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ISSN 1913-6196

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 MADRID ESTÁ EN NOSOTROS

Por Revista Futuros    

   

Al cierre de este número de Futuros se ha producido la masacre de Madrid. Han asesinado –destrozado- a mansalva a españoles pertenecientes a sus diferentes nacionalidades, así como a extranjeros de varios países que viajaban en esos fatídicos "trenes de la muerte". Entre ellos, -hasta donde se sabe- ecuatorianos, colombianos, peruanos, chilenos y cubanos. El que lo hizo consideraba que debían pagar por algún agravio que estimaba otros cometieron antes contra su gente. Las víctimas inermes simbolizaban ante sus ojos esa agresión a los suyos y arremetieron contra ellas con furia homicida. No había que vacilar ni cuestionar las órdenes de sus superiores en la célula clandestina a la que pertenecen. La Patria, Dios, el Pueblo o la Historia –pensaron- estaban de su lado. Josefa, Pedro y María no eran seres humanos con familias, historias, proyectos, penas y alegrías como las de ellos. Eran "el enemigo". Merecían ser aniquilados sin piedad.

Hay un tipo de persona que ni siquiera dice "es la ETA o Al-qaeda". Dicen "son cosas de los vascos o de los árabes". Esos ya se disponen también a cobrar el agravio a otros que, ante sus ojos, simbolizan el grupo que ahora los agredió de manera tan cruel. Y hay quienes –incluyendo algunos funcionarios del Estado- no vacilarían en emplear las armas del terrorismo para esa faena. Ghandi sabía lo que decía cuando nos advirtió que si ante cada crimen se aplica el ojo por ojo pronto todos estaremos ciegos.

Si queremos poner fin a este ciclo carnicero de la prehistoria humana tenemos que aprender a ejercer la autonomía de pensamiento respecto a aquellas instituciones y líderes que desean moldearla según sus percepciones y agendas. La banalidad del Mal –como le llamó Hanna Arendt- quedó demostrada cuando millones de cultos alemanes se transformaron en Nazis. En muchos ciudadanos vive un potencial asesino. Para que ese lado oscuro de la personalidad prevalezca sólo se necesita adherirse de manera fanática e intolerante a una creencia y que ella sea manipulada -junto al grupo al que se pertenece- por líderes inescrupulosos.

Ni terroristas ni fascistas –sea cual fuesen los ideales y argumentos que pretendan enarbolar para legitimar sus acciones- deben apartarnos del respeto a la vida y el apego al Estado de Derecho. En la guerra civil reciente entre Sendero Luminoso y el Estado peruano se enfrentaron dos fuerzas igualmente dispuestas a acudir a métodos criminales. Los primeros se consideraban en el derecho de poner carros bombas ante colegios para destrozar a los hijos de la burguesía y el gobierno se consideró en el derecho de torturar hasta destrozarlos a hijos de campesinos para obtener alguna pista útil a su campaña antiterrorista. Más de sesenta mil muertos y desaparecidos, y otros tantos centenares de miles de víctimas, fue el saldo de esa lógica perversa.

"Los vascos y los árabes" no son los culpables de esta tragedia. No hay que buscar al asesino en "los otros". La culpa recae en una cultura política, demasiado extendida, en que los fines absolutos pueden ser alcanzados por cualquier medio. Dispuesta a entender la realidad a través del prisma del poder antes que de valores y derechos humanos. Cuando hayamos sustituido esa cultura política basada en la razón instrumental por una cultura de derechos humanos habremos puesto freno a este macabro ciclo carnicero. El asesino no estará ya entre nosotros. Sólo quedará en nosotros -por siempre- este Madrid que hoy llora sus muertos.

 


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