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ISSN 1913-6196

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 HERRAMIENTAS Y ESPACIOS PARA PREVENIR Y SOLUCIONAR CONFLICTOS

Por Álvaro Ramírez Durine  

Parte 2 /2

Ponencia presentada por Fuerzas de Paz No-Violentas de México
en el Taller Andino de Prevención de Conflictos celebrado en Colombia

Década de Formación para la Paz y la No Violencia

Las Naciones Unidas proclamaron el 5 de noviembre de 1998 la Década de la Paz y la No Violencia (2001-2010) para los niños y jóvenes del mundo. No se trata de un acuerdo de último momento, o de un eslogan para abordar el próximo milenio. Desde hacía 2 años se venía trabajando intensamente en esa dirección. Los premios Nóbel de la paz hicieron un llamado en ese sentido, gracias a un trabajo y una idea lanzada por Pierre Marchand y la asociación Partage. La UNESCO se interesó en esta propuesta desde 1998 y el Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas (ECOSOC), hizo inscribir en julio de 1998 el proyecto de la década en la agenda de la 53va Asamblea General. El 5 de noviembre de 1998 fue aprobada por todos los estados miembros en estos términos:

La Asamblea General:

  1. Proclama el período comprendido entre el 2001-2010 como la década para la cultura de la paz y la no violencia para los niños y los jóvenes del mundo.
  2. Invita al Secretario General a someter, en consulta con los estados miembros, las diferentes instancias de las Naciones Unidas y las organizaciones no gubernamentales relacionadas con esta problemática, a someter un informe ante la Asamblea General durante su 55va sesión, de los programas de acción para la promoción de la puesta en práctica de la Década en los niveles local, nacional, regional e internacional y la coordinación de las actividades de la década.
  3. Invita a los estados miembros a tomar las medidas necesarias para asegurar que la práctica de la paz y la no violencia sea enseñada en todos los espacios y niveles de sus respectivas sociedades, comprendidas las instituciones de educación.
  4. Convoca a las Organizaciones de las Naciones Unidas, en particular la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), y el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) e invita a las organizaciones no gubernamentales, los comités y grupos religiosos, las instituciones de educación, los artistas y los medios de comunicación a sostener activamente la década en beneficio de cada niño y joven del mundo.

Para que esa década no quede solamente en una declaración o deseo, considero que debemos trabajar en ella con el mismo ahínco con que se trabajó la década de la mujer o de la niñez, que han significado cambios importantes para toda la humanidad.

Para quienes hemos hecho del trabajo por la paz una opción, una elección y un propósito de nuestras vidas y nuestro accionar, esta década constituye un desafío hermoso y movilizador.

De manera explícita se une la paz a la no violencia. Aún cuando el término no violencia implica en sí mismo una negación, pues se define por lo que no quiere ser y nombra aquello que se trata de cambiar, expresa de manera balbuciente la aspiración profunda y cada vez más extendida de enormes sectores de la sociedad. La prueba de que todavía estamos en los comienzos de una cultura de paz es que no hemos encontrado como llamar a la no violencia de manera original y positiva. Estamos inmersos en la cultura de la confrontación, competencia, exclusión, y ver florecer palabras nuevas para realidades nuevas, nos tomará tiempo. Lo interesante es comenzar y ponerse en marcha y eso es lo que juntos seguramente trataremos de hacer.

Vivimos en una época de transición, de crear fundamentos, de construir los pilares sobre los cuales se edificarán el hombre y la mujer nuevos. Es época de siembras y no de cosechas, pero todos los frutos del mañana están contenidos en las semillas que hoy germinan en el corazón de la humanidad.

La paz es un desafío, porque es fruto de la justicia y es a la vez condición para la vigencia real de los derechos humanos y de los pueblos, y condición para su desarrollo.

El derecho a la paz todavía no está explicitado como tal en la Carta de las Naciones Unidas. Todavía no hemos sentido la urgencia de hacerlo, porque en el fondo consideramos normal acudir a la violencia para resolver y arreglar nuestras diferencias, como personas, grupos, pueblos o naciones. Sólo cuando experimentamos la violación de aquello que consideramos nuestros derechos, es que los formulamos y trabajamos para que las aspiraciones profundas se conviertan en realidad mediante leyes que todos respeten.

Los esfuerzos para que el derecho a la paz se formule y sirva de acelerador para la consolidación de la cultura de la paz, se están sin embargo multiplicando.

La Conferencia General de la UNESCO en noviembre de 1997 aprobó el siguiente articulado:

Artículo 1: La Paz como derecho humano.

Todo ser humano tiene derecho a la paz que es inherente a su dignidad como persona humana.

La guerra y todo conflicto armado, la violencia en todas sus formas, sea cual sea su origen, así como la inseguridad de las personas, son intrínsicamente incompatibles con el derecho humano a la paz

El derecho humano a la paz debe ser garantizado, respetado y puesto en práctica sin ninguna discriminación, tanto en el ámbito interno como internacional por todos los estados y todos los miembros de la comunidad internacional.

Artículo 2: La Paz como un deber

Todos los seres humanos, todos los estados y los otros miembros de la comunidad internacional y todos los pueblos, tienen el deber de contribuir al mantenimiento y a la construcción de la paz, así como a la prevención de los conflictos armados y de violencia bajo todas sus formas. Es de su incumbencia favorecer el desarme y oponerse por todos los medios legítimos a los actos de agresión y a las violaciones sistemáticas, masivas y flagrantes de los derechos humanos que constituyen una amenaza para la paz.

Las desigualdades, la exclusión y la pobreza son susceptibles de comportar la violación de la paz internacional y de la paz interna, y es deber de los estados promover y estimular la justicia social, tanto en su territorio como en el ámbito internacional, particularmente por una política adecuada al desarrollo humano sostenible.

Artículo 3: La Paz por la cultura de la Paz

La cultura de la paz que está destinada a construirse todos los días, por medio de la educación, la ciencia y la comunicación, las defensas de la paz en los espíritus de los seres humanos, debe constituir el camino que conduzca hacia la puesta en marcha global del derecho del ser humano a la paz.

La cultura de la paz comporta el reconocimiento, el respeto y la práctica cotidiana de un conjunto de valores éticos e ideales democráticos que están basados en la solidaridad intelectual y moral de la humanidad.

La Fundación Internacional de los Derechos Humanos que viene trabajando en el mismo sentido, explicita esos derechos diciendo que:

Todo ser humano sin discriminación alguna tiene derecho:

  1. Oponerse a toda guerra, y en particular, de luchar contra la humanidad y los crímenes contra la paz, incluyendo la agresión.
  2. Demandar y obtener, dentro de las condiciones definidas en la legislación nacional, el estatuto de objetor de conciencia.
  3. Negarse a ejecutar durante el conflicto armado una orden injusta que viole las leyes de la humanidad.
  4. Luchar contra la propaganda a favor de la guerra.

Y agrega que, "todos los seres humanos tienen derecho al desarme, a la prohibición de armas de destrucción masiva e indiscriminada, a tomar las medidas efectivas conducentes al control y reducción de los armamentos y, en definitiva, al desarme general y completo bajo control internacional eficaz".[Fisas, Cultura de paz y gestión de conflictos.]

Para que esos principios y aspiraciones puedan convertirse en realidades tienen que penetrar la cultura, hacerse cultura. Es esta, al decir de Federico Mayor, "el conjunto de elementos simbólicos, estéticos, y significativos que forman la urdimbre de nuestra vida y le confieren unidad de sentido y propósito, de la cuna a la tumba."

Se trata también del modo en que las comunidades se expresan y vinculan entre sí, como grupos que comparten preocupaciones y experiencias, los cuales sirven a su vez para proyectar recuerdos, hallazgos e incluso traumas y temores, más allá de los límites de nuestra existencia mortal, a las generaciones venideras. La cultura es, sobre todo, comportamiento cotidiano que refleja la forma de ser de cada cual, el resultado de sus percepciones y reflexiones, la elección íntima entre las distintas opciones que la mente elabora, la respuesta personal a las cuestiones esenciales, el fruto en cada uno del conocimiento adquirido, las huellas del impacto del contexto en que se vive.

La cultura de la paz es, por tanto, el conjunto de valores, actitudes y comportamientos que favorecen la construcción de la paz y acompañan los cambios institucionales que promueven el bienestar, igualdad, administración equitativa de los recursos, la seguridad de los individuos, familias, de identidades de grupos o naciones, sin recurrir a la violencia.

Sugerencias y prioridades

Dentro de las tareas a desarrollar para ir creando la cultura de paz y fomentando la prevención de conflictos armados hay urgencias y prioridades:

  1.  Desarrollar una política social que contemple las necesidades de las mayorías empobrecidas y los excluidos, que promueva un desarrollo vinculado al contexto humano y cultural.

Los excluidos no son tomados en cuenta, no importan. Los pobres por lo menos tienen trabajo, los excluidos no. No se quiere invertir en educación y salud para ellos, no son rentables. Esto hay que cambiarlo, brindándoles elementos de formación a los excluidos, de sobrevivencia fundamental, hasta ir formando pequeños-grandes espacios de construcción y participación de y con ellos. Hay que valorar la economía informal que crean los excluidos, pues esta tiene que ver con las relaciones sociales, familiares. Muchas veces lo que no se ve, o no se quiere ver, es más real que lo que está a la vista. Las hormigas son pequeñas pero pueden con un elefante si están coordinadas, pues son millones.

  1.  Pedir a nuestros gobiernos el presupuesto para la paz, para formar una paz fruto de la justicia.

Presupuesto para la guerra hay, pero ¿cuál es el presupuesto para la paz? En la actualidad, al definir el papel de las Fuerzas Armadas uno de los objetivos más claros que se plantean es el de formar a la juventud en los valores de responsabilidad, disciplina, puntualidad, respeto. Creemos que existen en mayor o menor grado esos valores en el conjunto de las Fuerzas Armadas, pero sería bueno preguntarse si una institución tan claramente jerárquica, y basada en la obediencia debida, puede formar en la ciudadanía valores como los de participación, tolerancia y paz para esa democracia que supone la participación.

Si esto fuera así estaríamos frente a una verdadera revolución dentro de la Fuerzas Armadas, de la que estamos todavía muy lejos.

Los que apostamos a la paz apoyamos, nos congratulamos, ante la posibilidad de la objeción de conciencia aprobada por la nueva Constitución, la cual habría que hacer viable mediante la aplicación adecuada de las leyes existentes. En Ecuador se dará formación militar en los colegios los fines de semana, dado que se reducirá el número de conscriptos que harán el servicio militar en los cuarteles. ¿Por qué no dar la posibilidad de elección a los jóvenes, para que escojan entre la formación militar y la formación para la paz? ¿Por qué no permitir que sean formados en centros especiales para la mediación, resolución de conflictos, no violencia, ecología, formación en los derechos humanos y de los pueblos, formación de liderazgos, participación democrática en todos los espacios, tolerancia y solidaridad? ¿Por qué no hacer esto de una manera exigente, creativa, participativa? ¿Por qué no exigir que del presupuesto global destinado a las Fuerzas Armadas el Estado reparta, en cantidades adecuadas a la cantidad de postulantes y según las demandas, los recursos necesarios para hacer posible esa formación?

  1. Fomentar la participación ciudadana.

Las actuales democracias, ante las cuales permanecemos como espectadores, son, de hecho, dictaduras por delegación, aunque votemos en procesos eleccionarios. Son otros los que deciden por los ciudadanos. Hay que crear espacios vecinales, locales, regionales y nacionales donde se ejercite la participación, el respeto por las decisiones de la mayoría, el derecho al consenso y al disenso. Hay que crear espacios donde los poderes del Estado rindan cuenta a la ciudadanía.

  1. Incentivar y respetar la participación y protagonismo de las mujeres en la construcción de la paz.

La guerra ha sido, casi siempre, asunto de hombres. La mujer tiene mayores posibilidades de aportar a la construcción de la paz porque es dadora de vida, defiende la vida.

La participación de las mujeres en las comisiones de paz y en la vida política quizás pueda llevarnos a reemplazar "el poder" (que es masculino), por "la autoridad" (que es femenina). La autoridad está hecha de reconocimiento, de servicio, de valores. La verdadera autoridad siempre es una autoridad moral, admirada, querida, no se impone, se acepta y se pide. En general, el poder está asociado a la violencia, mientras que la autoridad está asociada a las relaciones, a la amistad. La base de la construcción de la paz pasa por el entorno y lo cotidiano y en eso las mujeres tienen mucho que mostrar. Sería considerable lo que se ganaría si las mujeres desarrollaran los medios necesarios para dar cauce a su creatividad en la construcción de un mundo justo, donde la paz fructifique.

  1. Formar el espíritu crítico de la población.

Aprender a cuestionar y preguntar en función de metas y objetivos. Desarrollar la capacidad de mantenerse atentos, con los ojos, oídos y el corazón abiertos para entender lo que pasa. Esto haría a la ciudadanía más profundamente democrática, participativa y alegre.

En el fondo, se trata de vivir plenamente. De estar presentes en lo que sucede hoy, aquí, ahora. Esta es una gran tarea educativa que se tiene como país y sociedad.

  1. Recuperar la historia, la memoria de nuestros pueblos.

Habría que lograrlo desde espacios diferentes a aquellos de batallas perdidas o ganadas y mediante la participación popular. Para ello, debemos utilizar desde las narraciones nocturnas en los campos, hasta los escritos de los poetas. Tenemos que vislumbrar un mundo donde los héroes no sean los que mueren por sus ideales, sino los que viven por ellos para poderlos realizar. Debemos lograr una historia de vida y no de muerte. La muerte desarticula toda la sociedad, genera violencia de los pobres contra los pobres, competencia y lucha. Debemos hacer una historia de construcción y no de destrucción.

  1. Crear instancias comunitarias para el manejo de conflictos.

Se trata de formar posibles jueces de paz barriales y comunitarios que vayan tejiendo una comunidad diferente. Para esto hay que capacitar en resolución de conflictos, mediación, autoestima, construcción democrática.

Las mujeres ocuparían un lugar preferencial en esa formación porque son las que más participan en las instancias comunitarias.

  1. Potenciar el conocimiento y el diálogo entre las diferentes manifestaciones religiosas.

Las comunidades religiosas pueden ser fuente de comprensión y entendimiento, o de los peores enfrentamientos y aberraciones, como lo demuestra la historia ancestral, reciente y los acontecimientos contemporáneos.

Hay por lo tanto un campo valioso de trabajo específico para las personas involucradas en ese quehacer, sumamente importante porque tiene que ver con aspiraciones y expresiones profundas del ser humano.

  1. Promover la formación de medios de comunicación y de periodistas y comunicadores más responsables en la construcción democrática y formación de la paz.

Mucho se señala la responsabilidad de los comunicadores y formadores de opinión al brindar una imagen superficial de la violencia. Hay, por lo tanto, toda una tarea pendiente para que los diferentes medios de comunicación sean artífices de la cultura de la paz, expositores de buenas propuestas y alternativas. Las buenas noticias también son Noticias.

  1. Educar para la paz

Cuando habla de las tareas de la educación, la UNESCO señala que además de aprender a conocer y a hacer, debemos aprender a "ser" y a "vivir juntos". Este es el gran desafío.

Apostar a la paz es apostar a la victoria de la vida y de la libertad, la solidaridad y la construcción común. Es una elección ético política. Porque la afirmación "la paz es posible" está lejos de ser una evidencia.

Todo esto requiere de una profunda espiritualidad, y no hay que tener miedo a expresarlo.

No se puede creer en la paz sin creer en la mujer y el hombre concretos. Ese hombre y esa mujer que están divididos entre el egoísmo y la generosidad, entre la violencia y el deseo de paz, entre la voluntad de poder y el amor. Para ello hace falta que los seres humanos recuperemos la capacidad de admirar, escuchar, contemplar, meditar.

Uno de los efectos mortales de la cultura de la violencia es reprimir la confianza en los demás.

Todas las experiencias de generosidad auténticas, de entrega a los demás, amistad, amor real trascienden las fronteras, espacios y el tiempo. Son gérmenes de una cultura alternativa.

Descubrir, socializar esas múltiples experiencias, la percepción de su coherencia profunda y su antagonismo en relación con un mundo de violencia, militarizado, se convierte en fuente de una nueva cultura y en una fuerza histórica.

La esperanza, es el lugar cultural de construcción de proyectos.

Cuando la utopía, como ideal que se quiere alcanzar, cuando la moral, libertad, el respeto de los derechos humanos penetran la conciencia de los pueblos, se convierten en fuerzas movilizadoras, capaces de crear el nuevo sujeto histórico.


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