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MADRID
ESTÁ EN NOSOTROS
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Por Revista Futuros
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Al cierre de este número de Futuros se ha producido la
masacre de Madrid. Han asesinado –destrozado- a mansalva a españoles
pertenecientes a sus diferentes nacionalidades, así como a extranjeros de
varios países que viajaban en esos fatídicos "trenes de la muerte". Entre
ellos, -hasta donde se sabe- ecuatorianos, colombianos, peruanos, chilenos
y cubanos. El que lo hizo consideraba que debían pagar por algún agravio que
estimaba otros cometieron antes contra su gente. Las víctimas inermes
simbolizaban ante sus ojos esa agresión a los suyos y arremetieron contra
ellas con furia homicida. No había que vacilar ni cuestionar las órdenes de
sus superiores en la célula clandestina a la que pertenecen. La Patria,
Dios, el Pueblo o la Historia –pensaron- estaban de su lado. Josefa, Pedro y
María no eran seres humanos con familias, historias, proyectos, penas y
alegrías como las de ellos. Eran "el enemigo". Merecían ser aniquilados sin
piedad.
Hay un tipo de persona que ni siquiera dice "es la ETA o Al-qaeda".
Dicen "son cosas de los vascos o de los árabes". Esos ya se disponen también
a cobrar el agravio a otros que, ante sus ojos, simbolizan el grupo que
ahora los agredió de manera tan cruel. Y hay quienes –incluyendo algunos
funcionarios del Estado- no vacilarían en emplear las armas del terrorismo
para esa faena. Ghandi sabía lo que decía cuando nos advirtió que si ante
cada crimen se aplica el ojo por ojo pronto todos estaremos ciegos.
Si queremos poner fin a este ciclo carnicero de la
prehistoria humana tenemos que aprender a ejercer la autonomía de
pensamiento respecto a aquellas instituciones y líderes que desean moldearla
según sus percepciones y agendas. La banalidad del Mal –como le llamó Hanna
Arendt- quedó demostrada cuando millones de cultos alemanes se transformaron
en Nazis. En muchos ciudadanos vive un potencial asesino. Para que ese lado
oscuro de la personalidad prevalezca sólo se necesita adherirse de manera
fanática e intolerante a una creencia y que ella sea manipulada -junto al
grupo al que se pertenece- por líderes inescrupulosos.
Ni terroristas ni fascistas –sea cual fuesen los ideales y
argumentos que pretendan enarbolar para legitimar sus acciones- deben
apartarnos del respeto a la vida y el apego al Estado de Derecho. En la
guerra civil reciente entre Sendero Luminoso y el Estado peruano se
enfrentaron dos fuerzas igualmente dispuestas a acudir a métodos criminales.
Los primeros se consideraban en el derecho de poner carros bombas ante
colegios para destrozar a los hijos de la burguesía y el gobierno se
consideró en el derecho de torturar hasta destrozarlos a hijos de campesinos
para obtener alguna pista útil a su campaña antiterrorista. Más de sesenta
mil muertos y desaparecidos, y otros tantos centenares de miles de víctimas,
fue el saldo de esa lógica perversa.
"Los vascos y los árabes" no son los culpables de esta
tragedia. No hay que buscar al asesino en "los otros". La culpa recae en una
cultura política, demasiado extendida, en que los fines absolutos pueden ser
alcanzados por cualquier medio. Dispuesta a entender la realidad a través
del prisma del poder antes que de valores y derechos humanos. Cuando hayamos
sustituido esa cultura política basada en la razón instrumental por una
cultura de derechos humanos habremos puesto freno a este macabro ciclo
carnicero. El asesino no estará ya entre nosotros. Sólo quedará en nosotros
-por siempre- este Madrid que hoy llora sus muertos.
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