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 El CONFLICTO TAMBIÉN SE DEFINE EN LAS RELACIONES EXTERIORES

Prevención y resolución de conflictos

Por Carlos Alberto Chica

Parte 2 /

LA SOLUCIÓN DEL CONFLICTO DEPENDE MÁS Y MÁS DE WASHINGTON: UN DIÁLOGO DESIGUAL

La "internacionalización" del conflicto colombiano es poco más que un eufemismo para decir que su evolución depende más y más de Washington. En un mundo decididamente unipolar, este hecho no debe sorprender a nadie. Para bien o para mal, el hecho implica que la contribución de nuestra diplomacia para resolver el conflicto depende de si es o no capaz de modular la respuesta estadounidense a los más altos intereses de Colombia.

La agenda de Estados Unidos en Colombia es compleja, pero incluye cuatro prioridades que inciden más directamente sobre el conflicto armado:

  • Droga: nos pone en medio de la tenaza.
  • Terrorismo: es la obsesión del presidente George Bush, aunque la variedad que padece Colombia no amenaza de frente a Estados Unidos.
  • El petróleo: es un interés estratégico que, sobre todo, incide en nuestras zonas productoras.
  • Los derechos humanos: son una restricción ética y política que piden muchos votantes norteamericanos

Colombia, sin duda, tiene un interés genuino en acabar con el tráfico de drogas, en desterrar el terrorismo, en exportar su petróleo y en que la Fuerza Pública respete los derechos humanos. La tensión, entonces, no está en los fines sino en el peso que se de a cada uno; más aún, a su peso respecto de otros objetivos propios de Colombia, así como en los efectos laterales de los medios que se empleen para alcanzar esos fines. Y es aquí donde caben las reservas sobre la ayuda militar y judicial (capítulo 7) o la estrategia de lucha contra la droga (capítulo 13) .

LA RELACIÓN CON ESTADOS UNIDOS: ENTRE QUEJAS, OFRECIMIENTOS Y ADAPTACIONES

Las respuestas de los gobiernos colombianos a las iniciativas de Washington ha sido una mezcla de quejas, ofrecimientos y adaptaciones más bien marginales:

  • Quejas. Las más frecuentes son la reticencia de Estados Unidos a aceptar su parte de "corresponsabilidad" en la industria de la droga, la insuficiencia de la ayuda, y las "condiciones" que la acompañan ("certificaciones" sobre derechos humanos y otros asuntos).
  • Ofrecimientos. En cierta forma, Colombia quiere curarse en salud y, en algún grado, va más allá de lo que en realidad le piden. En materia de droga  sería la fumigación indiscriminada con la cual se quiere acabar en pocos meses con todos los sembrados.
  • Adaptaciones. Han consistido en lograr que parte de los fondos del Plan Colombia y de la Iniciativa Regional Andina sean destinados al desarrollo social; en lograr que la ayuda militar contra la droga pueda usarse también para la lucha contra la guerrilla y el paramilitarismo, y en sucesivos 'waivers' (perdones) por incumplir alguna "condicionalidad".

En el balance, sin embargo, las cuatro prioridades de Estados Unidos determinan mucho más su ayuda y su injerencia de lo que influyen las opiniones o intererses de su contraparte. La cooperación bilateral, sin duda, está narcocentrada, por no decir narcotizada. Y los gobiernos de Colombia, haciendo de la necesidad una virtud, en general optan por hacer suya la agenda que Washington auspicie.

EUROPA PUDIERA HACER CONTRAPESO A LAS ORIENTACIONES NORTEAMERICANAS

Las relaciones colombo-europeas son más que todo comerciales y varían con el país pero, en general, puede decirse que los Estados europeos promueven  la opción no militar para Colombia. Sus representantes en Bogotá velan por los derechos humanos, suministran ayuda humanitaria, prestan buenos oficios para aproximar a las partes en conflicto y consultan sus programas de cooperación con la sociedad civil colombiana. .

En un mundo unipolar, sin embargo, y separada por la inmensidad del Atlántico, Europa tiene harto menos interés y menos influencia que Estados Unidos en Colombia. Por eso se abstiene de adoptar iniciativas ambiciosas que, en el marco de la Unión Europea, pudieran hacer contrapeso a las orientaciones norteamericanas, ampliar sustancialmente el campo humanitario, llevar las partes a una mesa de negociación o acelerar a fondo el desarrollo humano.

LA DIPLOMACIA COLOMBIANA NO APROVECHA PLENAMENTE LOS FOROS Y ORGANISMOS INTERNACIONALES

Absorta en su relación privilegiada con el país del norte, la diplomacia colombiana no aprovecha plenamente los foros y organismos internacionales, donde tendría más espacio de maniobra y las demás ventajas del multilateralismo. Aunque no siempre vota con Washington en cuestiones sensitivas -incluyendo la droga y el terrorismo-, Bogotá adhiere a la opinión de Estados Unidos. Y en lo que hace al conflicto armado como tal, Colombia se obstinó primero en sostener que era un asunto interno no susceptible de ser sometido a esos foros, y luego, empezó a pedir declaraciones de apoyo a su zigzagueante "política de paz"

ES UNA DIPLOMACIA INCONSISTENTE ENTRE LA GUERRA Y LA PAZ

En mitad de una crisis tan severa, Colombia sigue siendo un país "modelo" en la observancia de sus compromisos internacionales. A una curtida tradición de respeto a los tratados y de zanjar sus diferendos por la vía del derecho, se han agregado ahora los costos y sacrificios -enormes, a no dudar- de veinte años de guerra contra la droga. En pérdidas de vidas, en daños materiales y en distorsión de las prioridades de gobierno, la comunidad internacional sale a deberle muchísimo a Colombia.

Sin embargo, y por causa, más que todo, de aquella distorsión-, la diplomacia colombiana es bastante inconsistente en el manejo del conflicto armado. En efecto, si se la juzga a la luz de la estrategia integral que habría de aplicarse a resolverlo, la gestión internacional de la Cancillería muestra varias faltas de equilibrio.

  • La separación, casi divorcio, entre el manejo de la guerra y el manejo de la paz. El Ministerio de Defensa y la Fiscalía inspiran a la Cancillería en cuanto a la guerra; la oficina del Comisionado inspira las gestiones de paz. Sobre todo: la guerra se concierta con Estados Unidos y la paz se conversa con Europa.
  • La mayor disposición a aceptar ayuda para la guerra que para la paz. Desde los tiempos de La Violencia y la Guerra Fría hasta tiempos del Plan Colombia y el terrorismo, los gobiernos han estado dispuestos y aun ansiosos de recibir apoyo militar. En cambio, siempre fuimos remisos a aceptar la cooperación internacional en los temas de paz, como lo explicó el ex canciller Augusto Ramírez Ocampo en un recuadro escrito especialmente para el Informe.
  • La inestabilidad en el rumbo de la política, que salta de una "diplomacia de paz" a una "diplomacia de guerra" al compás de los cambios en el clima de opinión interna. Así, unas veces Colombia pide apoyo para usar la fuerza y otras veces lo pide para dialogar. Bajo el gobierno Pastrana, concretamente, el mensaje a Washington, a Bruselas, a la ONU, a la OEA y a los "países amigos" de Europa y América Latina era el de abrirles espacio a los diálogos de paz; bajo el gobierno Uribe, en cambio, predomina el llamado a cerrarle el espacio a la guerrilla en todas partes del mundo. Ambas actitudes son comprensibles y ambas han producido cierto fruto. Pero a la primera es fácil comprobarle su falta de eficacia (falló el proceso de paz). Y a la segunda cabe preguntarle si el costo no es mayor que el beneficio: las condenas puramente formales de otros Estados a la guerrilla no tienen consecuencias prácticas ni en realidad desacreditan a una insurgencia ya desacreditada ante el mundo. En cambio, una condena formal impedirá que el Estado u organismo en cuestión sea aceptado como árbitro en el evento de otra negociación.
  • Las expectativas o solicitudes incongruentes que a veces se plantean a países amigos o a organismos multilaterales. Ha sido el caso de la extradición hacia Estados Unidos, que en veinte años, se ha aplicado o dejado de aplicar sin que cambien los tratados con ese país. El pedir financiación a Europa para el Plan Colombia, dificultó en extremo el manejo de la Mesa de Aportantes y desvirtuó la importancia de los planes de ayuda humanitaria y el apoyo a los cultivos alternativos y a los proyectos sociales. El caso más reciente: esperar que la ONU envíe "cascos azules a la colombiana", vigile sin excederse los derechos humanos, ejerza "buenos oficios" ante las FARC, condene el terrorismo, tramite el intercambio humanitario, emplace a la insurgencia y acompañe las negociaciones con las AUC.

SIN MIRADA GRANDE Y DE LARGO PLAZO

Como sostiene el Informe Nacional de Desarrollo Humano 2003, es necesario que también desde la diplomacia el conflicto armado sea abordado con políticas de Estado, no de gobierno. En la política exterior, por excelencia, deben prevalecer la mirada grande y el largo plazo. Infortunadamente no siempre ha sido así, sino que cada gobierno ha ido adoptando su propia estrategia de supervivencia en la arena internacional, con giros y contramarchas regulares, y también con manejos individuales y cerrados que oscilan entre una diplomacia por la paz negociada, la pacificación forzada y la neutralización de las fuerzas externas, según ha dicho Juan Gabriel Tokatlián.

La política internacional del Estado debe, por supuesto, concordar con la política de Estado en materia de paz. A esos efectos, un futuro Acuerdo Nacional (capítulo 17) tendría que extenderse a los asuntos externos más estrechamente asociados con el conflicto armado y la obtención de la paz. Aunque ese acuerdo no incluyera a los actores armados, daría rumbo y continuidad a la política exterior de los sucesivos gobiernos, precisaría los puntos de máximo consenso y prevería un mecanismo de actualización periódica.

Desde el ángulo específico del conflicto, los acuerdos deseables se extenderían a cinco materias: narcotráfico, financiación y aprovisionamiento de los actores armados, humanización de las hostilidades, negociaciones de paz y seguridad regional. Con una perspectiva integral, la diplomacia colombiana replantearía el díalogo con la comunidad internacional para obtener su concurso generoso -y sin embargo, moralmente obligatorio- en el esfuerzo de construir la paz.


Notas


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