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Nuestra especie se caracteriza por su propensión y necesidad
de convivencia, de cohabitar espacios y relacionarse socialmente. Esa
capacidad resultó determinante para su supervivencia y desarrollo en el
planeta. La historia humana ha sido la de la evolución de diversas formas de
regular dicha convivencia, tanto entre los seres humanos como entre ellos y
la naturaleza. A lo largo de milenios la convivencia en ambos campos estuvo
sesgada por una perspectiva de conquista y dominio sobre las personas y los
recursos naturales. La mayor parte de aquellas escuelas de pensamiento que
pretendían alcanzar un estadio de armonía entre los seres humanos
pretendieron hacerlo ejerciendo la violencia y exclusión sobre los que no
compartían su credo. Por otro lado, salvo algún que otro pensador aislado y
grupos indígenas, fueron escasas las ocasiones en que alguien incursionara
con pretensiones normativas de armonización en el ámbito de las relaciones
de nuestra especie con otras y con su hábitat natural.
La idea del desarrollo humano sustentable es una
ruptura disidente con esa tradición. Se pretende ahora diseñar y establecer
diversos regímenes de gobernabilidad que permitan una administración y
solución de los conflictos medioambientales y sociales de manera tal que se
asegure el desarrollo de las personas al tiempo que se garantice el de las
generaciones venideras en el marco de una nueva cultura económica y política
que reconozca y se apoye en principios ecológicos y bioéticos.
Las premisas que originaron esa disidencia fueron las
siguientes:
- el ritmo de reproducción de los recursos planetarios que son
explotados por nuestra especie es inferior al nuevo ritmo de extracción de
aquellos que ahora le imponemos con las avanzadas tecnologías a nuestro
alcance,
- el ritmo de los mecanismos naturales de reciclaje de los desechos que
generamos es inferior a su creciente cuantía y aquellos tampoco pueden
asimilar los nuevos desechos de alta toxicidad que contaminan y deterioran
el ambiente,
- los nuevos adelantos tecnológicos y la proliferación de armas de todo
calibre y naturaleza –incluidas las de destrucción masiva- hacen cada vez
más mortíferas las guerras y peligrosa la intolerancia, obligando al
diseño de nuevos sistemas de convivencia capaces de administrar y resolver
los conflictos sociales por vías no violentas. Contener la proliferación
de armas sin cambiar la cultura y regímenes de convivencia social ha
demostrado ya, en el siglo XX, ser una visión insuficiente del problema.
Los componentes del nuevo paradigma de desarrollo humano
sustentable son:
- la sustentabilidad ecológica y social,
- una productividad creciente,
- la garantía de equidad de oportunidades y de cobertura de necesidades
básicas,
- la potenciación o empoderamiento (empowerment) personal e
institucional -mediante el fomento y protección de la libertad y de
todos los derechos humanos- a fin de poder participar, eficazmente, en
aquellos procesos de decisión que afectan su existencia.
Sin embargo, la suma de esos factores no resulta suficiente
para asegurar la sustentabilidad de los procesos de desarrollo humano. Es
preciso construir una nueva cultura de la convivencia en que la solidaridad,
el pluralismo y la tolerancia presidan las capacidades institucionales para
abordar y resolver los siempre inevitables conflictos sociales por vías
democráticas, políticas y pacíficas.
En el presente número de nuestra Revista Futuros se recogen
un conjunto de experiencias y reflexiones de representantes de movimientos
sociales cuya lucha responde a diferentes identidades sociales – de género,
raza, grupo étnico, orientación sexual y otras. Sus autores son activos
participantes de un movimiento mundial que engloba a diferentes grupos
identatarios por la inclusión, la tolerancia y la convivencia en la
diversidad. Según exponen algunos de ellos, el sujeto social construyó los
movimientos identatarios, pero, al mismo tiempo, la acción ejercida desde el
movimiento transformó la identidad misma de los sujetos, si cabe,
dignificándolos aun más. Uno de los autores ejemplifica el proceso con una
frase elocuente: "Entramos (a la Conferencia Mundial contra el Racismo)
negros; salimos afro- descendientes."
La pregunta que nos formulase el sociólogo francés Alain
Touraine sigue vigente: "¿Podremos vivir juntos?" La respuesta de los
autores es positiva en dos niveles. Por una parte es evidente que creen
realmente que "otro mundo mejor es posible" porque, según nos informan,
están empeñando sus vidas -junto al grupo oprimido al que pertenecen - en
cambiar el actual. Por otro lado, porque nos ofrecen pistas y ejemplos
concretos de los caminos que pueden conducirnos a un mundo con un sistema de
convivencia superior al presente. Sus textos no moralizan, pontifican ni
demonizan. Explican y proponen.
Los conflictos que vivimos no son obra de personas
malévolas, sino de sistemas perversos de ideas y organización de nuestra
convivencia. Cada vez que pasamos en la calle a otro ser humano abandonado a
su suerte y viramos el rostro a su desgracia, nuestra dignidad sufre con
ello. El o ella no tendría que estar ahí y la sociedad debería proveernos de
medios de solidaridad más eficaces que extenderle una limosna ocasional.
Cuando los granjeros se ven obligados a botar la leche producida para
sostener su precio mientras alguien muere de inanición sabemos que hay algo
endiabladamente mal en el diseño del sistema. Y cuando después de milenios
se mata a golpes y piedras a una mujer que decide romper su matrimonio, se
cierran las puertas del progreso social a un ser humano por el color de su
piel, se aísla socialmente a otro por su orientación sexual o se excluye a
un tercero de servicios básicos por su condición de indígena, sabemos que
estamos ante una situación ya intolerable de intolerancia.
¿Cuál es la conexión entre las mujeres asesinadas en Ciudad
Juárez, la población afro descendiente marginada de la riqueza que sus
antepasados contribuyeron decisivamente a crear, el indígena que lucha por
el reconocimiento de su autonomía después de sobrevivir por cinco siglos
múltiples políticas de opresión y exterminio, el gay al que se le golpea y
acosa por no esconder su identidad y reclamar el derecho de amar y formar
pareja? Estas situaciones no son patrimonio exclusivo de un cierto sistema
político o económico, ni se concentran en una región geográfica. Se han dado
y se dan en sistemas democráticos y autoritarios; al norte y al sur del
planeta, al este y al oeste; en países desarrollados y atrasados. ¿Por qué?
En el pasado opresor y oprimido compartían de manera
inconsciente un conjunto de ideas y premisas modernas acerca de la
vida natural y social. Quienes aspiraron a "otro mundo mejor", creían
que seria posible alcanzar –por los caminos de la política y de la economía-
un paraíso terrenal, libre de conflictos, como cantaban hace siglo y medio
las estrofas de un himno proletario. Pero cuando finalmente pudo ponerse en
escena el guión no se parecía mucho a la profecía. Muchas de esas invisibles
premisas compartidas con sus opresores, como sentido común de su época, le
tendieron una trampa mortal a sus más altas aspiraciones y sueños.
La humanidad puede aprender muchas cosas del siglo XX. Que
la historia no es lineal y siempre anida diferentes posibilidades (mejores y
peores). Que la sociedad es por naturaleza conflictiva y que es a través de
los conflictos que se producen el cambio y el progreso, por lo que lo
importante no es negar la existencia de conflictos ni rehuir su examen, sino
aprender a administrarlo y a darle solución por vía democrática y pacífica.
Que una sociedad democrática puede transformarse en totalitaria y que una
persona decente puede devenir genocida si se conjugan las circunstancias
sociales propicias para ello. Que el progreso tecnológico puede ser empleado
para ejercer la barbarie ecológica y social. Que la vida y el futuro de
nuestra especie son inciertos. Que una sociedad democrática no puede
alcanzarse si se emplea la violencia para llegar a ella. Que los recursos
planetarios no son infinitos. Que el odio y la intolerancia solo generan
ciclos perpetuos de odio e intolerancia.
El siglo XX fue nuestra última advertencia y llamado a
corregir una historia de milenios de convivencia en sistemas de inequidad,
intolerancia, y destrucción ecológica. El siglo XXI es, muy probablemente,
nuestra última oportunidad.
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