calibre de las armas utilizadas en ella; o la retrógrada teoría de «la
inevitabilidad de la destrucción definitiva de la humanidad» debido al
carácter agresivo y autodestructivo del ser humano, o la de la ridícula
supuesta «infalibilidad de la protección de los refugios antiatómicos».
Pero la teoría más utilizada en esa época y
aún esgrimida por muchos en la actualidad, es la de «la disuasión nuclear».
Esta teoría plantea, esencialmente, que la posesión del arma nuclear ayuda a
disuadir al enemigo de su utilización. Sin embargo no se puede sostener con
argumentos creíbles. Así, Robert McNamara, secretario de Defensa de los
Estados Unidos durante la Administración Kennedy-Johnson, afirmó: «No se
puede construir una disuasión verosímil sobre una acción inverosímil», y en
plena guerra fría, el entonces primer secretario del Comité Central de la
URSS, Mijail Gorbachov, expuso, en 1987, los siguientes argumentos en su
contra. Primero: en cuanto a ser utilizada como «salvoconducto nuclear»
resulta absurdo, ya que este no es ni infalible ni eterno, y podría
convertirse en cualquier momento en una sentencia de muerte para la
humanidad. Segundo: al tratarse esta teoría de una política de amenazas,
cuando estas son usadas como un medio político, y sobre todo para que a este
se le tome en serio, se hace necesario reforzar periódicamente las amenazas
con acciones, las que en este caso serían siempre de índole militar, lo que
aumentaría las posibilidades en el surgimiento de conflictos armados.
Tercero: la aceptación del criterio retrógrado y determinista de la supuesta
naturaleza violenta del ser humano haría de la guerra un hecho de
inevitabilidad histórica. Cuarto: en materia política resulta imposible
obviar el problema de lo racional y lo irracional, influidos por múltiples y
complejos factores incidentes, lo que demuestra la vigencia del axioma: «A
mayor cantidad de armas nucleares, más posibilidades de que se produzca una
falla fatal.» 35
Una de las premisas más falaces utilizadas en
la propaganda de todas las teorías que han sustentado el desarrollo de las
armas nucleares ha sido la aseveración de que en una conflagración nuclear
global habría siempre sobrevivientes. Nada más alejado de la realidad. La
existencia en la actualidad de miles de ojivas nucleares con una carga cada
una de una megatonelada, en comparación con las utilizadas en Hiroshima y
Nagasaki de solo 12,5 y 21 kilotoneladas, respectivamente, reproduciría en
el caso de una conflagración nuclear global, un millón de veces la
destrucción de Hiroshima e íntegramente la que se produjo durante la Segunda
Guerra Mundial, esta vez cada minuto durante 165 días. 36
Además, se produciría la destrucción
irreparable del equilibrio ecológico global provocada por el invierno
nuclear, con el derretimiento de las nieves polares, del Tibet y de los
Andes y provocaría un nuevo diluvio universal; la reducción unas ciento
cincuenta veces de la intensidad de los rayos solares debido a la polución
atmosférica; el cese de la fotosíntesis de las plantas, que ocasionaría una
absoluta oscuridad; la destrucción total de la capa de ozono, lo que
incrementaría hasta niveles incontrolables las quemaduras de la piel y el
cáncer cutáneo; los contaminadores comunes aumentarían sus concentraciones
máximas admisibles más de cinco veces; la polución radiactiva de la biosfera
tendría un efecto patógeno directo, y los incendios, desplazamientos de
tierra y la contaminación de los suelos, los océanos y la biosfera por el
petróleo completarían el cuadro que haría imposible la supervivencia sobre
la Tierra.
Uno de los aspectos más deprimentes que se
comprobaron en distintos períodos de la guerra fría fue el relativo a la
supina falta de ética y de responsabilidad de las potencias nucleares con el
personal asignado a las unidades militares que poseían y manejaban estas
armas, lo que representó un gran peligro potencial en la posible producción
de una conflagración nuclear en relación con los factores de falibilidad
humana y técnica.
Según el Departamento de Defensa de los
Estados Unidos, entre los años 1975 y 1977, fueron eximidos de sus
responsabilidades al frente de diferentes armas nucleares, y prohibido su
acceso a estas, unos cinco mil miembros de sus Fuerzas Nucleares cada año
durante el proceso de remoción efectuado dentro del Programa de
Confiabilidad del Personal. Las causas de esas remociones fueron las
siguientes: alcoholismo, 3 al 5%; abuso de drogas, 25 al 40%, y, por otras
razones, que incluían «cualquier indicio físico, mental o caracterológico de
una conducta aberrante, ratificado por una autoridad médica competente, que
resulte perjudicial en el desempeño de sus funciones», que representaron
aproximadamente el 25%». 37
Aparte de las causas de remoción antes
señaladas fueron indicadas las inherentes al sistema de trabajo,
fundamentalmente en los silos de lanzamiento de las armas nucleares y en los
submarinos, donde el entorno físico, psicológico y sociológico puede afectar
el estado mental del personal que allí labora, como resultan la soledad, la
monotonía y el silencio mientras permanecen por horas frente a pantallas y
tableros lumínicos, a paneles repletos de interruptores y de señaladores
visuales y auditivos. Todo lo anterior nos demuestra la fragilidad e
inestabilidad del supuestamente «más efectivo, sofisticado y científico» de
los sistemas de armamento moderno, el que por diversas causas relacionadas
con el error humano y tecnológico ha puesto en peligro innumerables veces la
supervivencia de la humanidad.
Para sostener y desarrollar la carrera de las
armas nucleares se han sucedido innumerables hechos que han violado
groseramente los más elementales principios humanitarios y éticos, con una
continuada reincidencia a pesar de lo evidente de sus criminales
consecuencias; hechos que se han producido en todas las esferas del proceso
generador de estas armas: en su producción, en las pruebas y experimentos
realizados para validarlas y en contra de los ingentes esfuerzos de la
humanidad para controlarlas y abolirlas.
La producción de las armas nucleares está
indisolublemente acompañada de trascendentes hechos en contra de la vida, la
salud individual y colectiva del ser humano y de su entorno en todos los
países que las fabrican. Por ejemplo, en los Estados Unidos la tasa de
cáncer del pulmón es cinco veces más elevada en los mineros del uranio que
en su población general, y esto hace pensar que Rusia posee una situación
similar, ya que los métodos de exploración y de extracción de este mineral
son prácticamente idénticos en ambos países.
Un estudio realizado en 1986 en la planta
nuclear de Sellafield, en el Reino Unido, mostró una relación directa entre
las dosis de radiación recibidas por sus obreros y la tasa de mortalidad de
estos por cáncer de vejiga, mieloma múltiple, leucemia, tumores linfáticos y
cáncer óseo. Tres años más tarde se pudo constatar, en otras investigaciones
científicas realizadas en el mismo centro, que los hijos de sus obreros eran
siete u ocho veces más susceptibles a contraer leucemia si sus padres habían
recibido una dosis total de 10 rem en un período anterior a su concepción. 38
En Kyshtym, cerca de la planta de producción
de plutonio de Chelyabinsk, en la antigua Unión Soviética, se produjo en
1957 un grave accidente debido a la explosión de un tanque de desperdicios
nucleares de alto nivel radiactivo, la que liberó 20 000 000 de curies de
radiación, entre ellos 1 000 000 de estroncio-90, identificado íntimamente
con la producción de leucemia y de cáncer óseo. Unas sesenta mil personas
fueron evacuadas del área y 625 millas cuadradas de terrenos aledaños
quedaron severamente contaminadas, e incluso completamente inhabitables
hasta nuestros días. Sin embargo, este accidente no fue dado a conocer
públicamente por las autoridades soviéticas hasta treinta y dos años
después, cuando también se supo que se había producido por la manera
irresponsable en la que se efectuaba la conducción del agua contaminada,
vertida directamente al río Techa, así como al almacenamiento de
desperdicios nucleares en lagunas abiertas en vez de hacerlo en tanques
sellados.
Otro hecho nefasto relacionado con la
producción nuclear fue el ocurrido en la reserva nuclear de Hanford en los
Estados Unidos, considerado como uno de los sitios más radiactivamente
contaminados del mundo. En este lugar se liberaron, entre 1944 y 1957, más
de 475 000 curies de yodo-131 radiactivo, equivalente a lo liberado durante
el accidente de Chernobyl, que incrementó los riesgos de hipotiroidismo y de
neoplasias de la glándula tiroides. Pero lo más avieso de este incidente fue
que los residentes de esta área no fueron notificados sobre esas emisiones
por «conceptos de seguridad nacional», por lo cual no pudieron tomar ninguna
precaución al respecto.
Estudios ulteriores realizados en residentes
del área de Hanford durante el período del accidente, demostraron que más de
20 000 niños pudieron estar expuestos al yodo-131, sobre todo mediante la
leche contaminada. Otras 14 000 personas pudieron recibir más de 33 rads
durante un período de tres años, muy por encima de los 5 rads anuales
aceptados como límite; y muchos bebés pudieron tener también una alta
exposición para sus tiroides. 39
Entre 1945 y 1993 se realizaron 2 020 pruebas
nucleares, sobre las que existen infinidad de investigaciones científicas
que ponen de manifiesto la responsabilidad criminal de sus gestores, entre
las que se destaca el estudio realizado en 1991 por la Internacional de
Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW-Premio Nobel de la
Paz), en el que se estimó que la radiación y los materiales radiactivos
resultantes de las pruebas atmosféricas producirían hasta el año 2 000 unas
430 000 muertes por cáncer, lo que se ha cumplido.
En el área de Kazakistán, un gran número de
personas han recibido dosis dañinas de radiación ionizante, unas mil
seiscientas veces las consideradas en los Estados Unidos como estándares de
la exposición pública a las radiaciones. También en las áreas de prueba de
Semipalatinsk y Novaya Zemblya, territorios de la ex Unión Soviética, las
pruebas nucleares subterráneas han contaminado extensos territorios
dispersos en más de cincuenta distintos lugares, con cantidades inmensas de
plutonio-239 que posee una vida media de 24 400 años. Las autoridades
locales de Novaya Zemblya admiten un incremento del cáncer entre la
población autóctona de Chukchi, particularmente del cáncer de hígado, diez
veces la tasa nacional, y la tasa de mortalidad por cáncer esofágico es allí
la más elevada del mundo. También se reporta el haberse duplicado en el área
los casos de leucemia y de cáncer de estómago. 40
Solamente entre 1946 y 1958, los Estados
Unidos detonaron 66 bombas termonucleares en los atolones de Bikini y de
Enewetak, en el Pacífico. Entre ellas resultó nefasta la Prueba «Bravo», de
15 megatoneladas, realizada en el atolón de Bikini en 1954, la que ocasionó
la precipitación radiactiva más severa hasta el día de hoy reconocida, que
afectó a 289 personas, incluidos habitantes locales, soldados
norteamericanos de servicio en la zona y pescadores japoneses. Las dosis
mayores fueron recibidas por 64 personas y 3 in utero en el atolón de
Rongelap, con 1,9 unidades Gray (1 Gray = 100 rads) en dos días previos a la
evacuación, las que produjeron en las gládulas tiroides de los afectados el
34,3% de nódulos cancerígenos, 5,4% de carcinomas, y 10,4% de hipofunción
tiroidea. 41
Entre los pobladores de las Islas Marshall,
los efectos tardíos más significativos, como consecuencia de la
precipitación radiactiva, estuvieron relacionados con lesiones de la
glándula tiroides; sin embargo, no fueron atribuidos a dicha precipitación
hasta 1963, y antes de 1953, la importancia que tenía la precipitación de
yodo radiactivo no fue apreciada sustancialmente.
Por su parte, el Reino Unido extendió su mano
nuclear hacia Australia, al realizar su mayor prueba con estas armas en 1952
en Maralinga, palabra aborígen que significa «campo de trueno». La segunda
la llevó a cabo en 1956, complicada con una ráfaga de viento que provocó una
amplia precipitación sobre el lugar del ensayo. Posteriormente, una comisión
del gobierno australiano realizó una encuesta entre los aborígenes de esta
área que arrojó la presencia en ellos de treinta casos de cáncer, que
incluía dos de tiroides y dos leucemias, y se señalaba también en la
encuesta el distress y las muertes que ocasionó el cruento traslado
de los aborígenes desde sus tierras tradicionales hasta la misión de Yalata,
donde fueron reubicados. En la actualidad, el mayor problema residual en el
área lo constituye el plutonio, con más de 25 000 fragmentos ampliamente
esparcidos por ella.
El gobierno de Francia comenzó su programa de
pruebas nucleares en el Pacífico en 1963. Realizó cuarenta y un ensayos
atmosféricos entre 1966 y 1974, de ellos treinta y nueve en el atolón de
Moruroa, y un año después comenzó con las pruebas subterráneas. 42
Aunque oficialmente se ha declarado que los
niveles de radiactividad en Moruroa y en las aguas de la Polinesia francesa
son bajos, y que la incidencia de cáncer allí es inferior a la de otros
países, dichas declaraciones han sido seriamente cuestionadas y, por el
contrario, se asegura que en el atolón existe una gran polución radiológica
que incluye la de plutonio. También se asevera que el número de casos de
cáncer reportados no está completo, porque las estadísticas no contemplan
más que los datos suministrados por dos hospitales: uno gubernamental y otro
privado.
Otra seria consecuencia para la salud en el
Pacífico es la enfermedad conocida por «ciguatera» (ictiosarcotoxismo o
envenenamiento de los alimentos marinos), y se establece un vínculo entre
esta, relacionada con la radiación no ionizante y con las explosiones
nucleares. Pero su importancia no estriba solamente en el elevado nivel de
morbilidad que alcanzó en un año en la isla Gambier, donde se produjeron 20
700 casos en una población de 100 000 habitantes, ni tampoco en su
mortalidad ocasional, sino por su repercusión en la alimentación de la
población del área, cuya proteína esencial la ingieren del pescado, así como
sus graves consecuencias en el desarrollo de la industria pesquera local. 43
Desafortunadamente, las potencias nucleares
hacen caso omiso a las criminales consecuencias de su actividad con estas
armas y a las formas de mitigarlas aunque sea en proporciones mínimas. Baste
un ejemplo: los gastos totales de los Estados Unidos en armamentos nucleares
y en todas las actividades inherentes a ellas durante el año 1995 fueron de
33 157 millones de dólares, de los cuales solo 13 millones (el 0,03%),
fueron dirigidos al pago por compensación de las víctimas que ocasionó la
exposición de estas a la radiación ionizante. 44
Si para documentar la cadena histórica de
iniquidades y de una suprema falta de principios éticos relacionados con el
desarrollo de la carrera armamentista nuclear no bastase con los ejemplos
anteriores, resulta increíble conocer hasta dónde ha llegado la distorsión
de la mente humana al convertir directamente al hombre en un objeto de
experimentación con dichas armas.
Muchas son las evidencias al respecto. Entre
los años 1945 y 1957, se utilizaron enfermos sin beneficios médicos a
quienes se les inyectó con fines experimentales plutonio, uranio y polonio
en las universidades de Rochester, California y Chicago, en el Hospital
General de Massachusetts y en el Laboratorio Nacional de Oak Ridge. En la
década del cuarenta y el cincuenta se practicaron investigaciones con hierro
y calcio radiactivos en niños hospitalizados en la Escuela Fernald y
estudios con hierro radiactivo en mujeres embarazadas en la Universidad de
Vanderbilt. En la década del sesenta y el setenta se practicaron
experimentos en poblaciones vulnerables, como la irradiación testicular a
131 presidiarios en Oregón y Washington y la diseminación de gases
radiactivos en Hanford, en el año 1949, con el fin de probar equipos de
detección. 45
El costo de la carrera armamentista nuclear
Resulta tragicómico saber que el mayor
peligro potencial que tiene la humanidad para su total aniquilamiento, las
armas nucleares, sea el centro de gastos tan demenciales como los que
publicó The Bulletin of Atomic Scientists en su número de
noviembre-diciembre de 1995, correspondientes exclusivamente a los Estados
Unidos. 46
En ese artículo aparecen los costos de las
armas nucleares de ese país en el período de 1940 a 1995, con un gran total
de 3,9 billones de dólares, desglosados en las actividades siguientes:
•
construcción de las armas nucleares, 378 000 millones;
• lanzamiento y
transportación de las armas nucleares, 2 billones;
• mando, control
y defensa contra las armas nucleares, 1,1 billones;
• retirada y
desmantelamiento de las armas nucleares, 15 000 millones;
• remediar las
consecuencias de las armas nucleares, 385 000 millones, y
• manejo
administrativo de las armas nucleares, 25 000 millones.
Frente a esta impactante realidad, el
profesor Bernard Lown, eminente cardiólogo y fundador de la Internacional de
Médicos para la Prevención de la Guerra Nuclear (IPPNW-Premio Nobel de la
Paz), se refería en una ocasión al «síndrome de una sola superpotencia» que
padecía por desgracia su propio país, el que una vez desaparecido el campo
socialista europeo había quedado «como la más poderosa fuerza militar, la
que está aumentando al asumir el papel de gendarme global». Por otra parte,
añadía que, bochornosamente, esa misma poderosa nación, «dedica solamente
0,1% de su PIB a la ayuda externa, mucho menos que cualquier otro país
industrializado, y muy por debajo del 0,7% del PIB que recomiendan las
Naciones Unidas». 47
Bibliografía
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Atomic Scientists [Chicago], vol. 53, no. 2, 1997.
Burroughs, J.; J. Cabasso. «End Run Around the NPT.»
The Bulletin of Atomic Scientists [Chicago], vol. 51, no. 5, 1995.
Commission on Global Governance. Our Global
Neighborhood. The Report of the CGG. Oxford, Oxford University Press,
1995.
Del Tredici, R. At Work in the Fields of the Bomb.
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IPPNW. Abolition 2000. Boston, International
Physicians For The Prevention Of Nuclear War, 1995.
Leger Sivard, R. World Military and Social Expenditures.
Washington, D.C., 1991.
MacArthur, J.R. Second Front: Censorship and Propaganda
in the Gulf War. Nueva York, Hill and Wang, 1992.
Pazos, C. «Discurso de apertura de la VIII Reunión
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Schweitzer, A. On Nuclear War and Peace. Chicago,
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Notas
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