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  La experiencia de México en el TLCAN: inversión y sustentabilidad del desarrollo

Por Paola Visca   

Parte 1 /2

Apertura en las inversiones y sustentabilidad

El estudio de la Universidad de Tufts avanza un paso más allá de la perspectiva económica tradicional apuntando al desarrollo sostenible, incorporando aspectos sociales y ambientales. Con ese fin se consideran varios factores relacionados con el desarrollo sustentable: económicos (incrementar la capacidad productiva de los trabajadores y empresas mexicanas), ambientales (mejorar la performance ambiental de las empresas, nacionales o extranjeras) y sociales (disminución de la desigualdad entre ricos y pobres, creación de empleo).

Para evaluar esos factores se tomaron distintos indicadores: por ejemplo, dentro de los económicos, se consideró el conocimiento y la capacidad de innovación como vehículo para incrementar la productividad. Se observó que en 1981 se publicaron 648 artículos científicos periodísticos, comparados con 168 de Corea del Sur. Pero al comparar el promedio de dichas publicaciones entre los años 1995-2000, en México fue apenas 2.024 y en Corea trepó a 5.219. Por otro lado, entre 1995 y 2000 la investigación y desarrollo en la manufactura como porcentaje del producto manufacturero se situó en México en 0,22 por ciento, contrastando con el 2,66 por ciento de Corea del Sur. México también pierde en el promedio de científicos e ingenieros, así como en el número de patentes solicitadas. Todos estos datos muestran que esa IED no logró generar un fuerte empujón a la investigación e innovación propia de México.

Con respecto al impacto ambiental de la industria manufacturera exportadora, varios estudios recientes coinciden en que hubo un incremento en la contaminación; ese aumento es mayor al propio crecimiento poblacional y está por encima del crecimiento de la economía en su conjunto desde los años 80. Hoy, la contaminación del aire no es sólo un problema de Ciudad de México. Una muestra de 44 empresas estadounidenses en México mostró que las mejoras ambientales, tales como invertir en el tratamiento de aguas, estaban motivadas por la regulación e imposición por las autoridades mexicanas.

Aunque el gasto en protección ambiental creció notoriamente entre 1988 y 1993, entre 1994 y 1999 cayó un 45 por ciento. Si bien a pesar de esa caída sigue siendo mayor al de épocas anteriores, en relación a los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) es el menor gasto ambiental. En términos de gasto por habitante, los países de la OCDE gastan en promedio seis veces más que México.

Al analizar los factores sociales, se consideró por ejemplo los niveles de vida de la población. La posición teórica sostenía que la mejora en los salarios de la industria exportadora absorbería inmigrantes provenientes del campo, aumentando el ingreso y reduciéndose la brecha entre ricos y pobres. Sin embargo, a fines de 2002, se verifica que los trabajos creados en el sector fueron menos que los esperados. Entre 1994 y 2000 se crearon un total de 637.000 puestos de trabajo, pero en esos mismos años se sumaron 6,5 millones de personas a la población económicamente activa. Esto significa que el sector manufacturero pudo absorber menos de un 12 por ciento de las personas que buscaban trabajo por primera vez. En el sector manufacturero, el crecimiento del empleo ha ido disminuyendo desde 1997.

A pesar de registrarse un incremento del 18 por ciento en la productividad, los salarios en la industria manufacturera han disminuido un 13 por ciento desde 1994. Por su parte, los salarios reales en las maquiladoras promediaban menos del 80 por ciento de los salarios en los demás sectores manufactureros entre 1987 y 1994. Aunque desde 1994 los salarios de las maquiladoras se incrementaron en relación a los de esos otros sectores, todavía permanecían un 14 por ciento por debajo hacia 2002. Queda así en evidencia que la apuesta a la maquila exportadora ni siquiera logra generar empleos con buenos sueldos. Es más, la inversión hacia las maquilas, y las propias industrias ya instaladas, sufren ahora la competencia de la mano de obra de China, donde los salarios son todavía más bajos y las condiciones de trabajo muy deficitarias

En el plano de la inequidad, si bien mejora la situación desde 1994, todavía el índice de Gine se mantiene cercano al 0,5, mostrando una de las sociedades más desiguales del mundo. Otros indicadores muestran que el alfabetismo entre personas de más de 15 años ha disminuido desde 11 por ciento en 1995 hasta nueve por ciento en 2000, pero en sentido contrario, la población sin educación primaria completa pasó de 24 por ciento en 1995, a 28 por ciento en 2000.

Las malas condiciones internas explican el aumento de la emigración hacia Estados Unidos. En la década del 90, aproximadamente 300.000 mexicanos emigraron anualmente a Estados Unidos, frente a menos de 200.000 que se registraban en la del 80. Por otro lado, la migración interna se orientó a las zonas más industrializadas, donde la IED tiende a concentrarse.

El estudio de Gallagher y Zarsky concluye que de los dos tipos de objetivos planteados por los gobiernos mexicanos en los años 90, por un lado incrementar los flujos de IED y consecuentemente las exportaciones manufactureras, y por otro, de desarrollo industrial sustentable, sólo se alcanzó el primero. El modelo de desarrollo basado en la dependencia en los flujos de inversiones y en las exportaciones es vulnerable a la inestabilidad financiera y pérdida de competitividad. El Estado pierde buena parte de su capacidad de maniobra sin lograr alcanzar siquiera los objetivos económicos que proclamaba.

Queda en evidencia también que en el proceso de desarrollo la economía doméstica queda en buena medida desvinculada de los sectores exportadores. Desde el punto de vista ambiental, la situación ha empeorado, aumentando la contaminación, en parte por la falta de compromiso de las autoridades nacionales con la regulación ambiental. Por último, la estrategia de integración mexicana no tuvo los efectos positivos esperados en términos de crecimiento del empleo, y no parece haber mejorado la inequidad ni la emigración.

Esta evidencia desnuda buena parte de las limitaciones de las posiciones reduccionistas aferradas a la liberalización de los flujos de capital. Como esas posturas a su vez recortan las capacidades nacionales de regulación e intervención, una vez que los problemas comienzan y se acentúan, las capacidades de reacción son muy limitadas. Los acuerdos de libre comercio del formato TLCAN, y en especial las condiciones sobre inversiones, se vuelven ellas mismas en trabas para intentar cualquier rectificación. Por esta razón, ya son muchas las organizaciones y los analistas que reclaman que esos acuerdos comerciales no deben incorporar los temas de inversión.


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