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Parte 5 / 9
III Interpretación de las experiencias
Es prácticamente indiscutible que el
desempeño del decenio de 1990 no sólo ha sido, en casi todas sus
dimensiones, muy inferior al prometido, sino que ha sido desastroso, desde
casi cualquier punto de vista.17
Sin embargo, el problema de juzgar las
políticas del Consenso de Washington radica en parte en el conocido dilema
del escenario contrafáctico. ¿Qué hubiera pasado de no haber sido por
las reformas del Consenso de Washington? ¿El crecimiento hubiera sido aún
más decepcionante?
La controversia sobre la interpretación de la
historia de América Latina gira en torno a tres preguntas centrales: ¿cómo
se explica la década perdida de 1980, esa caída aparentemente rápida después
de un crecimiento vigoroso?; ¿cómo se explica el auge de principios del
decenio de 1990?; y ¿cómo se explica la caída igualmente repentina a fines
de él, al cabo de un período tan corto? Nos encontramos en medio de un gran
drama teatral: ¿resurgirá en el próximo acto un crecimiento vigoroso?,
¿veremos desatarse nuevas crisis?, ¿o en el próximo acto veremos más de lo
mismo: estancamiento y poco crecimiento? El problema estriba en que es poco
probable que el próximo acto se ajuste al libreto original. La mayoría de
los países están tan preocupados por la forma en que se ha desarrollado la
obra, que es probable que decidan cambiar el libreto. Por lo tanto, e
independientemente de lo que suceda, entraremos en otra ronda de
controversias difíciles de resolver: si las economías se recuperan, ¿será
gracias a los cambios, o a pesar de ellos?
Para poder interpretar las experiencias,
tenemos que analizar lo que ocurrió desde una perspectiva tanto
microeconómica como macroeconómica. En la próxima sección trataré de
demostrar en mayor detalle que es posible detectar un nexo causal
entre determinadas políticas del Consenso
de Washington y los fracasos. En esta sección haré un análisis más general.
1. La interpretación de la década perdida
Por débil que haya sido, el crecimiento del decenio de 1990
fue, en cifras totales, superior al de la década perdida de 1980, en la que
la deuda pendiente aplastó a las economías de la región. Ese período de
estancamiento terminó, pero yo me atrevería a sugerir que el fin de la
década perdida estuvo más relacionado con la solución del problema de la
deuda pendiente que con las estrategias de reforma, del mismo modo que el
estancamiento de la región comenzó a raíz del peso agobiante de la deuda. Si
analizamos el decenio de 1990 desde esa perspectiva, nuestra visión del
crecimiento limitado en dicho decenio será aún más negativa.Y ello debido a
que no es extraño que, cuando una economía atraviesa un período de recesión
o estancamiento, haya un período de "puesta al día", en el cual se
aprovechan oportunidades perdidas y se hacen inversiones para incorporar
adelantos tecnológicos. Esta interpretación parece particularmente plausible
cuando se observa que el crecimiento más vigoroso ocurrió efectivamente en
la primera mitad de la década. Por lo tanto, según esta perspectiva,
deberíamos examinar conjuntamente los decenios de 1980 y 1990, en cuyo caso
el crecimiento registrado en el marco de la reforma es aún peor, ya que no
alcanza a la mitad de lo que fue en las décadas anteriores a la reforma y,
en términos per cápita, es apenas positivo (cuadro 8).
CUADRO 8
A. Visión de la reforma como un período de recuperación
de las consecuencias de políticas insostenibles
(Tasa media de crecimiento anual)
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PIB |
PIB per cápita |
|
1961-1980 |
5,59% |
1,96% |
|
1981-2001 |
2,15% |
0,34% |
B. Visión de la década perdida como parte de una estrategia
fallida de sustitución de las importaciones
(Tasa media de crecimiento anual)
| |
PIB |
PIB per cápita |
|
1961-1990 |
4,10% |
1,69% |
|
1991-2001 |
3,05% |
1,39% |
Fuente: Cálculos basados en datos de Indicadores de
desarrollo mundial (Banco Mundial, varios años).
Cabe reconocer, para ser justos, que existe otra
interpretación según la cual lo sucedido en la década de 1980 fue la
consecuencia inevitable de las políticas fallidas de las décadas anteriores,
en cuyo caso el estancamiento de esa década debería atribuirse más
precisamente a ese período anterior. Sin embargo, aun en ese caso, el
crecimiento anterior a la reforma parece más vigoroso que el ocurrido en el
marco de la reforma.
Hay varias razones que me llevan a inclinarme decididamente
a favor de la primera interpretación. En primer lugar, era de esperar que
una perturbación macroeconómica de la magnitud que tuvo el aumento de las
tasas de interés aplicables a estos países tan endeudados fuera suficiente
para precipitar por sí sola una crisis —aunque la "microeconomía" funcionara
perfectamente — y que esa crisis provocara a su vez una caída en picada del
crecimiento del PIB. En segundo lugar, y relacionado con lo anterior, las
dificultades macroeconómicas no suelen generar crisis, sino que se limitan a
reducir los niveles de ingresos. Se podría aducir, por supuesto, que los
préstamos se contrajeron para enjugar déficit presupuestarios originados por
empresas estatales ineficientes; sin embargo, la mayoría de los observadores
parece opinar que el aumento de la deuda externa se debió principalmente a
fuerzas macroeconómicas (el reciclaje de los petrodólares). Hagamos el
siguiente ejercicio mental: ¿qué habría sucedido si las empresas hubieran
sido plenamente eficientes, pero, al observar el alto rendimiento (esperado)
de sus actividades de inversión —alto, por lo menos, en relación con las
tasas de interés que se estaban cobrando—, hubieran contraído empréstitos
para financiar inversiones, de modo que la diferencia entre el ahorro
interno y la inversión hubiera sido idéntica a la observada? Es casi seguro
que los países habrían entrado en crisis cuando los Estados Unidos subieron
sus tasas de interés a niveles sin precedentes. En síntesis, la crisis se
habría producido igual, con independencia de que el endeudamiento externo se
debiera a la contracción del ahorro o al aumento de la inversión, y de la
mayor o menor eficiencia de las empresas estatales. En ese sentido, no se
podría haber culpado únicamente a la ineficiencia de esas empresas.18
Hay un ejercicio mental que discurre en sentido contrario al
anterior, y que puede plantearse en los siguientes términos: supongamos que
los Estados Unidos no hubieran subido las tasas de interés. ¿El
endeudamiento excesivo de las empresas estatales ineficientes habría
provocado a la larga el colapso del sistema, aunque los Estados Unidos no
hubieran aumentado las tasas de interés? Si ése fuera el caso, se podría
aducir que el aumento de las tasas de interés sólo influyó en el aspecto
cronológico de la crisis, no en el hecho de que ocurriera o no. Sin embargo,
si se acepta esta interpretación, es preciso creer que los gobiernos no
vieron lo que se les venía encima. De acuerdo con esta interpretación, los
problemas de los países habrían ido agravándose lentamente, de manera que
los gobiernos habrían podido tomar medidas antes de que la crisis llegara a
su desenlace.19
Uno de los motivos por los cuales es tan difícil interpretar
el decenio de 1980 es la dificultad que existe para analizar la década de
1970. En esta última se registró un crecimiento relativamente intenso, en
parte propiciado por enormes corrientes de capital que, según algunos, no
eran sostenibles, pero que, en todo caso, a partir del fuerte aumento de las
tasas de interés en los Estados Unidos, no se mantuvieron. Asimismo, fue
sacudida por fluctuaciones demasiado profundas de los precios del petróleo,
que frenaron el crecimiento en gran parte del resto del mundo. Por lo tanto,
si bien la productividad total de los factores en América Latina (como se
mide tradicionalmente) fue aparentemente baja en la década de 197020, dicha
década fue testigo de importantes descensos en el crecimiento de la
productividad total de los factores en todo el mundo, aun sin corrupción y
sin la ineficiencia asociada a las empresas estatales.21
2. Interpretación de la desaceleración de fines del decenio
de 1990
El crecimiento de principios de ese decenio no se mantuvo.
Los críticos pueden afirmar con acierto que no era sostenible. Los primeros
años de la década se caracterizaron por la entrada de enormes corrientes de
capital. En cierto sentido, los países gastaban más de lo que ganaban. Esto
podría no haber tenido mayores consecuencias si las corrientes de capital se
hubieran destinado a inversiones a largo plazo de tipo totalmente nuevo que
ampliaran la capacidad de producción de la economía, con un rendimiento
superior a las tasas de interés que debían pagar los países, y si una parte
tan importante de las corrientes de capital no hubiera sido de corto
plazo.22
De hecho, en un determinado momento, el FMI, sin prestar
mucha atención a los riesgos que entrañaban las corrientes de capital de
corto plazo, parecía creer que, en la medida en que el endeudamiento externo
no fuera generado por el desorden fiscal en el sector público (gasto público
superior a los ingresos del Estado), los déficit de la cuenta corriente
serían sostenibles. Incluso en el caso de que la deuda se hubiera contraído
para financiar el consumo de los hogares, los prestadores no habrían
otorgado los préstamos si los hogares no hubieran tenido capacidad de pago.
Los préstamos internacionales cumplieron una función importante al
contribuir a moderar el consumo en el correr del tiempo.23 Sin embargo, las
corrientes de capital son en realidad sumamente volátiles: someten a los
mercados de capital a excesos de optimismo y pesimismo irracionales. Además,
en el caso de los países en desarrollo, generalmente los grandes déficit de
la cuenta corriente, sea cual sea su origen, no son sostenibles, y los
ajustes que es preciso hacer para eliminarlos —modificaciones drásticas de
los tipos de cambio o disminuciones importantes del ingreso, o ambas cosas a
la vez— reducen las importaciones. En muchos países de América Latina han
sucedido ambas cosas.24 Cuando entran grandes corrientes
de capital de corto plazo, los cambios de actitud pueden
reflejarse rápidamente en una negativa a renovar préstamos o en un retiro de
capital de cartera. (En el caso de una liberalización total del mercado de
capital, aunque no haya grandes corrientes de capital de corto plazo, puede
haber una fuga de capitales de inversionistas nacionales).
Sin embargo, la entrada de capitales no impulsó un
resurgimiento de la inversión real. Según ciertos cálculos, gran parte de
ese capital se utilizó simplemente para financiar un aumento del consumo.25 La
entrada de capitales fue en parte resultado de la privatización, de la venta
de los bienes de los países a extranjeros.26
3. Los efectos de una contabilidad inadecuada: la proyección
de una falsa imagen de éxito en los primeros años de la reforma
Las prácticas contables contribuyeron a dar una falsa
impresión de éxito. Los países debían haber centrado la atención en el
ingreso nacional neto, pensando en las posibilidades de bienestar futuro
de los ciudadanos y tomando en cuenta la depreciación de los recursos
físicos del país y el agotamiento de sus recursos naturales, la degradación
del medio ambiente, la venta de los activos nacionales en el exterior y el
agravamiento de la sensación de inseguridad y vulnerabilidad económicas.
Hay una serie de pasos que deben darse para pasar del PIB al
ingreso nacional neto: si no perdemos de vista la diferencia entre las dos
medidas, podemos entender mejor por qué el PIB dio una falsa impresión de
éxito en el período inicial de la reforma.
En primer lugar, existen varias diferencias entre el
producto interno bruto y el producto interno neto. Toda
empresa sabe que debe tomar en cuenta la depreciación de su capital. Sin
embargo, si un país vende sus bosques de madera dura, podrá contabilizar lo
que reciba a cambio como "ingresos", pero habrá reducido el patrimonio del
país.27 Un método de contabilidad correcto habría diferenciado entre la venta
de un activo y lo que es realmente ingreso. Por lo tanto, el producto
nacional o interno neto habría deducido esa pérdida del valor del
bosque.
De manera similar, el producto interno bruto y el producto
interno neto se basan en los bienes que se producen en el país, y no en el
bienestar de sus ciudadanos. Es una medida útil del nivel de actividad
económica dentro de un país, pero no lo es del grado de bienestar de las
personas que viven en él. Lo importante para los ciudadanos de un país es el
ingreso nacional neto. Si un país vende sus activos en el extranjero, y como
resultado de la venta se lanza a consumir en forma desenfrenada, sus
ciudadanos se volverán más pobres. Sus perspectivas futuras habrán
empeorado. Por consiguiente, la venta de empresas estatales a extranjeros en
el marco de las privatizaciones debe contabilizarse como una disminución del
patrimonio de los ciudadanos, que debe deducirse del ingreso nacional neto;
si la entrada de fondos generada por las privatizaciones se destina a
realizar inversiones de tipo totalmente nuevo, la pérdida registrada en una
cuenta se compensa con la ganancia contabilizada en la otra. En cambio, si
esto no sucede —y por lo menos hasta cierto punto no sucedió—, significa que
el país se ha empobrecido. Por ende, una contabilidad correcta habría
mostrado un panorama menos halagüeño en los primeros años de la década de
1990.
Más allá de las privatizaciones realizadas medianten la
venta a extranjeros, gran parte del capital que entró era de corto plazo, es
decir, el tipo de dinero que puede entrar y salir de un día para otro, y no
la clase de dinero con la cual se podrían construir fábricas y crear
empleos. Una contabilidad apropiada habría tomado en cuenta este pasivo,
compensado por la inversión que milagrosamente hubiera podido generar.
También en este caso, al aumentar el pasivo sin un aumento correspondiente
de los activos productivos, el país se empobrece. Una buena
contabilidad lo habría reflejado.
Es indudable que, aun si las entradas de capital de corto
plazo no contribuyeron a aumentar el patrimonio, tuvieron un efecto
positivo de corto plazo sobre la demanda agregada (que, dependiendo de las
circunstancias del país, puede haber sido amortiguado por políticas
monetarias y fiscales restrictivas). En la medida en que existían recursos
subutilizados, el aumento de la demanda agregada estimuló el crecimiento.
Debido a que el producto aumentaba más rápidamente que los insumos,
parecía que la "reforma" había puesto en marcha una nueva era de incrementos de la
productividad. Sin embargo, y en su mayor parte, los aumentos registrados en
la productividad fueron simplemente los aumentos normales que se observan
cuando una economía se recupera de una recesión, y América Latina, a principios del decenio de 1990, se estaba
recuperando de un período de diez años de desaceleración de la actividad
económica.
Un buen sistema contable hubiera ido incluso más allá.
Habría advertido que el capital de corto plazo es muy volátil; que cuando el
país, por las vicisitudes del mercado, decide retirarse de éste o exigir una
tasa de interés más alta, puede caer en una crisis y verse obligado a pedir
un préstamo al FMI o a recortar gastos en formas que reducen los ingresos
futuros. Un buen sistema de contabilidad habría exigido que se guardaran
reservas —una cifra que se descontaría del ingreso nacional neto— en
previsión de ese costo futuro. Si una compañía de seguros emprende una
actividad riesgosa —como la de vender seguros— debe guardar dinero, mantener
un fondo de reserva, para reflejar el costo previsto de esa actividad.28
El capital de corto plazo planteaba otro problema: la tasa
de interés que devengaba era variable. Las tasas de interés que podían
exigir los prestamistas podían elevarse en forma drástica, aunque los países
no hicieran nada indebido. Ésta, como ya hemos argumentado,
fue la causa principal de la crisis de principios del
decenio de 1980: la Reserva Federal de los Estados Unidos aumentó
enormemente y en forma repentina las tasas de interés. Los niveles de la
deuda, hasta ese momento sostenibles, se volvieron súbitamente
insostenibles. A fines de la década de 1990, no sólo se acentuó la
percepción de los mercados con respecto a la deuda de los mercados
emergentes (causada, en parte, por la crisis financiera mundial), sino
también la "aversión al riesgo" del mercado. Como consecuencia, la prima de
riesgo que exigían los inversionistas aumentó fuertemente, compensando con
creces las tasas de interés algo menores de los Estados Unidos y Europa.
Nuevamente, los niveles de deuda que podrían haber sido sostenibles se
volvieron repentinamente insostenibles.29
Por lo tanto, el sistema contable —que centraba la atención
en el PIB— no dio una visión exacta de lo que estaba sucediendo. Si bien las
cifras citadas, el producto interno bruto, sugerían que el desempeño de las
economías latinoamericanas a principios de la década de 1990 era realmente
admirable, un mejor sistema contable habría presentado un panorama mucho más
sombrío.
4. Si tan sólo no hubiera ocurrido la crisis financiera
mundial...
Los defensores de la reforma dicen: si no hubiera
ocurrido la crisis financiera mundial, el crecimiento se habría mantenido.
Pero esta afirmación es errónea en dos aspectos. En gran medida, la
crisis financiera mundial fue en sí misma un producto del movimiento mundial
de reforma, incluida la liberalización del mercado de capitales. ¿Qué cambió
en Asia oriental, la región del mundo que durante tres décadas no sólo tuvo
el crecimiento más rápido sino también la mayor estabilidad, en la que dos
de los países que entraron en crisis tuvieron solamente un año de coyuntura
desfavorable, y otros dos no experimentaron ni siquiera un año de
contracción, lo cual mostraba un desempeño más positivo que el de cualquiera
de los países de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos
(OCDE)? El factor preponderante, diría yo, no fue el aumento de la
corrupción y la falta de transparencia, como nos podría haber hecho creer el
FMI. Por el contrario, al menos en varios de los países afectados, la
corrupción estaba disminuyendo y la transparencia iba en aumento.30 El
problema radicaba más bien en la liberalización prematura y excesivamente
rápida de los mercados financieros y de capital, y la falta de marcos regulatorios adecuados.31 En lugar de preguntar cuál era el marco regulatorio
apropiado, se centró la atención únicamente en la desregulación, con
consecuencias desastrosas.
En América Latina las reformas han contribuido en gran
medida a resolver algunos de los problemas del pasado. Se han atenuado los
déficit fiscales, aunque no se les ha eliminado, y se han hecho grandes
progresos en cuanto a reducir la inflación. Los defensores de las reformas
adujeron que los datos de principios del decenio de 1990 confirmaban que
habían sido un acierto. Retrospectivamente, vemos lo engañosas que fueron
esas conclusiones. Parte de ese éxito aparente se debió a la expansión de la
demanda agregada, gracias a que finalmente se había encarado el problema de
la deuda pendiente, al aumento repentino de las entradas de capital, y al
incremento de las exportaciones como resultado de una vigorosa coyuntura
económica en los Estados Unidos durante los llamados "formidables años
noventa". Este crecimiento de la demanda agregada determinó que se
utilizaran recursos que habían permanecido ociosos durante mucho tiempo. Fue
más bien una expansión convencional del lado de la
demanda, y no un crecimiento del lado de la oferta como recalcaban los
reformistas. Hubo algunos elementos importantes del lado de la oferta, pero
eran muy diferentes a los que señalaban los defensores de la reforma. Parte
de ese éxito aparente fue la consecuencia natural del proceso de
puesta al día posterior a la década perdida de 1980. Otra parte fue
resultado del crecimiento no sostenido, o insostenible, del capital
extranjero.
En algunos de esos mismos "éxitos" estaba la simiente de los
problemas de fines del decenio de 1990 y los primeros años del nuevo
milenio.32 Las reformas habían expuesto a los países de América Latina a
nuevas fuentes de riesgo. Los sistemas contables no solamente no habían
tenido en cuenta esos riesgos, sino que además, en muchos otros aspectos,
habían proporcionado mediciones que exageraban el éxito alcanzado.
Notas
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