Respeto y acatamiento irrestricto -y
hasta ciego- para con el Estado.
En este contexto, los diferentes diseños institucionales
poco reflejaron el sentir comunitario, asignándole deliberadamente una
perjudicial estructura organizativa y funcional, de notable
sobredimensionamiento a la vez que burocratizada e impidiéndole dedicarse a
su misión real y especial cual es la de promover o participar en todas las
acciones dirigidas a adelantarse a la comisión del delito con un perfil
inequívocamente democrático donde la aplicación de la Ley sea la expresión
más pura del respeto a los derechos humanos.
A esto debemos sumarle la necesidad de funcionarios
policiales con permeables personalidades. Tal vez aquéllas de mentes
empíricas y de moral utilitaria que se hacen imprescindibles para la
sustentabilidad del Modelo.
Normalmente y salvo excepciones, se recurre a un
conservadorismo generacional que se refleja en la tendencia hacia quienes
son adultos maduros en franca negación de los funcionarios jóvenes por temor
a las potencialidades de las nuevas generaciones, salvo que éstas aseguren
con una labor obediente –por supuesto redituable- la continuidad del sistema
y el acatamiento irrestricto a las directivas oficiales en materia de
control social.
Es que el Modelo Policial nunca deseó funcionarios de buen
nivel cultural para ocupar cargos de conducción por el temor a que sean
imprevisibles o se conviertan en inmanejables, para lo cual primó una mala o
improvisada selección de funcionarios y propiciando una carrera policial
simple, de resistencia personal y carente de calidad profesional.
A esta altura, dos preguntas se hacen interesantes:
¿Está preparado un gobierno para poseer una agencia policial
que verdaderamente lo asesore profesionalmente en materia de protección
ciudadana?.
¿Están preparados los gobiernos o mejor dicho, los
gobernantes de turno, a que su agencia policial les manifieste que tal o
cual medida o acción que la involucre, no pueda realizarse por causas
técnicamente justificables o por qué constituye una violación a los derechos
humanos?.
Personalmente creo que no. No está el gobernante de turno
preparado para escuchar realmente un informe asesor. Quiere escuchar aquello
que ya decidió hacer y por ende todo lo que ordene se cumpla. Quiere
escuchar palabras mágicas como "sí se puede" o "déjelo en mis manos" o "yo
me ocupo" o "quédese tranquilo que me hago cargo".
Entonces, esto requiere y hace necesario un acatamiento
ciego a las directivas gubernamentales, donde lo legal o ilegal, legítimo o
ilegítimo, está determinado por el funcionario político del momento y donde
los funcionarios policiales, son sustraídos o deliberadamente se sustraen
ellos mismos de todo razonamiento, revisión o inspección de lo ordenado;
quizás por temor, conveniencia o necesidad.
Por ello, el ejercicio del mando, su verticalidad y
autoridad, fueron convenientemente utilizados para permitir que muchos
funcionarios policiales, algunos sin saberlo, otros por temor y el resto,
felizmente los menos, plenamente conscientes, cumplieran ordenes que
derivaran en delitos.
Pero no se quiere decir o pensar, en una policía
deliberativa que no acate las órdenes oficiales del gobierno; de ninguna
manera, el pretendido es deliberar para el correcto y democrático desempeño
de sus funciones y la debida interpretación -a ultranza- de la Obediencia
Debida o Deber de Obediencia, evitando hacer o dejar de hacer todo aquello
que se le ordene y sea o represente groseramente, la comisión de un delito o
falta administrativa.
Como frase final de este tema y teniendo presente en forma
integral todo lo visto, el Modelo Policial Hegemónico en América Latina bien
podría haber sido llamado: Crónica del Servilismo Policial.
Marco jurídico inadecuado y
tendencioso.
Las legislaciones policiales desde los tiempos mismos de su
creación, no son el fiel reflejo de las expectativas de la comunidad. No
existe en sus letras una interpretación adecuada de la verdadera misión de
la Policía como agente de control social, dedicada a la protección
comunitaria y que la obligue a trabajar en todas las formas y niveles de la
prevención.
Y en esto, mucho tiene que ver el sostenimiento de políticas
de gobierno por sobre las de Estado o existiendo éstas, su falta de
sustentabilidad y la errónea consideración de separar aquéllas de corte
social, económico y cultural con de las de orden criminológico. Esto provoca
un abordaje fragmentado de la problemática del delito, a través de un
sistema que no le permitió combatirla correctamente sino provocar su
descontrol y con ello el notable fracaso policial.
Metodología.
La metodología empleada tradicionalmente por la Policía
genera conflictos, pero no es caprichosa y tiene su razón de ser, en las
propias relaciones que el Estado promueve y sostiene con la Sociedad.
En los niveles cotidianos de su trabajo contra la
delincuencia, esta metodología le impone una prevención por eliminación de
oportunidades orientada a la prevención de la delincuencia ocasional que no
es otra cosa que evitar que "la ocasión haga al ladrón" y la delincuencia
persistente o reincidente que no es otra cosa que "el delito por causa".
Estas frases determinan la orientación de su despliegue operativo mediante
acciones dirigidas para que el delito no se suceda y por ende la
delincuencia no prolifere. Lo señalado entonces resulta inobjetable, lógico
e importante y la comunidad se sentiría y estaría segura pero
lamentablemente, eliminando las oportunidades para delinquir no se elimina
la existencia misma de la delincuencia ni se reduce su accionar, muy por el
contrario, aumenta pues sus exponentes se mantienen activos y fortalecidos
en permanente acecho y en procura de esa oportunidad que les permita cometer
delitos.
Un despliegue policial estático de eliminación de
oportunidades por saturación de objetivos, es previsible y le permite a la
delincuencia planificar sus acciones. Tanto el delincuente ocasional como el
reincidente, sienten y están seguros de saber el lugar y la hora en que se
encuentran los funcionarios policiales. En esta clase de procedimientos, la
Policía debe apostar al factor sorpresa que se logra agregando un componente
dinámico al despliegue policial estático pues al delincuente le resultará
desconocido y por ende imponderable.
Como ya dijimos, esta forma de prevención la lleva a cabo a
través de una saturación de objetivos y de técnicas de investigación
criminal, mediante tradicionales estrategias que implican tácticas de
presencia policial real y efectiva en todos aquellos lugares susceptibles y
posibles de comisión del delito como de indagaciones predelictuales.
Nuevamente sería lo ideal pero el delincuente que observa esa presencia, ese
objetivo saturado, recurrirá a otro lugar en donde no se encuentre y pueda
delinquir.
De esta manera, se produce una movilización horizontal de la
delincuencia de un territorio a otro, es decir, transdistritalización,
transprovincialización y/o transnacionalización o internacionalización del
delito. Por otra parte las citadas investigaciones, ante la falta de
eficaces y efectivos controles institucionales, tal vez inadecuados o
tendenciosos, dieron lugar a la reunión de información que no fue empleada
para una debida saturación de estos objetivos, sino para el seguimiento
ideológico de las personas como a la manipulación o regulación de la propia
delincuencia en beneficio corporativo y personal.
Un esquema de estas características, además de ser
económicamente insostenible para las comunidades por cuanto se alimenta
constantemente de más y más funcionarios policiales, recursos financieros y
logísticos; genera una permeabilidad hacia la corruptela y no tiene
incidencia como señaláramos en la disminución del delito, cuyas causas, si
bien conocidas no son atendidas o neutralizadas; mientras que la
delincuencia permanece activa y aún creciendo.
En el mejor de los casos, el éxito de estos sistemas implica
mayor infraestructura en materia judicial y penitenciaria, traduciéndose
nuevamente en una cuestión de finanzas que la comunidad sostendrá a base de
sus impuestos. Reiteramos entonces que únicamente se estaría evitando la
producción del delito, que si bien sería lo ideal no siempre es efectiva ni
es lograda, muy a pesar de la trilogía "Policía, Justicia, Penitenciaría",
sin olvidar que quien necesita y/o quiera delinquir por las causas que
fuesen (delincuencia reincidente), perfeccionará sus métodos para el
cometido, tales como organizarse y aún llevar a cabo tareas de inteligencia
que le permitan planificar su producción ilícita.
La necesidad de contar con agentes policiales para cumplir
las tareas de presencia real en la vía pública y de investigación criminal
que este modelo preventivo le impone; empeora aún más la situación
institucional de la Policía, pues la condiciona negativamente y la obliga a
subordinar la calidad a la cantidad lo cual provoca la conformación e
integración indeseada de funcionarios en las agencias policiales. Le resulta
por demás impropio toda exhaustiva selección de personal unida a una
profunda capacitación y seguimiento profesional pues trae aparejada la
reducción de funcionarios.
La imposibilidad de las comunidades en continuar gastando en
recursos materiales, importa el abandono paulatino del esquema de saturar
objetivos para eliminar oportunidades, derivando en la transformación de la
realidad delictual hacia otros índices que la supera llegando a que su
capacidad de respuesta operativa le sea insuficiente aún para cumplir con
las investigaciones postdelictuales, es decir tras la comisión del delito o
la debida atención a las víctimas.
Por ello este sistema de prevención determina que la Policía
dedique su trabajo preponderantemente a delito cometido, disponiendo del
personal y medios con que cuentan (nunca suficientes) para los efectos del
delito y su posterior investigación lo cual se torna también imposible.
Estructura organizativa y
funcional.
Este aspecto ya lo analizamos como presupuesto de la
realidad policial. No es repetitivo verlo ahora pues debemos comprender que
el modelo policial hegemónico generó y respetó una inadecuada estructura
organizativa y funcional como necesaria para su devenir histórico.
Como ya expresáramos, las sucesivas legislaciones policiales
le dieron vida y sustento. La lectura de los organigramas nos da cuenta en
el tiempo de similitudes y reiteraciones en la horizontalidad (niveles de
responsabilidad) y verticalidad (línea de la orden) como modificaciones muy
poco esenciales, a veces en exceso otras en defecto pero que en definitiva
respetan el mismo cuerpo axiológico, la misma filosofía y metodología
policial.
Para todo caso se verificó siempre una misteriosa estructura
que funciona misteriosamente con esquemas de comunicación tediosos donde las
posibilidades de acceso a la Institución Policial por parte de su comunidad
se mantuvo difícil o directamente negada.
La burocracia mal entendida sumada a la ya citada precaria e
inadecuada capacitación profesional, se sumaron a esta estructura policial
convirtiéndola en un laberinto inexpugnable de marchas y contramarchas,
antieconómica, impráctica y sin capacidad de resolución de cuestiones tanto
administrativas como operativas.
Corrupción.
La corrupción es uno de los presupuestos de la realidad
policial que no puede ni debe dejarse pasar por alto. Si bien no existen
investigaciones globales que permitan concluir sobre el tema, casos aislados
de origen judicial, periodísticos, de organizaciones no gubernamentales o
porque no del imaginario colectivo, nos permite inferir con cierto grado de
convencimiento que no es coyuntural ni aislada, sino sistematizada y
estructural.
Es el Modelo que la genera y la necesita para sus fines.
Pero la Institución Policial no es corrupta dado que las instituciones en
general son inmaculadas, sino corruptos son algunos de sus funcionarios;
quienes se encuentran inmersos y aceptando las reglas de juego impuestas,
haciéndolos vulnerables primero y a posteriori, autores, partícipes o
encubridores del escape delictivo y/o figuras del orden administrativo o
interno.
Para ello los agentes policiales fueron y son conminados
permanente pero subrepticiamente, a cometer directa o indirectamente delitos
o a encubrirlos, bajo sus propias responsabilidades y para satisfacer las
exigencias del Modelo vigente bajo el pretexto de la aplicación de la Ley.
Como mero ejemplo, si un superior ordena a un subalterno
cometer un delito bajo cualquier circunstancia y éste lo cumple, en la
generalidad y sin perjuicio del encuadramiento referido a cada ordenamiento
jurídico local, estamos ante el más amplio caso de corrupción, generando una
zona negra e incontrolada donde jamás podríamos conocer con certeza, cuántos
delitos debió haber cometido el subalterno para cumplir con aquél que le
fuera ordenado.
Una vez más nos apartamos de la doctrina del derecho y nos
permitimos la licencia desde el punto de vista del ciudadano común pero sin
perder el perfil académico que nos guía, para comprender que más allá de las
definiciones estrictamente jurídicas, un delincuente es un delincuente así
eventualmente y por las causas que sean se encuentre vistiendo el uniforme
de policía de manera tal que un agente de policía es corrupto en el sentido
más amplio de vocablo por cometer o dejar que cometan delitos sea cual sea
su compromiso.
Un policía corrupto será entonces el que abusa de su
autoridad, comete apremios ilegales, exacciones ilegales como toda figura
prevista en la codificación legal local con la circunstancia agravante que
implica su condición de tal.
En este mismo contexto, un agente policial mal pago y en
condiciones laborales inadecuadas; una dependencia policial con escasez de
personal, recursos materiales y financieros, pero obligada a trabajar como
si los tuviera; un Estado que conoce perfectamente la falta de recursos en
general de su Institución Policial pues no los suministra, pero conminándola
igualmente a cumplir su misión como si contara con ellos, a la vez que
exigiéndole eficiencia, eficacia y responsabilidad; son aspectos generadores
y regeneradores de corrupción. La trama se cierra con la existencia de una
doctrina íntima e inconfesable, entre el Estado y la Policía, ejecutada por
esta última y desconocida para la Sociedad, la cual además de impedirle toda
participación en la cosa pública, la somete a su control y regulación.
A esta altura, ya hemos analizado tanto la realidad policial
comprendiendo que un producto de un modelo policial hegemónico. Asimismo
dijimos que la Institución Policial lejos de ser corrupta es inmaculada
porque la corrupción está en algunos de los funcionarios policiales que la
integran de manera tal que si existe corrupción es porque hay funcionarios
que quieren que exista y generan situaciones necesarias para que ello
suceda.
La corrupción necesita fundamentalmente de funcionarios
policiales aptos y permeables a situaciones ilícitas. Mucho se menciona y
aquí también lo hemos hecho de malas legislaciones que dan origen a malas
estructuras que provocan ineficacia e ineficiencia en la labor policial
interna y externa. Pero todo ello si bien es importante por sí solo no
logrará un esquema de corrupción en tanto y en cuanto no existan
funcionarios que hagan o dejen de hacer cosas para beneficios e intereses
inconfesables.
Debemos tener presente que el permanente contacto con delito
establece una muy débil frontera entre el rechazo y la aceptación a la
corrupción.
La Policía forma parte del Estado y lo representa en todo
momento y circunstancia ante su Comunidad de manera tal que es difícil
comprender por no decir imposible que la corrupción sea acción y efecto en
exclusiva de los funcionarios policiales.
Un buen comienzo es una política institucional contra la
corrupción a partir de una exhaustiva selección de personal. No cualquiera
puede ser policía y sin embargo comprobamos que muchos lo son. Es preferible
que no se produzca ningún ingreso a la Policía a que ingrese personas que no
reúnan lo máximo exigible.
Y decimos lo máximo exigible pues el futuro policía, quien
tendrá autoridad para regular los derechos constitucionales de los
habitantes, deberá demostrar y comprobar un alto grado de formación
educativa, pues nos asegura que existieron diferentes controles sociales
previos. Le seguirá una excluyente capacitación profesional y seguimiento de
su comportamiento y conducta por parte de la Fuerza. Y finalmente un
minucioso seguimiento continuo de su carrera con el fin de seguir
verificando su comportamiento y conducta a la vez que su rendimiento
profesional.
En su condición de trabajador deberá estar bien pago y
garantizarle el respeto pleno y absoluto de todos sus derechos en función de
una dedicación exclusiva para una labor insalubre y riesgosa que no debe
admitir excepciones salvo cuando sean de carácter voluntario y siempre y
cuando no representen peligro.
Este agente policial debe desarrollar sus tareas en una
Institución definida y regulada por una correcta legislación que determine
una adecuada estructura organizativa y funcional y un cuerpo axiológico
orientado a la aplicación de la Ley como derecho humano y los debidos
controles de gestión que detecten y corrijan cualquier situación
inconstitucional. Contará además con una planificación integral, producto de
un pulido diagnóstico institucional que permita conocer a ciencia cierta en
qué situación se encuentra y qué se necesita para lograr su misión. Esta
planificación contendrá los mecanismos para verificar el cumplimiento del
plan policial y ante imponderables llevar a cabo las correcciones que
correspondan.
No olvidemos que todo aquello que sea improvisado y eventual
coadyuva a favor de la corrupción pues le permite a los funcionarios
corruptos, llevar a cabo acciones ilícitas muchas veces basadas o
enmascaradas en cuestiones de necesidad y la urgencia para la debida
gestión.
Entonces, nada nos sorprende si por regular de esta manera
la vida de la comunidad, se produzca su distanciamiento y recelo a la vez
que el descontrol en la lucha contra el delito.