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 INSTITUCIONES DE MICROFINANCIACION EN EL DESARROLLO DE MERCADOS FINANCIEROS

Desarrollo humano sustentable

Por Eva Terberger

Parte 1 /5

Tomado CEPAL Review, Nº 81 (LC/G.2216-P/E),
Santiago de Chile,
Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL),
Diciembre, 2003

En las últimas dos décadas la microfinanciación ha sido considerada un importante instrumento para luchar contra la pobreza, ya que al facilitar el acceso de los hogares pobres a servicios financieros formales puede contribuir a mejorar sus condiciones de vida y promover el desarrollo económico. Además, muchos consideran que es eficiente, dado que algunas instituciones creadas por la conversión de organizaciones no gubernamentales en microbancos (upscaling) han mostrado que es posible dar servicio financiero a esos hogares y a la vez cubrir los costos, e incluso, lograr una moderada rentabilidad. Sin embargo, en varios estudios recientes se percibe cierto escepticismo frente a este enfoque, ya que las instituciones de microfinanciación rentables son más bien excepcionales. Para reproducir en mayor escala esos pocos excelentes resultados se precisan innovaciones institucionales. Este artículo pretende hacer una primera incursión en las potencialidades de dos alternativas relativamente nuevas: la creación de departamentos de microfinanciación en bancos con fines de lucro existentes (downscaling), o la fundación de bancos de nuevo cuño.

I

Motivación: ¿pueden hacerse realidad las potencialidades de las microfinanzas por la vía de crear instituciones adecuadas?

Cerca de mil millones de personas en todo el mundo pertenecen a familias cuyo ingreso per cápita es inferior a un dólar diario. Los encargados de formular políticas y los especialistas que han estado intentando mejorar las condiciones de vida de esas personas enfrentan obstáculos enormes... En medio de fracasos desalentadores, se están cifrando muchas expectativas en un conjunto de instituciones financieras poco comunes que están prosperando en lugares muy apartados del planeta, especialmente en Bangladesh, Bolivia e Indonesia. Lo que se espera es mitigar una parte importante de la pobreza y transformar profundamente las estructuras económicas y sociales, proporcionando servicios financieros a los hogares de bajos ingresos. Estas instituciones, unidas bajo el pabellón de las microfinanzas, comparten la voluntad de prestar servicios a clientes excluidos del sector bancario formal... (Morduch, 1999, p. 1569).

Difícilmente pueda ilustrarse de manera más vívida el atisbo de esperanza despertado por las potencialidades de las microfinanzas que en los párrafos arriba citados, con los cuales se inicia el artículo de fondo de Morduch sobre este tema publicado en el Journal of Economic Literature de diciembre de 1999. Ese trabajo bien merece ser considerado como un hito en la bibliografía sobre la microfinanciación, por dos motivos:

  • En primer lugar, durante años tanto los especialistas en desarrollo como los políticos habían prestado considerable atención al tema de las microfinanzas. Sin embargo, hasta la aparición del artículo mencionado el tema sólo había concitado el interés de un círculo bastante hermético de científicos. El logro de Morduch fue presentarlo a una amplia gama de estudiosos de la economía.

  • En segundo lugar, en ese estudio se señala claramente que, a pesar de que durante más de dos décadas los donantes han dedicado y siguen dedicando millones de dólares de ayuda a la creación de instituciones microfinancieras, ‘...las enormes potencialidades de la microfinanciación aún no son realidad y las afirmaciones más audaces en ese sentido no resisten un análisis riguroso’ 1(Morduch, 1999, p. 1571).

¿De qué estamos hablando al referirnos a las potencialidades de la microfinanciación? Hasta ahora, ¿qué esperanzas han sido defraudadas? El concepto básico de la microfinanciación es relativamente simple. Al desarrollar el mercado financiero por la vía de abrir servicios financieros formales a los hogares de bajos ingresos y, lo que es más importante, a los pequeños empresarios y los microempresarios, se da a estas personas la posibilidad de ayudarse a sí mismas. Ellas pueden superar la pobreza reduciendo las fluctuaciones de sus patrones de consumo y obteniendo préstamos para inversiones que les permitan mejorar sus negocios y, de esta manera, aumentar los ingresos de la familia, contribuir a la creación de puestos de trabajo y fomentar tanto el desarrollo de un sector de pequeñas empresas muy dinámico como el crecimiento económico en general. Además, y éste parece ser el rasgo más atrayente de la microfinanciación, dar acceso a los servicios financieros para combatir la pobreza promete ser un procedimiento relativamente eficiente, es decir, eficaz en función de los costos. Se cree que tras una etapa inicial de desarrollo institucional subsidiado, las instituciones de microfinanciación pueden alcanzar la sostenibilidad financiera.2 Quienes promueven las microfinanzas están convencidos de que es posible organizar servicios financieros para los pobres que cubran los costos, permitiendo que las instituciones que brindan tales servicios sobrevivan en el mercado sin un apoyo financiero permanente y que hasta logren una rentabilidad moderada. Si esto realmente se pudiera hacer, la microfinanciación se convertiría en una solución en la que todos saldrían ganando, ya que beneficiaría tanto a la clientela pobre como a los propietarios de las instituciones microfinancieras. Sin necesidad del combustible adicional representado por los subsidios permanentes, las fuerzas comerciales del mercado financiero podrían continuar la lucha contra la pobreza como un móvil perpetuo.

La evidencia examinada en el trabajo de Morduch genera cierto escepticismo sobre la viabilidad real de la microfinanciación. En lo que se refiere a sus efectos sobre la pobreza, existen muy pocos estudios empíricos en los que realmente se analice si existen sesgos en los datos relativos a los clientes de las instituciones microfinancieras.3 En consecuencia, más allá de algunos estudios de casos ilustrativos, hay escasa información empírica que demuestre que la microfinanciación ha tenido un impacto positivo en las condiciones de vida de los clientes y la creación de empleo. Asimismo, parece haber buenas razones para poner en duda que la microfinanciación, al cabo de un período limitado de desarrollo institucional subvencionado, pueda convertirse en un arma de costo cero para combatir la pobreza. Si bien muchas de las instituciones dedicadas a esta actividad pueden exhibir muy buenos resultados en la evaluación del riesgo crediticio de microclientes que supuestamente carecían de las condiciones necesarias para incorporarse al sistema bancario, ‘rara vez las tasas elevadas de devolución de los créditos se han traducido en beneficios para los prestadores, como sugiere la publicidad’ (Morduch, 1999, p. 1571). El sueño de que las instituciones de microfinanciación puedan convertirse en una solución en la que todos ganan y que la comercialización se transforme en una fuerza impulsora de la lucha contra la pobreza parece estar muy alejado de la realidad. De los varios miles de entidades de microfinanciación existentes en el mundo, sólo un puñado de instituciones paradigmáticas están cumpliendo con su doble misión de servir a los pobres y al mismo tiempo ser sostenibles en términos financieros.

A la luz de estos datos, que invitan a la reflexión, Morduch concluye que es preciso ser más realista frente a las potencialidades de las microfinanzas, pero sin descartarlas. La idea de promover la autoayuda por medio del acceso a servicios financieros es demasiado atractiva como para dejarla de lado, aunque más no sea porque la historia de la microfinanciación ha demostrado que es posible lograr mejoras importantes si se aprende de los errores cometidos. Los resultados de la primera generación de proyectos de microfinanciación, que surgieron en el decenio de 1970 y consistían en créditos subsidiados a manera de "regalo" a los pobres que no reunían las condiciones necesarias para ingresar al sistema bancario, fueron un fracaso estrepitoso.4 Se perdieron cuantiosas sumas porque muy pocos de esos préstamos fueron devueltos.5 Además, como los créditos subsidiados resultaban atractivos para todos, en muchos casos el dinero ni siquiera llegaba a miembros de los grupos destinatarios.6 Como resultado de las enseñanzas dejadas por estos fracasos surgió un nuevo enfoque de la microfinanciación, que apuntaba a no seguir confundiendo préstamos con obsequios. Los "regalos" financieros no ayudaban a desarrollar los mecanismos del mercado financiero, sino que más bien habían contribuido a distorsionarlos. Por consiguiente, se generó un enfoque de la microfinanciación orientado al mercado: los hogares de bajos ingresos que no tenían acceso a los bancos fueron vistos como clientes capaces de devolver los préstamos si la institución microfinanciera hacía hincapié en una disciplina de pago; además, las tasas de interés de los microcréditos no debían ser menores que las de mercado para los créditos de mayor cuantía, con el fin de no concitar el interés de personas ajenas al grupo destinatario. A partir de ese momento, la microfinanciación dejó de considerarse un instrumento de transferencia de riqueza a los pobres para convertirse más bien en un mecanismo de desarrollo de los mercados financieros.

Fue esta primera ola de innovación institucional, centrada en la tecnología del crédito y en una relación institución-cliente, lo que condujo al logro de altas tasas de reembolso por las actuales instituciones microfinancieras. Este éxito, que al menos en algunos casos notorios de instituciones de esta índole les permitió recuperar los costos, obtener beneficios y registrarse como entidades financieras formales (algo considerado imposible algunos años atrás), dio pie al sueño de la solución "beneficiosa para todos". Si este sueño aún no se ha hecho realidad en gran escala, Morduch y otros7 aconsejan mejorar la configuración institucional de las entidades microfinancieras. Se deberá ‘volver a analizar con detenimiento las estructuras de gestión y el diseño de los mecanismos a fin de reducir los costos, manteniendo al mismo tiempo la amplitud de la cobertura. No será sencillo lograrlo, pero resulta difícil imaginar logros significativos si no se encara una segunda gran ola de innovación’ (Morduch, 1999, p. 1609).

En realidad, en los últimos años se ha innovado considerablemente en este campo, esta vez haciendo hincapié en el marco institucional de las entidades y en su estructura de propiedad y de gestión. En su gran mayoría, las instituciones existentes sobre cuyo análisis Morduch basó su evaluación todavía conservan la estructura de ONG o bien iniciaron sus actividades como tales. Las de mayor éxito quizás hayan modificado su estructura jurídica durante el proceso de conversión en un banco formal especializado en microfinanzas (upscaling), como lo hicieron las instituciones paradigmáticas del movimiento de microfinanciación en Bolivia: el BancoSol y la Casa los Andes.8 Inspirados por tal éxito y por el sueño de comercializar microcréditos, los donantes comenzaron a experimentar con soluciones institucionales distintas de la conversión de ONG. Los proyectos para crear departamentos de microcréditos en instituciones financieras formales existentes (downscaling) fueron una de las innovaciones con las que se experimentó en la década de 1990. A fines de esa década, los donantes adoptaron un nuevo enfoque. En lugar de convertir a las ONG, se crearon bancos de nuevo cuño (greenfield banks), especializados en microfinanciación, pero que contaban desde un principio con licencia para operar como entidades bancarias. Se constituyeron como sociedades anónimas y sus accionistas fueron las instituciones donantes e inversionistas privados. Por lo demás, una empresa de inversiones especializada en acciones de cartera de las instituciones microfinancieras fue la que lideró el proceso de creación de esos nuevos bancos. Tales innovaciones institucionales tienen más puntos de contacto con una actividad financiera "real" que el largo proceso de convertir a las ONG —cuyo objetivo original es ayudar a los pobres— en una institución bancaria formal. Cabe preguntarse si ha comenzado finalmente la era de la microfinanciación comercial y si las innovaciones institucionales descritas pueden hacer realidad la microfinanciación a mayor escala. En las secciones siguientes se intentará responder a estos interrogantes.

La sección II incluye una clasificación de las alternativas institucionales para crear entidades de microfinanciación, a saber, la conversión de ONG, la creación de departamentos especializados dentro de bancos existentes o la creación de bancos de nuevo cuño. Esa clasificación pretende servir en cierto modo de base teórica para identificar no sólo las distintas características institucionales de estos tres enfoques, sino también para obtener los primeros indicios sobre sus ventajas y desventajas potenciales. En las secciones III y IV se proporciona información empírica sobre algunos proyectos para crear departamentos de microfinanciación en bancos existentes o de fundar bancos de nuevo cuño, a fin de transmitir una primera impresión sobre sus posibilidades. Por último, en la sección V se formulan algunas conclusiones preliminares.


Notas


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