sesión, de los programas de acción para la promoción de la puesta
en práctica de la Década en los niveles local, nacional, regional e
internacional y la coordinación de las actividades de la década.
Invita a los estados miembros a tomar las medidas necesarias para
asegurar que la práctica de la paz y la no violencia sea enseñada en todos
los espacios y niveles de sus respectivas sociedades, comprendidas las
instituciones de educación.
Convoca a las Organizaciones de las Naciones Unidas, en particular la
Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y
la Cultura (UNESCO), y el Fondo de las Naciones Unidas para la
Infancia (UNICEF) e invita a las organizaciones no gubernamentales,
los comités y grupos religiosos, las instituciones de educación, los
artistas y los medios de comunicación a sostener activamente la década en
beneficio de cada niño y joven del mundo.
Para que esa década no quede solamente en una declaración o
deseo, considero que debemos trabajar en ella con el mismo ahínco con que se
trabajó la década de la mujer o de la niñez, que han significado
cambios importantes para toda la humanidad.
Para quienes hemos hecho del trabajo por la paz una opción,
una elección y un propósito de nuestras vidas y nuestro accionar, esta
década constituye un desafío hermoso y movilizador.
De manera explícita se une la paz a la no violencia. Aún
cuando el término no violencia implica en sí mismo una negación, pues se
define por lo que no quiere ser y nombra aquello que se trata de cambiar,
expresa de manera balbuciente la aspiración profunda y cada vez más
extendida de enormes sectores de la sociedad. La prueba de que todavía
estamos en los comienzos de una cultura de paz es que no hemos encontrado
como llamar a la no violencia de manera original y positiva. Estamos
inmersos en la cultura de la confrontación, competencia, exclusión, y ver
florecer palabras nuevas para realidades nuevas, nos tomará tiempo. Lo
interesante es comenzar y ponerse en marcha y eso es lo que juntos
seguramente trataremos de hacer.
Vivimos en una época de transición, de crear fundamentos, de
construir los pilares sobre los cuales se edificarán el hombre y la mujer
nuevos. Es época de siembras y no de cosechas, pero todos los frutos del
mañana están contenidos en las semillas que hoy germinan en el corazón de la
humanidad.
La paz es un desafío, porque es fruto de la justicia y es a
la vez condición para la vigencia real de los derechos humanos y de
los pueblos, y condición para su desarrollo.
El derecho a la paz todavía no está explicitado como tal en
la Carta de las Naciones Unidas. Todavía no hemos sentido la urgencia de
hacerlo, porque en el fondo consideramos normal acudir a la violencia para
resolver y arreglar nuestras diferencias, como personas, grupos, pueblos o
naciones. Sólo cuando experimentamos la violación de aquello que
consideramos nuestros derechos, es que los formulamos y trabajamos para que
las aspiraciones profundas se conviertan en realidad mediante leyes que
todos respeten.
Los esfuerzos para que el derecho a la paz se formule y
sirva de acelerador para la consolidación de la cultura de la paz, se están
sin embargo multiplicando.
La Conferencia General de la UNESCO en noviembre de 1997
aprobó el siguiente articulado:
Artículo 1: La Paz como derecho humano.
Todo ser humano tiene derecho a la paz que es inherente a su
dignidad como persona humana.
La guerra y todo conflicto armado, la violencia en todas sus
formas, sea cual sea su origen, así como la inseguridad de las
personas, son intrínsicamente incompatibles con el derecho humano a la paz
El derecho humano a la paz debe ser garantizado, respetado y
puesto en práctica sin ninguna discriminación, tanto en el ámbito interno
como internacional por todos los estados y todos los miembros de la
comunidad internacional.
Artículo 2: La Paz como un deber
Todos los seres humanos, todos los estados y los otros
miembros de la comunidad internacional y todos los pueblos, tienen el
deber de contribuir al mantenimiento y a la construcción de la paz,
así como a la prevención de los conflictos armados y de violencia bajo todas
sus formas. Es de su incumbencia favorecer el desarme y oponerse por todos
los medios legítimos a los actos de agresión y a las violaciones
sistemáticas, masivas y flagrantes de los derechos humanos que constituyen
una amenaza para la paz.
Las desigualdades, la exclusión y la pobreza son
susceptibles de comportar la violación de la paz internacional y de la paz
interna, y es deber de los estados promover y estimular la justicia social,
tanto en su territorio como en el ámbito internacional, particularmente por
una política adecuada al desarrollo humano sostenible.
Artículo 3: La Paz por la cultura de la Paz
La cultura de la paz que está destinada a construirse todos
los días, por medio de la educación, la ciencia y la comunicación, las
defensas de la paz en los espíritus de los seres humanos, debe constituir el
camino que conduzca hacia la puesta en marcha global del derecho del ser
humano a la paz.
La cultura de la paz comporta el reconocimiento, el respeto
y la práctica cotidiana de un conjunto de valores éticos e ideales
democráticos que están basados en la solidaridad intelectual y moral de la
humanidad.
La Fundación Internacional de los Derechos Humanos que viene
trabajando en el mismo sentido, explicita esos derechos diciendo que:
Todo ser humano sin discriminación alguna tiene derecho:
- Oponerse a toda guerra, y en particular, de luchar contra la humanidad
y los crímenes contra la paz, incluyendo la agresión.
- Demandar y obtener, dentro de las condiciones definidas en la
legislación nacional, el estatuto de objetor de conciencia.
- Negarse a ejecutar durante el conflicto armado una orden injusta que
viole las leyes de la humanidad.
- Luchar contra la propaganda a favor de la guerra.
Y agrega que, "todos los seres humanos tienen derecho al
desarme, a la prohibición de armas de destrucción masiva e indiscriminada, a
tomar las medidas efectivas conducentes al control y reducción de los
armamentos y, en definitiva, al desarme general y completo bajo control
internacional eficaz".[Fisas, Cultura de paz y gestión de conflictos.]
Para que esos principios y aspiraciones puedan convertirse
en realidades tienen que penetrar la cultura, hacerse cultura. Es esta, al
decir de Federico Mayor, "el conjunto de elementos simbólicos, estéticos, y
significativos que forman la urdimbre de nuestra vida y le confieren unidad
de sentido y propósito, de la cuna a la tumba."
Se trata también del modo en que las comunidades se expresan
y vinculan entre sí, como grupos que comparten preocupaciones y
experiencias, los cuales sirven a su vez para proyectar recuerdos, hallazgos
e incluso traumas y temores, más allá de los límites de nuestra existencia
mortal, a las generaciones venideras. La cultura es, sobre todo,
comportamiento cotidiano que refleja la forma de ser de cada cual, el
resultado de sus percepciones y reflexiones, la elección íntima entre las
distintas opciones que la mente elabora, la respuesta personal a las
cuestiones esenciales, el fruto en cada uno del conocimiento adquirido, las
huellas del impacto del contexto en que se vive.
La cultura de la paz es, por tanto, el conjunto de valores,
actitudes y comportamientos que favorecen la construcción de la paz y
acompañan los cambios institucionales que promueven el bienestar, igualdad,
administración equitativa de los recursos, la seguridad de los individuos,
familias, de identidades de grupos o naciones, sin recurrir a la violencia.
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Sugerencias y prioridades |
Dentro de las tareas a desarrollar para ir creando la
cultura de paz y fomentando la prevención de conflictos armados hay
urgencias y prioridades:
-
Desarrollar una política social que contemple
las necesidades de las mayorías empobrecidas y los excluidos, que promueva
un desarrollo vinculado al contexto humano y cultural.
Los excluidos no son tomados en cuenta, no importan. Los
pobres por lo menos tienen trabajo, los excluidos no. No se quiere invertir
en educación y salud para ellos, no son rentables. Esto hay que cambiarlo,
brindándoles elementos de formación a los excluidos, de sobrevivencia
fundamental, hasta ir formando pequeños-grandes espacios de construcción y
participación de y con ellos. Hay que valorar la economía informal que crean
los excluidos, pues esta tiene que ver con las relaciones sociales,
familiares. Muchas veces lo que no se ve, o no se quiere ver, es más real
que lo que está a la vista. Las hormigas son pequeñas pero pueden con un
elefante si están coordinadas, pues son millones.
-
Pedir a nuestros gobiernos el presupuesto para la paz,
para formar una paz fruto de la justicia.
Presupuesto para la guerra hay, pero ¿cuál es el presupuesto
para la paz? En la actualidad, al definir el papel de las Fuerzas Armadas
uno de los objetivos más claros que se plantean es el de formar a la
juventud en los valores de responsabilidad, disciplina, puntualidad,
respeto. Creemos que existen en mayor o menor grado esos valores en el
conjunto de las Fuerzas Armadas, pero sería bueno preguntarse si una
institución tan claramente jerárquica, y basada en la obediencia debida,
puede formar en la ciudadanía valores como los de participación, tolerancia
y paz para esa democracia que supone la participación.
Si esto fuera así estaríamos frente a una verdadera
revolución dentro de la Fuerzas Armadas, de la que estamos todavía muy
lejos.
Los que apostamos a la paz apoyamos, nos congratulamos, ante
la posibilidad de la objeción de conciencia aprobada por la nueva
Constitución, la cual habría que hacer viable mediante la aplicación
adecuada de las leyes existentes. En Ecuador se dará formación militar en
los colegios los fines de semana, dado que se reducirá el número de
conscriptos que harán el servicio militar en los cuarteles. ¿Por qué no dar
la posibilidad de elección a los jóvenes, para que escojan entre la
formación militar y la formación para la paz? ¿Por qué no permitir que sean
formados en centros especiales para la mediación, resolución de conflictos,
no violencia, ecología, formación en los derechos humanos y de los pueblos,
formación de liderazgos, participación democrática en todos los espacios,
tolerancia y solidaridad? ¿Por qué no hacer esto de una manera exigente,
creativa, participativa? ¿Por qué no exigir que del presupuesto global
destinado a las Fuerzas Armadas el Estado reparta, en cantidades adecuadas a
la cantidad de postulantes y según las demandas, los recursos necesarios
para hacer posible esa formación?
-
Fomentar la participación ciudadana.
Las actuales democracias, ante las cuales permanecemos como
espectadores, son, de hecho, dictaduras por delegación, aunque votemos en
procesos eleccionarios. Son otros los que deciden por los ciudadanos. Hay
que crear espacios vecinales, locales, regionales y nacionales donde se
ejercite la participación, el respeto por las decisiones de la mayoría, el
derecho al consenso y al disenso. Hay que crear espacios donde los poderes
del Estado rindan cuenta a la ciudadanía.
-
Incentivar y respetar la participación y protagonismo
de las mujeres en la construcción de la paz.
La guerra ha sido, casi siempre, asunto de hombres. La mujer
tiene mayores posibilidades de aportar a la construcción de la paz porque es
dadora de vida, defiende la vida.
La participación de las mujeres en las comisiones de paz y
en la vida política quizás pueda llevarnos a reemplazar "el poder" (que es
masculino), por "la autoridad" (que es femenina). La autoridad está hecha de
reconocimiento, de servicio, de valores. La verdadera autoridad siempre es
una autoridad moral, admirada, querida, no se impone, se acepta y se pide.
En general, el poder está asociado a la violencia, mientras que la autoridad
está asociada a las relaciones, a la amistad. La base de la construcción de
la paz pasa por el entorno y lo cotidiano y en eso las mujeres tienen mucho
que mostrar. Sería considerable lo que se ganaría si las mujeres
desarrollaran los medios necesarios para dar cauce a su creatividad en la
construcción de un mundo justo, donde la paz fructifique.
-
Formar el espíritu crítico de la población.
Aprender a cuestionar y preguntar en función de metas y
objetivos. Desarrollar la capacidad de mantenerse atentos, con los ojos,
oídos y el corazón abiertos para entender lo que pasa. Esto haría a la
ciudadanía más profundamente democrática, participativa y alegre.
En el fondo, se trata de vivir plenamente. De estar
presentes en lo que sucede hoy, aquí, ahora. Esta es una gran tarea
educativa que se tiene como país y sociedad.
-
Recuperar la historia, la memoria de nuestros pueblos.
Habría que lograrlo desde espacios diferentes a aquellos de
batallas perdidas o ganadas y mediante la participación popular. Para ello,
debemos utilizar desde las narraciones nocturnas en los campos, hasta los
escritos de los poetas. Tenemos que vislumbrar un mundo donde los héroes no
sean los que mueren por sus ideales, sino los que viven por ellos para
poderlos realizar. Debemos lograr una historia de vida y no de muerte. La
muerte desarticula toda la sociedad, genera violencia de los pobres contra
los pobres, competencia y lucha. Debemos hacer una historia de construcción
y no de destrucción.
-
Crear instancias comunitarias para el manejo de
conflictos.
Se trata de formar posibles jueces de paz barriales y
comunitarios que vayan tejiendo una comunidad diferente. Para esto hay que
capacitar en resolución de conflictos, mediación, autoestima, construcción
democrática.
Las mujeres ocuparían un lugar preferencial en esa formación
porque son las que más participan en las instancias comunitarias.
-
Potenciar el conocimiento y el diálogo entre las
diferentes manifestaciones religiosas.
Las comunidades religiosas pueden ser fuente de comprensión
y entendimiento, o de los peores enfrentamientos y aberraciones, como lo
demuestra la historia ancestral, reciente y los acontecimientos
contemporáneos.
Hay por lo tanto un campo valioso de trabajo específico para
las personas involucradas en ese quehacer, sumamente importante porque tiene
que ver con aspiraciones y expresiones profundas del ser humano.
-
Promover la formación de medios de comunicación y de
periodistas y comunicadores más responsables en la construcción democrática
y formación de la paz.
Mucho se señala la responsabilidad de los comunicadores y
formadores de opinión al brindar una imagen superficial de la violencia.
Hay, por lo tanto, toda una tarea pendiente para que los diferentes medios
de comunicación sean artífices de la cultura de la paz, expositores de
buenas propuestas y alternativas. Las buenas noticias también son Noticias.
-
Educar para la paz
Cuando habla de las tareas de la educación, la UNESCO señala
que además de aprender a conocer y a hacer, debemos aprender a "ser" y a
"vivir juntos". Este es el gran desafío.
Apostar a la paz es apostar a la victoria de la vida y de la
libertad, la solidaridad y la construcción común. Es una elección ético
política. Porque la afirmación "la paz es posible" está lejos de ser una
evidencia.
Todo esto requiere de una profunda espiritualidad, y no hay
que tener miedo a expresarlo.
No se puede creer en la paz sin creer en la mujer y el
hombre concretos. Ese hombre y esa mujer que están divididos entre el
egoísmo y la generosidad, entre la violencia y el deseo de paz, entre la
voluntad de poder y el amor. Para ello hace falta que los seres humanos
recuperemos la capacidad de admirar, escuchar, contemplar, meditar.
Uno de los efectos mortales de la cultura de la violencia es
reprimir la confianza en los demás.
Todas las experiencias de generosidad auténticas, de entrega
a los demás, amistad, amor real trascienden las fronteras, espacios y el
tiempo. Son gérmenes de una cultura alternativa.
Descubrir, socializar esas múltiples experiencias, la
percepción de su coherencia profunda y su antagonismo en relación con un
mundo de violencia, militarizado, se convierte en fuente de una nueva
cultura y en una fuerza histórica.
La esperanza, es el lugar cultural de construcción de
proyectos.
Cuando la utopía, como ideal que se quiere alcanzar, cuando
la moral, libertad, el respeto de los derechos humanos penetran la
conciencia de los pueblos, se convierten en fuerzas movilizadoras, capaces
de crear el nuevo sujeto histórico.