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  Desarrollo sustentable para la práctica cotidiana: azúcar orgánica del Paraguay

Desarrollo humano sustentable

Por Roberto Codas  

Parte 2 /2

En una década, 1000 agricultores pasaron de ser campesinos marginales condenados a la miseria, a ser líderes en calidad, tecnología y sustentabilidad.  Hoy son  protagonistas de este agrosistema orgánico y sustentable, articulado internacionalmente (dicho de otro modo, globalizado) pero en condiciones de equidad.

Fábrica de azúcar orgánica en Iturbe, Paraguay

La práctica de la sustentabilidad en un contexto de no desarrollo

Lo antedicho buscó explicitar los "términos de gestión" que utilizamos en una iniciativa de desarrollo local que ahora cumple diez años, constituyéndose en uno de los casos de agroindustria orgánica que han prosperado en el Paraguay, y que describimos a continuación.

Marco general: el Paraguay de mediados de los años noventa, país que suele disputar los últimos lugares en estadísticas de pobreza con Haití o Bolivia, en ese momento viviendo un prolongado letargo económico, mientras experimentaba sus primeros años de régimen democrático luego de 35 años de dictadura y se llevaba a cabo la integración con Brasil, Argentina y Uruguay en el MERCOSUR.

Descripción del sector: el agrosistema de la caña de azúcar, que en el Paraguay es de importancia marginal en el producto bruto; peor aún, en el contexto MERCOSUR, la industria azucarera paraguaya solamente representa el 1 % del total de este sector productivo. Con la integración regional, se lo consideraba condenado a desaparecer del Paraguay.

Situación local: más de 1.000 agricultores independientes (en realidad microempresarios rurales) cultivaban unas 5.000 hectáreas de caña de azúcar que vendían a un ingenio azucarero que, en los buenos años, había llegado a producir unas 20.000 toneladas de azúcar para el mercado local paraguayo y, en ocasiones, exportaba una cantidad menor (alrededor de 1.000 toneladas) de azúcar crudo al mercado protegido de Estados Unidos, bajo el sistema de cuota que rige en dicho país. Con la tendencia ya mencionada, la empresa se encontraba al borde del cierre y los agricultores estaban en su gran mayoría sin condiciones de mantener o renovar sus cultivos.

En este contexto, se plantea la conversión de los productores independientes y del ingenio para la producción orgánica, pero apuntando a lograr estándares de calidad y productividad que pudieran compararse a los de la industria "convencional" a nivel internacional. Ya existían pequeños proyectos de producción orgánica de azúcar en el Paraguay y otros países, pero eran cuasi artesanales, y de limitada calidad y productividad.

Introducir la idea de calidad y productividad "impuso" algunos elementos entonces inusuales para la producción orgánica tradicional. Entre otros: lograr "economía de escala", y apuntar a abrir "nichos de mercado" de alta calidad que maximizaran el valor económico de la producción.

Para esto, planteamos desde el inicio establecer alianzas internacionales con actores que tuvieran acceso a mercados y tecnologías "de punta", y dar especial énfasis a la investigación y adaptación local de las tecnologías disponibles3. Esto obligó a negociar con actores económicos de dimensión enorme, comparados a la empresa industrial y los agricultores que se constituyeron en asociación de productores.

Las alianzas internacionales implicaron concesiones de suyo arriesgadas: comprometerse a abastecer cantidades importantes de azúcar, con normas de calidad elevadas y a precios altos comparados con el deprimido mercado del azúcar convencional, pero no tanto como los precios ocasionales pagados por azúcares orgánicos. Para la empresa industrial, implicó buscar marcas internacionales que se interesaran en vender azúcar orgánico poniendo sus nombres, y no intentar salir con una marca propia. Lo que se logró fue acuerdos de compra de largo plazo (5 años) con precios estables, que a su vez permitieron garantizar a los agricultores la vigencia del sistema orgánico y la compra de su caña de azúcar a precio superior al vigente para la producción convencional.

Y se instaló en el mercado internacional un standard de calidad para el azúcar orgánico hasta entonces considerado inalcanzable, que hoy constituye el segmento superior en dicho mercado.

A diez años, los resultados en síntesis son los siguientes:

  • Se exporta hoy el total del azúcar que se produce con la caña de más de 1000 agricultores, que en promedio reciben un 20 % más que otros productores de caña (no orgánica) en el Paraguay. En una década, pasaron de ser agricultores marginales condenados a la miseria en algún barrio marginal urbano o a la emigración a ser líderes en calidad, tecnología y sustentabilidad. De los participantes potenciales en esta "aventura" (unos 1200 cañicultores), más del 80 % son hoy protagonistas de este agrosistema orgánico y sustentable, articulado internacionalmente (dicho de otro modo, globalizado) pero en condiciones de equidad.
  • Las unidades productivas están certificadas como orgánicas y se manejan con un concepto integral de sustentabilidad (no como parcelas monocultivadas), utilizando las técnicas de conservación de suelos, fertilización, diversificación, etc. que permiten mantener la calidad de la tierra y el ambiente en el largo plazo.
  • El proceso integral (agrícola, industrial, comercial y logístico) tiene todas las certificaciones internacionales exigidas a los productos alimenticios de mayor calidad: con ello se garantiza la integridad y trazabilidad orgánicas, se asegura la calidad alimentaria, se registra y controla los puntos críticos en el proceso industrial. Se establece y cumple la cadena de custodia en todo el proceso, desde el cultivo hasta el consumidor final. Y, debido a que en esta materia todavía no está globalizado el procedimiento, se tiene que duplicar o aún triplicar la certificación, pues las normas y autoridades certificadoras son distintas en Europa y Estados Unidos.
  • Uno de sus mayores "enemigos", que lleva aproximadamente el 50 % de lo que los consumidores pagan por la calidad alimentaria orgánica, son los impuestos y otros gravámenes que imponen los países importadores. El consumidor del mundo desarrollado paga en promedio 10 US$ por kilo de azúcar orgánico. De dicho precio, 1,5 dólares van al agricultor, 1,5 a la industria procesadora, 1 al importador, que es dueño de la marca y tiene presencia en el mercado de destino, 1 al comerciante (tienda o supermercado) y los 5 restantes son impuestos que a su vez alimentan los subsidios agrícolas.
  • El otro oponente formidable es la producción agrícola intensiva que explota la tierra y aplica técnicas de máxima producción y productividad sin visión de largo plazo, y que todavía es apoyada por organismos internacionales de crédito y los gobiernos, sin excepción, que financian y subsidian este tipo de producción que da resultados positivos aparentes, aplaca la miseria rural predominante dando recursos a clientelas políticas, todo esto en la medida que se mantiene como "externalidad" los costos ambientales y sociales.4

Pero, a pesar de dichos factores contrarios, se puede concluir que la sustentabilidad puede ser practicada a escala local, articulada internacionalmente (en lo global) cuando se trabaja con un sentido de incorporación y ampliación del capital social y buscando la calidad y la transparencia en los procesos y resultados.

En el caso paraguayo, país que no ha experimentado desarrollo (ni sostenible ni del otro), el efecto multiplicador es notorio, pues actualmente más del 50 % de la producción nacional de azúcar es orgánica, y el país es el líder mundial en este producto.


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