Una publicación de CDF     | Enlaces | Comentarios | Contacto | Búsqueda |

ISSN 1913-6196

Inicio Temas Autores Reseñas Libros Recursos digitales
Ediciones Documentos Multimedia Lectores opinan Entrevistas Nosotros
Año 2008 Vol. VI
Futuros 21
 Futuros 20
Año 2007 Vol. V
 Futuros 19
 Futuros 18
 Futuros 17
Año 2006 Vol . IV
 Futuros 16
 Futuros 15
 Futuros 14
 Futuros 13

Año 2005 Vol.  III

 Futuros 12
 Futuros 11
 Futuros 10
 Futuros 9
Año 2004 Vol. II
 Futuros 8
 Futuros 7
 Futuros 6
 Futuros 5
Año 2006 Vol.  I
 Futuros 4
 Futuros 3
 Futuros 2
 Futuros 1
 

Visítenos en el nuevo portal
Futuros 21

 

 Mercado, Sector Privado y Desarrollo Sustentable

Desarrollo humano sustentable

Por Revista Futuros   

 

Marx dijo en una ocasión que no sólo las respuestas, sino las preguntas mismas estaban erradas. Hay una corriente de pensamiento que viene planteándose la siguiente interrogante: ¿puede el capitalismo ser social y ecológicamente responsable? Es posible que la pregunta esté mal formulada. Quizás sería más apropiado interrogarnos acerca de si resulta o no posible al mercado y al sector privado actuar como mecanismos centrales –aunque no los únicos- de un proyecto de desarrollo humano sustentable.

Sociedades capitalistas han existido y existen muchas, con variados esquemas normativos y de organización. Algunas han sido más democráticas que otras y todas han presentado diversos niveles de sensibilidad (o insensibilidad) hacia los temas sociales y ecológicos. La existencia de mercados, por otro lado, precede al surgimiento de las primeras sociedades capitalistas y se remonta al mundo antiguo.

El siglo XX deja un balance favorable al mercado como vehículo dinámico de innovación tecnológica. El tipo de socialismo estatista y autoritario que intentó competir con él resultó en algunos casos un mejor distribuidor de riquezas, pero un deficiente gestor de su creación y expansión. Durante los siglos XIX y XX –a excepción de la social democracia escandinava- los políticos socialistas se caracterizaron por promover varias teorías sobre la toma del poder y la distribución social de la riqueza, pero ninguna sobre la administración democrática del primero ni sobre la creación eficiente de la segunda.

Sin embargo, el derrumbe del socialismo estatista autoritario no representó –como algunos creyeron- el fin de la historia. Fue el fracaso de una de las respuestas que quiso darse a los problemas sociales que engendra un cierto tipo de desarrollo capitalista ajeno a la sensibilidad social. Ese que hoy podría definirse como capitalismo realmente existente. Pero no por ello, piensan algunos, ha de cerrarse la puerta al eventual surgimiento de un capitalismo de nuevo tipo (al igual que los socialistas esperan por el surgimiento de un socialismo de nuevo tipo). De ser ese el caso, quedaría por verse si ese nuevo sistema podría reconocerse aun bajo el titulo de "capitalismo" o merecería otro por las radicales transformaciones que se requiere tengan lugar en su actual lógica de acumulación.

Criticar y oponerse a lo existente siempre ha sido un primer paso para aprestarse a construir un mundo nuevo. Pero no basta con ello.

Los enemigos a ultranza del mercado, apelaron ocasionalmente a la conocida anécdota de Jesús al tomar la iniciativa de expulsar a los mercaderes del templo para justificar sus ideas. Pero se les escapaba el dato de que Jesús decidió expulsarlos del templo, no de Jerusalén, y lo que les reprochaba era haber transformado en mercado un lugar sagrado que debía estar dedicado exclusivamente a la oración.

La crítica al actual modelo de globalización capitalista, y a los sistemas capitalistas nacionales asociados con él, no representa, necesariamente, un rechazo a todo modelo de desarrollo –local o global- que ostente al mercado como elemento dinamizador de la economía y la innovación tecnológica. El rechazo se sustenta en que el actual modelo de acumulación y desarrollo capitalista globalizado privilegia la lógica del mercado y sus acciones por encima de toda otra consideración. Idea, por cierto, con la que ni siquiera simpatizaba totalmente Adam Smith.

Más que una sociedad de mercado estamos ante la presencia de un totalitarismo de mercado a cuya razón se subordinan la política, la cultura y las necesidades sociales. El actual mercado neoliberal ha invadido ciertos templos sagrados que pretende hegemonizar -cuando no monopolizar- en su favor. Entre ellos se encuentran los espacios y vehículos de toda política democrática (partidos, medios de comunicación, campañas electorales) y las necesidades básicas de la ciudadanía (salud, educación, vivienda, empleo). Una vez en repliegue planetario el totalitarismo estatal, proteger el ejercicio de la política, la libertad de expresión y las necesidades básicas de caer bajo la lógica y control exclusivos del poder de las finanzas parece una idea razonable y practicable.

Para trascender el presente en un sentido genuinamente progresista –lo cual no siempre coincide con lo que algunos puedan considerar "políticamente correcto" en un momento dado- no es suficiente lanzar dardos contra la actual globalización y su innegable secuela de desigualdad, sino que hay que construir un nuevo paradigma de desarrollo, sustentable y humano, anclado en la política democrática, el respeto y promoción de todos los derechos humanos y en la gestión económica con responsabilidad ecológica y social. Ese nuevo paradigma -que ya va emergiendo por diversos lados- servirá de sombrilla a múltiples modelos de normatividad y organización del desarrollo, adaptados a cada circunstancia y lugar. Aprestarnos a derribar lo que existe sin saber lo que ha de construirse después ha demostrado ser una mala receta en el pasado. Como se dijo en el Foro Social Mundial y el Foro de Diplomacia Ciudadana de América latina y Caribe: "A las protestas hay que sumar las propuestas"

En ese sentido, las asociaciones de empresarios por la responsabilidad ecológica y social no son la solución del problema (porque además no hay ni habrá una sola solución definitiva al problema) pero sin duda –y sin desconocer que algunos de sus practicantes están motivados, fundamentalmente, por razones de marketing- representan un paso adelante hacia un mundo mejor. Del mismo modo, el micro financiamiento, el fomento de las pequeñas y medianas empresas no puede constituirse en la única respuesta a la erradicación de la pobreza, pero ha demostrado repetidamente ser una herramienta eficaz para fomentar empleo y generar riquezas allí donde se han aplicado políticas adecuadas para su protección y progreso. Quienes en nombre de fobias políticas y dogmas ideológicos rehúsan indagar en esas experiencias están desperdiciando un caudal de ideas y herramientas que ya han demostrado su valor y eficacia cuando se aplican de manera inteligente.

La experiencia paraguaya, -que se describe por Roberto Codas en este número de La Revista Futuros -, para transformar su irrentable industria azucarera en una capaz de producir azúcar orgánica, sacar provecho de los mejores precios de ese producto en el mercado mundial y así hacerse rentable, es un claro ejemplo de cómo los objetivos de la sociedad, la empresa y la ecología pueden hacerse compatibles si se piensa con creatividad.

Las décadas de los años 50 y 60 fueron testigos del surgimiento y auge de teorías de desarrollo que asumían esos procesos como modernizaciones estructurales dirigidas a alcanzar al "Primer Mundo" bajo la égida del sector público. La experiencia del Tennessee Valley Authority se convirtió en el modelo occidental de referencia y exportación al "Tercer Mundo" mientras que ciertos gobiernos de países subdesarrollados buscaban las claves de su progreso en el despegue de la URSS como superpotencia. Algunos políticos y académicos radicales veían, por su parte, una complicidad tácita de los gobiernos socialistas y capitalistas de países industrializados en la explotación comercial del Tercer Mundo basada en mecanismos de intercambio desigual. Entre ellos, unos pocos propugnaban una ruptura o desconexión con el sistema económico mundial, solución extrema – considerada hasta el presente poco viable por la mayoría de los académicos y políticos de izquierdas y derechas- que aun promueven algunos críticos de la actual globalización como la única respuesta "políticamente correcta" a aquella.

En la década del setenta ya surgieron dudas sobre si era posible sostener el impulso inicial al desarrollo que aportaban esos referentes capitalistas y socialistas que enfatizaban las economías a escala, los mega- proyectos y la planificación estatal. Mas tarde, en los ochenta y la primera mitad de los noventa, se dio un vuelco radical a las perspectivas que privilegiaban al estado como dinamizador del progreso. Con el mismo entusiasmo fundamentalista que antes se abrazo al sector público como el factor determinante del desarrollo se pasó entonces, al calor de teorías neoliberales y conservadoras, a privilegiar al sector privado en ese rol.

Esta evolución de las concepciones acerca del papel del estado y el sector privado viene atravesando, desde fines de los noventa, otra fase de reflexión a partir de las nuevas teorías sobre el desarrollo sustentable y el desarrollo humano y de la creciente evidencia acerca de las insuficiencias del llamado "Consenso de Washington". Este último no resulta ya atractivo para guiar un proceso de globalización que -además de controlar los equilibrios globales y la inflación- pretenda generar un desarrollo de nuevo tipo, centrado en la libertad de las personas para desarrollar sus máximas capacidades y que se comporte de manera responsable hacia los límites ecológicos de nuestro planeta.

Luego, más que remitirnos de nuevo a viejas interrogantes de los últimos dos siglos, en el siglo XXI es necesario reconocer que parte del problema radica en la necesidad de formularnos mejores preguntas a la luz de pasadas experiencias: ¿que tipo de mercados son compatibles con la democracia, los derechos humanos y el desarrollo sustentable y cuáles no lo son? ¿Qué tipo de regímenes de gobernabilidad deben establecerse para normar las relaciones del mercado con el medio ambiente, la política y la producción de servicios básicos que constituyen derechos económicos y sociales de la ciudadanía de modo que sirvan para fortalecerlos en lugar de afectarlo negativamente? ¿Qué tipo de arreglos nos conducen hacia un paradigma que maximice la participación ética individual y comunitaria, y minimice la corrupción endémica en muchas expresiones del capitalismo así como del socialismo de estado?

El capitalismo como sistema ha sido hasta ahora una expresión del paradigma civilizatorio industrial y ha estado sometido a diversos regímenes de gobernabilidad. ¿Puede ahora el capitalismo adaptarse de manera permanente al nuevo paradigma civilizatorio cibernético, que él mismo trajo al mundo, bajo nuevos regímenes de gobernabilidad? Como decía una canción de Bob Dylan: "La respuesta está en el viento".


   

Imprimir este artículo   Imprimir


Este website esta bajo la licencia de Creative Commons Licence
Cualquier material de esta revista puede reproducirse libremente de forma impresa o electrónica sin previa autorización, siempre que se cite como  fuente a la Revista Futuros y su uso no sea con fines comerciales. Agradeceríamos ser informados y que se nos hiciera llegar una copia o referencia del material reproducido.
Se exceptúan de la libre reproducción los materiales tomados de otras fuentes; para reproducir estos artículos debe pedirse autorización a la fuente original.

Las opiniones expresadas en los artículos son de los y las autores y no de Rostros y Voces  o de Citizen Digital Facilitation
Los invitamos a enviarnos sus colaboraciones, las cuales serán  publicadas de ser seleccionadas por la dirección de la revista.
Si tiene problemas o preguntas relacionadas con esta Web, póngase en contacto con el Equipo Futuros.
Última actualización: