En las últimas dos décadas la microfinanciación ha sido
considerada un importante instrumento para luchar contra la pobreza, ya que
al facilitar el acceso de los hogares pobres a servicios financieros
formales puede contribuir a mejorar sus condiciones de vida y promover el
desarrollo económico. Además, muchos consideran que es eficiente, dado que
algunas instituciones creadas por la conversión de organizaciones no
gubernamentales en microbancos (upscaling) han mostrado que es
posible dar servicio financiero a esos hogares y a la vez cubrir los costos,
e incluso, lograr una moderada rentabilidad. Sin embargo, en varios estudios
recientes se percibe cierto escepticismo frente a este enfoque, ya que las
instituciones de microfinanciación rentables son más bien excepcionales.
Para reproducir en mayor escala esos pocos excelentes resultados se precisan
innovaciones institucionales. Este artículo pretende hacer una primera
incursión en las potencialidades de dos alternativas relativamente nuevas:
la creación de departamentos de microfinanciación en bancos con fines de
lucro existentes (downscaling), o la fundación de bancos de nuevo
cuño.
I
Motivación: ¿pueden hacerse realidad las potencialidades
de las microfinanzas por la vía de crear instituciones adecuadas?
Cerca de mil millones de personas en todo el mundo
pertenecen a familias cuyo ingreso per cápita es inferior a un dólar diario.
Los encargados de formular políticas y los especialistas que han estado
intentando mejorar las condiciones de vida de esas personas enfrentan
obstáculos enormes... En medio de fracasos desalentadores, se están cifrando
muchas expectativas en un conjunto de instituciones financieras poco comunes
que están prosperando en lugares muy apartados del planeta, especialmente en
Bangladesh, Bolivia e Indonesia. Lo que se espera es mitigar una parte
importante de la pobreza y transformar profundamente las estructuras
económicas y sociales, proporcionando servicios financieros a los hogares de
bajos ingresos. Estas instituciones, unidas bajo el pabellón de las
microfinanzas, comparten la voluntad de prestar servicios a clientes
excluidos del sector bancario formal... (Morduch, 1999, p. 1569).
Difícilmente pueda ilustrarse de manera más vívida el
atisbo de esperanza despertado por las potencialidades de las microfinanzas
que en los párrafos arriba citados, con los cuales se inicia el artículo de
fondo de Morduch sobre este tema publicado en el Journal of Economic
Literature de diciembre de 1999. Ese trabajo bien merece ser considerado
como un hito en la bibliografía sobre la microfinanciación, por dos motivos:
-
En primer lugar, durante años tanto los especialistas en desarrollo
como los políticos habían prestado considerable atención al tema de las
microfinanzas. Sin embargo, hasta la aparición del artículo mencionado el
tema sólo había concitado el interés de un círculo bastante hermético de
científicos. El logro de Morduch fue presentarlo a una amplia gama de
estudiosos de la economía.
-
En segundo lugar, en ese estudio se señala claramente que, a pesar de
que durante más de dos décadas los donantes han dedicado y siguen
dedicando millones de dólares de ayuda a la creación de instituciones
microfinancieras, ‘...las enormes potencialidades de la microfinanciación
aún no son realidad y las afirmaciones más audaces en ese sentido no
resisten un análisis riguroso’ 1(Morduch, 1999, p. 1571).
¿De qué estamos hablando al referirnos a las
potencialidades de la microfinanciación? Hasta ahora, ¿qué esperanzas han
sido defraudadas? El concepto básico de la microfinanciación es
relativamente simple. Al desarrollar el mercado financiero por la vía de
abrir servicios financieros formales a los hogares de bajos ingresos y, lo
que es más importante, a los pequeños empresarios y los microempresarios, se
da a estas personas la posibilidad de ayudarse a sí mismas. Ellas pueden
superar la pobreza reduciendo las fluctuaciones de sus patrones de consumo y
obteniendo préstamos para inversiones que les permitan mejorar sus negocios
y, de esta manera, aumentar los ingresos de la familia, contribuir a la
creación de puestos de trabajo y fomentar tanto el desarrollo de un sector
de pequeñas empresas muy dinámico como el crecimiento económico en general.
Además, y éste parece ser el rasgo más atrayente de la microfinanciación,
dar acceso a los servicios financieros para combatir la pobreza promete ser
un procedimiento relativamente eficiente, es decir, eficaz en función de los
costos. Se cree que tras una etapa inicial de desarrollo institucional
subsidiado, las instituciones de microfinanciación pueden alcanzar la
sostenibilidad financiera.2 Quienes promueven las microfinanzas están
convencidos de que es posible organizar servicios financieros para los
pobres que cubran los costos, permitiendo que las instituciones que brindan
tales servicios sobrevivan en el mercado sin un apoyo financiero permanente
y que hasta logren una rentabilidad moderada. Si esto realmente se pudiera
hacer, la microfinanciación se convertiría en una solución en la que todos
saldrían ganando, ya que beneficiaría tanto a la clientela pobre como a los
propietarios de las instituciones microfinancieras. Sin necesidad del
combustible adicional representado por los subsidios permanentes, las
fuerzas comerciales del mercado financiero podrían continuar la lucha contra
la pobreza como un móvil perpetuo.
La evidencia examinada en el trabajo de Morduch genera
cierto escepticismo sobre la viabilidad real de la microfinanciación. En lo
que se refiere a sus efectos sobre la pobreza, existen muy pocos estudios
empíricos en los que realmente se analice si existen sesgos en los datos
relativos a los clientes de las instituciones microfinancieras.3 En
consecuencia, más allá de algunos estudios de casos ilustrativos, hay escasa
información empírica que demuestre que la microfinanciación ha tenido un
impacto positivo en las condiciones de vida de los clientes y la creación de
empleo. Asimismo, parece haber buenas razones para poner en duda que la
microfinanciación, al cabo de un período limitado de desarrollo
institucional subvencionado, pueda convertirse en un arma de costo cero para
combatir la pobreza. Si bien muchas de las instituciones dedicadas a esta
actividad pueden exhibir muy buenos resultados en la evaluación del riesgo
crediticio de microclientes que supuestamente carecían de las condiciones
necesarias para incorporarse al sistema bancario, ‘rara vez las tasas
elevadas de devolución de los créditos se han traducido en beneficios para
los prestadores, como sugiere la publicidad’ (Morduch, 1999, p. 1571). El
sueño de que las instituciones de microfinanciación puedan convertirse en
una solución en la que todos ganan y que la comercialización se transforme
en una fuerza impulsora de la lucha contra la pobreza parece estar muy
alejado de la realidad. De los varios miles de entidades de microfinanciación
existentes en el mundo, sólo un puñado de instituciones paradigmáticas están
cumpliendo con su doble misión de servir a los pobres y al mismo tiempo ser
sostenibles en términos financieros.
A la luz de estos datos, que invitan a la reflexión,
Morduch concluye que es preciso ser más realista frente a las
potencialidades de las microfinanzas, pero sin descartarlas. La idea de
promover la autoayuda por medio del acceso a servicios financieros es
demasiado atractiva como para dejarla de lado, aunque más no sea
porque la historia de la microfinanciación ha demostrado que es posible
lograr mejoras importantes si se aprende de los errores cometidos. Los
resultados de la primera generación de proyectos de microfinanciación, que
surgieron en el decenio de 1970 y consistían en créditos subsidiados a
manera de "regalo" a los pobres que no reunían las condiciones necesarias
para ingresar al sistema bancario, fueron un fracaso estrepitoso.4 Se
perdieron cuantiosas sumas porque muy pocos de esos préstamos fueron
devueltos.5 Además, como los créditos subsidiados resultaban atractivos para
todos, en muchos casos el dinero ni siquiera llegaba a miembros de los
grupos destinatarios.6 Como resultado de las enseñanzas dejadas por estos
fracasos surgió un nuevo enfoque de la microfinanciación, que apuntaba a no
seguir confundiendo préstamos con obsequios. Los "regalos" financieros no
ayudaban a desarrollar los mecanismos del mercado financiero, sino que más
bien habían contribuido a distorsionarlos. Por consiguiente, se generó un
enfoque de la microfinanciación orientado al mercado: los hogares de bajos
ingresos que no tenían acceso a los bancos fueron vistos como clientes
capaces de devolver los préstamos si la institución microfinanciera hacía
hincapié en una disciplina de pago; además, las tasas de interés de los
microcréditos no debían ser menores que las de mercado para los créditos de
mayor cuantía, con el fin de no concitar el interés de personas ajenas al
grupo destinatario. A partir de ese momento, la microfinanciación dejó de
considerarse un instrumento de transferencia de riqueza a los pobres para
convertirse más bien en un mecanismo de desarrollo de los mercados
financieros.
Fue esta primera ola de innovación institucional,
centrada en la tecnología del crédito y en una relación institución-cliente,
lo que condujo al logro de altas tasas de reembolso por las actuales
instituciones microfinancieras. Este éxito, que al menos en algunos casos
notorios de instituciones de esta índole les permitió recuperar los costos,
obtener beneficios y registrarse como entidades financieras formales (algo
considerado imposible algunos años atrás), dio pie al sueño de la solución
"beneficiosa para todos". Si este sueño aún no se ha hecho realidad en gran
escala, Morduch y otros7 aconsejan mejorar la configuración institucional de
las entidades microfinancieras. Se deberá ‘volver a analizar con
detenimiento las estructuras de gestión y el diseño de los mecanismos a fin
de reducir los costos, manteniendo al mismo tiempo la amplitud de la
cobertura. No será sencillo lograrlo, pero resulta difícil imaginar logros
significativos si no se encara una segunda gran ola de innovación’ (Morduch,
1999, p. 1609).
En realidad, en los últimos años se ha innovado
considerablemente en este campo, esta vez haciendo hincapié en el marco
institucional de las entidades y en su estructura de propiedad y de gestión.
En su gran mayoría, las instituciones existentes sobre cuyo análisis Morduch
basó su evaluación todavía conservan la estructura de ONG o bien iniciaron
sus actividades como tales. Las de mayor éxito quizás hayan modificado su
estructura jurídica durante el proceso de conversión en un banco formal
especializado en microfinanzas (upscaling), como lo hicieron las
instituciones paradigmáticas del movimiento de microfinanciación en Bolivia:
el BancoSol y la Casa los Andes.8 Inspirados por tal éxito y por el sueño de
comercializar microcréditos, los donantes comenzaron a experimentar con
soluciones institucionales distintas de la conversión de ONG. Los proyectos
para crear departamentos de microcréditos en instituciones financieras
formales existentes (downscaling) fueron una de las innovaciones con
las que se experimentó en la década de 1990. A fines de esa década, los
donantes adoptaron un nuevo enfoque. En lugar de convertir a las ONG, se
crearon bancos de nuevo cuño (greenfield banks), especializados en
microfinanciación, pero que contaban desde un principio con licencia para
operar como entidades bancarias. Se constituyeron como sociedades anónimas y
sus accionistas fueron las instituciones donantes e inversionistas privados.
Por lo demás, una empresa de inversiones especializada en acciones de
cartera de las instituciones microfinancieras fue la que lideró el proceso
de creación de esos nuevos bancos. Tales innovaciones institucionales tienen
más puntos de contacto con una actividad financiera "real" que el largo
proceso de convertir a las ONG —cuyo objetivo original es ayudar a los
pobres— en una institución bancaria formal. Cabe preguntarse si ha comenzado
finalmente la era de la microfinanciación comercial y si las innovaciones
institucionales descritas pueden hacer realidad la microfinanciación a mayor
escala. En las secciones siguientes se intentará responder a estos
interrogantes.
La sección II incluye una clasificación de las
alternativas institucionales para crear entidades de microfinanciación, a
saber, la conversión de ONG, la creación de departamentos especializados
dentro de bancos existentes o la creación de bancos de nuevo cuño. Esa
clasificación pretende servir en cierto modo de base teórica para
identificar no sólo las distintas características institucionales de estos
tres enfoques, sino también para obtener los primeros indicios sobre sus
ventajas y desventajas potenciales. En las secciones III y IV se proporciona
información empírica sobre algunos proyectos para crear departamentos de
microfinanciación en bancos existentes o de fundar bancos de nuevo cuño, a
fin de transmitir una primera impresión sobre sus posibilidades. Por último,
en la sección V se formulan algunas conclusiones preliminares.
Notas