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Marx
dijo en una ocasión que no sólo las respuestas, sino las preguntas mismas
estaban erradas. Hay una corriente de pensamiento que viene planteándose la
siguiente interrogante: ¿puede el capitalismo ser social y ecológicamente
responsable? Es posible que la pregunta esté mal formulada. Quizás sería más
apropiado interrogarnos acerca de si resulta o no posible al mercado y al
sector privado actuar como mecanismos centrales –aunque no los únicos- de un
proyecto de desarrollo humano sustentable.
Sociedades capitalistas han existido y existen muchas, con
variados esquemas normativos y de organización. Algunas han sido más
democráticas que otras y todas han presentado diversos niveles de
sensibilidad (o insensibilidad) hacia los temas sociales y ecológicos. La
existencia de mercados, por otro lado, precede al surgimiento de las
primeras sociedades capitalistas y se remonta al mundo antiguo.
El siglo XX deja un balance favorable al mercado como
vehículo dinámico de innovación tecnológica. El tipo de socialismo estatista
y autoritario que intentó competir con él resultó en algunos casos un mejor
distribuidor de riquezas, pero un deficiente gestor de su creación y
expansión. Durante los siglos XIX y XX –a excepción de la social democracia
escandinava- los políticos socialistas se caracterizaron por promover varias
teorías sobre la toma del poder y la distribución social de la riqueza, pero
ninguna sobre la administración democrática del primero ni sobre la creación
eficiente de la segunda.
Sin embargo, el derrumbe del socialismo estatista
autoritario no representó –como algunos creyeron- el fin de la historia. Fue
el fracaso de una de las respuestas que quiso darse a los problemas
sociales que engendra un cierto tipo de desarrollo capitalista ajeno a la
sensibilidad social. Ese que hoy podría definirse como capitalismo
realmente existente. Pero no por ello, piensan algunos, ha de cerrarse
la puerta al eventual surgimiento de un capitalismo de nuevo tipo (al igual
que los socialistas esperan por el surgimiento de un socialismo de nuevo
tipo). De ser ese el caso, quedaría por verse si ese nuevo sistema podría
reconocerse aun bajo el titulo de "capitalismo" o merecería otro por las
radicales transformaciones que se requiere tengan lugar en su actual lógica
de acumulación.
Criticar y oponerse a lo existente siempre ha sido un primer
paso para aprestarse a construir un mundo nuevo. Pero no basta con ello.
Los enemigos a ultranza del mercado, apelaron ocasionalmente
a la conocida anécdota de Jesús al tomar la iniciativa de expulsar a los
mercaderes del templo para justificar sus ideas. Pero se les escapaba el
dato de que Jesús decidió expulsarlos del templo, no de Jerusalén, y
lo que les reprochaba era haber transformado en mercado un lugar sagrado que
debía estar dedicado exclusivamente a la oración.
La crítica al actual modelo de globalización capitalista, y
a los sistemas capitalistas nacionales asociados con él, no representa,
necesariamente, un rechazo a todo modelo de desarrollo –local o global- que
ostente al mercado como elemento dinamizador de la economía y la innovación
tecnológica. El rechazo se sustenta en que el actual modelo de acumulación y
desarrollo capitalista globalizado privilegia la lógica del mercado y sus
acciones por encima de toda otra consideración. Idea, por cierto, con la que
ni siquiera simpatizaba totalmente Adam Smith.
Más que una sociedad de mercado estamos ante la
presencia de un totalitarismo de mercado a cuya razón se subordinan
la política, la cultura y las necesidades sociales. El actual mercado
neoliberal ha invadido ciertos templos sagrados que pretende hegemonizar
-cuando no monopolizar- en su favor. Entre ellos se encuentran los espacios
y vehículos de toda política democrática (partidos, medios de comunicación,
campañas electorales) y las necesidades básicas de la ciudadanía (salud,
educación, vivienda, empleo). Una vez en repliegue planetario el
totalitarismo estatal, proteger el ejercicio de la política, la libertad de
expresión y las necesidades básicas de caer bajo la lógica y control
exclusivos del poder de las finanzas parece una idea razonable y
practicable.
Para trascender el presente en un sentido genuinamente
progresista –lo cual no siempre coincide con lo que algunos puedan
considerar "políticamente correcto" en un momento dado- no es suficiente
lanzar dardos contra la actual globalización y su innegable secuela de
desigualdad, sino que hay que construir un nuevo paradigma de desarrollo,
sustentable y humano, anclado en la política democrática, el respeto y
promoción de todos los derechos humanos y en la gestión económica con
responsabilidad ecológica y social. Ese nuevo paradigma -que ya va
emergiendo por diversos lados- servirá de sombrilla a múltiples modelos de
normatividad y organización del desarrollo, adaptados a cada circunstancia y
lugar. Aprestarnos a derribar lo que existe sin saber lo que ha de
construirse después ha demostrado ser una mala receta en el pasado. Como se
dijo en el Foro Social Mundial y el Foro de Diplomacia Ciudadana de América
latina y Caribe: "A las protestas hay que sumar las propuestas"
En ese sentido, las asociaciones de empresarios por la
responsabilidad ecológica y social no son la solución del problema
(porque además no hay ni habrá una sola solución definitiva al problema)
pero sin duda –y sin desconocer que algunos de sus practicantes están
motivados, fundamentalmente, por razones de marketing- representan un
paso adelante hacia un mundo mejor. Del mismo modo, el micro financiamiento,
el fomento de las pequeñas y medianas empresas no puede constituirse en
la única respuesta a la erradicación de la pobreza, pero ha demostrado
repetidamente ser una herramienta eficaz para fomentar empleo y generar
riquezas allí donde se han aplicado políticas adecuadas para su protección y
progreso. Quienes en nombre de fobias políticas y dogmas ideológicos rehúsan
indagar en esas experiencias están desperdiciando un caudal de ideas y
herramientas que ya han demostrado su valor y eficacia cuando se aplican de
manera inteligente.
La experiencia paraguaya, -que se describe por
Roberto Codas en este número de La Revista Futuros -,
para transformar su irrentable industria azucarera en una capaz de producir
azúcar orgánica, sacar provecho de los mejores precios de ese producto en el
mercado mundial y así hacerse rentable, es un claro ejemplo de cómo los
objetivos de la sociedad, la empresa y la ecología pueden hacerse
compatibles si se piensa con creatividad.
Las décadas de los años 50 y 60 fueron testigos del
surgimiento y auge de teorías de desarrollo que asumían esos procesos como
modernizaciones estructurales dirigidas a alcanzar al "Primer Mundo" bajo la
égida del sector público. La experiencia del Tennessee Valley Authority se
convirtió en el modelo occidental de referencia y exportación al "Tercer
Mundo" mientras que ciertos gobiernos de países subdesarrollados buscaban
las claves de su progreso en el despegue de la URSS como superpotencia.
Algunos políticos y académicos radicales veían, por su parte, una
complicidad tácita de los gobiernos socialistas y capitalistas de países
industrializados en la explotación comercial del Tercer Mundo basada en
mecanismos de intercambio desigual. Entre ellos, unos pocos propugnaban una
ruptura o desconexión con el sistema económico mundial, solución
extrema – considerada hasta el presente poco viable por la mayoría de los
académicos y políticos de izquierdas y derechas- que aun promueven algunos
críticos de la actual globalización como la única respuesta "políticamente
correcta" a aquella.
En la década del setenta ya surgieron dudas sobre si era
posible sostener el impulso inicial al desarrollo que aportaban esos
referentes capitalistas y socialistas que enfatizaban las economías a
escala, los mega- proyectos y la planificación estatal. Mas tarde, en los
ochenta y la primera mitad de los noventa, se dio un vuelco radical a las
perspectivas que privilegiaban al estado como dinamizador del progreso. Con
el mismo entusiasmo fundamentalista que antes se abrazo al sector público
como el factor determinante del desarrollo se pasó entonces, al calor de
teorías neoliberales y conservadoras, a privilegiar al sector privado en ese
rol.
Esta evolución de las concepciones acerca del papel del
estado y el sector privado viene atravesando, desde fines de los noventa,
otra fase de reflexión a partir de las nuevas teorías sobre el desarrollo
sustentable y el desarrollo humano y de la creciente evidencia acerca de las
insuficiencias del llamado "Consenso de Washington". Este último no resulta
ya atractivo para guiar un proceso de globalización que -además de controlar
los equilibrios globales y la inflación- pretenda generar un desarrollo
de nuevo tipo, centrado en la libertad de las personas para desarrollar
sus máximas capacidades y que se comporte de manera responsable hacia los
límites ecológicos de nuestro planeta.
Luego, más que remitirnos de nuevo a viejas interrogantes de
los últimos dos siglos, en el siglo XXI es necesario reconocer que parte del
problema radica en la necesidad de formularnos mejores preguntas a la luz de
pasadas experiencias: ¿que tipo de mercados son compatibles con la
democracia, los derechos humanos y el desarrollo sustentable y cuáles no lo
son? ¿Qué tipo de regímenes de gobernabilidad deben establecerse para normar
las relaciones del mercado con el medio ambiente, la política y la
producción de servicios básicos que constituyen derechos económicos y
sociales de la ciudadanía de modo que sirvan para fortalecerlos en lugar de
afectarlo negativamente? ¿Qué tipo de arreglos nos conducen hacia un
paradigma que maximice la participación ética individual y comunitaria, y
minimice la corrupción endémica en muchas expresiones del capitalismo así
como del socialismo de estado?
El capitalismo como sistema ha sido hasta ahora una
expresión del paradigma civilizatorio industrial y ha estado sometido a
diversos regímenes de gobernabilidad. ¿Puede ahora el capitalismo adaptarse
de manera permanente al nuevo paradigma civilizatorio cibernético, que él
mismo trajo al mundo, bajo nuevos regímenes de gobernabilidad? Como decía
una canción de Bob Dylan: "La respuesta está en el viento".
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